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Armas antiguas con decoración española

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Armas antiguas del siglo 17 a 19 con decoración española

 

La cultura y el ingenio de pueblos que apenas se conocieron entre sí dejaron grabados en sus armas no solo los alcances técnicos, artísticos, económicos y sociales, sino su idiosincrasia y disparidad. Actualmente, la producción en serie de armas y las comunicaciones van borrando todas las diferencias, lo cual da, si cabe, mayor valor a las armas antiguas. Es por ello que estas armas de construcción compleja representan un elemento etnográfico de primer orden. Las armas antiguas nos conectan con el pasado como un vínculo palpable. Sin embargo, no valoramos solamente la antigüedad, sino las cualidades del objeto presente, pues cuando se realiza un arma de mérito, el artista intuye la posteridad y la permanencia de la belleza de su obra. Es admirable que algunas de estas piezas hayan podido sobrepasar las barreras de la destrucción causada por los elementos naturales y los hombres.

En este artículo vamos a centrarnos en las armas decoradas españolas omitiendo las reglamentarias, no por falta de importancia técnica e histórica, sino porqué corresponden a otra especialidad. Podemos simplificar separando los centros principales de armería españoles en cuatro grupos: Madrid, Cataluña, País Vasco y resto de España.

 

Armas antiguas decoradas en Madrid

 

Madrid realizó un número muy limitado de armas en comparación con las grandes producciones de otros centros armeros. Algunas de esas piezas escasas han llegado hasta nuestros días no solo por haber pertenecido a personas relevantes, que como obras de arte las han cuidado y protegidas del óxido y malos tratos. Asimismo no fueron tan fácilmente libradas a los requerimientos oficiales de armas. Todo ello a costa de riesgos heroicos por la contravención de los repetidos edictos prohibiendo la tenencia de armas a particulares.

Un ejemplo: diez años de galeras si era plebeyo o los mismos de servicio en África si era noble o hijodalgo, según reza uno de entre muchos edictos. Sus lujosas pistolas y armas de caza fueron consideradas como las mejores del mundo.

En el libro “Compendio histórico de los arcabuceros de Madrid – 1795”, su autor Isidro Soler, Arcabucero del Rey, nos proporciona una fuente de datos que permite conocer el hecho extraordinario de la justificada fama internacional que alcanzaron diversos artistas de esa escuela. El mencionado autor destaca unos cuarenta maestros que fueron arcabuceros del Rey, de los que hemos podido observar obras de Nicolás Bis, Juan Belén, José Cano, Gabriel Algora entre otros. A pesar de su menor importancia cuantitativa, a los maestros madrileños les corresponde el mérito de la más alta calidad, que les dio fama internacional entre la nobleza y la élite social, durante el siglo XVIII. Parece ser que los cañones de Madrid fueron más seguros y también mucho más caros que los vizcaínos y catalanes.

Los dos primeros maestros de esa escuela madrileña, Simon Marcuarte y Pedro Maese llegaron de Alemania solicitados por el Emperador Carlos V (1500-1558), iniciándose una saga que continuó hasta fines del siglo XVIII y de la que pueden destacarse cerca de ochenta notables artistas arcabuceros, algunos esparcidos por diversas provincias. Sin embargo, dichos maestros no trabajaron armas seriadas para el ejército.

Los mecanismos de ignición que se adaptaban en las armas de esa escuela eran la llave de miguelete y la llave a la moda, calificándose esta última como “a la moda de Madrid”, cuya confección se limita a esa ciudad y a Cataluña, no habiéndose fabricado en otros países a pesar de su gran eficacia. En el miguelete el muelle real está en la parte exterior y en llave a la moda al interior, pero a diferencia del mecanismo a la francesa o europeo, el seguro y el disparo quedan a la vista atravesando la pletina o plantilla. Las decoraciones de todas las armas madrileñas son de alta calidad así como el detalle de las marcas, para las cuales se había de confeccionar los punzones de acero en negativo y en miniatura para marcar y recubrir de oro en cañones y llaves.

Los arcabuceros de Madrid no solo eran grandes armeros, sino que dominaban la escultura y cincelado sobre metales, así como el nielado en oro y plata, siendo además hábiles dibujantes. Sin embargo, una característica que distingue a esa escuela, es el hecho de que en general eran capaces de realizar todos los componentes de un arma, mientras que en otros centros armeros españoles se habían especializado a partir del siglo XVIII, en llaveros, cañoneros, cajeros o grabadores.

Algunos armeros de menor nivel, como denuncia Isidro Soler, Arcabucero de Carlos IV, estamparon los nombres de famosos artistas en cañones vascos y catalanes, aunque no de los mejores, cuyo fraude atentaba tanto a la seguridad del cazador como a la fama de los suplantados.

 

 

Armas antiguas decoradas en Cataluña

 

Omitiendo asimismo las armas reglamentarias, de las que catalanes y mayormente vascos fabricaron ingentes cantidades destinadas a la defensa del reino, la producción de armas antiguas con decoración de Cataluña se diferencia de la del resto de la península por el carácter de sus formas y decoraciones. Los primeros “pedrenyals”, que así se calificaron las armas de rueda en los siglos XVI y XVII, llegaron al principado hacia 1520 posiblemente procedentes de Italia directamente por mar, poco después de su invención en Alemania. Según Francisco Barado aparecen en España el 1517 y Mn. Gudiol los cita el 1523, anticipándose a los importados por Carlos V en 1530. Por primera vez en la historia se había conseguido acumular la energía en un muelle. Al apretar el disparador una rueda giraba 3/4 de vuelta frotando un mineral y produciendo chispas que encendían la pólvora.

Por su precio y dificultad mecánica, no fueron apenas utilizados en el ejército, que continuó con los aparatosos arcabuces y mosquetes de mecha. En 1595 un arcabuz de mecha costaba 22 reales y uno de rueda 88 reales. Muchos “pedrenyalers” dispersos en villas y ciudades catalanas, fabricaron esas complejas y bellas armas de alto precio que se destinaban a elementos de la nobleza, clases sociales altas o militares de graduación, pero que pasaban frecuentemente a manos del famoso bandolerismo catalán. Dichas armas de rueda curiosamente no se fabricaron en otras provincias españolas salvo en la Armería Real durante el reinado de Carlos V. Casi simultáneamente llegó la llave que llamamos de transición, propia de Cataluña, de la que han sobrevivido escasísimos ejemplares y que se extinguió con la llegada de la llave de miguelete, usual en toda la península de donde se expandió a Italia y posteriormente a Turquía y países árabes, aunque con grandes diferencias de forma y decoración.

Destacamos el éxito de la mencionada llave, también llamada de patilla, que en España se mantuvo en activo durante unos doscientos cincuenta años, coexistiendo con los mosquetes y arcabuces de mecha militares y aún con las tardías armas de pistón, mucho más prácticas, pero que en buena parte mantenían todavía el sistema de patilla y muelle exterior.

Una notable transformación se aprecia en las armas civiles catalanas al comienzo del siglo XVIII. Las originales formas y decoraciones autóctonas del siglo anterior, con originales empuñaduras esféricas, cajas recubiertas de metal cincelado, a veces calado e incrustado, llaves con limados a menudo formando conchas marinas, cañones con marcadas estrías exteriores, escopetas con particulares culatas, etc., van siendo influidas por las formas europeas contemporáneas, adoptando siluetas y ornamentaciones propias de la armería europea y madrileña del siglo XVIII, y aunque se mantuvo la tradicional base mecánica, se extinguieron las originales y bellas formas clásicas así como las artes aplicadas que eran patrimonio de Cataluña y que en ocasiones mostraban diseños influidos por el arte románico. No obstante, entrando en el siglo XVIII, los talleres catalanes de armas regidos y controlados por sus gremios continuaron produciendo, aunque ya concentrados en villas o ciudades asignadas por el Rey, como Barcelona, Ripoll, Manresa o Igualada.

Las nuevas tendencias, a pesar de la influencia externa, no carecen de aspecto propio. Es en este siglo XVIII, cuando a pesar de las drásticas prohibiciones de tenencia de armas, se realiza una buena producción de pistolas y escopetas de caza, cuya calidad oscila entre lo aceptable y más raramente ejemplares importantes de gran mérito, hoy difíciles de localizar. Como era usual en toda Europa, las pistolas civiles se realizaban por parejas, incluyendo las destinadas a la Guardia Real y exceptuando las de tropa, con lo que se conseguía no solo una mejor posibilidad de defensa teórica, sino un hermoso complemento de la indumentaria sobretodo en días de gala.

Según pragmática del Conde de Ricla dada en Barcelona el 12 de diciembre de 1771, sabemos que cada pueblo disponía de un campo destinado al tiro al blanco. Eso justificaría que el rastrillo de las armas civiles y decoradas, principalmente las correspondientes al siglo XVII, presenten mayor desgaste que en las armas militares. Dado que limitados ciudadanos podían poseer armas legales, podemos suponer que en días festivos bastantes aficionados y curiosos compartían las armas efectuándose múltiples disparos. A tenor del mencionado desgaste por uso, pensamos que en el ejército, aunque parezca una incongruencia, poco se practicaba el tiro, ¿quizás había que ahorrar munición?

Los “pedrenyalers” o armeros catalanes que se han localizado hasta ahora en archivos, suman unos dos mil, lo que da pauta de la importancia de esa actividad. Podemos recordar algunos nombres como son Valls, Armanguer, Coma, Rovira y Surroca, correspondientes al siglo XVII. Si nos situamos en el siglo siguiente, podemos citar a la reconocida familia Peresteva de Barcelona, Torrentó de Ripoll y Dulachs de Manresa.

No podemos finalizar este apartado sin sentirnos obligados a comentar las falsificaciones de armas catalanas del siglo XVII, que se realizaron principalmente entre los años 1965/90, fabricando las partes metálicas en fundición según moldes de piezas auténticas.

Otros ejemplares antiguos que no llevaban punzones, aparecieron luego con nombres de armeros, fechas y localidades. Los coleccionistas no suelen dudar de la autenticidad por cuanto esas “antigüedades” se presentan envejecidas y artificialmente picadas por el óxido. Por otro lado, constatamos que dicho fenómeno no se ha producido en las armas procedentes del resto de comunidades españolas, exceptuando las marcas falsas en armas madrileñas, en su época, según ya hemos comentado.

  

 

Armas antiguas decoradas en el País Vasco

 

La producción armera en Euskal Herria en el siglo XVII, para mayor comprensión, podemos dividirla en dos etapas significativas, tal como hemos hecho con Cataluña. Es evidente la notable producción, principalmente durante los siglos XVII al XIX destinada al estamento militar, llegando a ser más importante que Lieja o Birmingham. José Antonio Azpiazu en su obra “Picas Vascas en Flandes”, estima la enorme cantidad de armas de fuego que se produjeron, dejando aparte las armas blancas, en aproximadamente unas 400.000 piezas entre 1550 y 1600, omitiendo el suministro a particulares. Antonio de Aldecoa reunió una nutrida lista de armeros vascos, recogida y ampliada por R. Larrañaga en su obra “Síntesis histórica de la armería vasca”, donde se agrupan unos mil seiscientos nombres.

De toda esta producción, incluyendo armas defensivas y blancas en general, nos han llegado suficientes muestras. Los arcabuces y mosquetes vascos a igual que coseletes, morriones etc. que puedan verse en algún museo, colección o subasta, a menudo por no estar marcados, se ha acomodado en clasificarlos como italianos o procedentes de otros países europeos. Del siglo XVII nos han llegado armas catalanas civiles y decoradas, que en ocasiones presentan punzones con nombres de autor y ocasionalmente fecha y localidad de fabricación, sin embargo no ocurre lo mismo con el País Vasco, del cual casi no empiezan a hallarse armas de fuego destinadas a particulares hasta la mitad del siglo XVIII, lo que indica que anteriormente la producción se destinaba casi exclusivamente a la demanda de armas de munición para los ejércitos.

En la segunda etapa, constatamos una sorprendente evolución, en que sin dejar el suministro reglamentario, se inicia una corriente artística que propicia admirables obras de arte. Estas son pocas entre una gran producción de pistolas y escopetas civiles de valor asequible, que en nada colaboran a la fama de la armería vasca, con lo que se deduce que la demanda de obras artísticas se limitaba a los pocos clientes que pudiesen costear los meticulosos trabajos en relieves e incrustaciones aplicados a ejemplares de alta calidad. Bastantes maestros que trabajaron entre los siglos XVIII y XIX, gozaron de gran fama y reconocimiento, dejando estampados en oro nombres como los Zuloaga, Alberdi, Bustindui, Barrenechea y otros muchos, hoy tristemente ignorados aún por sus compatricios, que olvidan las bases de su industria actual.

 

 

Armas antiguas decoradas en el resto de España

 

En cuanto nos referimos a las armas que se produjeron en otros lugares de España, el tema se nos hace bastante dificultoso. Los armeros se encontraban dispersos por la geografía nacional. Con parecida mecánica pero con diferentes motivos decorativos y valiéndonos de determinadas referencias, como son algunas armas marcadas con la localidad y el nombre del autor, podemos dar algunos ejemplos. En Andalucía hubo bastantes armeros trabajando armas decoradas, de las que hemos observado ejemplares con guarniciones y llave de miguelete ornados con profundos y bellos cincelados y con la mordaza o pie de gato generalmente muy alargado.

Las cajas (parte de madera de un arma) presentan asiduamente particulares apliques embutidos o cincelados en plata que identifican la procedencia. Hemos observado llaves y cañones inscritos en Sevilla, Córdoba, Cádiz, etc. También pueden verse, aunque raramente, marcas de Cuenca, Soria, Aragón, Ceuta, Salamanca, Mallorca, Burgo de Osma (Soria) y otros.

En Asturias la producción se repartía entre Oviedo, Trubia, Grado y otras ciudades. Pocas armas civiles se pueden hallar en museos, colecciones o libros, de esas procedencias, lo cual nos lleva a pensar que la producción se centraba en suministros militares. Por cierto, la villa catalana de Ripoll se vio perjudicada por la competencia asturiana, perdiendo grandes demandas del Estado.

En las provincias de ultramar se destaca Méjico durante el siglo XVIII, produciendo armas de aspecto brillante, como las parejas de clásicos trabuquillos de arzón inspirados en formas catalanas, realizados por vascos y catalanes expatriados, pero con apliques de plata u otro metal figurando vegetales combinados con animales, entre los que no suele faltar el “Quetzalcóatl” azteca o serpiente emplumada.

No olvidaremos la Real Fábrica de Nápoles, que durante el siglo XVIII y bajo el reinado de Carlos III produjo buenas armas asimismo con llave de miguelete, entre las que se hallan las pistolas con pomo esférico, a menudo confundidas con las procedentes de la villa de Ripoll, siendo estas últimas más antiguas.

No debemos confundir el pacifismo con la historia y el arte de nuestros antepasados. Las pocas armas antiguas de calidad que han sobrevivido, son el testimonio palpable de la evolución de las culturas. Despreciarlas es como quemar libros y archivos históricos. 

 

Resumen

 

En este artículo hemos visto la historia acerca de la fabricación y decoración de armas en el reino español que comprende entre los siglos XVII y XIX.

 

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Comentarios


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Hoplon

27, Octubre 2020 12:26:25

Si entonces hubiera existido la IA hoy no nos hubiera llegado ni una.

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