Mensaje por Jose_Luis_G » 19 Feb 2014 21:31
Muchas veces uno se gasta una fortuna en un arma, y luego pretende ahorrar en lo fundamental, como puede ser su posterior limpieza y mantenimiento.
Tantas veces los cazadores sobre todo, después de una sesión de caza, miran por el tubo y afirman con rotundidad: para qué lo voy a limpiar, si está brillante.
Algunos tiradores de precisión no van a la zaga; tiran y guardan el arma hasta la siguiente tirada.
Es un hecho constatado que el 90% o más, de los presuntos fallos de precisión de un arma, sobre todo de caza donde el nivel de conocimiento escasea, y tantas veces devuelta a la fábrica por problemas de agrupación, se ha solucionado con una concienzuda limpieza del cañón.
Para evitar que nos pueda ocurrir algo parecido, haremos un repaso de los pasos a seguir para una correcta limpieza, así como de las causas y efectos que nos llevan a ella.
El tránsito de un proyectil por el interior de un cañón supone un rozamiento del mismo contra la pared, cuya primer consecuencia es un depósito del material de la capa exterior, en el cañón.
Si es cobre, encobra y si plomo, emploma. No hay excusa.
Siendo que además el proyectil no se mueve solo, sino animado por la presión de los gases de la pólvora, una parte de los residuos de la combustión, se deposita en la pared del tubo.
Otro aspecto a tener en consideración es el hecho de que el interior los cañónes no es liso, sino que tiene una superficie mas o menos rugosa, en función de la calidad del cañón, su acabado y material. El depósito será mayor o menor en función de la menor o mayor rugosidad del interior.
La acumulación de depósitos en el interior del tubo, lleva, indefectiblemente a crear irregularidades en el tránsito interno del proyectil, que acaban en una pérdida de precisión, como mal menor.
Atendiendo a su origen, podemos clasificar los materiales en dos grandes grupos:
Residuos de combustión de la pólvora y depósitos que provienen de la envuelta del proyectil.
En un proceso lógico de limpieza lo que encontramos primero es el residuo de pólvora. Éste se elimina con efecto mecánico (cepillo o grata) o mejor con efecto químico (disolvente adecuado).
Tras eliminar esta capa, aparece el depósito creado por la envuelta.
Firmemente adherido, sólo se puede eliminar mediante reacción química (productos en base amoníaco), electrolítica (paso de corriente en un medio conductor) o en último término, de forma mecánica por abrasión (pasta de pulir).
De todos es sabido que para efectuar una limpieza correcta, debemos abordar el trabajo por la recámara. El motivo es obvio; la baqueta puede dañar la boca de fuego, que es el último punto de contacto del proyectil con el cañón.
Esa brevísima despedida del proyectil al salir, es fundamental si queremos que no salga desestabilizado en su camino al blanco.
Un detalle muy importante y apenas practicado es el uso de una guía de baqueta. Se trata de un tubo que, insertado por la parte trasera del arma, nos sirve de guía para la baqueta hasta la recámara.
No sirve un tubo cualquiera; ha de ser uno de un calibre interior ligeramente superior al del arma en cuestión, colocado de forma firme e inequívoca en perfecta alineación con el cañón.
Deseablemente sellado para evitar fugas de los líquidos utilizados en la limpieza, debe llegar al menos a la entrada de la recámara y mucho mejor si llega a la zona del hombro del cartucho.
El devenir de la baqueta adelante y atrás puede afectar a la toma de estrías, a la salida de la recámara, causando daños muy graves, que después van a repercutir en la precisión del arma. Éste es el motivo fundamental de la guía: hacer que la punta de la baqueta llegue a su lugar de actuación sin que toque en ningún sitio antes.
El material de la baqueta juega también un papel importante en la limpieza.
Haciendo una relación ordenada de mejor a peor sería: Teflón, nylon, otros plásticos blandos, latón, aluminio, hierro.
Su construcción también: siempre enteras, nunca en tramos. Los saltos de las uniones hacen estragos en el interior del cañón.
El mango giratorio nos ayuda a profundizar en la limpieza, al facilitar el giro del elemento limpiador acompañando a la estría.
Los terminales de la baqueta deben ser preferiblemente de aluminio, los de latón se verán afectados por algunos productos de limpieza y el hierro puede dañar el interior del tubo.
Si además consideramos que la temperatura del tubo influye en el resultado de la limpieza, llegamos a la conclusión de que el mejor momento para limpiar el arma es justo cuando se acaba la sesión de tiro.
La limpieza más completa se lleva a cabo sin usar elementos abrasivos mecánicos del tipo de las gratas de pelo de cobre, etc. Es preferible el trapo o aún mejor el fieltro.
Para ello procederemos primero a quitar la capa de residuos de pólvora quemada, usando una solución de jabón en agua. Un ejemplo puede ser Fairy y agua al 50%, aunque no es el único producto. Podemos emplear cualquier gel de ducha rebajado con agua.
Se empapa el fieltro del terminal de la baqueta y se dan varias pasadas acabando con la salida por la boca, donde se quita el fieltro antes de retirar la baqueta. Con uno o dos fieltros habremos terminado esta fase.
A continuación emplearemos el mismo procedimiento con el producto que se encarga de quitar el cobre, latón, etc. Hay varios en el mercado y no hay que tener miedo a que sean en base amoníaco. Robla Solo Mili, Boretech Copper Remover o similares.
Repetidas pasadas con los correspondientes cambios de fieltro, hasta que empiecen a salir negros (puntas con moly) o blancos (puntas sin recubrimiento). El color verde o azul es signo de que aún queda cobre por sacar.
En el caso de usar puntas tratadas con moly, es conveniente detener esta fase de la limpieza tan pronto veamos aparecer el negro, que es señal de que el moly se está empezando a desprender.
La limpieza se termina con un taco empapado en aceite para cañónes. Éste aceite sirve para desplazar el agua que sirve de base para el amoníaco empeado en la fase anterior, y para preparar el tubo para la siguiente sesión.
Por último, se pasa un taco seco en un solo viaje desde la recámara hasta la boca. Éste taco elimina el grueso del aceite depositado en el tubo, aunque no totalmente, dejando un leve residuo, que servirá para iniciar la siguiente sesión con ese pequeño resto de aceite aún en la estría.
No es conveniente empezar la sesión de tiro con el cañón completamente seco, porque los depósitos de cobre serán muy superiores a los que se producen si el cañón conserva algún vestigio de aceite.
Es muy importante que el aceite, del tipo Ballistol, sea específico para usar en el interior de un cañón, porque de otro modo se corre el riesgo de herniar el tubo u otro tipo de daño importante.
Muchas veces uno se gasta una fortuna en un arma, y luego pretende ahorrar en lo fundamental, como puede ser su posterior limpieza y mantenimiento.
Tantas veces los cazadores sobre todo, después de una sesión de caza, miran por el tubo y afirman con rotundidad: para qué lo voy a limpiar, si está brillante.
Algunos tiradores de precisión no van a la zaga; tiran y guardan el arma hasta la siguiente tirada.
Es un hecho constatado que el 90% o más, de los presuntos fallos de precisión de un arma, sobre todo de caza donde el nivel de conocimiento escasea, y tantas veces devuelta a la fábrica por problemas de agrupación, se ha solucionado con una concienzuda limpieza del cañón.
Para evitar que nos pueda ocurrir algo parecido, haremos un repaso de los pasos a seguir para una correcta limpieza, así como de las causas y efectos que nos llevan a ella.
El tránsito de un proyectil por el interior de un cañón supone un rozamiento del mismo contra la pared, cuya primer consecuencia es un depósito del material de la capa exterior, en el cañón.
Si es cobre, encobra y si plomo, emploma. No hay excusa.
Siendo que además el proyectil no se mueve solo, sino animado por la presión de los gases de la pólvora, una parte de los residuos de la combustión, se deposita en la pared del tubo.
Otro aspecto a tener en consideración es el hecho de que el interior los cañónes no es liso, sino que tiene una superficie mas o menos rugosa, en función de la calidad del cañón, su acabado y material. El depósito será mayor o menor en función de la menor o mayor rugosidad del interior.
La acumulación de depósitos en el interior del tubo, lleva, indefectiblemente a crear irregularidades en el tránsito interno del proyectil, que acaban en una pérdida de precisión, como mal menor.
Atendiendo a su origen, podemos clasificar los materiales en dos grandes grupos:
Residuos de combustión de la pólvora y depósitos que provienen de la envuelta del proyectil.
En un proceso lógico de limpieza lo que encontramos primero es el residuo de pólvora. Éste se elimina con efecto mecánico (cepillo o grata) o mejor con efecto químico (disolvente adecuado).
Tras eliminar esta capa, aparece el depósito creado por la envuelta.
Firmemente adherido, sólo se puede eliminar mediante reacción química (productos en base amoníaco), electrolítica (paso de corriente en un medio conductor) o en último término, de forma mecánica por abrasión (pasta de pulir).
De todos es sabido que para efectuar una limpieza correcta, debemos abordar el trabajo por la recámara. El motivo es obvio; la baqueta puede dañar la boca de fuego, que es el último punto de contacto del proyectil con el cañón.
Esa brevísima despedida del proyectil al salir, es fundamental si queremos que no salga desestabilizado en su camino al blanco.
Un detalle muy importante y apenas practicado es el uso de una guía de baqueta. Se trata de un tubo que, insertado por la parte trasera del arma, nos sirve de guía para la baqueta hasta la recámara.
No sirve un tubo cualquiera; ha de ser uno de un calibre interior ligeramente superior al del arma en cuestión, colocado de forma firme e inequívoca en perfecta alineación con el cañón.
Deseablemente sellado para evitar fugas de los líquidos utilizados en la limpieza, debe llegar al menos a la entrada de la recámara y mucho mejor si llega a la zona del hombro del cartucho.
El devenir de la baqueta adelante y atrás puede afectar a la toma de estrías, a la salida de la recámara, causando daños muy graves, que después van a repercutir en la precisión del arma. Éste es el motivo fundamental de la guía: hacer que la punta de la baqueta llegue a su lugar de actuación sin que toque en ningún sitio antes.
El material de la baqueta juega también un papel importante en la limpieza.
Haciendo una relación ordenada de mejor a peor sería: Teflón, nylon, otros plásticos blandos, latón, aluminio, hierro.
Su construcción también: siempre enteras, nunca en tramos. Los saltos de las uniones hacen estragos en el interior del cañón.
El mango giratorio nos ayuda a profundizar en la limpieza, al facilitar el giro del elemento limpiador acompañando a la estría.
Los terminales de la baqueta deben ser preferiblemente de aluminio, los de latón se verán afectados por algunos productos de limpieza y el hierro puede dañar el interior del tubo.
Si además consideramos que la temperatura del tubo influye en el resultado de la limpieza, llegamos a la conclusión de que el mejor momento para limpiar el arma es justo cuando se acaba la sesión de tiro.
La limpieza más completa se lleva a cabo sin usar elementos abrasivos mecánicos del tipo de las gratas de pelo de cobre, etc. Es preferible el trapo o aún mejor el fieltro.
Para ello procederemos primero a quitar la capa de residuos de pólvora quemada, usando una solución de jabón en agua. Un ejemplo puede ser Fairy y agua al 50%, aunque no es el único producto. Podemos emplear cualquier gel de ducha rebajado con agua.
Se empapa el fieltro del terminal de la baqueta y se dan varias pasadas acabando con la salida por la boca, donde se quita el fieltro antes de retirar la baqueta. Con uno o dos fieltros habremos terminado esta fase.
A continuación emplearemos el mismo procedimiento con el producto que se encarga de quitar el cobre, latón, etc. Hay varios en el mercado y no hay que tener miedo a que sean en base amoníaco. Robla Solo Mili, Boretech Copper Remover o similares.
Repetidas pasadas con los correspondientes cambios de fieltro, hasta que empiecen a salir negros (puntas con moly) o blancos (puntas sin recubrimiento). El color verde o azul es signo de que aún queda cobre por sacar.
En el caso de usar puntas tratadas con moly, es conveniente detener esta fase de la limpieza tan pronto veamos aparecer el negro, que es señal de que el moly se está empezando a desprender.
La limpieza se termina con un taco empapado en aceite para cañónes. Éste aceite sirve para desplazar el agua que sirve de base para el amoníaco empeado en la fase anterior, y para preparar el tubo para la siguiente sesión.
Por último, se pasa un taco seco en un solo viaje desde la recámara hasta la boca. Éste taco elimina el grueso del aceite depositado en el tubo, aunque no totalmente, dejando un leve residuo, que servirá para iniciar la siguiente sesión con ese pequeño resto de aceite aún en la estría.
No es conveniente empezar la sesión de tiro con el cañón completamente seco, porque los depósitos de cobre serán muy superiores a los que se producen si el cañón conserva algún vestigio de aceite.
Es muy importante que el aceite, del tipo Ballistol, sea específico para usar en el interior de un cañón, porque de otro modo se corre el riesgo de herniar el tubo u otro tipo de daño importante.