Mensaje por 308Win » 05 Jun 2008 22:47
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Muchas primaveras han transcurrido desde mi paso por esas maravillosas tierras de Euskadi, y aún vienen a mi memoria los fríos y húmedos inviernos, y las grandes nevadas que repentinamente dejaban incomunicados muchos pueblos y caseríos, pues resulta que los únicos vehículos capaces de ascender por aquellos empinados y sinuosos caminos forrados de hielo y nieve eran, debido a su gran peso, los Land Rover blindados de los guardias, que dedicaban las primeras horas de su jornada al reparto de víveres por las zonas de difícil acceso, y le aseguro señor Aguirre que lo que en la mirada de esas gentes se reflejaba nada tiene que ver con su enconado desprecio.
Afloran ahora recuerdos de un soleado día de playa en Zarautz, allá por julio del 88, disfrutando del mar con varios <<compis>>, de cómo a lo largo de la tarde, el cielo se puso de luto, de cómo regresando a la ciudad armera la lluvia arreciaba, de cómo a pesar de disfrutar del día de descanso y por presentir que la cosa podía ir en serio, nos vestimos de uniforme y en la plaza del pueblo nos pusimos a disposición del jefe local de Protección Civil.
Cada vez se me hace más vívido, un aviso por radio de algún problema en un aparcamiento y allá que acudimos (los pocos vehículos que osan cruzar el torrente con garantías de no ser arrastrados por la fuerte corriente son nuestros pesados blindados). La riada había penetrado en un estacionamiento subterráneo, dejando atrapadas dentro a dos señoras de avanzada edad, en el lugar se agolpa una pequeña multitud, pero nadie se atreve a entrar, la situación es peligrosa, hasta qué punto es palpable el riesgo, que de los cuatro guardias decidimos acceder los dos solteros "por si acaso", acompañados de un policía local.
Despojados de correas y demás pesos, comenzamos el descenso, entre barro, ramas y toda suerte de objetos flotantes que dificultan enormemente el simple acto de nadr. Al llegar al final del angosto túnel, la situación no puede ser más desoladora, al agua le falta un metro para llegar al techo, topamos con una puerta metálica cerrada, barrera infranqueable de acceso a los vehículos, su parte superior está formada por cuarenta centrímetros de barrotes y, a través de esta abertura podemos ver, en una muy precaria condición de equilibrio a dos ancianas subidas en el techo de un coche flotando y meciéndose al vaivén de las turbias aguas.
Mientras redacto esta historia, revivo el extraño olor de las aguas fangosas y a mi paladar acude su nauseabundo regusto. La situación es crítica, la puerta no se puede levantar por falta de fluido eléctrico, férreos barrotes nos separan de las ancianas, además en cualquier momento puede subir el nivel del agua convirtiendo el lugar en una trampa mortal para todos. Con una sierra, por fin conseguimos seccionar varios barrotes, y dos de nosotros pasamos al otro lado para ayudarlas a cruzar la puerta por la angosta abertura. Las frase permanecen estampadas con tinta indeleble en el lienzo de mi memoria: "Señora salte que yo la tengo agarrada, no tenga miedo"."¡Ay! Niño, no tengo miedo, si yo ya estaba muerta".
Tras un penoso viaje de vuelta casi exhaustos, alcanzamos la salida de aquella ratonera, donde rápidamente fuimos atendidos y las ancianas trasladadas al centro médico. Recuerdo una persona que se me acercó y me preguntó: "¿Qué es usted?", a lo cual rápido y un poco ofendido respondí: "¿Es que no lo ve soy guardia civil?", pero su cara de extrañeza me hizo bajar la mirada para ver que el antes uniforme perfectamente distinguible, había sido sustituido por un cenagoso disfraz de fango más propio de la temible bestia del comic La Cosa del Pantano.
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Muchas primaveras han transcurrido desde mi paso por esas maravillosas tierras de Euskadi, y aún vienen a mi memoria los fríos y húmedos inviernos, y las grandes nevadas que repentinamente dejaban incomunicados muchos pueblos y caseríos, pues resulta que los únicos vehículos capaces de ascender por aquellos empinados y sinuosos caminos forrados de hielo y nieve eran, debido a su gran peso, los Land Rover blindados de los guardias, que dedicaban las primeras horas de su jornada al reparto de víveres por las zonas de difícil acceso, y le aseguro señor Aguirre que lo que en la mirada de esas gentes se reflejaba nada tiene que ver con su enconado desprecio.
Afloran ahora recuerdos de un soleado día de playa en Zarautz, allá por julio del 88, disfrutando del mar con varios <<compis>>, de cómo a lo largo de la tarde, el cielo se puso de luto, de cómo regresando a la ciudad armera la lluvia arreciaba, de cómo a pesar de disfrutar del día de descanso y por presentir que la cosa podía ir en serio, nos vestimos de uniforme y en la plaza del pueblo nos pusimos a disposición del jefe local de Protección Civil.
Cada vez se me hace más vívido, un aviso por radio de algún problema en un aparcamiento y allá que acudimos (los pocos vehículos que osan cruzar el torrente con garantías de no ser arrastrados por la fuerte corriente son nuestros pesados blindados). La riada había penetrado en un estacionamiento subterráneo, dejando atrapadas dentro a dos señoras de avanzada edad, en el lugar se agolpa una pequeña multitud, pero nadie se atreve a entrar, la situación es peligrosa, hasta qué punto es palpable el riesgo, que de los cuatro guardias decidimos acceder los dos solteros "por si acaso", acompañados de un policía local.
Despojados de correas y demás pesos, comenzamos el descenso, entre barro, ramas y toda suerte de objetos flotantes que dificultan enormemente el simple acto de nadr. Al llegar al final del angosto túnel, la situación no puede ser más desoladora, al agua le falta un metro para llegar al techo, topamos con una puerta metálica cerrada, barrera infranqueable de acceso a los vehículos, su parte superior está formada por cuarenta centrímetros de barrotes y, a través de esta abertura podemos ver, en una muy precaria condición de equilibrio a dos ancianas subidas en el techo de un coche flotando y meciéndose al vaivén de las turbias aguas.
Mientras redacto esta historia, revivo el extraño olor de las aguas fangosas y a mi paladar acude su nauseabundo regusto. La situación es crítica, la puerta no se puede levantar por falta de fluido eléctrico, férreos barrotes nos separan de las ancianas, además en cualquier momento puede subir el nivel del agua convirtiendo el lugar en una trampa mortal para todos. Con una sierra, por fin conseguimos seccionar varios barrotes, y dos de nosotros pasamos al otro lado para ayudarlas a cruzar la puerta por la angosta abertura. Las frase permanecen estampadas con tinta indeleble en el lienzo de mi memoria: "Señora salte que yo la tengo agarrada, no tenga miedo"."¡Ay! Niño, no tengo miedo, si yo ya estaba muerta".
Tras un penoso viaje de vuelta casi exhaustos, alcanzamos la salida de aquella ratonera, donde rápidamente fuimos atendidos y las ancianas trasladadas al centro médico. Recuerdo una persona que se me acercó y me preguntó: "¿Qué es usted?", a lo cual rápido y un poco ofendido respondí: "¿Es que no lo ve soy guardia civil?", pero su cara de extrañeza me hizo bajar la mirada para ver que el antes uniforme perfectamente distinguible, había sido sustituido por un cenagoso disfraz de fango más propio de la temible bestia del comic La Cosa del Pantano.
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