Rececho de venado con arco: un emocionante relato cinegético

Rececho de venado con arco: un emocionante relato cinegético

Caza
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caza_arco_hoEmocionante relato cinegético sobre un rececho de venado con arco. Con detalles sobre su búsqueda, la aproximación, el acecho... y todo coronado con un increíble final.
Vengo cazando desde chico... hasta donde puedo recordar, primero con el tirachinas, luego acompañando a mi padre, de “perro”, por ser demasiado menudo para poder portar o usar arma alguna; más tarde, con la carabina de aire comprimido cuando la tuve y quizás un poco antes con la de algún amigo o primo, persiguiendo gorriones y hasta algún palomo. Los primeros puedo contarlos más que por cientos por miles, los segundos más escasos. Después llegó el tiempo de echar algún tiro suelto, esperando al agua o a la sal a los torcazos, con la escopeta de llaves del 16 de mi tío, con munición que el buen hombre recargaba con pólvora de fusil que tenía guardada desde la guerra... ¡¡¡qué talegazos que pegaba aquello!!!... y, finalmente, llegó el día de cumplir los 14 años, sacar mi licencia de armas y tener mi primera escopeta... más tarde llegó el rifle y, con el tiempo, acabé siendo bastante buen tirador y, quizás, aún mejor cazador, tanto, tanto que un buen amigo, professional hunter en el Yukón canadiense, que estaba pensando en dejárselo para dedicarse de lleno a su otra gran pasión, la escultura, me propuso traspasarme su cartera de clientes y que lo sustituyese. Circunstancias de la vida hicieron que eso de la escultura no le fuese finalmente bien a mi amigo y no pudo dejarse lo de professional hunter, así que no acabé siéndolo... y, bueno, a lo que iba:

El caso es que llegó un momento en que me vi en el brete de no poder pagar toda la caza que, técnicamente hablando, podía abatir y eso me llevó a comenzar a buscar formas de limitarme: cazar sin visor, irme al monotiro... y, finalmente, llegué al arco... y ahí sí, amigos, di con lo que estaba buscando. Una forma de cazar más abatiendo muchísimo menos.

caza_arcoCualquier mindunguí (sin ánimo de ofender ni de hacer de menos a nadie, ni de levantar polémica alguna: sé de lo que hablo y si tienen dudas vuelvan a leer un poco más arriba) con una buena arma, con la munición adecuada y una mira de calidad bien centrada, a poco que se aplique en aprender a tirar medianamente bien, puede abatir piezas desde distancias que, a menos que vaya a cazar recubierto de brillantes y sonoros campanillos y bañado en agua de colonia, quedan por completo o casi por completo fuera de las capacidades sensoriales del animal. Pero, cazando con arco, o se es cazador o, sencillamente, no se caza: Hay que ser capaz de, en un rececho, meterse por debajo de los 30 metros del animal y en las esperas y aguardos, pasar desapercibido hasta tenerlo por debajo (en ocasiones muy por debajo) de la veintena de metros, y esas cosas o eres capaz de hacerlas o no. Ahí no hay ni medias tintas ni medios técnicos que te lo pongan más fácil.

En fin, a lo que iba, estando en esas, un buen día salí a recechar un venado. Quería ese, no otro. Estando revisando unos manzanitos muy querenciosos de los jabalíes un buen día di con sus huellas. Tremendas. Vaya pedazo de bicho. Parecían más de vaca que de ciervo, por el tamaño, así que me lo tomé con calma y me lo marqué como objetivo. Saqué moldes en escayola de las huellas, para estudiarlas a fondo (aunque su propio tamaño dejaba poco espacio para el error) y poder reconocer hasta la menor traza de esas manos donde quiera que las viese.

Recorrí kilómetros y kilómetros, buscando su rastro, siguiéndolo, encontrándolo y perdiéndolo para volver a retomarlo en ocasiones el mismo día unos cientos de metros más allá y en otros días después, averiguando sus querencias, localizando donde entraba a beber y en qué pastos pacía y, en todo ese largo tiempo, jamás logré echarle el ojo encima. Prometía ser una cacería de las buenas, de las que uno puede recordar toda su vida... y de las que yo buscaba y gusto aún de encontrar: Las que me llevan tras una pieza en concreto durante días, meses en ocasiones (el record lo tiene un jabalí tras el que andé más de dos años, pero esa es otra historia), cazando y disfrutando de la caza. Y, finalmente, un buen día ocurrió lo que tarde o temprano sabía que acabaría por ocurrir…

Allí estaba, en la otra orilla de una recula del pantano, en uno de sus abrevaderos preferidos. Era un tiro largo. Más de 300 metros. Pero de haber continuado cazando con rifle ahí habría acabado posiblemente la historia, ya que estaba quieto y completamente limpio, en el fondo de una recula, casi un barranco, a cubierto de cualquier viento, sólo con lisa agua entre él y yo sobre la que sobrenadaba una muy ligera bruma. ¡¡¡Qué imagen con los prismáticos!!! ¡¡¡Qué precioso tiro con un .270 o un .300 y un buen visor!!! No era ya el caso.

venadoEl problema era que no había forma humana de alcanzar esa orilla desde donde yo estaba sin echarme a nadar delante de sus mismísimas narices. Allí el río que alimenta el pantano se encañona apenas un par de centenares de metros aguas arriba y la corriente que lleva tal y cómo sale del encañonamiento es bastante potente.

Retrocedí hasta el coche y me dispuse a darle la vuelta y buscarle la entrada. Sabía muy bien por que cárcava saldría de allí, así que todo lo que tenía que hacer era tomarla desde arriba e ir bajándola para irle al encuentro. Aún estaba demasiado cerca como para salir a todo gas, así que me lo tomé con calma hasta poner un par de kilómetros por medio y ahí si, más que correr volé bajo.

Tenía que dar un gran rodeo para llegar allí, casi una treintena de kilómetros, y si no me andaba vivo para cuando yo llegase a donde debía comenzar la aproximación él no sólo habría acabado ya de beber, si no que habría subido del todo la cárcava y, sin nadie que me lo observase y me cantase por la emisora para donde tiraba, casi casi que habría sido pieza perdida.

Finalmente, tras algunos derrapes y más de una polvoreda levantada, llegué a donde pensaba dejar el coche, bajé, recompuse mi equipo (gorro, máscara, flechas bien aseguradas en el carcaj, guantes, antebracera, nada en los bolsillos que pudiese sonar, ni ninguna zona de prenda suelta en el brazo o el pecho donde la cuerda pudiese rozar, pads de "olor a monte" colgando de hombros y camales, etc...) dejé todo bien cerrado y me lancé dentro del bosque en busca de la embocadura de la cárcava.

Era la primera vez que bajaba por ella. No me gusta pisar las querencias que puedo observar desde lejos, sobre todo las de una buena pieza. Es una de esas cosas aprendidas de chiquillo de un buen maestro y que tienen una muy buena razón de ser. No dejes tu olor nada más que donde sea absolutamente preciso dejarlo. Un animal muy resabiado, y la mayoría de las buenas piezas no han llegado a ser buenas sin serlo, puede cambiar radicalmente sus hábitos ante un olor desconocido en una querencia que considera segura... si no definitivamente, si al menos por un tiempo.

Al poco de recorrerla, bajando presto y silencioso, en una zona más blanda, vi su rastro fresco. Había bajado y aún no había subido. Aún estaba allí abajo o remontando cárcava arriba. Saque una flecha del carcaj y la dispuse en el arco. ¡¡¡Había llegado a tiempo e iba a tener mi oportunidad!!!

Mi corazón se aceleró. Una descarga de adrenalina me puso los pelos casi de punta. Comencé a descender más despacio, vigilando lo más allá que podía entre la foresta. Quería cazarlo saliéndole al encuentro, no limitándome a sentarme y esperarlo cuando, desprevenido, se metiese en rango de tiro. Un animal así merecía ser cazado con todas las de la ley, dándole su oportunidad si yo no era capaz de hacerlo bien.

caza_con_arcoTenía todo de mi parte, el sol hacía ya un rato que calentaba las cumbres y una leve brisa subía de la fresca cárcava aún en sombras. Cómo él venía de subida yo, si me andaba listo, vería asomar su cuerna antes de que él pudiese verme y, prevenido, dispondría de al menos un par de segundos para inmovilizarme. Estaba bajando y los sonidos suben los barrancos y cárcavas mejor que los bajan. Es más fácil que quien está arriba oiga al que está abajo que al revés, y más aún si el que está abajo está haciendo el esfuerzo de subir y generando su propio ruido, así que el poco ruido que yo podría inadvertidamente hacer era muy probable que pasase desapercibido. De todas formas, precaución y no precipitarse. Era ya tiempo de haber dado el uno con el otro. Debía de estar apunto de aparecer.

Seguí bajando, mirando apenas lo justo donde ponía los pies para evitar pisar cualquier rama caída o piedra suelta o dar un traspiés ruidoso. Toda mi atención se centraba en la maleza ante mí. ¿Donde demonios estaba? ¡Ya debería haberme encontrado con él! Al fondo, entre las ramas, comencé a ver reflejos del agua. Me detuve y forcé la vista escrutando las aclaradas que me dejaban ver las aguas. ¿Sería posible que aún estuviese en la orilla? ¿Habría decidido cruzar la recula a nado? Avancé un poco. Una zona de terreno blando un poco más adelante me reveló una terrible verdad: El venado había subido ya. Ahí estaba el rastro de bajada y el de subida, ambos igual de frescos. ¿Cómo demonios me había cruzado con él sin verlo? Algo había ido terriblemente mal.

No lo pensé ni un segundo, desmonté la flecha, la devolví al carcaj (la seguridad ante todo, y ahora tocaba darse prisa nuevamente) y retomé cárcava arriba lo más ligero que pude, esta vez sin levantar la cabeza, leyendo el terreno a la búsqueda de la más mínima señal de su rastro o de algún sitio por donde hubiese podido romper y dejar la trocha.

Apenas un par de centenares de metros más arriba lo vi: por ahí bajaba un pequeño regato, seco, a mi derecha tal y como subía, que, justo donde confluía con la trocha y la cruzaba para bajar hasta el fondo de la cárcava, se ocultaba a quien bajara por ella tras una gran y espesa mata de carrasca. No había ninguna huella ni señal fácilmente visible, el terreno era ahí demasiado duro, pero un pálpito me decía que tenía que haberse ido por allí.

Comencé a seguir el regato que pronto se convirtió en la parte interior de un bordón que, casi horizontal, bordeaba la ladera. Seguramente era obra humana, de cuando el antiguo ICONA hacía reforestaciones o, quizás, un antiguo carril abierto y medio nivelado por los madereros que, con el paso del tiempo, se había ido erosionando hasta reconducir como regato el agua que recogía de la ladera a la cárcava. ¿Quien diablos iba a saber que aquello estaba allí? ¿A dónde me llevaría?

No tardé mucho en averiguarlo. Al doblar un lomo de la ladera vi que bajaba y embocaba en otra cárcava, paralela a la que yo había recorrido en primer lugar, que moría allí mismo, en un pequeño espacio abierto, formado por años y años de erosiones acumuladas, que albergaba un pequeño y verde prado de alta hierba fresca, antes de que la amplia cárcava se cerrase en un estrecho barrancuelo que se desplomaba ladera abajo.

Y allí estaba. Pastando tranquilamente en aquel oculto remanso de paz y verdor, al parecer encarado al lado opuesto y totalmente ajeno a mi presencia. Había aún algo más de doscientos de metros de bosque de altos pinos, cada vez más claros, entre el prado y mi posición. El prado tendría unos cincuenta o sesenta metros de ancho y, quizás, algo más de un centenar de metros de largo, y él pastaba tranquilamente a apenas una docena de metros del lado del bosque donde yo estaba.

Volví a disponer una flecha en el arco y comencé una lenta aproximación.

De tanto en tanto paraba de pastar y levantaba la cabeza. Yo me inmovilizaba y esperaba a que volviese a pastar. Cada poco avanzaba uno o dos trancos, escogiendo nuevos y más tentadores retazos de hierba al parecer... y alejándose un poco de mí que, al pronto, veía cómo mis oportunidades de poder tirarlo desde el borde del bosque iban reduciéndose cada vez más y más:

¡Si seguía así iba a plantarse en medio del prado para cuando yo llegase al borde del bosque! ¿Cómo demonios iba yo a cruzar medio centenar de metros de espacio completamente descubierto para meterme en rango de tiro?

Comencé a valorar la posibilidad de intentar bordear el claro para ganarle la posición del otro lado... pero eso significaría perder una posición en principio excelente, salir de la trocha relativamente limpia y arriesgarme a hacer ruido entre la maleza... y, sobre todo, abandonar el viento que me favorecía por completo. ¿Qué hacer?

Decidí dejar las cosas cómo estaban y seguir avanzando.

Pronto acabó de quedar claro que no iba yo a llegar al borde del bosque estando él en rango de tiro desde allí. Me la iba a tener que jugar fiándolo todo al camuflaje y a mi capacidad de moverme lo más inadvertidamente posible.

Finalmente conseguí llegar al borde del prado. Él continuaba pastando, como a unos 45 o 50 metros. Demasiado. Casi. Por muy poco. Pero demasiado lejos. ¡Joder, joder, joder...! ¡Qué mal rollo!... ¡¡¡Con el tiempo y trabajo que me había llevado llegar a esa situación!!!

Inspiré. Di un paso y salí de la cobertura que me ofrecía el umbrío bosque al iluminado prado. Me inmovilicé cómo una estatua pues, justo en ese mismo momento, paró de pastar y levantó la cabeza...

¡¡¡Y la movió y miró en mi dirección!!!

¡¡Ay madre... ay madre.... !!

No. Dudó un segundo y siguió pastando. Uff... por los pelos. Vaya... ¡si miraba directamente en mi dirección! ¡Realmente no me ha visto!

Decido avanzar más. Voy concatenando un paso con otro. Me olvido de que estoy en medio del prado. Completamente a la vista. Me miró y no me vio. Soy invisible. No existo. Soy nada, una nada peligrosa y letal que poco a poco, centímetro a centímetro le va ganando peligrosamente terreno.

Treinta metros. Al fin. Me ha costado. Ha levantado varias veces la cabeza. Me ha mirado, al menos lo ha hecho en mi dirección, un par de veces más. Pero sigue ahí. No existo aún para el.

Asiento los pies. Abro el arco. Apunto.

Espero a que vuelva a avanzar para que adelante la pata y me deje aún más espacio. De todas formas sé que el tiro angulado desde atrás para adelante va a ser mortal.

Hasta ahora lo he hecho todo como dicen los cánones y me enseñaron algunos cazadores casi míticos que tuve el placer y el lujo de conocer. Resuenan en mis oídos, como si lo tuviese ahora mismo ahí a mi lado, las palabras de Toni Sánchez Ariño cuando en una tertulia nos decía “No miréis jamás a la pieza. No lo hagáis directamente. Lo saben. Lo notan. Mirarla siempre con vuestra visión periférica, con el rabillo del ojo. Aproximaros a ella con la mirada baja y no la alcéis. Nunca. Jamás. Aguardad hasta el momento oportuno para el disparo y, entonces y sólo entonces, mirarla, apuntar y disparar”.

Aguanto el arco. Espero el momento. Su cabeza se eleva ligeramente sobre la hierba. Va a dar el paso. Noooooooooo!!!!! Acaba de levantar la cabeza. ¡Sé que va a volver a mirar en mi dirección!

Cierro los ojos. Quieto. No hay sonido. Ahora sí: oigo el bosque, los pájaros, el susurro del viento en las copas de los árboles.

Rezo.

No siento resonar el suelo. No oigo ruido de huida. No puedo estar así eternamente, aguantando el arco abierto con los ojos cerrados. He de abrirlos.

Los abro. Sigue ahí. Ha vuelto a bajar la cabeza y pastar.

¡Dios!... ¡¡¡Si estoy temblando!!!

Bajo el arco y relajo.

Así es imposible disparar. Treinta metros largos otra vez y yo estoy cómo un jodido flan. mie!#@. Respira, Ricardo, respira. Despacio. Sin hacer ruido. Relájate. Has llegado hasta aquí. Puedes volver a meterte en rango de tiro. Son tan sólo unos pocos pasos más.

¡¡¡Qué narices!!! ¡¡¡Voy a hacerlo mejor que eso!!! Nada de tirarle a 30 metros: voy a meterme en veinte.

Avanzo.

Increíble. Ya casi estoy en los 20 metros. Un poco más. Sólo un poco más. Puedo hacerlo. Diez metros. Expiro. Abro el arco aprovechando la inspiración para hacer el menor movimiento posible. Apunto. Expiro lentamente mientras que espero a que dé un paso y adelante la pata. Ahora. Da el paso.

Sigo expirando. No largo la flecha.

Sigue comiendo.

Destenso. Bajo el arco. Avanzo aún tres o cuatro metros más. ¿Sigo y lo toco? No. Qué poco honroso sería para él. No lo merece.

He ido todo el tiempo encorvado, con la cabeza entremetida entre los hombros para ofrecer una silueta lo menos reconocible posible. Me yergo ahora en todo mi metro ochenta y seis centímetros.

Alzo la mano y retiro la máscara. Con el mismo movimiento echo atrás la capucha.

Espero. Clavo la vista en su nuca. Para de comer. Alza la cabeza y me mira directamente a los ojos. Qué bonitos ojos.

Extrañeza, asombro... casi diría indignación.

Se vuelve y camina, trota más bien, unos pasos hasta el borde del prado.

Ya allí, en la linde del bosque se para y me vuelve a mirar. Como queriendo confirmar que, en efecto, ha visto lo que ha visto y que yo estoy ahí parado, casi en el centro del prado, mirándolo aun.

Da la vuelta y desaparece en el bosque.

Respiro.

Yo también me doy la vuelta: Es el mejor venado que he cazado en mi vida.


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