Ha pasado ya mas de un año y me sigue pareciendo mentira. No hay día que no le recuerde al levantarme o noche que no lo haga al acostarme. Sigo, en mi ilusión, creyendo que está no lejos de mí, con sus pantalones del pijama tobilleros metidos dentro de sus calcetines, con sus zapatillas de paño de estar en casa, su pañuelo doblado metido en la goma elástica de la cintura de su pijama, asomando por fuera. Sus piernas ligeramente arqueadas, sus ya no tan anchos y robustos hombros, solo reflejo de lo que un día fueron; su olor al besarle en la mejilla, el tacto de su barba en mi cara, su voz, su mirada cándida de padre bonachón, encandilado con lo que le contaba. Especialmente si de armas se trataba...
Le recuerdo tirándome un beso con la mano, con aquella forma tan particular de hacerlo mientras me alejaba cerrando la puerta del ascensor y ya añoraba entonces, cuánto, algún día, echaría de menos aquella forma de despedirnos, cuánto le iba a echar de menos cuando...
...papá, ¿verdad que no estás lejos?
te sigo queriendo mucho y te echo mucho de menos. Qué vacío me siento!
