Mensaje por JotaErre » 19 Jul 2012 12:45
Te contaré una historia que me ocurrió a mí personalmente: a los pocos meses de casarnos, mi mujer sufrió una enfermedad bastante grave, estuvo casi tres meses ingresada. El tratamiento no hacía efecto, y encima un efecto secundario de dicha medicación era que ella deliraba bastante, y decía muchas cosas sin sentido.
Yo llegaba cada noche a casa de verla, y me encontraba sólo. Y progresivamente más triste y desesperanzado.
un día especialmente malo, mi mujer me dedicó todo tipo de insultos. El médico me decía que no tenía que hacerle caso, que el que hablaba era el medicamento y no mi mujer... pero hablaba por su boca y con su voz. Ya llevaba dos meses ingresada y yo estaba en el límite de mi resistencia.
Hacía calor, abrí la ventana para que corriera el aire y me asomé a mirar la calle. Y de pronto, una voz en mi cabeza me dijo que era sencillo, un simple salto y todos mis problemas se acabarían. Juro que durante unos segundos parecía una idea tan sensata y tan seductora...
Por suerte, me volvió la cordura, cerré la ventana y me metí en el baño, que solo tiene un ventanuco por el que no quepo...
Gracias a Dios, a los pocos días mi mujer empezó a mejorar y se recuperó por completo. No sé lo que hubiera hecho si la cosa hubiera durado mucho más. Si esa maldita idea me hubiera pillado un poco peor de lo que estaba, es posible que ahora no estuviera aquí contando esta historia...
Te contaré una historia que me ocurrió a mí personalmente: a los pocos meses de casarnos, mi mujer sufrió una enfermedad bastante grave, estuvo casi tres meses ingresada. El tratamiento no hacía efecto, y encima un efecto secundario de dicha medicación era que ella deliraba bastante, y decía muchas cosas sin sentido.
Yo llegaba cada noche a casa de verla, y me encontraba sólo. Y progresivamente más triste y desesperanzado.
un día especialmente malo, mi mujer me dedicó todo tipo de insultos. El médico me decía que no tenía que hacerle caso, que el que hablaba era el medicamento y no mi mujer... pero hablaba por su boca y con su voz. Ya llevaba dos meses ingresada y yo estaba en el límite de mi resistencia.
Hacía calor, abrí la ventana para que corriera el aire y me asomé a mirar la calle. Y de pronto, una voz en mi cabeza me dijo que era sencillo, un simple salto y todos mis problemas se acabarían. Juro que durante unos segundos parecía una idea tan sensata y tan seductora...
Por suerte, me volvió la cordura, cerré la ventana y me metí en el baño, que solo tiene un ventanuco por el que no quepo...
Gracias a Dios, a los pocos días mi mujer empezó a mejorar y se recuperó por completo. No sé lo que hubiera hecho si la cosa hubiera durado mucho más. Si esa maldita idea me hubiera pillado un poco peor de lo que estaba, es posible que ahora no estuviera aquí contando esta historia...