Mensaje por escarpia » 10 Abr 2008 22:29
Yo sacaría una primera conclusión.
La prensa, la radio, televisión y cualquier medio de comunicación, son ya grandes compañias que solo aspiran a obtener beneficios y manipular lo que puedan para hacernos creer que son diferentes.
Valga este escrito de José Ortega y Gasset como ejemplo de como hemos caído en la mediocridad.
En los periódicos, en el parlamento, en las conversaciones triunfa insolentemente el plebeyismo. Todo gesto, toda palabra que no sean groseros se tacha de amanerados. Tengamos, pues, el buen gusto de proclamar nuestra voluntad de amaneramiento. Cuanto queda flotando sobre el mar de la historia, como su espuma iridiscente, es obra amanerada: las vírgenes de Rafael y los gigantes de Miguel Angel, el ademán solemne y largo con que Don Quijote siembra de inverosimilitud la campiña y el paso incierto en que el príncipe Hamlet arrastra por el jardín su ausencia meditabunda, el tobillo de Fanny Elssler y el imperativo categórico, Francisco de Asís y Robespierre? La vida en decadencia, en descenso es un abandonarse, un aflojar todos los resortes; la vida ascendente es un esfuerzo y conato perdurable; precisamente un esfuerzo contra ese abandono y ese aflojamiento. Para el hombre decaído -el plebeyo- todo esfuerzo significa amaneramiento. Sólo le es cómoda el alma en mangas de camisa. Si queremos dar a la existencia un grado más de intensidad tendremos que condensarla, comprimirla: para el que mira esto desde un grado inferior de intensidad la vida esforzada, en efecto, es forzada -o como suele decirse-, amanerada. Personalidad. Debajo de esta grosería contemporánea late el ressentiment, el rencor impotente de los hombres sin estilo contra los hombres capaces de estilo. Para las gentes vivir es dejarse flotar sobre el flujo de la vida sin ofrecer resistencia alguna. El temperamento superior no deja que le atraviese el torrente vital impunemente: antes bien reobra sobre él, le impone una desviación y trayectoria peculiares. Deforma, reforma, conforma la vida espontánea. La fuerza bruta y elemental toma en él un sesgo expresivo, un perfil característico -estilo. El menor gesto suyo lleva impreso una inconfundible trade-mark. Es, pues, vida en última potencia, una vida que se modela a sí misma. Porque eso que llamamos vida aparece primero como una fuerza monótona, sorda, imbécil en la piedra que oprime tercamente la corteza de la tierra; y la llamamos gravedad. Luego reaparece complicada, alerta, exploradora dentro del cuerpo orgánico; y no sé bien por qué la llamamos propiamente vida. Por fin, se nos presenta en el hombre -en ciertos hombres- como una extraña voluntad de ser sí mismo y la llamamos personalidad. Gravitación, organismo, personalidad: son las tres formas de operar que toma ese oscuro poder creador de la realidad, cuyo nombre propio desconocemos. Y ¿qué es personalidad? ¡Ah!... Muy largo de explicar. Muy sencillo de sugerir. En el escudo de la colosal Atenea que descollaba sobre la Acrópolis esculpió Fidias su propio retrato dotándolo de un mecanismo merced al cual si se amputaba su efigie la estatua entera quedaba hecha pedazos. Personalidad es hacer con las palabras y actos de nuestra existencia lo que Fidias con la estatua de la virgen guerrera e intelectual. Cada día que pasa acepto más efusivamente las palabras de Goethe: Suma dicha de las hijas de la tierra es sólo la Personalidad. Descontento nacional. Pero ello me hace notar hasta qué punto debo ser inactual, criatura de otra edad -¿pretérita?, ¿futura? Al oír hablar de otros hombres percibo que al tiempo presente falta por completo el sensorio para lo personal. Casi indefectiblemente lo que oigo censurar en los actos y palabras de los demás es lo que a mí me parece más digno de estima porque creo descubrir en ello un síntoma de mayor complejidad. En orden al carácter como en orden a la poesía, lo insólito irrita. Cuando Rubén Darío osó hablar de «una vaca crepuscular» la democracia se escandalizó: ¿si fuese berrenda, si fuese rosilla?... ¡Pero crepuscular! Cuando oímos algo que no entendemos, nuestra manera sana de reaccionar es procurar entenderlo y sólo después juzgar. El plebeyo, el resentido, envilecido por la suspicacia cree ver tras lo que no entiende una mueca de desdén a su inferioridad. No siente la ambición de aumentarse dando cabida en su alma a aquella novedad emergente. Sin dejar espacio al propio ingenio para que ensaye la interpretación del enigma, niega el valor de lo insólito, se cierra a ello, lo expulsa. Con semejante tesitura no es posible que nuestra personalidad nazca ni que gocemos de la ajena personalidad. Porque se trata de un goce, de la suprema fruición al hombre concedida. Todo otro espectáculo es ficticio y convencional emparejado con el absoluto dramatismo que una personalidad nos ofrece. ¡Sublime vórtice, torbellino arrebatador que hace la vida en el corazón de un hombre! Cuando la juventud con su retórica y sus patéticos ademanes de actor suburbano se ha alejado de nosotros, lo único que de una manera esencial nos conmueve es asomarnos a un corazón personal, rojo fruto apasionado en que viene a condensarse la savia del mundo.
Yo sacaría una primera conclusión.
La prensa, la radio, televisión y cualquier medio de comunicación, son ya grandes compañias que solo aspiran a obtener beneficios y manipular lo que puedan para hacernos creer que son diferentes.
Valga este escrito de José Ortega y Gasset como ejemplo de como hemos caído en la mediocridad.
En los periódicos, en el parlamento, en las conversaciones triunfa insolentemente el plebeyismo. Todo gesto, toda palabra que no sean groseros se tacha de amanerados. Tengamos, pues, el buen gusto de proclamar nuestra voluntad de amaneramiento. Cuanto queda flotando sobre el mar de la historia, como su espuma iridiscente, es obra amanerada: las vírgenes de Rafael y los gigantes de Miguel Angel, el ademán solemne y largo con que Don Quijote siembra de inverosimilitud la campiña y el paso incierto en que el príncipe Hamlet arrastra por el jardín su ausencia meditabunda, el tobillo de Fanny Elssler y el imperativo categórico, Francisco de Asís y Robespierre? La vida en decadencia, en descenso es un abandonarse, un aflojar todos los resortes; la vida ascendente es un esfuerzo y conato perdurable; precisamente un esfuerzo contra ese abandono y ese aflojamiento. Para el hombre decaído -el plebeyo- todo esfuerzo significa amaneramiento. Sólo le es cómoda el alma en mangas de camisa. Si queremos dar a la existencia un grado más de intensidad tendremos que condensarla, comprimirla: para el que mira esto desde un grado inferior de intensidad la vida esforzada, en efecto, es forzada -o como suele decirse-, amanerada. Personalidad. Debajo de esta grosería contemporánea late el ressentiment, el rencor impotente de los hombres sin estilo contra los hombres capaces de estilo. Para las gentes vivir es dejarse flotar sobre el flujo de la vida sin ofrecer resistencia alguna. El temperamento superior no deja que le atraviese el torrente vital impunemente: antes bien reobra sobre él, le impone una desviación y trayectoria peculiares. Deforma, reforma, conforma la vida espontánea. La fuerza bruta y elemental toma en él un sesgo expresivo, un perfil característico -estilo. El menor gesto suyo lleva impreso una inconfundible trade-mark. Es, pues, vida en última potencia, una vida que se modela a sí misma. Porque eso que llamamos vida aparece primero como una fuerza monótona, sorda, imbécil en la piedra que oprime tercamente la corteza de la tierra; y la llamamos gravedad. Luego reaparece complicada, alerta, exploradora dentro del cuerpo orgánico; y no sé bien por qué la llamamos propiamente vida. Por fin, se nos presenta en el hombre -en ciertos hombres- como una extraña voluntad de ser sí mismo y la llamamos personalidad. Gravitación, organismo, personalidad: son las tres formas de operar que toma ese oscuro poder creador de la realidad, cuyo nombre propio desconocemos. Y ¿qué es personalidad? ¡Ah!... Muy largo de explicar. Muy sencillo de sugerir. En el escudo de la colosal Atenea que descollaba sobre la Acrópolis esculpió Fidias su propio retrato dotándolo de un mecanismo merced al cual si se amputaba su efigie la estatua entera quedaba hecha pedazos. Personalidad es hacer con las palabras y actos de nuestra existencia lo que Fidias con la estatua de la virgen guerrera e intelectual. Cada día que pasa acepto más efusivamente las palabras de Goethe: Suma dicha de las hijas de la tierra es sólo la Personalidad. Descontento nacional. Pero ello me hace notar hasta qué punto debo ser inactual, criatura de otra edad -¿pretérita?, ¿futura? Al oír hablar de otros hombres percibo que al tiempo presente falta por completo el sensorio para lo personal. Casi indefectiblemente lo que oigo censurar en los actos y palabras de los demás es lo que a mí me parece más digno de estima porque creo descubrir en ello un síntoma de mayor complejidad. En orden al carácter como en orden a la poesía, lo insólito irrita. Cuando Rubén Darío osó hablar de «una vaca crepuscular» la democracia se escandalizó: ¿si fuese berrenda, si fuese rosilla?... ¡Pero crepuscular! Cuando oímos algo que no entendemos, nuestra manera sana de reaccionar es procurar entenderlo y sólo después juzgar. El plebeyo, el resentido, envilecido por la suspicacia cree ver tras lo que no entiende una mueca de desdén a su inferioridad. No siente la ambición de aumentarse dando cabida en su alma a aquella novedad emergente. Sin dejar espacio al propio ingenio para que ensaye la interpretación del enigma, niega el valor de lo insólito, se cierra a ello, lo expulsa. Con semejante tesitura no es posible que nuestra personalidad nazca ni que gocemos de la ajena personalidad. Porque se trata de un goce, de la suprema fruición al hombre concedida. Todo otro espectáculo es ficticio y convencional emparejado con el absoluto dramatismo que una personalidad nos ofrece. ¡Sublime vórtice, torbellino arrebatador que hace la vida en el corazón de un hombre! Cuando la juventud con su retórica y sus patéticos ademanes de actor suburbano se ha alejado de nosotros, lo único que de una manera esencial nos conmueve es asomarnos a un corazón personal, rojo fruto apasionado en que viene a condensarse la savia del mundo.