Mensaje por Maqroll » 14 Abr 2008 14:11
Supongo que varía con el día en que tiras. Normalmente es un reto consigo mismo. Y cierta tensión por el entorno: estar pendiente de los otros tiradores, respetar al máximo los protocolos de seguridad, etc. Pero el otro día fue muy especial. Era día laborable (miércoles), y subí al club sobre las tres de la tarde. No había absolutamente nadie. Sólo Oscar, el encargado del bar., trasteando en sus labores. El club al que pertenezco está situado en un valle de bosques frondosos, parque natural respetado (de momento) por el ladrillo. La instalación del club está presidida por una vieja masía típica catalana, que forma parte integrante del paisaje. Hacía una tarde magnífica, soleada y silenciosa (si obviamos a los pájaros, que discutían de sus cosas). Una vez en la galería de tiro, que es exterior, comencé el ritual de preparar el arma, el visor, la munición perfectamente alineada, colocar las dianas en sus soportes
Y sentarme unos minutos para relajarme y pausar la respiración. Pensé que romper la paz que existía, a tiros, era vergonzoso. Me fijé en una abeja (o avispa, que no las distingo) que iba de excursión entre las florecillas, justo enfrente mío. Me pregunté si sería capaz de darle con el 9pb
bucólico que es uno. Así que me dejé de remilgos, me puse los cascos del mp3, donde Leonard Cohen le daba la vara a su hija Suzanne, cargué
Y pasé la hora y media más feliz que he tenido últimamente: tiro a una mano, con apoyo, rápido, doble disparo a varias dianas
alguna pausa para sentarse y reflexionar sobre los resultados (especialmente sobre lo malo que soy)
Cuando terminé las cuatro cajas de munición (200 disparos dan para bastante), recogí los bártulos, fuí a sentarme unos minutos a la terraza del bar, con una cerveza bien fría, y de nuevo envuelto por el silencio, con el tibio sol de media tarde en la cara, casi (sólo casi) me reconcilié con el resto del mundo.
Saludos;)
Supongo que varía con el día en que tiras. Normalmente es un reto consigo mismo. Y cierta tensión por el entorno: estar pendiente de los otros tiradores, respetar al máximo los protocolos de seguridad, etc. Pero el otro día fue muy especial. Era día laborable (miércoles), y subí al club sobre las tres de la tarde. No había absolutamente nadie. Sólo Oscar, el encargado del bar., trasteando en sus labores. El club al que pertenezco está situado en un valle de bosques frondosos, parque natural respetado (de momento) por el ladrillo. La instalación del club está presidida por una vieja masía típica catalana, que forma parte integrante del paisaje. Hacía una tarde magnífica, soleada y silenciosa (si obviamos a los pájaros, que discutían de sus cosas). Una vez en la galería de tiro, que es exterior, comencé el ritual de preparar el arma, el visor, la munición perfectamente alineada, colocar las dianas en sus soportes
Y sentarme unos minutos para relajarme y pausar la respiración. Pensé que romper la paz que existía, a tiros, era vergonzoso. Me fijé en una abeja (o avispa, que no las distingo) que iba de excursión entre las florecillas, justo enfrente mío. Me pregunté si sería capaz de darle con el 9pb
bucólico que es uno. Así que me dejé de remilgos, me puse los cascos del mp3, donde Leonard Cohen le daba la vara a su hija Suzanne, cargué
Y pasé la hora y media más feliz que he tenido últimamente: tiro a una mano, con apoyo, rápido, doble disparo a varias dianas
alguna pausa para sentarse y reflexionar sobre los resultados (especialmente sobre lo malo que soy)
Cuando terminé las cuatro cajas de munición (200 disparos dan para bastante), recogí los bártulos, fuí a sentarme unos minutos a la terraza del bar, con una cerveza bien fría, y de nuevo envuelto por el silencio, con el tibio sol de media tarde en la cara, casi (sólo casi) me reconcilié con el resto del mundo.
Saludos;)