Mensaje por varego » 21 Feb 2008 20:40
A mi abuelo materno le pilló la guerra haciendo la mili en la zona republicana, así que ya queda claro en qué bando combatió. El caso es que era bastante espabilado, aunque sin estudios y debía tener los cojones cuadrados el hombre, porque acabó la guerra de teniente. Anécdotas contaba pocas, no le gustaba recordar aquellos tiempos, pero sí conozco una porque en ella intervinieron más personas, cuyos descendientes la han compartido conmigo y entre todos la hemos "reconstruido". Estaba mi abuelo en el frente, creemos que cerca de Badajoz, cuando su unidad entró en un pueblo recientemente abandonado por los nacionales. Estaban buscando casa por casa cuando los llamaron porque tenían que transportar a unos presos para hacerles un juicio (del que saldrían casi con toda seguridad "con los pies por delante" ). Cuando llegaron a donde estaban los camiones, reconoció entre los prisioneros a un paisano suyo, con el que su padre (mi bisabuelo) había tenido unos problemas por unas tierras años ha. El hombre era un falangista, que se había escapado al otro bando nada más empezar el alzamiento. Estaba herido en una pierna y bastante asustado y resignado a lo que le esperaba. Mi abuelo habló con él y procuró tranquilizarle. El jefe del convoy era un teniente bastante campechano y a él se dirigió mi abuelo. No sabemos exactamente qué hablaron o qué no. El hecho es que mi abuelo le dijo que de ese hombre respondía él personalmente, que era hombre de bien, que no había hecho mal a nadie y que no merecía morir. El teniente, bien porque creyó lo que le decía mi abuelo, bien porque no estaría muy conforme con el destino de los prisioneros (era un militar de carrera), atendió el pedido de mi abuelo y sacó al hombre del camión. Como la herida de la pierna no tenía buen aspecto lo trasladaron a un hospital militar, no sin la promesa de enviarlo a una prisión cerca de su pueblo. Durante la batalla del Ebro, mi abuelo fué hecho prisionero y deambuló de campo de prisioneros en campo de prisioneros hasta el fin de la guerra. Como era teniente, pero no de carrera, no lo juzgaron por apoyo a la rebelión, pero sí por combatir contra el ejército sublevado, así que lo enviaron al campo de trabajo Miguel de Unamuno. Allí, por la dureza de las condiciones enfermó. Y hubiera muerto seguro, de no ser por el hecho que sucedió y que es de lo poquito que cuenta de aquellos años. Dice que un día, vinieron a avisarle de que tenía una visita y que se sorprendió cuando vió que era el falangista al que había salvado en Badajoz. Venía cojo, porque había perdido la pierna herida y que lo primero que hicieron al verse fué abrazarse un buen rato sin hablar. Después, el hombre le dijo que se tranquilizara, que había ido a sacarlo de allí. Había estado en una cárcel de Cartagena hasta el fin de la guerra y sabía de su paradero gracias a mi abuela, ya que al ser liberado y llegar al pueblo, fué a preguntar por mi abuelo a su casa.
Para hacerlo breve, aquel hombre ahora era un falangista excombatiente mutilado, lo que entonces era algo importante. Y consiguió sacar a mi abuelo de allí. Y llevarlo a casa. Y yo no puedo sino emocionarme al imaginar aquel abrazo que se dieron en el campo de prisioneros, ese militar republicano y aquel falangista, que supieron ver a los seres humanos, a los vecinos que habían debajo de los uniformes y las ideologías. Ambos se habían salvado la vida, sin esperar nada a cambio, porque es lo normal cuando un conocido, un vecino, está en peligro.
A mi abuelo materno le pilló la guerra haciendo la mili en la zona republicana, así que ya queda claro en qué bando combatió. El caso es que era bastante espabilado, aunque sin estudios y debía tener los cojones cuadrados el hombre, porque acabó la guerra de teniente. Anécdotas contaba pocas, no le gustaba recordar aquellos tiempos, pero sí conozco una porque en ella intervinieron más personas, cuyos descendientes la han compartido conmigo y entre todos la hemos "reconstruido". Estaba mi abuelo en el frente, creemos que cerca de Badajoz, cuando su unidad entró en un pueblo recientemente abandonado por los nacionales. Estaban buscando casa por casa cuando los llamaron porque tenían que transportar a unos presos para hacerles un juicio (del que saldrían casi con toda seguridad "con los pies por delante" ). Cuando llegaron a donde estaban los camiones, reconoció entre los prisioneros a un paisano suyo, con el que su padre (mi bisabuelo) había tenido unos problemas por unas tierras años ha. El hombre era un falangista, que se había escapado al otro bando nada más empezar el alzamiento. Estaba herido en una pierna y bastante asustado y resignado a lo que le esperaba. Mi abuelo habló con él y procuró tranquilizarle. El jefe del convoy era un teniente bastante campechano y a él se dirigió mi abuelo. No sabemos exactamente qué hablaron o qué no. El hecho es que mi abuelo le dijo que de ese hombre respondía él personalmente, que era hombre de bien, que no había hecho mal a nadie y que no merecía morir. El teniente, bien porque creyó lo que le decía mi abuelo, bien porque no estaría muy conforme con el destino de los prisioneros (era un militar de carrera), atendió el pedido de mi abuelo y sacó al hombre del camión. Como la herida de la pierna no tenía buen aspecto lo trasladaron a un hospital militar, no sin la promesa de enviarlo a una prisión cerca de su pueblo. Durante la batalla del Ebro, mi abuelo fué hecho prisionero y deambuló de campo de prisioneros en campo de prisioneros hasta el fin de la guerra. Como era teniente, pero no de carrera, no lo juzgaron por apoyo a la rebelión, pero sí por combatir contra el ejército sublevado, así que lo enviaron al campo de trabajo Miguel de Unamuno. Allí, por la dureza de las condiciones enfermó. Y hubiera muerto seguro, de no ser por el hecho que sucedió y que es de lo poquito que cuenta de aquellos años. Dice que un día, vinieron a avisarle de que tenía una visita y que se sorprendió cuando vió que era el falangista al que había salvado en Badajoz. Venía cojo, porque había perdido la pierna herida y que lo primero que hicieron al verse fué abrazarse un buen rato sin hablar. Después, el hombre le dijo que se tranquilizara, que había ido a sacarlo de allí. Había estado en una cárcel de Cartagena hasta el fin de la guerra y sabía de su paradero gracias a mi abuela, ya que al ser liberado y llegar al pueblo, fué a preguntar por mi abuelo a su casa.
Para hacerlo breve, aquel hombre ahora era un falangista excombatiente mutilado, lo que entonces era algo importante. Y consiguió sacar a mi abuelo de allí. Y llevarlo a casa. Y yo no puedo sino emocionarme al imaginar aquel abrazo que se dieron en el campo de prisioneros, ese militar republicano y aquel falangista, que supieron ver a los seres humanos, a los vecinos que habían debajo de los uniformes y las ideologías. Ambos se habían salvado la vida, sin esperar nada a cambio, porque es lo normal cuando un conocido, un vecino, está en peligro.