Finlandia dispone de una renta per cápita de 35.400 $, cinco veces menos (5) que Qatar. Un veinticinco por ciento menos que Estados Unidos, ese paraíso liberal que tiene, según su propio censo, casi cincuenta (50) millones de pobres.
Por el contrario, Finlandia dispone del mejor sistema educativo del mundo, a juicio de los expertos.
¿Que por qué? Este país nórdico no dispone de petrodólares, tampoco ha registrado nunca los renos de Santa Claus, pero exhibe valores sociales relacionados con la solidaridad, el progreso y la ética que luego tienen reflejo en políticas concretas.
Nada viene del aire. Todo tiene su ideología, para bien o para mal. Incluyendo el afirmar que un Estado de bienestar depende en exclusiva de la cuenta corriente y en absoluto de la dignidad humana, la ética social o el sistema político.
El liberalismo es la ley de una selva donde, repito, los derechos no existen. La protección se la compra quien puede y al débil sólo le queda la beneficencia pública o privada. Y eso mientras no le corten el grifo de la caridad con la disculpa de un catarro crónico en la “economía”.
Pero hagámosle un hueco a Hollywood, al glamour, a la alfombra roja, al paseo de la fama, al palco de butacas, a la dolce vita. No para ver mudas excentricidades cómicas sobre el “ande yo caliente, ríase la gente”. Para eso ya tenemos a ese
librepensador, a ese galán del cine en blanco y negro llamado Recarte. Hablemos de otra cosa, del séptimo arte con mayúsculas, de “El color del dinero”.
Una de las mejores críticas contra el liberalismo de Reagan salió de boca del actor Paul Newman, hombre de gran conciencia política y social: “Este presidente se dedica a regalarnos ayudas a los de mi clase social, que para nada las necesitamos, y a cerrar luego hospitales públicos tras convertirlos en morideros de pobres”. ¡Qué grande es el cine!
Por lo demás, estamos de acuerdo; como no podía ser de otra manera. Las pensiones, las prestaciones por desempleo, la salud laboral, la educación y sanidad públicas, la atención a la discapacidad y la dependencia, la vivienda protegida o los convenios colectivos no han sido logros de la presión social.
El Estado de bienestar ha sido, como todo el mundo sabe, el generoso “regalo” de la ideología del “sálvese quien pueda”, del privatizar las ganancias socializando todas las pérdidas. De los que hoy se llaman a sí mismos “liberales” y ayer les llamaban otra cosa. Les llamaban Trinidad.
Si ya lo cantaba Sabina: “La bicicleta de mi niñez se fue quedando sin frenos, y en la peli que pusieron después nunca ganaban los buenos”. Tampoco los edecanes del sistema, porque su ideología se acaba volviendo contra ellos.
Feliz año. Pero para todos.
Finlandia dispone de una renta per cápita de 35.400 $, cinco veces menos (5) que Qatar. Un veinticinco por ciento menos que Estados Unidos, ese paraíso liberal que tiene, según su propio censo, casi cincuenta (50) millones de pobres.
Por el contrario, Finlandia dispone del mejor sistema educativo del mundo, a juicio de los expertos.
¿Que por qué? Este país nórdico no dispone de petrodólares, tampoco ha registrado nunca los renos de Santa Claus, pero exhibe valores sociales relacionados con la solidaridad, el progreso y la ética que luego tienen reflejo en políticas concretas.
Nada viene del aire. Todo tiene su ideología, para bien o para mal. Incluyendo el afirmar que un Estado de bienestar depende en exclusiva de la cuenta corriente y en absoluto de la dignidad humana, la ética social o el sistema político.
El liberalismo es la ley de una selva donde, repito, los derechos no existen. La protección se la compra quien puede y al débil sólo le queda la beneficencia pública o privada. Y eso mientras no le corten el grifo de la caridad con la disculpa de un catarro crónico en la “economía”.
Pero hagámosle un hueco a Hollywood, al glamour, a la alfombra roja, al paseo de la fama, al palco de butacas, a la dolce vita. No para ver mudas excentricidades cómicas sobre el “ande yo caliente, ríase la gente”. Para eso ya tenemos a ese [i]librepensador[/i], a ese galán del cine en blanco y negro llamado Recarte. Hablemos de otra cosa, del séptimo arte con mayúsculas, de “El color del dinero”.
Una de las mejores críticas contra el liberalismo de Reagan salió de boca del actor Paul Newman, hombre de gran conciencia política y social: “Este presidente se dedica a regalarnos ayudas a los de mi clase social, que para nada las necesitamos, y a cerrar luego hospitales públicos tras convertirlos en morideros de pobres”. ¡Qué grande es el cine!
Por lo demás, estamos de acuerdo; como no podía ser de otra manera. Las pensiones, las prestaciones por desempleo, la salud laboral, la educación y sanidad públicas, la atención a la discapacidad y la dependencia, la vivienda protegida o los convenios colectivos no han sido logros de la presión social.
El Estado de bienestar ha sido, como todo el mundo sabe, el generoso “regalo” de la ideología del “sálvese quien pueda”, del privatizar las ganancias socializando todas las pérdidas. De los que hoy se llaman a sí mismos “liberales” y ayer les llamaban otra cosa. Les llamaban Trinidad.
Si ya lo cantaba Sabina: “La bicicleta de mi niñez se fue quedando sin frenos, y en la peli que pusieron después nunca ganaban los buenos”. Tampoco los edecanes del sistema, porque su ideología se acaba volviendo contra ellos.
Feliz año. Pero para todos.
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