Mensaje por lincis » 11 Nov 2016 10:45
Valeriano Weyler y Nicolau nació en Palma de Mallorca, el 17 de septiembre de 1837. Hijo de Valeriano Weyler Laviña y de María Francisca Nicolau. Su madre era mallorquina y su padre un madrileño, médico doctorado en el Real Colegio de Médicos y Cirujanos de Barcelona.
Su bisabuelo, el primer Weyler llegado a España, era un alemán del Kurft, a orillas del Rhin, que ingresó en el Regimiento de la Guardia Walona. Como el Regimiento de la Guardia Walona apenas encontraba voluntarios y los reyes deseaban mantenerlo, Carlos IV dispuso que sus reclutas tuvieran por lo menos un cuarto de walón, pero esto no fue suficiente y el Regimiento se vio obligado a reclutar a españoles y extranjeros de toda naturaleza. De este modo, el primer Weyler, aunque no era ni suizo, ni irlandés, ni walon pudo entrar en el Regimiento, hasta que una bala le agujereó y lo dejó inútil, pasando a ser Teniente del Cuerpo de Inválidos.
Su hijo, ya español, perteneció al mismo regimiento, luchando en la guerra del Rosellón, contra los franceses en la Guerra de la Independencia y prestó servicios en la colonia de Surinam, retirándose de Coronel.
De este modo Valeriano Weyler Laviña ingresó en el Cuerpo de Sanidad y fue médico de visita en el Hospital Militar de Barcelona, hasta que lo enviaron a la primera guerra contra los carlistas. En 1835 fue destinado a Filipinas, aunque volvió a España el año siguiente donde continuó la guerra. Pasó luego al Hospital Militar de Palma de Mallorca y se vinculó a la isla.
Valeriano Weyler Nicolau estudió en el colegio que Bernardo Homar tenía en Palma. En 1847 su padre fue nombrado jefe del Hospital Militar de Granada, y la familia embarcó hacia allí, prosiguiendo sus estudios en el Colegio de San Bartolomé y Santiago de Granada.
Fue un niño tímido y físicamente poca cosa, canijo y corto de estatura. Como decía el pueblo “¡Fumar hace hombre!”, y con algunos amigos se fumó un cigarro robado a sus padres. La hombría no dio señales de vida, pero el humo le provocó dolor de cabeza y mal sabor de boca, por lo que se prometió no volver a fumar. Lo cumplió toda la vida.
Para ver si crecía, sus padres lo matricularon en un gimnasio. Se dedicó tenazmente a los ejercicios, que combinó con la equitación. Se hizo duro, elástico y buen jinete, pero no creció.
La familia regresó a Mallorca, donde su padre fue jefe de la Sanidad Militar y publicó varios libros.
Él prosiguió sus estudios con la pretensión de hacerse militar, pero sus ilusiones chocaban con su corta talla, y pensando que semejante tapón no podía ser oficial, su abuela propuso hacerlo cura. Pero no dio su brazo a torcer.
En 1853, Valeriano superó por pelos el problema de la estatura e ingresó como cadete en la tercera compañía del Colegio de Infantería de Toledo. Allí, mientras soportaba las habituales novatadas, tomó contacto con los valores esenciales de su vida futura: disciplina, valor, honor, orgullo, sacrificio y rutina.
El cadete Weyler, se empeñó por destacar por encima de las limitaciones de su estatura y lo logró gracias a la constancia, la capacidad intelectual y su fortaleza física, que era tan notable que sus compañeros le apodaron Escipión.
Valeriano Weyler abandonó el Alcázar de Toledo en 1856, con su despacho de Subteniente de Infantería. Había logrado el cuarto puesto de su promoción y podría elegir un buen destino. Se inició como Subteniente en el Regimiento de Infantería de la Reina nº 2, de guarnición en Madrid. Y aunque no tenía mucho tiempo libre, no deseaba vegetar en el escalafón, así que preparó el ingreso en la Escuela de Estado Mayor, y aunque con el último número, aprobó el ingreso en el año 1857.
Durante esos años, se emprendieron algunas aventuras militares en el extranjero, mientras Weyler permanecía en la Escuela de Estado Mayor, intentando remontar su lamentable puntuación de ingreso. En 1859, su padre fue nombrado jefe de Sanidad del Ejército de Observación de O´Donnell en Marruecos. Le benefició la reducción de los planes de estudio de la escuela, y en 1862, concluyó los mismos con el número uno de su promoción.
La formación de los oficiales de Estado Mayor se completaba con prácticas en unidades de Infantería, Artillería y Caballería. Para cumplirlas, en octubre de 1860, pasó a Baleares, donde sirvió en los Regimientos Gerona nº 3 y Luchana nº 28. El 11 de septiembre de 1861 empezó las prácticas de Caballería en los Regimientos de Lanceros de Numancia y Cazadores de Alcántara. El 10 de mayo de 1862 fue a Sevilla para las prácticas de Artillería. El 6 de septiembre de 1862 ascendió a Capitán del Cuerpo de Estado Mayor y fue destinado, el 22 de diciembre, al Estado Mayor de Baleares.
Cuando apenas llevaba año y medio en Palma se anunciaron dos vacantes de comandante de Estado Mayor en Cuba. No se enviaba oficiales forzosos a las colonias, de modo que, si no existían voluntarios, se ascendía al subordinado que quisiera ocupar la plaza. Weyler se presentó a los puestos y, al ser el único solicitante, el 19 de marzo de 1863 fue nombrado Comandante del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército de Cuba. Tenía veinticinco años, y sus antiguos compañeros de Toledo seguían como Tenientes.
Zarpó de Cádiz el 30 de abril en el “Ciudad Condal” y llegó a La Habana el 21 de mayo.
En Cuba las cosas no marcharon tan bien como esperaba. Le atacó la fiebre amarilla, que atacaba a los recién llegados, matándolos en gran número, después de padecer ictericia, fiebre, vómitos y hemorragias. Se creía que se debía a los vientos del sur, pero se trataba de un virus transmitido por un mosquito. La administración española no sabía profundizar en su estudio y el tratamiento se reducía a cuidar a los enfermos, confiando en Dios y la buena suerte. Aunque le faltó poco, no murió de la fiebre y quedó inmunizado de por vida.
Mientras luchaba con la fiebre amarilla, en la isla de Santo Domingo ardía una guerra de complicados orígenes. En Haití, colonia francesa, se sublevaron los esclavos a finales del S.XVIII. Desde entonces, el fantasma de la revolución negra espantaba a los blancos y mulatos del Caribe, sobre todo en el país vecino de Haití, la mitad española de la isla de Santo Domingo. En 1821, la colonia dominicana se independizó de España y los haitianos la invadieron, sometiéndola a una ocupación que duró 22 años. En 1844 una revolución patriótica logró expulsarlos pero no se logró la paz. En 1861 el General José Santana solicitó la anexión de la República Dominicana a Estados Unidos, Francia y a Inglaterra, pero estos se desentendieron. Fue entonces cuando solicitó la anexión a la Corona española, logrando engañar al gobierno de O´Donnell. El 18 de marzo de 1861 Santo Domingo fue de nuevo española. Pero el 16 de agosto de 1863 se produjo una sublevación que se convirtió en guerra de independencia contra los españoles.
Máximo Gómez era un dominicano nacido en 1836 en una familia acomodada que ingresó en 1851 en un regimiento de caballería de Santana y en 1855 tomó parte en intensas operaciones contra las incursiones haitianas. Así se formó militarmente en guerras sin piedad, en primer lugar integrado en las tropas de la República y, cuando en 1863 estalló la guerra de la independencia, con los partidarios favorables a los españoles. Años después, algunos de estos partidarios, como el mismo Máximo Gómez cambiarían sus lealtades en Cuba y lucharían contra España.
En esta guerra se extendieron las prácticas de las guerras haitianas: asesinato, tierra quemada, saqueo y terror. La guerra se convirtió en un infierno de emboscadas, ataques por sorpresa y escaramuzas. Los soldados españoles luchaban sin interés, eran diezmados por la fiebre amarilla, acosados por el clima y los insectos, no conocían el terreno y sus columnas no podían moverse sin ayuda de guías. Los combates comenzaban de pronto, en la espesura y terminaban con la misma rapidez. Apenas se hacían prisioneros. Los independentistas decapitaban y macheteaban, y los españoles fusilaban y ahorcaban. Todos destruían todo lo que pudiera beneficiar al enemigo.
Los españoles luchaban contra la fiebre amarilla y los mambises (guerrilleros antiespañoles).
Curado de la fiebre, Weyler se inquietaba en Cuba. Pidió el traslado a su Brigadier, el Marqués de Poblaciones, quién se lo concedió. A las cinco de la tarde del mismo día partió en el vapor “Águila” y se incorporó al Estado Mayor del Mariscal de Campo José de la Gándara Navarro, comandante de las tropas enviadas desde Cuba el año anterior. Al contemplarlo, el general La Gándara montó en cólera ante el colaborador que le enviaban. Pequeño y desgarbado, sobrándole el uniforme por todas partes, rubio y casi barbilampiño.
Con La Gándara y su División de Operaciones del Sur partió hacia la población de San Cristóbal. A mediados de octubre ya había tomado parte en varios tiroteos, y el día 24 ganó una cruz de Carlos III en el combate de Santa Ana.
Marchaba la columna al mando del General Gandara ya cerca del poblado de Doñana camino de San Cristobal, cuando fue atacada por los insurrectos con nutrido fuego.Vacilaron las fuerzas Españolas ante el ataque, se envalentonaron los Dominicanos y avanzaron sobre las piezas de artilleria.Ante la gravedad de la situacion, De la Gandara pidio la Bandera del Batallon de vanguardia, como habia hecho Prim en la Guerra de Africa, galvanizar a las tropas y lanzarse al ataque.La cosa es que Weyler, Jefe del Estado Mayor de la Brigada de vanguardia, al mando del General Dominicano Puello, se le adelanto, desenvaino el sable, largo una corta arenga a la Tropa y acompañado de solo otros 2 oficiales, el Capitan Roriguez Arias y el Teniente Gonzalez Barrado, se lanzo contra el enemigo.El ejemplo animo a los soldados, que rechazaron a los insurrectos.
Dos semanas más tarde la situación se complicó y La Gándara decidió enviar un mensaje pidiendo instrucciones al Capitán General que residía en el capital. A través de la zona de 20 kilómetros que separaba San Cristóbal de la capital, plagada de enemigos, uno de sus tres comandantes de Estado Mayor debía llevar el mensaje y regresar.
Decidieron sortear y le tocó a Weyler. La Gándara no disimuló su alegría, ya que apreciaba a los otros dos comandantes y delante de todos soltó - ¡Me alegro! -. Weyler respondió - ¡Y yo también, mi general! -.
El 7 de noviembre partió con una columna de 130 hombres. Debía dejar al Capitán Armiñán y la columna en la orilla derecha del río Jaina para cubrir su retirada, cruzar el río acompañado de diez jinetes y llegar a la capital. Llegaron al Jaina sin tropiezos y dejaron la columna parapetada en la orilla. Los caballos de los jinetes se negaron a vadear el río ya que la corriente estaba muy crecida, y como construir una balsa requería tiempo, Weyler continuó con la única compañía de su guía, Luis Marcano y un corneta. Cuando pudieron cruzar el río, una lluvia de balas los recibió desde la otra orilla, resultando herido su caballo, pero entre tiros lograron llegar a la capital.
Después de recibir las órdenes volvieron al Jaina, reuniéndose allí con la columna. Pasaron la noche allí y al amanecer del día 9 emprendieron el regreso. Nada más empezar el camino los mambises atacaron por sorpresa, causándoles varias bajas. El caballo de Weyler recibió tres balazos, se montó en otro que también le mataron. Otra bala le agujereó el sombrero, según él, “ventajas de ser pequeño”.
A la desesperada regresaron a su antigua posición. El enemigo no repitió el asalto, aunque los sometió a un tiroteo continuo. Resistieron tres días, hasta que el ruido de los disparos alertó a los españoles de San Cristóbal, y dos soldados enviados por Weyler llegaron hasta Santo Domingo. Cada guarnición envió una columna y pudieron ser liberados.
Weyler fue citado en la orden general y la división completa rindió honores a su columna. Por esta acción se le concedió una Cruz Laureada de San Fernando.
Sobre la Laureada de Weyler, la RO de 21 de Septiembre de 1867 ( publicada el 28) dice:
¨¨Resulta probado que el 9 de Noviembre de 1863 en accion sostenida contra contra los rebeldes de Santo Domingo cerca del paso del Rio Jaina, don Valeriano Weyler con la columna que mandaba, compuesta por la cuarte parte de la fuerza que tenia el enemigo, logro desalojar a este de las posiciones que ocupaba, consiguiendo despues retirarse en buen orden con el feliz exito de haber salvado a los enfermos y heridos que tuvieron nuestras tropas, por cuyo motivo debe calificarse su compartamiento distinguido como comprendido en el caso 63, aret.25 del Estatuto de la Real y Militar Orden de San Fernando¨¨.
Sobre el Dualismo en los grados, tan curioso hoy en dia, cuando Weyler ascendio a Brigadier del Ejercito, el 5 de Diciembre de 1872, seguia siendo Comandante en su Cuerpo, el de Estado Mayor.
El Real Decreto, firmado por Amadeo de Saboya, dice:
¨¨ Atendiendo a los servicios prestados durante la actual campaña de Cuba por el Coronel del Ejercito, Comandante de Estado Mayor, Don Valeriano Weyler y Nicolau, y muy particularmente los que contrajo el 18 de marzo ultimo mandando como comandante en jefe la accion sostenida contra los insurectos en las inmediaciones del Rio Chiquito, Vengo en promoverle a Brigadier del Ejercito.¨¨
El Cuerpo de Estado Mayor al que pertenecía era de escala cerrada, al igual que la Artillería y los Ingenieros, es decir, sus miembros no podían ascender por méritos de guerra como los oficiales de Infantería y Caballería. Así se estableció el dualismo, que permitía carreras paralelas. Los oficiales de escala cerrada podían ascender, por méritos de guerra, en cuerpos de escala abierta. Por ejemplo, un Capitán de Artillería podía ser, simultáneamente Coronel de Infantería. Weyler aprovechó esta costumbre, y sin dejar de ser Comandante de Estado Mayor, recibió el grado de Teniente Coronel de Caballería por méritos de guerra.
Su siguiente distinción fue una mención honorífica por las acciones realizadas entro el 6 de diciembre de 1863 y el 10 de febrero de 1864: los combates de San Juan, las Matas y Neiva y el desembarco de Barahona al frente de 400 hombres. Los méritos de guerra le permitieron consolidar el grado de Teniente Coronel de Caballería en abril de 1864, mes en que abandonó Santo Domingo con su división volviendo a Cuba.
La guerra siguió por derroteros catastróficos y en el verano de 1865 se decidió evacuar la capital. La retirada fue muy cruel, arrasando todo. Los militares negros y mulatos al servicio de España padecieron la traición de haber servido lealmente y ser luego tratados con desdén. Al regresar a Cuba fueron disueltos sus batallones y se vieron privados de todos sus grados y honores. No se dejó desembarcar en la isla a los generales haitianos que habían luchado junto a los españoles y tampoco a los oficiales negros.
Entre los mulatos que si fueron a Cuba estaba Máximo Gómez, un año mayor que Weyler y comandante de la Reserva Territorial, que había perdido todos sus bienes en la guerra y abandonó su patria con los españoles. Al llegar a Santiago de Cuba esperó que le agradecieran los servicios prestados. Al cabo de un año entendió que los españoles se desentendían de sus antiguos aliados y abandonó el Ejército. Se estableció como agricultor en un poblado cerca de Bayamo.
Tras el regreso de Santo Domingo, Weyler visitó Estados Unidos, donde transcurrían los últimos tiempos de la Guerra de Secesión. Allí conoció al General William T. Sherman.
En 1865 Weyler pasó al Estado Mayor de Puerto Rico. Regresó a Cuba quince meses después y, el 9 de febrero de 1867 solicitó una plaza para su hermano Fernando, en la Escuela Militar de La Habana. Fernando ingresó como cadete el 1 de junio y Valeriano embarcó para España con un permiso de año y medio como compensación de las enfermedades que había padecido. Cuando faltaba un mes para finalizar su permiso regresó a Cuba por la falta de personal en la isla.
Con treinta y un años se movía como pez en el agua en Cuba. Allí cultivaba sus tres grandes pasiones: la equitación, la milicia y las mujeres. Era incansable en el amor efímero y lo prodigaba con casadas, solteras, blancas, negras o mulatas. Durante toda su vida mantendría la afición y el éxito.
En el mismo barco en que regreso Weyler a Cuba en Julio de 1865 volvio tambien Maximo Gomez.Como anedecota, al desembarcar en Santiago de Cuba Weyler le tuvo que prestar a Maximo Gomez 5 Pesos por venir el y otros oficiales Dominicanos con lo puesto, propuso crear una junta de socorro para ayudarlos, de la que fue Secretario.El propio Weyler lo cuenta, regreso a mediados de Julio de 1865 con la evacaucion final y no en 1864, con el viajaron aparte de Maximo Gomez otros Militares Dominicanos, como Modesto Diaz o Luis Marcano.El unico corto viaje que realizo mientras estuvo en Santo Domingo fue a Puerto Principe , capital de Haiti, para entregar unos documentos en el Consulado Español.Viajo en un buque de Guerra, entrego los papeles al Consul y volvio a embarcar, sin ni siquiera pernoctar en Haiti.Al parecer el documento era un ultimatum al Gobierno Haitiano para que dejara de apoyar a los insurgentes bajo la amenaza de bombardear la capital Haitiana.Es mas, no es que en Abril de 1864 regresara una Division a Cuba, es que fue al reves, llego una nueva con 7.000 hombres al mando del General Fernando Primo de Rivera.Es mas, el propio Weyler relata una mision por encargo del General Izquierdo para intentar parlamentar con los rebeldes, ya decidido por el Gobierno de Narvaez el abandono de la Isla.
Lo del viaje a los EEUU y la visita a Sherman, Weyler ni lo nombra en sus Memorias, y ya es raro, con el que realiza a Paris se extiende en hablar de todo lo que vio, de dia y de noche , pero es normal ya que no estuvo en los EEUU ni en la Guerra Civil.
A mediados de julio de 1865 viajo de Montecristi , en Santo Domingo, a Santiago de Cuba a bordo del Buque de la Armada ¨¨ Colon¨¨, formando parte de la evacuacion de la Isla por las fuerzas Españolas y paso destinado al Estado Mayor del Gobierno Militar de Oriente en la propia Santiago de Cuba.Lo de Puerto Rico ocurrió un año después del señalado, en Septiembre de 1866.Mas que un destino fue una comision de servicio, Weyler viajo a Puerto Rico desde Santiago de Cuba al ser designado por sorteo para formar parte de un Consejo de Guerra a un Tte.Coronel.Acabado el Consejo de Guerra se tuvo que hacer cargo como Jefe interino del Estado Mayor de Puerto Rico por causas accidentales.El Coronel Jefe habia muerto de fiebres, el Tte.Coronel segundo Jefe estaba de permiso en la Peninsula y los otros 2 Comandantes enfermos de Fiebre Amarilla.En julio de 1867, regreso a Cuba, al Estado Mayor de la Capitania en la Habana, permanecio en Puerto Rico 10 meses.
En octubre de 1868 un tal Carlos Manuel Céspedes se había sublevado al frente de los esclavos de su propia plantación. Comenzaba la mayor contienda cubana ocurrida hasta entonces, “La Guerra de los Diez Años”.
La revolución española de septiembre de 1868, la gloriosa, fue el detonante de la revolución en Cuba. El ambiente estaba preparado desde el abandono de Santo Domingo en 1865 y la guerra de Secesión norteamericana, sin embargo la revuelta no fue encabezada por negros esclavos o libertos, sino por personajes de clase media.
Carlos Manuel Céspedes era un abogado terrateniente. El 10 de octubre de 1868 liberó a sus treinta esclavos, los armó y marchó hasta el pueblecito inmediato, donde publicó un manifiesto, el grito de Yara, que daba por establecida la Junta Revolucionaria de la isla de Cuba, de la cual se denominaba presidente. Luego formó un pequeño ejército de 147 hombres precariamente armados. Los alzados camparon a sus anchas en un clima propicio y se apoderaron de Baire, Jiguaní y otros poblados. El 20 de octubre lograron su mayor éxito al tomar Bayamo, una ciudad de cierta importancia. Entre los campesinos que se le unieron estaba un vecino de origen dominicano llamado Máximo Gómez. A finales de octubre los independentistas contaban con unos 8.000 hombres.
La insurrección se extendió rápidamente en el Oriente, donde logró la simpatía de la mayor parte de los pequeños propietarios. También se unieron los mulatos libres y los negros, como Maceo, que se unió junto con sus hijos Antonio, Justo y José.
Las tropas en Cuba se habían reducido debido al presupuesto de guerra y Lersundi solamente contaba con 8.350 hombres del Ejército regular y 1.676 de las milicias. Envió el batallón de Cazadores de San Quintín a Oriente, tres compañías a Gíbara y autorizó la organización de unidades de voluntarios.
El pequeño cuerpo expedicionario español fue puesto al mando del General segundo jefe Blas Villate de la Hera, conde de Valmaseda, un vasco con quince años de permanencia en Cuba.
Los soldados españoles se adaptaban con dificultad. Apenas habían recibido instrucción de combate, eran pocos y estaban diezmados por las enfermedades, mal pagados y peor equipados. La estrategia española se reducía a guarnecer ciertos puntos importantes, entre los cuales se movían columnas voluminosas y desorganizadas que avanzaban pesadamente por los malos caminos, a cuyos lados no podía verse nada.
Mientras los españoles se movían con lentitud, los mambises vigilaban, escondidos en la espesura, y acosaban a los soldados como tábanos sin que estos pudieran responderles con nada efectivo.
A veces surgían de la selva enloquecidos, caían sobre la desconcertada tropa y mataban a algunos hombres a machetazos y golpes. Los repelían a tiros y bayonetazos y cuando los mambises se retiraban, nadie se atrevía a perseguirlos en el bosque, pero los soldados continuaban disparando contra la selva, para quitarse el miedo. Cuando los oficiales lograban detener el fuego y establecer el orden, la columna formaba de nuevo y proseguía su camino. Los guerrilleros la dejaban en paz o volvían a hostigarlos un poco más adelante, con los soldados acosados por la enfermedad, los insectos y el desánimo.
Las anedctodas sobre Weyler son muchisimas, la mayoria relacionadas con su tacañeria y desaseo con la ropa, cuando vestia de civil, de Militar simpre fue impecable.Al morir en Octubre de 1930, en la hoja de servicios de Weyler figuraban la friolera de 76 años, 10 meses y 2 dias de servicio en el Ejercito, de ellos 56 en el empleo de General, ya que hasta el dia en que murio a los 91 años permanecio en situacion de actividad, nunca paso a la Reserva.Su ultimo mando, Jefe del Estado Mayor Central, lo desempeño cuando contaba 87 años.
Unas entre tantas:
Se cuenta que en cierta ocasión tuvo que renovar su tarjeta de identidad militar, ya era Capitán General, y le pidieron una foto para el documento.En lugar de hacérsela, costaba 2 pesetas de entonces, recorto su efigie de la vitola en que venia en una conocida marca de Habanos y la pego en el carnet.
De Valeriano se dice que era demasiado tacaño, cuentan que un día uno de sus hijos le pidió dinero para comprarse un pijama, entonces Weiler le contesto:"¿un pijama? ¿y eso para que sirve?" ,"Sirve para dormir" respondió su hijo, agregando Valeriano "Para dormir lo que hace falta es tener sueño".
Otra vez un hijo suyo le envió una carta pidiéndole 500 pesetas, a lo que le contestó :" Ahí te envió las cincuenta pesetas que me pides, y te advierto que cincuenta se escribe con un solo cero".
También cuenta que, en una ocasión le regalaron unas palomas mensajeras, una afición que aún perdura en su Mallorca natal. Pasado un tiempo le preguntaron que tal estaban las palomas, a lo que respondió "estaban muy buenas"
Por si no había dado suficientes muestras de su devoción a España, a su muerte, donó en su testamento el 70% de sus bienes al Estado Español.
Valeriano Weyler y Nicolau nació en Palma de Mallorca, el 17 de septiembre de 1837. Hijo de Valeriano Weyler Laviña y de María Francisca Nicolau. Su madre era mallorquina y su padre un madrileño, médico doctorado en el Real Colegio de Médicos y Cirujanos de Barcelona.
Su bisabuelo, el primer Weyler llegado a España, era un alemán del Kurft, a orillas del Rhin, que ingresó en el Regimiento de la Guardia Walona. Como el Regimiento de la Guardia Walona apenas encontraba voluntarios y los reyes deseaban mantenerlo, Carlos IV dispuso que sus reclutas tuvieran por lo menos un cuarto de walón, pero esto no fue suficiente y el Regimiento se vio obligado a reclutar a españoles y extranjeros de toda naturaleza. De este modo, el primer Weyler, aunque no era ni suizo, ni irlandés, ni walon pudo entrar en el Regimiento, hasta que una bala le agujereó y lo dejó inútil, pasando a ser Teniente del Cuerpo de Inválidos.
Su hijo, ya español, perteneció al mismo regimiento, luchando en la guerra del Rosellón, contra los franceses en la Guerra de la Independencia y prestó servicios en la colonia de Surinam, retirándose de Coronel.
De este modo Valeriano Weyler Laviña ingresó en el Cuerpo de Sanidad y fue médico de visita en el Hospital Militar de Barcelona, hasta que lo enviaron a la primera guerra contra los carlistas. En 1835 fue destinado a Filipinas, aunque volvió a España el año siguiente donde continuó la guerra. Pasó luego al Hospital Militar de Palma de Mallorca y se vinculó a la isla.
Valeriano Weyler Nicolau estudió en el colegio que Bernardo Homar tenía en Palma. En 1847 su padre fue nombrado jefe del Hospital Militar de Granada, y la familia embarcó hacia allí, prosiguiendo sus estudios en el Colegio de San Bartolomé y Santiago de Granada.
Fue un niño tímido y físicamente poca cosa, canijo y corto de estatura. Como decía el pueblo “¡Fumar hace hombre!”, y con algunos amigos se fumó un cigarro robado a sus padres. La hombría no dio señales de vida, pero el humo le provocó dolor de cabeza y mal sabor de boca, por lo que se prometió no volver a fumar. Lo cumplió toda la vida.
Para ver si crecía, sus padres lo matricularon en un gimnasio. Se dedicó tenazmente a los ejercicios, que combinó con la equitación. Se hizo duro, elástico y buen jinete, pero no creció.
La familia regresó a Mallorca, donde su padre fue jefe de la Sanidad Militar y publicó varios libros.
Él prosiguió sus estudios con la pretensión de hacerse militar, pero sus ilusiones chocaban con su corta talla, y pensando que semejante tapón no podía ser oficial, su abuela propuso hacerlo cura. Pero no dio su brazo a torcer.
En 1853, Valeriano superó por pelos el problema de la estatura e ingresó como cadete en la tercera compañía del Colegio de Infantería de Toledo. Allí, mientras soportaba las habituales novatadas, tomó contacto con los valores esenciales de su vida futura: disciplina, valor, honor, orgullo, sacrificio y rutina.
El cadete Weyler, se empeñó por destacar por encima de las limitaciones de su estatura y lo logró gracias a la constancia, la capacidad intelectual y su fortaleza física, que era tan notable que sus compañeros le apodaron Escipión.
Valeriano Weyler abandonó el Alcázar de Toledo en 1856, con su despacho de Subteniente de Infantería. Había logrado el cuarto puesto de su promoción y podría elegir un buen destino. Se inició como Subteniente en el Regimiento de Infantería de la Reina nº 2, de guarnición en Madrid. Y aunque no tenía mucho tiempo libre, no deseaba vegetar en el escalafón, así que preparó el ingreso en la Escuela de Estado Mayor, y aunque con el último número, aprobó el ingreso en el año 1857.
Durante esos años, se emprendieron algunas aventuras militares en el extranjero, mientras Weyler permanecía en la Escuela de Estado Mayor, intentando remontar su lamentable puntuación de ingreso. En 1859, su padre fue nombrado jefe de Sanidad del Ejército de Observación de O´Donnell en Marruecos. Le benefició la reducción de los planes de estudio de la escuela, y en 1862, concluyó los mismos con el número uno de su promoción.
La formación de los oficiales de Estado Mayor se completaba con prácticas en unidades de Infantería, Artillería y Caballería. Para cumplirlas, en octubre de 1860, pasó a Baleares, donde sirvió en los Regimientos Gerona nº 3 y Luchana nº 28. El 11 de septiembre de 1861 empezó las prácticas de Caballería en los Regimientos de Lanceros de Numancia y Cazadores de Alcántara. El 10 de mayo de 1862 fue a Sevilla para las prácticas de Artillería. El 6 de septiembre de 1862 ascendió a Capitán del Cuerpo de Estado Mayor y fue destinado, el 22 de diciembre, al Estado Mayor de Baleares.
Cuando apenas llevaba año y medio en Palma se anunciaron dos vacantes de comandante de Estado Mayor en Cuba. No se enviaba oficiales forzosos a las colonias, de modo que, si no existían voluntarios, se ascendía al subordinado que quisiera ocupar la plaza. Weyler se presentó a los puestos y, al ser el único solicitante, el 19 de marzo de 1863 fue nombrado Comandante del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército de Cuba. Tenía veinticinco años, y sus antiguos compañeros de Toledo seguían como Tenientes.
Zarpó de Cádiz el 30 de abril en el “Ciudad Condal” y llegó a La Habana el 21 de mayo.
En Cuba las cosas no marcharon tan bien como esperaba. Le atacó la fiebre amarilla, que atacaba a los recién llegados, matándolos en gran número, después de padecer ictericia, fiebre, vómitos y hemorragias. Se creía que se debía a los vientos del sur, pero se trataba de un virus transmitido por un mosquito. La administración española no sabía profundizar en su estudio y el tratamiento se reducía a cuidar a los enfermos, confiando en Dios y la buena suerte. Aunque le faltó poco, no murió de la fiebre y quedó inmunizado de por vida.
Mientras luchaba con la fiebre amarilla, en la isla de Santo Domingo ardía una guerra de complicados orígenes. En Haití, colonia francesa, se sublevaron los esclavos a finales del S.XVIII. Desde entonces, el fantasma de la revolución negra espantaba a los blancos y mulatos del Caribe, sobre todo en el país vecino de Haití, la mitad española de la isla de Santo Domingo. En 1821, la colonia dominicana se independizó de España y los haitianos la invadieron, sometiéndola a una ocupación que duró 22 años. En 1844 una revolución patriótica logró expulsarlos pero no se logró la paz. En 1861 el General José Santana solicitó la anexión de la República Dominicana a Estados Unidos, Francia y a Inglaterra, pero estos se desentendieron. Fue entonces cuando solicitó la anexión a la Corona española, logrando engañar al gobierno de O´Donnell. El 18 de marzo de 1861 Santo Domingo fue de nuevo española. Pero el 16 de agosto de 1863 se produjo una sublevación que se convirtió en guerra de independencia contra los españoles.
Máximo Gómez era un dominicano nacido en 1836 en una familia acomodada que ingresó en 1851 en un regimiento de caballería de Santana y en 1855 tomó parte en intensas operaciones contra las incursiones haitianas. Así se formó militarmente en guerras sin piedad, en primer lugar integrado en las tropas de la República y, cuando en 1863 estalló la guerra de la independencia, con los partidarios favorables a los españoles. Años después, algunos de estos partidarios, como el mismo Máximo Gómez cambiarían sus lealtades en Cuba y lucharían contra España.
En esta guerra se extendieron las prácticas de las guerras haitianas: asesinato, tierra quemada, saqueo y terror. La guerra se convirtió en un infierno de emboscadas, ataques por sorpresa y escaramuzas. Los soldados españoles luchaban sin interés, eran diezmados por la fiebre amarilla, acosados por el clima y los insectos, no conocían el terreno y sus columnas no podían moverse sin ayuda de guías. Los combates comenzaban de pronto, en la espesura y terminaban con la misma rapidez. Apenas se hacían prisioneros. Los independentistas decapitaban y macheteaban, y los españoles fusilaban y ahorcaban. Todos destruían todo lo que pudiera beneficiar al enemigo.
Los españoles luchaban contra la fiebre amarilla y los mambises (guerrilleros antiespañoles).
Curado de la fiebre, Weyler se inquietaba en Cuba. Pidió el traslado a su Brigadier, el Marqués de Poblaciones, quién se lo concedió. A las cinco de la tarde del mismo día partió en el vapor “Águila” y se incorporó al Estado Mayor del Mariscal de Campo José de la Gándara Navarro, comandante de las tropas enviadas desde Cuba el año anterior. Al contemplarlo, el general La Gándara montó en cólera ante el colaborador que le enviaban. Pequeño y desgarbado, sobrándole el uniforme por todas partes, rubio y casi barbilampiño.
Con La Gándara y su División de Operaciones del Sur partió hacia la población de San Cristóbal. A mediados de octubre ya había tomado parte en varios tiroteos, y el día 24 ganó una cruz de Carlos III en el combate de Santa Ana.
Marchaba la columna al mando del General Gandara ya cerca del poblado de Doñana camino de San Cristobal, cuando fue atacada por los insurrectos con nutrido fuego.Vacilaron las fuerzas Españolas ante el ataque, se envalentonaron los Dominicanos y avanzaron sobre las piezas de artilleria.Ante la gravedad de la situacion, De la Gandara pidio la Bandera del Batallon de vanguardia, como habia hecho Prim en la Guerra de Africa, galvanizar a las tropas y lanzarse al ataque.La cosa es que Weyler, Jefe del Estado Mayor de la Brigada de vanguardia, al mando del General Dominicano Puello, se le adelanto, desenvaino el sable, largo una corta arenga a la Tropa y acompañado de solo otros 2 oficiales, el Capitan Roriguez Arias y el Teniente Gonzalez Barrado, se lanzo contra el enemigo.El ejemplo animo a los soldados, que rechazaron a los insurrectos.
Dos semanas más tarde la situación se complicó y La Gándara decidió enviar un mensaje pidiendo instrucciones al Capitán General que residía en el capital. A través de la zona de 20 kilómetros que separaba San Cristóbal de la capital, plagada de enemigos, uno de sus tres comandantes de Estado Mayor debía llevar el mensaje y regresar.
Decidieron sortear y le tocó a Weyler. La Gándara no disimuló su alegría, ya que apreciaba a los otros dos comandantes y delante de todos soltó - ¡Me alegro! -. Weyler respondió - [b]¡Y yo también, mi general![/b] -.
El 7 de noviembre partió con una columna de 130 hombres. Debía dejar al Capitán Armiñán y la columna en la orilla derecha del río Jaina para cubrir su retirada, cruzar el río acompañado de diez jinetes y llegar a la capital. Llegaron al Jaina sin tropiezos y dejaron la columna parapetada en la orilla. Los caballos de los jinetes se negaron a vadear el río ya que la corriente estaba muy crecida, y como construir una balsa requería tiempo, Weyler continuó con la única compañía de su guía, Luis Marcano y un corneta. Cuando pudieron cruzar el río, una lluvia de balas los recibió desde la otra orilla, resultando herido su caballo, pero entre tiros lograron llegar a la capital.
Después de recibir las órdenes volvieron al Jaina, reuniéndose allí con la columna. Pasaron la noche allí y al amanecer del día 9 emprendieron el regreso. Nada más empezar el camino los mambises atacaron por sorpresa, causándoles varias bajas. El caballo de Weyler recibió tres balazos, se montó en otro que también le mataron. Otra bala le agujereó el sombrero, según él, “[b]ventajas de ser pequeño[/b]”.
A la desesperada regresaron a su antigua posición. El enemigo no repitió el asalto, aunque los sometió a un tiroteo continuo. Resistieron tres días, hasta que el ruido de los disparos alertó a los españoles de San Cristóbal, y dos soldados enviados por Weyler llegaron hasta Santo Domingo. Cada guarnición envió una columna y pudieron ser liberados.
Weyler fue citado en la orden general y la división completa rindió honores a su columna. Por esta acción se le concedió una Cruz Laureada de San Fernando.
Sobre la Laureada de Weyler, la RO de 21 de Septiembre de 1867 ( publicada el 28) dice:
¨¨[b]Resulta probado que el 9 de Noviembre de 1863 en accion sostenida contra contra los rebeldes de Santo Domingo cerca del paso del Rio Jaina, don Valeriano Weyler con la columna que mandaba, compuesta por la cuarte parte de la fuerza que tenia el enemigo, logro desalojar a este de las posiciones que ocupaba, consiguiendo despues retirarse en buen orden con el feliz exito de haber salvado a los enfermos y heridos que tuvieron nuestras tropas, por cuyo motivo debe calificarse su compartamiento distinguido como comprendido en el caso 63, aret.25 del Estatuto de la Real y Militar Orden de San Fernando[/b]¨¨.
Sobre el Dualismo en los grados, tan curioso hoy en dia, cuando Weyler ascendio a Brigadier del Ejercito, el 5 de Diciembre de 1872, seguia siendo Comandante en su Cuerpo, el de Estado Mayor.
El Real Decreto, firmado por Amadeo de Saboya, dice:
¨¨ [b]Atendiendo a los servicios prestados durante la actual campaña de Cuba por el Coronel del Ejercito, Comandante de Estado Mayor, Don Valeriano Weyler y Nicolau, y muy particularmente los que contrajo el 18 de marzo ultimo mandando como comandante en jefe la accion sostenida contra los insurectos en las inmediaciones del Rio Chiquito, Vengo en promoverle a Brigadier del Ejercito.[/b]¨¨
El Cuerpo de Estado Mayor al que pertenecía era de escala cerrada, al igual que la Artillería y los Ingenieros, es decir, sus miembros no podían ascender por méritos de guerra como los oficiales de Infantería y Caballería. Así se estableció el dualismo, que permitía carreras paralelas. Los oficiales de escala cerrada podían ascender, por méritos de guerra, en cuerpos de escala abierta. Por ejemplo, un Capitán de Artillería podía ser, simultáneamente Coronel de Infantería. Weyler aprovechó esta costumbre, y sin dejar de ser Comandante de Estado Mayor, recibió el grado de Teniente Coronel de Caballería por méritos de guerra.
Su siguiente distinción fue una mención honorífica por las acciones realizadas entro el 6 de diciembre de 1863 y el 10 de febrero de 1864: los combates de San Juan, las Matas y Neiva y el desembarco de Barahona al frente de 400 hombres. Los méritos de guerra le permitieron consolidar el grado de Teniente Coronel de Caballería en abril de 1864, mes en que abandonó Santo Domingo con su división volviendo a Cuba.
La guerra siguió por derroteros catastróficos y en el verano de 1865 se decidió evacuar la capital. La retirada fue muy cruel, arrasando todo. Los militares negros y mulatos al servicio de España padecieron la traición de haber servido lealmente y ser luego tratados con desdén. Al regresar a Cuba fueron disueltos sus batallones y se vieron privados de todos sus grados y honores. No se dejó desembarcar en la isla a los generales haitianos que habían luchado junto a los españoles y tampoco a los oficiales negros.
Entre los mulatos que si fueron a Cuba estaba Máximo Gómez, un año mayor que Weyler y comandante de la Reserva Territorial, que había perdido todos sus bienes en la guerra y abandonó su patria con los españoles. Al llegar a Santiago de Cuba esperó que le agradecieran los servicios prestados. Al cabo de un año entendió que los españoles se desentendían de sus antiguos aliados y abandonó el Ejército. Se estableció como agricultor en un poblado cerca de Bayamo.
Tras el regreso de Santo Domingo, Weyler visitó Estados Unidos, donde transcurrían los últimos tiempos de la Guerra de Secesión. Allí conoció al General William T. Sherman.
En 1865 Weyler pasó al Estado Mayor de Puerto Rico. Regresó a Cuba quince meses después y, el 9 de febrero de 1867 solicitó una plaza para su hermano Fernando, en la Escuela Militar de La Habana. Fernando ingresó como cadete el 1 de junio y Valeriano embarcó para España con un permiso de año y medio como compensación de las enfermedades que había padecido. Cuando faltaba un mes para finalizar su permiso regresó a Cuba por la falta de personal en la isla.
Con treinta y un años se movía como pez en el agua en Cuba. Allí cultivaba sus tres grandes pasiones: la equitación, la milicia y las mujeres. Era incansable en el amor efímero y lo prodigaba con casadas, solteras, blancas, negras o mulatas. Durante toda su vida mantendría la afición y el éxito.
En el mismo barco en que regreso Weyler a Cuba en Julio de 1865 volvio tambien Maximo Gomez.Como anedecota, al desembarcar en Santiago de Cuba Weyler le tuvo que prestar a Maximo Gomez 5 Pesos por venir el y otros oficiales Dominicanos con lo puesto, propuso crear una junta de socorro para ayudarlos, de la que fue Secretario.El propio Weyler lo cuenta, regreso a mediados de Julio de 1865 con la evacaucion final y no en 1864, con el viajaron aparte de Maximo Gomez otros Militares Dominicanos, como Modesto Diaz o Luis Marcano.El unico corto viaje que realizo mientras estuvo en Santo Domingo fue a Puerto Principe , capital de Haiti, para entregar unos documentos en el Consulado Español.Viajo en un buque de Guerra, entrego los papeles al Consul y volvio a embarcar, sin ni siquiera pernoctar en Haiti.Al parecer el documento era un ultimatum al Gobierno Haitiano para que dejara de apoyar a los insurgentes bajo la amenaza de bombardear la capital Haitiana.Es mas, no es que en Abril de 1864 regresara una Division a Cuba, es que fue al reves, llego una nueva con 7.000 hombres al mando del General Fernando Primo de Rivera.Es mas, el propio Weyler relata una mision por encargo del General Izquierdo para intentar parlamentar con los rebeldes, ya decidido por el Gobierno de Narvaez el abandono de la Isla.
Lo del viaje a los EEUU y la visita a Sherman, Weyler ni lo nombra en sus Memorias, y ya es raro, con el que realiza a Paris se extiende en hablar de todo lo que vio, de dia y de noche , pero es normal ya que no estuvo en los EEUU ni en la Guerra Civil.
A mediados de julio de 1865 viajo de Montecristi , en Santo Domingo, a Santiago de Cuba a bordo del Buque de la Armada ¨¨ Colon¨¨, formando parte de la evacuacion de la Isla por las fuerzas Españolas y paso destinado al Estado Mayor del Gobierno Militar de Oriente en la propia Santiago de Cuba.Lo de Puerto Rico ocurrió un año después del señalado, en Septiembre de 1866.Mas que un destino fue una comision de servicio, Weyler viajo a Puerto Rico desde Santiago de Cuba al ser designado por sorteo para formar parte de un Consejo de Guerra a un Tte.Coronel.Acabado el Consejo de Guerra se tuvo que hacer cargo como Jefe interino del Estado Mayor de Puerto Rico por causas accidentales.El Coronel Jefe habia muerto de fiebres, el Tte.Coronel segundo Jefe estaba de permiso en la Peninsula y los otros 2 Comandantes enfermos de Fiebre Amarilla.En julio de 1867, regreso a Cuba, al Estado Mayor de la Capitania en la Habana, permanecio en Puerto Rico 10 meses.
En octubre de 1868 un tal Carlos Manuel Céspedes se había sublevado al frente de los esclavos de su propia plantación. Comenzaba la mayor contienda cubana ocurrida hasta entonces, “La Guerra de los Diez Años”.
La revolución española de septiembre de 1868, la gloriosa, fue el detonante de la revolución en Cuba. El ambiente estaba preparado desde el abandono de Santo Domingo en 1865 y la guerra de Secesión norteamericana, sin embargo la revuelta no fue encabezada por negros esclavos o libertos, sino por personajes de clase media.
Carlos Manuel Céspedes era un abogado terrateniente. El 10 de octubre de 1868 liberó a sus treinta esclavos, los armó y marchó hasta el pueblecito inmediato, donde publicó un manifiesto, el grito de Yara, que daba por establecida la Junta Revolucionaria de la isla de Cuba, de la cual se denominaba presidente. Luego formó un pequeño ejército de 147 hombres precariamente armados. Los alzados camparon a sus anchas en un clima propicio y se apoderaron de Baire, Jiguaní y otros poblados. El 20 de octubre lograron su mayor éxito al tomar Bayamo, una ciudad de cierta importancia. Entre los campesinos que se le unieron estaba un vecino de origen dominicano llamado Máximo Gómez. A finales de octubre los independentistas contaban con unos 8.000 hombres.
La insurrección se extendió rápidamente en el Oriente, donde logró la simpatía de la mayor parte de los pequeños propietarios. También se unieron los mulatos libres y los negros, como Maceo, que se unió junto con sus hijos Antonio, Justo y José.
Las tropas en Cuba se habían reducido debido al presupuesto de guerra y Lersundi solamente contaba con 8.350 hombres del Ejército regular y 1.676 de las milicias. Envió el batallón de Cazadores de San Quintín a Oriente, tres compañías a Gíbara y autorizó la organización de unidades de voluntarios.
El pequeño cuerpo expedicionario español fue puesto al mando del General segundo jefe Blas Villate de la Hera, conde de Valmaseda, un vasco con quince años de permanencia en Cuba.
Los soldados españoles se adaptaban con dificultad. Apenas habían recibido instrucción de combate, eran pocos y estaban diezmados por las enfermedades, mal pagados y peor equipados. La estrategia española se reducía a guarnecer ciertos puntos importantes, entre los cuales se movían columnas voluminosas y desorganizadas que avanzaban pesadamente por los malos caminos, a cuyos lados no podía verse nada.
Mientras los españoles se movían con lentitud, los mambises vigilaban, escondidos en la espesura, y acosaban a los soldados como tábanos sin que estos pudieran responderles con nada efectivo.
A veces surgían de la selva enloquecidos, caían sobre la desconcertada tropa y mataban a algunos hombres a machetazos y golpes. Los repelían a tiros y bayonetazos y cuando los mambises se retiraban, nadie se atrevía a perseguirlos en el bosque, pero los soldados continuaban disparando contra la selva, para quitarse el miedo. Cuando los oficiales lograban detener el fuego y establecer el orden, la columna formaba de nuevo y proseguía su camino. Los guerrilleros la dejaban en paz o volvían a hostigarlos un poco más adelante, con los soldados acosados por la enfermedad, los insectos y el desánimo.
Las anedctodas sobre Weyler son muchisimas, la mayoria relacionadas con su tacañeria y desaseo con la ropa, cuando vestia de civil, de Militar simpre fue impecable.Al morir en Octubre de 1930, en la hoja de servicios de Weyler figuraban la friolera de 76 años, 10 meses y 2 dias de servicio en el Ejercito, de ellos 56 en el empleo de General, ya que hasta el dia en que murio a los 91 años permanecio en situacion de actividad, nunca paso a la Reserva.Su ultimo mando, Jefe del Estado Mayor Central, lo desempeño cuando contaba 87 años.
Unas entre tantas:
Se cuenta que en cierta ocasión tuvo que renovar su tarjeta de identidad militar, ya era Capitán General, y le pidieron una foto para el documento.En lugar de hacérsela, costaba 2 pesetas de entonces, recorto su efigie de la vitola en que venia en una conocida marca de Habanos y la pego en el carnet.
De Valeriano se dice que era demasiado tacaño, cuentan que un día uno de sus hijos le pidió dinero para comprarse un pijama, entonces Weiler le contesto:"¿[b]un pijama? ¿y eso para que sirve[/b]?" ,"Sirve para dormir" respondió su hijo, agregando Valeriano "[b]Para dormir lo que hace falta es tener sueño[/b]".
Otra vez un hijo suyo le envió una carta pidiéndole 500 pesetas, a lo que le contestó :" [b]Ahí te envió las cincuenta pesetas que me pides, y te advierto que cincuenta se escribe con un solo cero".[/b]
También cuenta que, en una ocasión le regalaron unas palomas mensajeras, una afición que aún perdura en su Mallorca natal. Pasado un tiempo le preguntaron que tal estaban las palomas, a lo que respondió "[b]estaban muy buenas[/b]"
Por si no había dado suficientes muestras de su devoción a España, a su muerte, donó en su testamento el 70% de sus bienes al Estado Español.