Mensaje por ikere » 26 Ago 2013 20:33
He copiado el Prólogo:
PROLOGO
Al dar a luz la vida y hechos de Zumalacárregui, nos parece que vamos a cambiar en algún modo el concepto que acerca de la persona y mérito de este general tienen formado hoy día algunos españoles y muchos extranjeros, que no habiéndole conocido sino por el eco de la fama, faltos de detalles ignoran lo que realmente fue y el valor de lo que hizo. Después que el público haya visto nuestro trabajo (nos preguntaremos a nosotros mismos), ¿se acrecentará o disminuirá la reputación que actualmente goza en Europa Zumalacárregui? Esto es precisamente lo que nos es muy difícil adivinar, por cuanto los hombres difieren bastante en el juicio de las cosas. Sin embargo, son de tal importancia las noticias que intentamos publicar, que desde luego nos lisonjeamos de que el fallo será en favor del héroe carlista, tanto porque su reputación quedará sentada sobre una base robusta, cuanto porque a los escritores que tomen a su cargo el delicado trabajo de transmitir a las generaciones futuras los acontecimientos de nuestra desgraciada guerra civil, les facilitamos una guía segura para tratar con la debida exactitud lo que tenga relación con la materia.
Honrados con la amistad de Zumalacárregui, depositarios de su entera confianza, testigos oculares de todos sus actos, tanto públicos como privados, durante el tiempo de la guerra que ha dado origen a su grande celebridad, nos creemos autorizados para decir que ninguno puede estar mejor enterado de los hechos de su vida que nosotros. Quizá aquellos que no nos conozcan Considerarán nuestro testimonio como la expresión de un ánimo apasionado; mas no por eso debemos retraemos de ofrecer este pequeño tributo a la preclara memoria el hombre que todos admiran y que nos distinguió con particular predilección. Otro motivo nos excita también a dar a luz la vida de Zumalacárregui cual es el justo deseo de satisfacer a tantas preguntas como de continuo se nos hacen acerca de su persona y carácter.
Los oficiales aplicados, que desde el año de 1815 acá han pasado su vida (gracias a la paz que ha reinado en casi toda Europa) devorando volúmenes Sobre el arte militar, se maravillarán tal vez al llegar al fin del libro que les presentamos. De no hallar en las operaciones de Zumalacárregui, a pesar de la celebridad que como general goza, ninguna de aquellas reglas que dan a conocer la existencia de un plan concertado de antemano; pero acaso cesará su extrañeza luego que sepan que esto procedía de que no le era dado obrar sino conformes se lo permitían sus medios y situación. Sólo algunos momentos bastarán para hacerles comprender los motivos verdaderos de semejante conducta.
Al comenzar el año de 1835, habiendo manifestado don Carlos a Zumalacárregui las grandes ventajas que obtendría su causa desde el momento que sus armas pudiesen avanzar hasta Burgos, oído su parecer, le mandó presentar un plan o memoria con expresión de aquello que consideraba indispensable para conducir el ejército a la empresa indicada. Zumalacárregui, apenas se retiró de la presencia de dicho señor, comenzó a echar sus cálculos, escribió en seguida su memoria, y pocos días después la puso en sus manos. Obsérvese bien que todo lo que pedía en ella para ejecutar o llevar a cabo lo que tanto se apetecía y se encomiaba, estaba reducido a cuatrocientos mil cartuchos de fusil y a cien mil duros en metálico, debiendo destinarse esta última cantidad a satisfacer por espacio de dos meses el sueldo de las tropas, sin que fuese necesario gravar para ello a los pueblos. Los que conozcan la importancia de estas dos sumas, y sepan algo de los gastos que cuesta la menor operación de la guerra, las tendrán seguramente por muy moderadas. Sin embargo, Zumalacárregui servía a un personaje más rico de virtudes que de dinero, por cuya causa la memoria fue un trabajo inútil y sin resultados, como lo fueron siempre igualmente todos cuantos proyectos se formaban si requerían para su ejecución algún dispendio.
El general de un ejército, como el arquitecto. pide según la magnitud de la obra que se le encarga, pero cuando por entero faltan los recursos, su plan es dictado por las circunstancias, y el jefe militar, que ante todo tiene que buscar el pan diario para sus tropas, no es a la verdad muy libre para acordar lo que hará mañana. No obstante, Zumalacárregui tenía su plan particular y miras fijas, de las cuales muy rara vez se apartó; mas este plan sólo estaba escrito en su mente y nada lo ha acreditado tanto como sus mismos progresos.
Los que lean la vida y hechos de Zumalacárregui, sin parar la consideración en los recursos que tuvo este general para reunir, disciplinar y sostener su ejército en medio de un estado tan precario, contra todos los esfuerzos de un enemigo sumamente activo y poderoso, acaso después de leer los detalles que les presentamos, le tendrán en menos de lo que le han tenido hasta el día; mas los que le juzguen con imparcialidad, no sólo se mantendrán en la opinión que antes tuvieron, sino que aumentarán su admiración.
Las miras principales de este jefe fueron fomentar por todos los medios las fuerzas de su mando, sin preferir por eso el número a la solidez y consistencia. y no emprender nunca operación que no le ofreciese alguna ventaja. La avidez que en él se notaba de conservar aquello que había adquirido procedía de las grandes dificultades que tuvo que vencer para llegar al estado en que se hallaba, y de que, ajeno de ilusiones, no veía, como tantos otros, muy seguros los medios de reparar los males que un revés podría ocasionarle.
La historia, por imparcial que sea, nunca juzgará bien a Zumalacárregui, pues habiéndole faltado los recursos, no pudo dar a conocer la extensión de sus talentos militares. Si por sólo haber acaudillado seis, ocho o a lo más doce batallones, cuatro escuadrones y un viejo cañón (que solamente la necesidad pudo obligar a servirse de él), no se le quiere conceder una plaza entre los más grandes capitanes, es muy justo que al menos se le conceda un lugar entre aquella especie de héroes que por medio de las más sencillas armas, como Hércules con una maza, David con una banda y Sansón con una quijada, humillaron la arrogancia de sus enemigos.
He copiado el Prólogo:
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PROLOGO
Al dar a luz la vida y hechos de Zumalacárregui, nos parece que vamos a cambiar en algún modo el concepto que acerca de la persona y mérito de este general tienen formado hoy día algunos españoles y muchos extranjeros, que no habiéndole conocido sino por el eco de la fama, faltos de detalles ignoran lo que realmente fue y el valor de lo que hizo. Después que el público haya visto nuestro trabajo (nos preguntaremos a nosotros mismos), ¿se acrecentará o disminuirá la reputación que actualmente goza en Europa Zumalacárregui? Esto es precisamente lo que nos es muy difícil adivinar, por cuanto los hombres difieren bastante en el juicio de las cosas. Sin embargo, son de tal importancia las noticias que intentamos publicar, que desde luego nos lisonjeamos de que el fallo será en favor del héroe carlista, tanto porque su reputación quedará sentada sobre una base robusta, cuanto porque a los escritores que tomen a su cargo el delicado trabajo de transmitir a las generaciones futuras los acontecimientos de nuestra desgraciada guerra civil, les facilitamos una guía segura para tratar con la debida exactitud lo que tenga relación con la materia.
Honrados con la amistad de Zumalacárregui, depositarios de su entera confianza, testigos oculares de todos sus actos, tanto públicos como privados, durante el tiempo de la guerra que ha dado origen a su grande celebridad, nos creemos autorizados para decir que ninguno puede estar mejor enterado de los hechos de su vida que nosotros. Quizá aquellos que no nos conozcan Considerarán nuestro testimonio como la expresión de un ánimo apasionado; mas no por eso debemos retraemos de ofrecer este pequeño tributo a la preclara memoria el hombre que todos admiran y que nos distinguió con particular predilección. Otro motivo nos excita también a dar a luz la vida de Zumalacárregui cual es el justo deseo de satisfacer a tantas preguntas como de continuo se nos hacen acerca de su persona y carácter.
Los oficiales aplicados, que desde el año de 1815 acá han pasado su vida (gracias a la paz que ha reinado en casi toda Europa) devorando volúmenes Sobre el arte militar, se maravillarán tal vez al llegar al fin del libro que les presentamos. De no hallar en las operaciones de Zumalacárregui, a pesar de la celebridad que como general goza, ninguna de aquellas reglas que dan a conocer la existencia de un plan concertado de antemano; pero acaso cesará su extrañeza luego que sepan que esto procedía de que no le era dado obrar sino conformes se lo permitían sus medios y situación. Sólo algunos momentos bastarán para hacerles comprender los motivos verdaderos de semejante conducta.
Al comenzar el año de 1835, habiendo manifestado don Carlos a Zumalacárregui las grandes ventajas que obtendría su causa desde el momento que sus armas pudiesen avanzar hasta Burgos, oído su parecer, le mandó presentar un plan o memoria con expresión de aquello que consideraba indispensable para conducir el ejército a la empresa indicada. Zumalacárregui, apenas se retiró de la presencia de dicho señor, comenzó a echar sus cálculos, escribió en seguida su memoria, y pocos días después la puso en sus manos. Obsérvese bien que todo lo que pedía en ella para ejecutar o llevar a cabo lo que tanto se apetecía y se encomiaba, estaba reducido a cuatrocientos mil cartuchos de fusil y a cien mil duros en metálico, debiendo destinarse esta última cantidad a satisfacer por espacio de dos meses el sueldo de las tropas, sin que fuese necesario gravar para ello a los pueblos. Los que conozcan la importancia de estas dos sumas, y sepan algo de los gastos que cuesta la menor operación de la guerra, las tendrán seguramente por muy moderadas. Sin embargo, Zumalacárregui servía a un personaje más rico de virtudes que de dinero, por cuya causa la memoria fue un trabajo inútil y sin resultados, como lo fueron siempre igualmente todos cuantos proyectos se formaban si requerían para su ejecución algún dispendio.
El general de un ejército, como el arquitecto. pide según la magnitud de la obra que se le encarga, pero cuando por entero faltan los recursos, su plan es dictado por las circunstancias, y el jefe militar, que ante todo tiene que buscar el pan diario para sus tropas, no es a la verdad muy libre para acordar lo que hará mañana. No obstante, Zumalacárregui tenía su plan particular y miras fijas, de las cuales muy rara vez se apartó; mas este plan sólo estaba escrito en su mente y nada lo ha acreditado tanto como sus mismos progresos.
Los que lean la vida y hechos de Zumalacárregui, sin parar la consideración en los recursos que tuvo este general para reunir, disciplinar y sostener su ejército en medio de un estado tan precario, contra todos los esfuerzos de un enemigo sumamente activo y poderoso, acaso después de leer los detalles que les presentamos, le tendrán en menos de lo que le han tenido hasta el día; mas los que le juzguen con imparcialidad, no sólo se mantendrán en la opinión que antes tuvieron, sino que aumentarán su admiración.
Las miras principales de este jefe fueron fomentar por todos los medios las fuerzas de su mando, sin preferir por eso el número a la solidez y consistencia. y no emprender nunca operación que no le ofreciese alguna ventaja. La avidez que en él se notaba de conservar aquello que había adquirido procedía de las grandes dificultades que tuvo que vencer para llegar al estado en que se hallaba, y de que, ajeno de ilusiones, no veía, como tantos otros, muy seguros los medios de reparar los males que un revés podría ocasionarle.
La historia, por imparcial que sea, nunca juzgará bien a Zumalacárregui, pues habiéndole faltado los recursos, no pudo dar a conocer la extensión de sus talentos militares. Si por sólo haber acaudillado seis, ocho o a lo más doce batallones, cuatro escuadrones y un viejo cañón (que solamente la necesidad pudo obligar a servirse de él), no se le quiere conceder una plaza entre los más grandes capitanes, es muy justo que al menos se le conceda un lugar entre aquella especie de héroes que por medio de las más sencillas armas, como Hércules con una maza, David con una banda y Sansón con una quijada, humillaron la arrogancia de sus enemigos. [/i]