HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 20 Feb 2016 16:29

Bueno aún cuando he puesto ya lo correspondiente a una de las batallas de la Primera Guerra Carlista, entiendo que es mejor retroceder un poco y hacer una introducción a lo que fueron las guerras carlistas tanto su origen como consecuencias, ruego me perdonéis por no haberla hecho antes, pero la verdad es que se me pasó, intento corregirlo en el siguiente post.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
Si ignoras lo que pasó antes de que nacieras, siempre serás un niño.
Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 20 Feb 2016 16:40

PRIMERA GUERRA CARLISTA

La Primera Guerra Carlista o Guerra de los Siete Años fue una guerra civil que se desarrolló en España entre 1833 y 1840 entre los carlistas, partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón y de un régimen absolutista, y los isabelinos, defensores de Isabel II y de la regente María Cristina de Borbón, cuyo gobierno fue originalmente absolutista moderado y acabó convirtiéndose en liberal para obtener el apoyo popular.

La guerra la planteó Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, por la cuestión sucesoria, ya que había sido el heredero al trono durante el reinado de su hermano Fernando VII, debido a que éste, tras tres matrimonios, carecía de descendencia. Sin embargo, el nuevo matrimonio del rey y el embarazo de la reina abren una nueva posibilidad de sucesión.

En marzo de 1830, seis meses antes de su nacimiento, el rey publica la Pragmática Sanción de Carlos IV aprobada por las Cortes de 1789, que dejaba sin efecto el Reglamento de 10 de mayo de 1713 que excluía la sucesión femenina al trono hasta agotar la descendencia masculina de Felipe V. Se restablecía así el derecho sucesorio tradicional castellano, recogido en Las Partidas, según el cual podían acceder al trono las hijas del rey difunto en caso de morir el monarca sin hijos varones.

No obstante, Carlos María Isidro, no reconoció a Isabel como princesa de Asturias y cuando Fernando murió el 29 de septiembre de 1833, Isabel fue proclamada reina bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, y Carlos en el Manifiesto de Abrantes mantuvo sus derechos dinásticos, llevando al país a la Primera Guerra Carlista.

La cuestión dinástica no fue la única razón de la guerra. Tras la Guerra de la Independencia, Fernando abolió la Constitución de 1812, pero tras el Trienio Liberal (1820-1823), Fernando VII no volvió a restaurar la Inquisición, y en los últimos años de su reinado permitió ciertas reformas para atraer a los sectores liberales, que además pretendían igualar las leyes y costumbres en todo el territorio del reino eliminando los fueros y las leyes particulares, al tiempo los sectores más conservadores se agrupaban en torno a su hermano Carlos.

El campo y las pequeñas ciudades del País Vasco y Navarra apoyaron mayoritariamente al pretendiente Carlos debido a su tradicionalismo foral, gracias al apoyo que le dio el bajo clero local. Muchos autores han especulado con la posibilidad de que la causa carlista en el País Vasco y Navarra fuese fundamentalmente foralista. No existe consenso en este análisis, puesto que otros autores rebaten esta interpretación, haciendo la principal razón del apoyo vasconavarro al influjo del clero en la sociedad.

Sobre esta cuestión expresó Mateo Benigno de Moraza en su dicurso ante el Congreso de Diputados el 13 de julio de 1876: "Para el país vascongado no podía buscarse un resorte que hiriese más viva, más delicada y más sensiblemente las fibras de su corazón, tan religioso y católico, y no puede negarse que en la guerra ha tenido la cuestión religiosa la única influencia en mi país; ninguna otra en la casi universalidad de mis paisanos ha podido inclinarles a la guerra; pero los Fueros no han sido la causa".

En Aragón y Cataluña se vio como una oportunidad de recuperar sus derechos forales, perdidos tras la Guerra de Sucesión Española, mediante los Decretos de Nueva Planta. La jerarquía eclesiástica se mantuvo ambigua, aunque una parte importante del clero (como por ejemplo, el famoso Cura Merino) se unió a los carlistas.

En el otro bando, los liberales y moderados se unieron para apoyar a María Cristina y a su hija Isabel. Controlaban las principales instituciones del Estado, la mayoría del ejército y todas las ciudades importantes. Los liberales recibieron apoyo del Reino Unido, Portugal y Francia en forma de créditos para el tesoro y de fuerzas militares. Los británicos enviaron la Legión Auxiliar Británica, cuerpo de voluntarios al mando del general George Lacy Evans, en tanto que la Royal Navy realizaba funciones de bloqueo. Los portugueses enviaron una división auxiliar bajo el mando del Barón das Antas y los franceses la Legión extranjera francesa además de colaborar en el control de la frontera y de las costas españolas.

Fases de la guerra

Teniendo en cuenta las acciones llevadas a cabo por uno y otro bando podemos destacar tres grandes fases en la contienda:
Ofensiva carlista

La primera fase tiene lugar en el comienzo de la guerra. Son los carlistas quienes, guiados por líderes más eficientes, organizan a las tropas en los principales territorios que dominan (el norte, Cataluña y el Maestrazgo). Cabe destacar la actuación de líderes como Zumalacárregui en el norte. Fue importante también la labor de Juan Antonio Guergué en Cataluña, que unificó las partidas catalanas. La fase comienza en 1833 y termina en 1835 con la muerte de Zumalacárregui. El carlismo puso en jaque al gobierno cristino y logró extenderse por todo el norte de la península.
Repliegue carlista

La fase comienza en 1835 y termina en 1837. Los cristinos logran una mayor coordinación y consolidan su posición dentro del territorio carlista. Famosa por las numerosas expediciones carlistas, siendo las más importantes la de Miguel Gómez Damas en 1836, que recorrió toda España y la expedición Real, encabezada por Carlos María Isidro en persona, amenazó en 1837 la capital. El fracaso de dicha expedición supuso el desastre de la última gran tentativa carlista. La acción más importante fue el sitio de Bilbao de 1836, que acabó con una nueva derrota carlista. Destaca la aparición en favor de don Carlos de Ramón Cabrera en el Maestrazgo, que causó serios problemas a los cristinos hasta el final de la guerra.
Agotamiento del carlismo

Tras la batalla de Luchana los carlistas pierden la oportunidad de tomar Bilbao y una de las últimas ocasiones de poder ganar la guerra. Supone también su derrota en Bilbao la creación de una facción carlista que apoya el fin de la guerra, viendo improbable ya la victoria. Se limitan los absolutistas desde entonces a defender el territorio que aún controlan hasta que la falta de efectivos y las convulsiones dentro de la corte del infante obligan en 1839 a firmar la paz, a pesar de que un sector carlista y el propio don Carlos no aceptasen el convenio de Vergara, teniendo que ir al exilio, a la espera de una nueva oportunidad . Cabrera seguirá al frente del Maestrazgo un año más, ya con la causa del pretendiente carlista muy debilitada. Destaca Espartero como líder indiscutible de las fuerzas cristinas.
La guerra
El frente en su momento álgido.
La guerra en el frente del norte
Finales

Tras la muerte de Fernando VII, el pretendiente Carlos nombró a Joaquín Abarca como ministro universal e hizo un llamamiento al ejército y a las autoridades para que se sumaran a su causa, pero con escasa repercusión. En el ámbito internacional tan sólo el rey Miguel I de Portugal lo reconoció, lo que llevó a la ruptura diplomática entre España y Portugal. En los primeros días de octubre se sucedieron las insurrecciones en varios puntos de España, protagonizadas por agrupaciones locales de Voluntarios Realistas, en general con poco éxito, excepto en el País Vasco, Navarra y Logroño, pero sin llegar a controlar más que por poco tiempo las ciudades de dichos territorios. Las sublevaciones no tuvieron el apoyo del ejército. Así, el general Ladrón de Cegama, sin mando en Valladolid (residencia de la Capitanía General de Castilla la Vieja), y el coronel Tomás de Zumalacárregui, retirado pero viviendo en la plaza fuerte de Pamplona, huyeron de sus lugares de residencia para pronunciarse sin arrastrar consigo fuerza alguna de las guarniciones de las plazas en las que se encontraban. La guerra se considera como comenzada cuando el general Ladrón de Cegama proclamó rey al infante don Carlos con el nombre de Carlos V el 6 de octubre de 1833 en Tricio (La Rioja), apoderándose con los voluntarios sublevados de Logroño y pasando a Navarra a unirse con los sublevados de esta provincia. La unión de estos voluntarios en Navarra fue el embrión de las tropas de las que se hizo cargo Tomás de Zumalacárregui y que hicieron posible que la guerra durase siete años.

Las fuerzas carlistas del norte quedaron centradas en la figura de Tomás de Zumalacárregui, que organizó en poco tiempo un ejército carlista en Navarra, al que también se unieron los carlistas vascos debilitados tras la expedición de Pedro Sarsfield.

Zumalacárregui equipó a sus hombres con armas tomadas a los ejércitos cristinos en el campo de batalla o en ataques contra fábricas o convoyes, y consciente de su inferioridad numérica y armamentística reprodujo la táctica guerrillera que conocía desde la Guerra de Independencia, amparándose en lo accidentado del relieve y en el apoyo de gran parte de la población civil. El 7 de diciembre de 1833, las diputaciones de Vizcaya y de Álava le nombraron jefe de las tropas de estas provincias. Muy popular entre sus soldados (le llamaban "Tío Tomás"), no dudó en mostrarse cruel en la represión de los liberales ni en emplear el terror para mantener controlado el territorio.
Rodil - Zumalacárregui

Durante el año 1834 se sucedieron las victorias carlistas en importantes acciones, como el asalto a un convoy de armas entre Logroño y Cenicero, las acciones de Alegría de Álava y Venta de Echavarri. Pero para los carlistas el año acabó con una derrota en la batalla de Mendaza y la prudente retirada en la batalla de Arquijas.

Pero en marzo y abril de 1835, con la Acción de Larremiar contra Francisco Espoz y Mina, Zumalacárregui volvió a participar con éxito.

Con la Acción de Artaza contra Gerónimo Valdés, Zumalacárregui deshizo la tropa cristina que se vio obligada a desmantelar todas las estratégicas guarniciones (Maeztu, Alsasua, Elizondo, Santesteban, Urdax, entre otras), quedando como únicas guarniciones las de las capitales de las provincias vascongadas, Pamplona y algunos puertos de la costa. El grueso del ejército cristino se retiró a la orilla sur del Ebro. Animado por sus éxitos militares y por la necesidad de obtener financiación y reconocimiento internacional, el pretendiente le ordenó tomar Bilbao, a pesar de la opinión contraria de Zumalacárregui, que hubiera preferido atacar Vitoria y desde allí abrirse camino hacia Madrid. La operación comenzó con éxito, al abrirse paso hacia Bilbao al vencer al general Espartero en el Puerto de Descarga, comenzando a sitiar la capital vizcaína el 10 de junio de 1835; pero, herido Zumalacárregui cuando observaba las operaciones, falleció el 24 de junio de 1835

En octubre de 1835 Nazario Eguía asumió el puesto de general en jefe de las tropas carlistas en el País Vasco y Navarra. Durante su mandato el ejército carlista aumentó sus efectivos hasta llegar a los 36.000 hombres y su sucesor Bruno Villarreal, se caracterizó por fomentar las expediciones fuera del territorio carlista.

Bruno Villarreal se caracterizó por fomentar las expediciones fuera del territorio carlista.

En octubre de 1836 tuvo lugar el segundo sitio de Bilbao, que fracasó a los cinco días y en noviembre un tercer intento que duró mes y medio y que fracasó ante la defensa de Baldomero Espartero,

El fracaso ante Bilbao de los carlistas provocó el nombramiento de Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza como general en jefe de los carlistas, el cual en marzo de 1837 venció a las tropas liberales en la batalla de Oriamendi. Mientras tanto los sectores más radicales del carlismo se habían hecho con el control político, acrecentado tras la Expedición Real.

Juan Antonio Guergué se hizo con el mando del ejército hasta junio de 1838,

Tras la batalla de Peñacerrada, Guergué fue sustituido por Rafael Maroto, quien reorganizó el ejército y mandó fusilar en febrero de 1839 a Guergué y a otros militares acusados de conspirar en su contra al tiempo que intentaba conseguir del pretendiente la destitución de sus adversarios, por lo que fue destituido a su vez por Don Carlos, aunque pocos días después fue restituido en su puesto por el pretendiente, que accedió a sus demandas.

Maroto negoció con el gobierno de Isabel II sin el apoyo del pretendiente y con la oposición de parte de sus tropas y el 29 de agosto de 1839 Espartero y oficiales carlistas, representantes de Maroto, firman el Convenio de Oñate que puso fin a la guerra en el norte de España, confirmado con el conocido como Abrazo de Vergara entre Maroto y Espartero el 31 de agosto. El 14 de septiembre de 1839 el pretendiente carlista y sus tropas que le permanecían fieles cruzaron la frontera francesa y la guerra terminó en el frente norte.
Frente de Castilla

En Castilla la Vieja, fue en Burgos y Soria dónde más éxito tuvo la insurrección, movilizando un total de 10.000 hombres al mando de Jerónimo Merino e Ignacio Alonso Cuevillas. En Cataluña, en abril de 1834, entró una partida procedente del Maestrazgo al mando de Manuel Carnicer pero fracasó. A pesar de eso, se mantuvieron movilizadas numerosas partidas guerrilleras.
El carlismo en Aragón
Frente Aragón y Valencia


El 13 de noviembre de 1833 los carlistas obtienen una importante victoria: Morella se subleva y enrola el estandarte de Carlos V. Carlos Victoria, comandante de la plaza de Morella, hace salir a las tropas de la ciudad con una treta. Cierra las puertas de la ciudad y junto con Rafael Ram de Viu (barón de Herbés) y Manuel Carnicer se suman al bando carlista. Pese a este acto las tropas gubernamentales se ponen en movimiento y mandan hacia Morella una importante columna dirigida por Horé. Los carlistas ante esa amenaza huyen de Morella en diciembre. Después el barón de Herbés y otros líderes carlistas son apresados en Calanda y fusilados el 27 de diciembre. Pese a esto la llama de la rebelión se había encendido en las tierras del Maestrazgo y el Ebro puesto que otros líderes como Manuel Carnicer, Quílez y Cabrera continuaron luchando.

Las partidas del Maestrazgo y Aragón eligieron a Manuel Carnicer como su jefe en febrero de 1834. Tras su fusilamento en abril de 1835 tomó el mando su segundo, Ramón Cabrera, quien dio ánimos a las fuerzas carlistas, pero sin que fuerzas fueran lo suficientemente numerosas como para obtener una victoria decisiva sobre las fuerzas liberales, de forma que en 1836 Evaristo de San Miguel conquistaba para los isabelinos Cantavieja. En 1837 Cabrera consigue reconquistar el territorio perdido y en enero de 1838 conquista Morella, a la que convierte en capital de su administración, extendiendo su territorio por Aragón, norte de Valencia y sur de Cataluña. Sin embargo, el fin de la guerra en el norte hizo que Espartero llegara a Zaragoza al frente de 44.000 hombres en octubre de 1839 y estableciera su cuartel general en Mas de las Matas. Cabrera consigue mantener la resistencia hasta el 30 de mayo de 1840 cuándo Espartero conquistó Morella y Cabrera se dirigió a Berga.
Frente de Cataluña

En Cataluña las numerosas partidas actuaban sin coordinación. El mando del Pretendiente envió un contingente de fuerzas del territorio carlista vasco-navarro, seleccionado entre los más experimentados batallones de los que disponía, en agosto de 1835 bajo el mando de Juan Antonio Guergué formado por 2.700 hombres con la misión de organizar el frente en Cataluña. Llegado a su destino Guergué, consiguió agrupar una numerosa fuerza, intentanto tomar Olot pero fracasando en el intento. Seguidamente Guergué organizó las tropas carlistas catalanas en un documento oficial que se enviaría al rey y a los cabecillas respectivos. En el mismo documento él pone de manifiesto que las tropas con las que cuenta son unas 19.000 descontando las traídas por él. Sin embargo estos datos son poco fiables debido a que dan un número alto de guerrillas no identificadas. Pese a esto el número debía ser muy alto.Tras la marcha de Guergué de Cataluña asumieron el mando Ignacio Brujó y Rafael Maroto. Éste estuvo poco tiempo (unos meses), creó confusión y tuvo muchas derrotas así que en diciembre de 1836 fue sustituido por Blas María Royo de León que había sido jefe del estado mayor de la expedición Guergué. Royo logró victorias importantes cómo el desastre de Oliver y la conquista de Solsona. En 1837 se hizo con el mando uno de los miembros de la Expedición Real, Juan Antonio de Urbiztondo, quien conquistó Berga en julio y la convirtió en la capital del carlismo catalán.

Los problemas entre la Junta de gobierno de Berga y Urbiztondo llevaron al nombramiento de José Segarra y posteriormente, en julio de 1838, al del Conde de España, que se esforzó en modernizar sus tropas al tiempo que se aproximaba a los sectores más radicales del carlismo, lo que provocó el descontento de la oficialidad carlista, que solicitaron su destitución al pretendiente, lo que consiguieron en octubre. La llegada de combatientes carlistas procedentes del frente norte tras la firma del Convenio de Oñate consiguió prolongar la guerra en Cataluña unos meses más hasta que las últimas tropas carlistas dirigidas por Cabrera cruzaron la frontera francesa el 6 de julio de 1840.

Castilla la Vieja y Castilla la Nueva

En ambas Castillas los movimientos carlistas también existieron. Fueron más importantes en Castilla la Vieja. En las zonas cercanas a las provincias Vascongadas y Navarra, los carlistas, bajo la presión de las tropas isabelinas, acabaron amparándose en los carlistas vasco-navarros, formando los batallones castellanos. Sus jefes más importantes fueron Balmaseda, Basilio García, Jerónimo Merino y Cuevillas. Organizaron correrías por el territorio controlado por el bando isabelino, llegando en ocasiones hasta La Mancha. Los húsares de Ontoria, una unidad selecta formada por expertos jinetes castellanos y dirigida por Balmaseda, fue la unidad más importante de caballería castellana que terminó combatiendo con Cabrera. No pudiendo cruzar el Ebro en la fase final al caer el Maestrazgo en manos de Espartero, intentaron huir a Francia dando el rodeo por Cuenca, Soria, Burgos, La Rioja y Navarra, desolando con sus tropelías y robos las poblaciones que atravesaban. Gran parte de ellos fueron finalmente interceptados en Navarra, cuando Cabrera hacía ya tiempo que se encontraba en Francia y, por lo tanto, la guerra había finalizado. Por ello fueron considerados como bandoleros y ejecutados.

En Castilla la Nueva los movimientos carlistas se centraron en Ciudad Real y en las zonas próximas a Cabrera (Cuenca) y también Albacete). La partida más importante de la región fue la de los hermanos Palillos. Esta partida estaba formada por jinetes en su mayor parte y llegó a ser numerosa comparada con las demás partidas manchegas, que nunca fueron muy superiores a un par de centenares de hombres.
Frente de la provincia de Ciudad Real

En la provincia se formaron más de un centenar de partidas, algunas con apenas una decena de hombres y otras superando varios centenares. Tres son las causas de esta proliferación: a) Dada la orografía montañosa y el tránsito a través de la provincia de las comunicaciones Madrid - Andalucía, desde tiempo muy atrás el bandolerismo estaba muy desarrollado. b) Estas circunstancias fueron base para que durante la Guerra de la Independencia se creasen numerosas partidas guerrilleras con gran actividad. c) La provincia, muy depauperada, con la tierra prácticamente en poder de unas pocas personas, no solo producía pobreza en las gentes que trabajaban el campo sino también en las localidades donde los zapateros, sastres y demás oficios tenían unos ingresos muy bajos ya que sus clientes, los trabajadores del campo, carecían de dinero. Las experiencias del bandolerismo, las de las guerrillas independentistas, la pobreza de los habitantes y las quintas que se llevaban a tantos hombres jóvenes que estaban aportando economía familiar, hizo que los jefes carlistas encontrasen con facilidad personas tanto en el campo como en las ciudades para engrosar sus filas. Ocurría también con frecuencia que pequeñas partidas admitían el indulto, se reincorporaban a sus quehaceres, volviendo pero de nuevo poco tiempo después a formar parte de una partida. El gobierno solo en ocasiones pudo destinar tropas regulares suficientes para combatir a las partidas, siendo fuerzas irregulares formadas por voluntarios locales, encuadrados genéricamente en el concepto de "Milicianos Nacionales", los que sostuvieron el peso principal de lucha contra las partidas aunque con escaso éxito ya que incluso meses después de concluida la guerra estuvieron activas varias de ellas durante un tiempo. Algunas volvieron a convertirse en bandoleras, quedando su persecución en manos de la recién creada Guardia Civil.

El movimiento carlista nunca tuvo unidad de mando y de administración ni conservó territorio en el que hubiese podido instalar sus cuarteles, almacenes, cuadras de caballos, depósitos de heridos y prisioneros, manteniéndose continuamente en movimiento por la provincia, asaltando pueblos y refugiándose en las montañas. En ocasiones se unían varias pequeñas partidas para realizar un ataque a una localidad importante o a un convoy que circulaba por la carretera Madrid - Andalucía. Al llegar a la provincia las expediciones de Gómez y Basilio García, formaron parte de ellas mientras se mantuvieron en la provincia, algunas marcharon con ellas a provincias vecinas, incluso unos pocos hombres las acompañaron a su vuelta al territorio vasco-navarro.5
Expediciones carlistas

Desde el territorio vasco-navarro dominado por los carlistas se realizaron expediciones con los objetivos principales: A) Fomentar la guerra en territorios en los que el carlismo tenía poca, incluso nula actividad. B) Deshacerse durante algún tiempo de contingentes a los que era problemático dar mantenimiento y paga. C) Obligar a que tropas isabelinas que cercaban su territorio tuviesen que marchar tras las expediciones, aliviándose la presión sobre el frente vasco-navarro.

Las expediciones más importantes fueron:

Primera expedición de Basilio García. 1834
Segunda expedición de Basilio García. 1835
Expedición de Guergué. 1835
Tercera Expedición de Basilio García. 1836.
Expedición de Gómez. 1836

En junio de 1836, Miguel Gómez Damas, al frente de 3.500 hombres, parte desde Amurrio hacia Asturias y Galicia para alentar los focos carlistas que supone allí establecidos, pero a pesar de que consigue entrar sin lucha en Oviedo y Santiago de Compostela, no logra controlar estos territorios ya que no encuentra interés suficiente por la causa carlista en la población y es sometido a persecución por tropas isabelinas que llegan desde Navarra y Castilla la Vieja. Por propia iniciativa, en contra de las órdenes recibidas, se dirige en agosto hacia Andalucía y durante la marcha entra en León, Palencia y Albacete. En Andalucía toma Córdoba y Almadén, hecho éste último que causa inesperada baja en la Bolsa londinense. Llega a San Roque ya que tiene intención de adquirir calzado en Gibraltar pero desde el Peñón le impiden con cañonazos acercarse aunque son muchos los ingleses, incluso con sus mujeres, los que salen del recinto británico para ver de cerca a los carlistas ya que su correría por la geografía hispánica es tema muy aireado por la prensa europea. Batido una y otra vez, aunque sin ser excesivamente dañado por las columnas isabelinas que le persiguen, en diciembre de 1836 consigue regresar a Vizcaya.

Expedición Real. 1837

La Expedición Real, motivada por las supuestas negociaciones que se estaban realizando entre Carlos y María Cristina, salió de Navarra en mayo de 1837 con 12.000 hombres al frente del pretendiente Carlos hacia Aragón, Cataluña, Valencia, Teruel y finalmente Madrid, de dónde se retiraron de manera inesperada, llegando al territorio carlista del norte en octubre de 1837. Tras la expedición Carlos marginó a los elementos más moderados del carlismo.

Expedición de Zaratiegui. 1837
Cuarta expedición de Basilio García. 1837-1838
Expedición de Negri. 1839

Batallas y acciones

Acción de Maials. 10 de abril de 1834. Vencen los liberales de Carratalá y Bretón a Carnicer.
Acción de las Peñas de San Fausto. 19 de agosto de 1834. Vencen los carlistas de Zumalacárregui a Carandolet.
Acción de Alegría de Álava. 27 de octubre de 1834. Vencen los carlistas de Zumalacárregui sobre O´Doyle.
Acción de la Venta de Echavarri. 28 de octubre de 1834. Vencen los carlistas de Zumalacárregui sobre Osma.
Mendaza. 12 de diciembre de 1834. Vencen liberales de Córdova sobre Zumalacárregui.
Primera Batalla de Arquijas. 15 de diciembre de 1834. Indecisa.
Acción de Artaza. 20 al 22 de abril de 1835. Vencen los carlistas de Zumalacárregui sobre Jerónimo Valdés
Mendigorría. 16 de julio de 1835. Vencen liberales de Córdova sobre Gómez Moreno.
Arlabán. 16 a 17 de enero 1836. Indecisa.
Villarrobledo. 20 de septiembre de 1836. Vencen los liberales.
Luchana. 24 de diciembre de 1836. Vencen liberales de Espartero.
Acción de Las Cabrillas. 18 de febrero de 1837. Campos de Buñol. Crehuet-Cabrera.
Oriamendi. 10 al 16 de marzo de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Lacy Evans.
Huesca. 24 de mayo de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Iribarren.
Barbastro. 2 de junio de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Oráa.
Chiva. 15 de julio de 1837. Vencen liberales de Oráa sobre el infante Sebastián.
Villar de los Navarros. 24 de agosto de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Buerens.
Peñacerrada. 20 a 22 de junio de 1838. Vencen liberales de Espartero sobre Guergué.
Conquista de Morella. 26 de enero de 1838. Vencen carlistas de Cabrera sobre el gobernador Bruno Portillo.
Morella. 24 julio a 24 agosto de 1838. Vencen carlistas de Cabrera sobre Oraa.
Maella. 1 octubre de 1838. Vencen carlistas de Cabrera sobre Pardiñas.
Ramales y Guardamino. 27 de abril al 13 de mayo de 1839. Vencen liberales de Espartero sobre Maroto.
Toma de Morella. Vencen los liberales de Espartero. Última batalla de la guerra.

Extranjeros

Fueron numerosos los extranjeros que se alistaron en el bando carlista, siendo a destacar los que publicaron sus vivencias de la guerra: el inglés Charles Frederick Henningsen, los franceses Alfonso Barrés de Molard y Alexis Sabatier y los alemanes Augusto von Goeben, Adolfo Loning, Félix Lichnowsky y Guillermo von Rahden.

Un inglés participó activamente para humanizar la guerra (Lord Elliot) y otro para terminarla (Lord John Hay).
Ejército liberal

Regimientos de infantería de línea
Regimientos de infantería ligera
Regimientos de infantería de milicias provinciales
Guardia real de infantería. Cuatro regimientos de dos batallones
Regimiento de granaderos provinciales de la guardia real
Regimiento de cazadores de la guardia real provincial
Regimiento de ingenieros de la guardia real
Artillería montada de la guardia real
Artillería de línea de la guardia real
Regimiento de granaderos a caballo de la guardia real
Regimiento de lanceros de la guardia real
Regimiento de cazadores de la guardia real
Regimiento de coraceros de la guardia real
Húsares de la Princesa
Caballería de línea o dragones
Caballería ligera
Flanqueadores de Isabel II
Cuerpo franco navarro de caballería
Peseteros
Voluntarios de Burgos. 1200 plazas

Ejército carlista

Tropa carlista del Norte

Guardia de honor de infantería.
Guardia de honor de caballería.
Escolta del Estandarte
Escuadrón de Jefes y Oficiales
Batallón de voluntarios distinguidos de Madrid.
Infantería navarra. Doce batallones de 800 plazas.
Guías de Navarra. Un batallón de 800 plazas.
Lanceros de Navarra. Cuatro escuadrones.
Infantería guipuzcoana. Ocho batallones de 1.000 plazas.
Escuadrón de Guipúzcoa. 100 caballos.
Infantería alavesa. Siete batallones de 800 plazas.
Batallón de Guías de Alava. Un batallón de 800 plazas.
Escuadrón de Álava. 120 caballos.
Infantería vizcaína. Nueve batallones de 900 plazas.
Escuadrón de Vizcaya. 90 caballos mandados por un comandante.
Infantería castellana. Cuatro batallones de 800 plazas.
Caballería castellana. Tres regimientos de lanceros.
Batallón de granaderos del ejército. 800 plazas.
Artillería de batalla y montaña.
Artillería de batir.
Zapadores. Cuatro compañías, una en cada provincia.
Húsares de Arlabán. 100 caballos
Tres batallones cántabros de 900 plazas.
Aduaneros.

Ejército Real de Aragón, Valencia y Murcia

1a. Brigada de Tortosa. 1º,2º y 3.er. batallón de Tortosa de 800 plazas.
2a. Brigada de Tortosa. 1º,2º y 3.er. batallón de Mora de Ebro de 750 plazas.
1a. Brigada de Aragón. Guías de Aragón, 5º y Tiradores de Aragón de 700 plazas.
2a. Brigada de Aragón. 4º, 6º, 7º, y 8º de Aragón de 850 plazas.
3a. Brigada de Aragón. 1º,2º y 3.er. batallón de Aragón de 700 plazas.
1a. Brigada de Valencia. 1º,2º y 3.er. batallón de Valencia de 800 plazas.
2a. Brigada de Valencia. 4º,5º, 6º y 7º. batallón de Valencia de 850 plazas.
1a. Brigada de Murcia. 1º y 2º del Cid de 800 plazas.
2a. Brigada de Murcia. 3º del Cid y Guías del Conde de Morella de 800 plazas.
1.er. Regimiento de lanceros de Aragón de 250 plazas.
2o. Regimiento de lanceros de Tortosa de 490 plazas.
3.er. Regimiento de lanceros de Aragón de 350 plazas.
1.er. Regimiento de lanceros de valencia de 360 plazas.
1.er. Regimiento de lanceros del Cid de 280 plazas.
1.er. Batallón de artillería de 500 plazas.
Compañías del tren de 150 plazas.
Compañía de Zapadores de 390 plazas.
Compañías de Miñones de Cabrera 100 plazas.
Ordenanzas de Cabrera 100 plazas.
Guías de Cabrera 100 plazas

Ejército Real de Cataluña

División de Gerona

1a. Brigada
2a. Brigada
Batallón de guías 400 plazas
Esquadrón de lanceros 50 plazas

División de Lérida

1a. Brigada
2a. Brigada

División de Manresa o del Centro

1a. Brigada
2a. Brigada
Partidas sueltas (caballería e infantería)

División del Campo de Tarragona

8 Batallones de 500 plazas

Partidas varias

Sin datos organizativos, total de 3.838 hombres entre infantes y jinetes

Canciones

Viva la paz, viva la unión, viva la paz y don Carlos de Borbón. Carlista.
Duro tiene el corazón don Carlos, viejo cruel y solo seis años cuenta niña inocente Isabel. Cristina.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Marco Tulio Cicerón.

Brasilla
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 20 Feb 2016 21:22

ACCION DE ARTAZA

La Acción de Artaza fue un enfrentamiento armado durante la Primera Guerra Carlista en los valles de las Amescoas de Navarra entre las tropas isabelinas de Gerónimo Valdés y las carlistas de Tomás de Zumalacárregui el 22 de abril de 1835.

Cuatro personas que participaron en la acción: Luis Fernández de Córdova, su hermano Fernando Fernández de Córdova, el inglés C.F. Henningsen y Juan Antonio de Zaratiegui, dejaron escritos sus recuerdos de ella. Tomando como base estos testimonios, más las alocuciones y el parte que redactó Valdés, es posible reconstruir con la mayor fidelidad su desarrollo.

Comprobando que tampoco Espoz y Mina, al igual que sus antecesores Vicente Genaro Quesada y Rodil, no conseguía acabar la guerra con Zumalacárregui, a pesar de los poderosos medios que se habían puesto a su disposición, Gerónimo Valdés, ministro de Guerra, decidió en abril de 1835 trasladarse al frente del norte y hacerse cargo personalmente de la campaña. Zumalacárregui, tras las duras campañas realizadas durante el invierno, tanto en la batalla de Mendaza como en la de Arquijas y en las acciones desarrolladas en el Pirineo contra Espoz y Mina, dificultándole abastecerse de recursos que desde Madrid le eran propiciados pero que debía recoger en la frontera francesa, se había retirado con el grueso de sus fuerzas a los valles navarros de las Amescoas, Ega, Berrueza y Lana.

Al igual que en la mayoría de las acciones realizadas por Zumalacárregui, dado que éste tomaba como aliado al paisaje para poder hacer frente con sus exiguas tropas a las imponentes del enemigo, es preciso describir con detalle el terreno en el que se desarrolló esta acción.

Los valles de las Amescoas forman parte de los valles situados en la maraña montañosa existente entre las llanuras de Pamplona y Álava y la ribera del Ebro. Las Amescoas se conocen como Amescoa Alta y Baja. La Alta comienza a extenderse desde el alto de Contrasta hacia el este, entre la sierra de Andía al norte y la de Lóquiz al sur, con un recorrido oeste-este de unos 20 km y unos 4 km de anchura. Transcurrida esta distancia, el valle dobla hacia el sur, entre la sierra de Urbasa, prolongación hacia el sur de la de Andía, al este y la sierra de Lóquiz al oeste, formando la Amescoa Baja con un largo de unos 6 km. Luego el valle se ensancha, siguiendo la dirección sur pero llamándose a partir de aquí valle de Allín, llegando, tras otros 9 km de extensión y habiéndose unido al valle del Ega, a Estella.

Las sierras de Andía, Urbasa y Lóquiz tienen los lomos en gran parte llanos, estando cubiertos de pastizales y densas masas de bosque. Los bosques son de encinas, robles y carrascas, provistos de un denso sotobosque de brezos, enebros y acebos. Los bordes de estas sierras sobre las Amescoas son todos ellos rocosos, exentos de vegetación "...inmensos rollos que cuelgan de las rocas empotradas en las laderas de las montañas..." dice Henningsen. Desde la base de las rocas hasta el fondo del valle, las laderas están cubiertas de bosques aún más espesos que los que existen en las cumbres. Los accesos desde las Amescoas, todos ellos abiertos por la mano del hombre, trabajando la piedra, a las sierras son pocos y difíciles de superar. A los soldados carlistas, con su ropa y calzado de montaña y su escaso equipo y armamento, no les era difícil trepar por estas rocas, ya que sus paredes aunque casi verticales no tienen la superficie lisa, sino rota con hendiduras. Pero los soldados isabelinos estaban uniformados con chacó, pantalón largo, levita, zapatos, mochila, cartuchera, fusil, bayoneta y sable. Para ellos estas rocas eran imponentes murallas infranqueables.

Zumalacárregui utilizó preferentemente las Amescoas como guarnición de sus tropas, puesto que desde esta posición tenía excelente información de las tropas enemigas a través de su sistema de Aduaneros, de los movimientos que el enemigo realizaba desde sus fortificadas guarniciones entre Logroño-Pamplona, Logroño-Vitoria y Vitoria-Pamplona, y podía entorpecer en muy pocas horas, debido a la agilidad de movimiento en la que se basaba el operativo de sus batallones, las marchas de las lentas divisiones isabelinas.

La naturaleza no es pródiga para los humanos que la habitan: ''"En el estrecho y alargado valle se levantan ocho o diez pequeñas y pobres aldeas que producen, aproximadamente, lo suficiente para la alimentación de sus habitantes, con la excepción de garbanzos y lentejas, que son muy estimados en Navarra", informa Henningsen.

Aquí habían establecido los carlistas sus hospitales, tanto para hombres como para caballos. Los valles habían sido por ello invadidos una y otra vez por columnas isabelinas, pero Zumalacárregui rehuyó el combate en aquel paraje a fin de no dañar a los habitantes y sus bienes, abandonándolos inmediatamente al acercarse el enemigo, bien hacia el oeste, a los valles del Ega, Lana y de La Berrueza, bien hacia el noreste a los de la Ulzama y Borunda. Consiguió así que el valle fuese respetado por las tropas isabelinas que transitaron por él en su búsqueda, hasta principios de abril, cuando Luis Fernández de Córdova lo recorrió, asolándolo, causando grandes daños en los bienes de sus habitantes, tratando de hacer inhabitable la guarida carlista. Zumalacárregui se encontraba actuando en el norte de Navarra y al tener noticia de la incursión isabelina, marchó rápidamente a las Amescoas, pero los isabelinos ya las habían vuelto a abandonar. Henningsen narra: "A medida que pasábamos a través de las diferentes aldeas, siguiendo las huellas del ejército de la Reina, en todas partes se nos presentaban los vestigios de su salvaje venganza; tan pronto como empezamos a descender por el desfiladero, pudimos observar fuertes columnas de humo que se levantaban de cuatro o cinco aldeas."

El general Valdés llegó desde Madrid a Logroño el 14 de abril, marchando seguidamente a Vitoria, donde había ordenado reunirse las fuerzas disponibles en la zona. El menor de los Córdova recuerda: "...Vino al ejército Valdés sin fausto alguno ni séquito, con un solo criado y una pequeña maleta y sin caballos, uniformes ni armas. Él mismo no sabía dónde estaba el equipaje que le pertenecía. Tampoco traía dinero y nada en verdad necesitaba. De uno de los generales adquirió el sombrero, de otro el caballo que debía montar, de otros los cigarros, y la comida tomábamos en donde la había o sentíase con apetito.

El día 18 publicó Valdés un bando dedicado a los habitantes de las provincias vascas y Navarra:"...es preciso, es absolutamente indispensable para vuestro propio bien y para la tranquilidad de la Nación entera, de la que formáis parte, que termine de una vez para siempre esta guerra cruel y fratricida..." Ofreció también indulto a los que en un plazo de quince días abandonaban a Zumalacárregui pero acabó amenazando: "...entregaré a las llamas, sin reserva ni consideración de ninguna especie, todas las poblaciones de ciertos valles que sirven de refugio ordinario a los rebeldes y donde encuentran más recursos y criminal acogida, respetando, sin embargo, las personas y propiedades de sus habitantes, que encontrarán amparo y seguridad si se retiran a los pueblos donde haya guarnición o a las provincias pacíficas. Esta medida es dolorosa pero cuando el bien de la patria habla, deben callar todos los sentimientos humanos."

Movimientos del día 19-4-1835


El ejército isabelino, compuesto por 34 batallones, unas baterías de montaña, una de cohetes a la congreve (proyectil usado contra la caballería y que consistía en un tubo de hierro que disparaba cohetes con cabeza provista de carga explosiva), así como varios escuadrones de caballería, partió de Vitoria el 19 de abril, llegando al atardecer a Salvatierra. Eran unos 22.000 hombres.

Movimientos del día 20-4-1835

Al día siguiente partió el ejército isabelino hacia la vertiente norte de la sierra de Andía, que posee allí laderas que, aunque pendientes, permiten acceso sin dificultad por varios puertos, remontándolo por el de Olazagutía.

Tan pronto como Zumalacárregui fue informado del rumbo tomado por el enemigo, ordenó a los jefes de los batallones acantonados en los cercanos valles de Ega y Berrueza que se pusiesen inmediatamente en marcha hacia las Amescoas. Durante la noche fueron llegando a Eulate, en la Amescoa Alta, formando una tropa compuesta por los batallones 2º, 3º, 4º, 6º y 10º de Navarra, el de Guías de Navarra, el 1º de Castilla, el 1º de Álava y el único escuadrón de lanceros que habían conseguido crear. Eran unos 4.000 hombres.

Zarratiegui dice que :"...podía a la verdad haber aumentado algunos días antes estas fuerzas, pero las dificultades de mantenerlas en un país tan estéril y exhausto de todo, y la imposibilidad de maniobrar con soltura en un terreno tan angosto y desigual como lleno de obstáculos, le persuadieron que los diez batallones que hemos citado serían suficientes para hacer frente a los 32 de Valdés..."

En realidad, Zumalacárregui en ningún momento sopesó enfrentarse a Valdés en las Amescoas. Pensaba que éste únicamente quería manifestarle la potencia de la tropa de la que disponía, proponiéndole una vez más que entregase las armas, y en el caso de que Zumalacárregui no se aviniese a ello, mientras marchaba pausadamente por el valle a Estella, se limitaría a arrasar y saquear lo poco que había dejado indemne Luis Fernández de Córdova unas semanas antes.

Por la tarde llegó el ejército isabelino a Contrasta, asomándose a lo más alto del valle de las Amescoas. El jefe carlista Bruno Villarreal que con dos batallones vigilaba este terreno, se retiró, uniéndose al grueso de la tropa carlista en Eulate, quedando la tropa carlista compuesta por 5.000 hombres.

En la planicie que se extiende alrededor de las casas de Contrasta acampó el ejército isabelino. Fernando Fernández de Córdova lo recuerda: "Las tropas formaron en tres columnas profundas en orden paralelo, y a distancia de maniobra. Su frente abrazaba todo el valle de uno a otro lado. La caballería y artillería, convenientemente protegidas, ocupaban el centro. Avanzadas y escuchas bien colocadas cubrían al campamento. La noche, fría y oscura, hacía desear el fuego, y el general permitió se encendieran fogatas, que el soldado alumbró en gran número con la abundante leña de que disponía. Recuerdo que el aspecto del campamento fue deslumbrador e imponente. Mi batallón ocupó la cabeza de la columna del centro... los demás jefes y brigadieres estaban convenientemente repartidos y los cuerpos recibieron la orden de no moverse de sus posiciones respectivas, de guardar el mayor silencio y de no hacer fuego al enemigo sino a quemarropa, recibiéndolo con la bayoneta en caso de que se arrojara sobre nuestras filas. Mas el enemigo no dio señales de vida durante la noche, y contra su costumbre, no llegó a tirotear nuestras posiciones. Solo nos dio a conocer su inmediata presencia por una fogata encendida a nuestro frente a distancia de dos tiros de fusil, en el fondo y centro del valle..."

Allí, calentándose junto a la hoguera vista por el militar isabelino, se encontraba precisamente el capitán de lanceros carlistas Henningsen: "Envuelto en mi capote y delante de una gran fogata estaba yo, temblando de frío, pues era tan penetrante el viento que, o llevaba la llama y el calor hacia un lado, o repentinamente arrojaba sobre nuestras caras la llama y las chispas, dispersando a todo el grupo."

Movimientos del día 21-4-1835

Fernando Fernández de Córdova sigue relatando: "Amaneció y con la aurora del 21 se levantó el ejército a la señal de diana y los cuerpos más avanzados, así como los situados en los flancos y retaguardia, hicieron la descubierta reconociendo el territorio, que por lo espeso de los bosques y muchos accidentes era peligroso y muy necesario de explorar de cerca... Parecía aquel país un desierto y hubiéramos considerado el valle completamente abandonado, sin la presencia de algunos ganados extraviados y la multitud de ropa y efectos de casa y víveres y aun dinero que los soldados encontraban escondidos en los huecos de los árboles."''

Henningsen da respuesta a esta noticia: "Ahora que el segundo avance de Valdés se había anunciado, las aldeas quedaron enteramente desiertas. Todos los habitantes con sus familias, ganado, aves, muebles, se refugiaron en la sierra, huyendo delante de sus despojadores... aquellos artículos que no podían llevar consigo, los enterraban de tal modo que los cristinos, al llegar, se encontraban con los muros desnudos". Sigue contando Fernando Fernández de Córdova: "Zumalacárregui parecía querernos amedrentar con el silencio y con el aspecto imponente y singular de aquellos lugares solitarios. Ni un soldado, ni un habitante, ni ser alguno viviente se presentaba a nuestra vista ni al alcance de los anteojos dirigidos hacia todos los puntos del horizonte después de recorrer los terrenos inmediatos." El avance isabelino lo describe Henningsen desde el otro lado del frente: "A primera hora, Valdés avanzó en columnas cerradas por el valle; pero sólo podía marchar paso a paso, pues nosotros nos retirábamos a su vista. Alrededor de la mitad del batallón de Guías, desparramado en forma de tiradores sueltos, hacía que su avance fuera muy lento". Zumalacárregui abandonó Eulate cuando comenzó a acercarse Valdés y situó sus tropas más al fondo del valle.

A mediodía llegaron las avanzadillas de Valdés a Eulate y fue entonces cuando el jefe isabelino tomó una de las decisiones más incomprensibles que militar alguno tomara durante esta guerra: "Hice tomar posición en el valle a la división del general Córdova, con su izquierda apoyada en Eulate, en cuya disposición se mantuvo hasta que todas las demás tropas, desfilando por su retaguardia, subieron el puerto de Eulate, cuyo movimiento siguió después dicha división por medio de una bella operación de escalones."

Viendo Zumalacárregui que el enemigo abandonaba el valle y volvía a subir a la sierra de Andía por el pasillo abierto en las rocas de Eulate, pensó que Valdés, que hasta poco antes desconocía el paisaje en el que se había introducido con su enorme ejército, la dificultad de moverlo por él y la ausencia de intención carlista de ofrecerse a combatir, había decidido abandonar su objetivo, volviendo a Álava.

Tres horas tardó en subir a la sierra el ejército isabelino y tras ellos envió Zumalacárregui una partida para que observase su movimiento. Cuando poco después desde las alturas le llegaron los correos, informándole que Valdés no se dirigía por el lomo de la sierra hacia Álava, sino que marchaba hacia el este, el jefe carlista quedó desconcertado sobre lo que se proponía hacer Valdés, ya que marchando en esa dirección, tras una penosa travesía por la sierra, sólo podría llegar al cabo de dos días y dando un gran rodeo a Estella, o en tres a Pamplona.

Valdés explica lo que le ha ocurrido: "...siendo ya muy entrada la tarde y faltando absolutamente el agua en aquellas elevadas cimas, me vi en la absoluta precisión de dirigirme a acampar a las inmediaciones de la venta de Urbasa..." Duro es el paisaje de las sierras de Andía y Urbasa, pero el lugar más inhóspito es el que rodea la venta de Urbasa. Apenas hay tierra en el suelo, permitiendo que la roca rompa la fina capa de tierra, cubriendo gran parte del suelo; los pocos árboles que crecen lo hacen retorciéndose, buscando en el aire, en el sol, el alimento que niega la estéril tierra a sus raíces. La vista del musgo que cubre los troncos de estos árboles y el que cuelga de sus ramas es el más claro testimonio de la dureza de la estancia para el ser humano en este lugar. La situación la describe Fernando Fernández de Córdova: "Tuvimos que acampar también, formando un gran cuadro con la infantería desplegada en tres filas, una de las cuales debía permanecer sentada sin separarse ningún hombre de su puesto ni dejar las armas en la mano. Las otras dos filas podían descansar sin descomponer la formación ni abandonar tampoco los fusiles, aunque estuviesen acostadas. A retaguardia, y detrás de los batallones así dispuestos, situáronse algunos en masa como en reserva, y dentro del cuadro se confeccionaron los ranchos cerca de los regimientos respectivos."

El ejército acampó al aire libre, se prohibió hacer fuego y fumar y las cacerolas del rancho que se preparó estaban prácticamente vacías. El ejército isabelino, provisto siempre de muy escasas raciones, había salido de Vitoria con raciones para tres días. La primera la consumió en Salvatierra, pero en Contrasta, el hambre por un lado, y en la creencia de que al día siguiente llegarían lo más tarde al anochecer a Estella, les animó a consumir las dos raciones que les quedaban. Por ello, en la venta de Urbasa ya no les quedaba nada para comer y apenas había agua y la poca que se encontró se repartió de mala manera. Y también hacía mucho frío. Incluso los diez batallones carlistas cobijados en las aldeas en el valle sufrieron la dureza de la noche según confirma Henningsen: "...hacía un frío intenso, aun en el valle que estaba relativamente resguardado; el aguanieve, la nieve y la lluvia se sucedieron hasta la mañana." Aún más ocurrió en el campamento de la venta de Urbasa, según Zaratiegui, ya que Zumalacárregui mandó allá arriba a "...unos 200 tiradores, a fin de mantener con sus disparos toda la noche en vela al enemigo". Hecho que confirma el menor de los Córdova: "Cuando las fuerzas contrarias presumieron sin duda que las tropas rendidas por el sueño, habrían relajado la vigilancia en el campo, presentáronse algunas compañías enemigas en diferentes puntos para tirotearnos". Esta estratagema de importunar el sueño del enemigo, haciendo que unos pocos de sus hombres disparasen sobre su campamento, no dejando dormir a los que lo ocupaban, restándoles fuerzas para el siguiente día, era una de tantas tácticas que empleaba el genial general carlista para desmoralizar al enemigo.

La acción

Amaneció y en el campamento isabelino la banda de música del regimiento de la Guardia Real tocó diana y a los soldados se les dio el aguardiente al que tenían derecho cuando había previsto un enfrentamiento. Valdés dice: "A las seis de la mañana emprendí de nuevo mi movimiento, dominando como la víspera las cumbres. Mi intención era dirigirme a Estella porque la absoluta falta de subsistencias lo exigía; tanto más cuanto que mi objetivo principal estaba cumplido desde el día anterior en que había demostrado al enemigo que podía penetrar en las Amescoas y ocupar o destruir sus pueblos a mi placer, a pesar de la reunión de sus fuerzas. Con esta idea continué mi marcha al través de los intrincados bosques que cubren la expresada sierra."

En el fondo del valle, los carlistas, según Zaratiegui, también madrugaron: "Al rayar el alba, Zumalacárregui dio orden de que se tocasen durante largo rato las cornetas y cajas y se distribuyesen a las tropas el aguardiente acostumbrado en los días de combate; recorriendo en seguida las compañías y animándolas con algunos breves discursos. A las cinco de la mañana comenzó a establecer en varios puntos sus batallones y creyendo que los enemigos bajarían adonde él estaba por el puerto de Zudaire, que es el más ancho y suave, colocó 20 compañías por escalones."

Pero tampoco aquel día había de dejar de sorprender Valdés a Zumalacárregui con otra de sus inexplicables actuaciones, ya que ni bajó a las Amescoas por el relativamente cómodo puerto de Zudaire, pero ya de por sí muy peligroso para su ejército nada preparado para combatir en este paraje, ni atravesó el lomo de la sierra de Urbasa hacia el sureste para bajar por sus suaves pendientes al valle en el que se encuentra Abárzuza y seguir desde allí a Estella, sino que optó por continuar hacia el sur, caminando sobre la abrupta cresta de la sierra que se encumbra sobre la Amescoa Baja.

De la sorpresa de Zumalacárregui al verlo aún allá arriba, dice Zaratiegui: "Cerca de las ocho tuvo este orden una completa variación, porque en lugar de descender los contrarios por el citado puerto, se observó que iban pasando por el borde de la sierra hacia el de Artaza. Zumalacárregui, sorprendido al principio de tal movimiento, comprendió al fin que el tan formidable ejército no trataba ya más que de retirarse de su vista, rehuyendo el combate. Entonces, con la mayor resolución, tomó cuatro batallones y subió con ellos al puerto de Artaza. Al llegar a él, los cristinos empezaban a salir al descubierto desde el bosque que hay más elevado y en busca, a lo que luego se vio, del camino de Estella."

Zumalacárregui dejó el grueso de tropa en Zudaire y se llevó a Artaza tres batallones: el de Guías y los 4º y 6º de Navarra y el escuadrón de Lanceros de Navarra, fuerza que consideraba suficiente para cerrar el paso a los isabelinos en el puerto durante largo tiempo, ya que éste no es más que una breve cortadura en la muralla rocosa de la cresta, sin arriesgar el grueso de su tropa.

Una vez allí, cuenta Henningsen: "Aunque en las alturas brillaban abundantes las armas del enemigo, solamente podían bajar por este desfiladero, pues las murallas de roca hacían el paso imposible por cualquier otro lado. Cuando vimos la pequeña fuerza destinada a detener su paso y nos dimos cuenta de que, si ésta era vencida, el torrente que bajaría al valle nos traería segura destrucción a todos, no pudimos menos de mirar con ansiedad el resultado del choque."

Valdés confiesa: "Era la primera vez que yo pisaba aquel terreno, pero en medio de la falta de noticias y de la imposibilidad de un reconocimiento previo detenido, conocí la importancia de ocupar un elevadísimo peñasco que domina la salida del puerto y al que me dirigí a la cabeza de dos batallones a tiempo que ya los enemigos trepaban su cima." El peñasco que cita de nada le servía ocuparlo a no ser que hubiese conseguido subir allá arriba artillería de batir, fuerza de la que no disponía. Desde allí con sólo fuego de fusilería no podía asegurar la bajada de sus soldados al quedar demasiado distanciado el peñasco del puerto, ni a los carlistas se les habría ocurrido trepar al peñasco para ocuparlo, porque de nada tampoco les habría servido llegar allá arriba. Aquel peñasco sólo servía para tener una grandiosa vista sobre el paisaje en el que se iba a desarrollar el desastre del ejército isabelino.

Lo que hicieron los carlistas fue tomar posiciones a la salida del puerto, entre los árboles, con el batallón de Guías y el 4° de Navarra, mientras que el 6° quedaba algo más abajo, ya a la entrada del pueblo, donde acaba el arbolado y comienzan las praderas y las tierras de labor, como reserva junto con el escuadrón de caballería.

El batallón que mandaba Fernando Fernández de Córdova, el 2º batallón de Voluntarios de Aragón, había protagonizado en enero una revuelta en Madrid, ocupando la Casa de Correos, llegando a dar muerte al capitán general que intentaba apaciguarlos. El reglamento preveía que el batallón hubiera sido diezmado pero, temiendo revueltas de otras fuerzas acantonadas en la capital, se decidió enviarlo al frente. Allí sería empleado como fuerza de choque, es decir, sacrificado. Su batallón fue por ello el primero en tratar de abrirse paso en la brecha de Artaza y a medida que los soldados llegaban a tiro de los carlistas ocultos en la masa forestal, eran recibidos con las descargas enemigas, no pudiendo ponerse a cubierto, ya que los que venían detrás y que no sabían lo que ocurría delante de ellos, los empujaban. Su comandante dice: "...un inmenso pánico comenzó a dominar al batallón... impedíales volver la espalda lo estrecho del campo y los batallones que nos seguían". Los que iban consiguiendo salir, se desparramaban por la ladera, a los pies del peñasco en el que estaba Valdés, incapaz de cubrirles desde aquella inverosímil posición.

Durante cuatro horas contuvieron los dos batallones carlistas a los isabelinos. Al cabo de ellas "...el camino estaba tan lleno de muertos, que los cristinos no podían bajar sin pasar por encima de sus cadáveres", dice Henningsen.

El 4º batallón de Navarra, exhausto, ya casi sin municiones, fue relevado por el 6º pero éste, al ser su comandante herido de muerte nada más entrar en combate, se desmoralizó, cediendo sus posiciones, desbandándose cuesta abajo. Cuenta Henningsen que entonces: "En un instante, alrededor de 4.000 hombres se abrieron paso hacia abajo, y el 4º batallón, a causa de la huida del 6º, fue víctima de la mayor confusión y cedió. Todo esto tuvo lugar tan rápidamente que una carga nuestra, dado el número de los que se habían abierto camino hacia abajo, hubiera sido peor que inútil. A pesar de la firmeza de los Guías, yo pensé durante un momento que nos harían pedazos a todos."

Tomado por los cristinos el campo alrededor del pueblo, continuaron descendiendo hacia el fondo del valle nuevamente por una fuerte pendiente, también densamente poblada de árboles y arbustos, encontrándose tras ellos parapetados con los restos de los tres batallones comandados por Zumalacárregui. La caballería había sido enviada poco antes a bajar al fondo del valle y marchar desde allí en dirección de Zudaire.

La tierra de los campos de Artaza contiene mucha cal, lo que hace que con la humedad proveniente del deshielo en la sierra, al caminante se le pegan pesados terrones de tierra en su calzado. La infantería isabelina estaba provista de zapatos de cartón, recubiertos con una delgada capa de cuero, fabricados en Inglaterra donde el gobierno isabelino los adquiría para su ejército. En aquella marcha, los soldados isabelinos pronto quedaron descalzos y comenzaron a abandonar gran parte de su equipo para poder moverse más ágilmente por el bosque.

La oposición que pudo realizar Zumalacárregui con fuerzas tan mermadas duró poco, quedando separado de su retaguardia al lograr el grueso de las tropas de Valdés llegar al fondo del valle, interponiéndose entre él y las tropas que estaban en Zudaire. Aquí, en la retaguardia carlista, ignoraban lo que estaba ocurriendo en Artaza, por lo que Zaratiegui, con dos batallones, subió por el puerto de Zudaire a la sierra. Una vez arriba vio que allí abajo "...todo el ejército isabelino se dirigía hacia Estella...", aunque en lo alto de la sierra "...una división compuesta de seis o siete batallones que permanecía formada en columna cerrada a pocos pasos de allí, con el objetivo al parecer de cubrir su retaguardia. Luego que el primer batallón de Navarra que marchaba a la cabeza tomó posición en el alto del puerto, comenzó el ataque contra la división enemiga, la que, permaneciendo antes arma al brazo, viéndose acometida, opuso una gran resistencia..."

Cuando el grueso de las tropas de Valdés consiguió abrirse paso y llegar al fondo del valle, tomó el camino de Estella, mientras que su retaguardia continuaba en la sierra, conteniendo a Zaratiegui. La marcha por el valle continuó siendo muy penosa, puesto que la noche había llegado, el camino era estrecho y eran muchos los heridos que había que transportar, convirtiéndose la formación en una prolongada línea. El total desastre era inevitable, ya que, por un lado, Zumalacárregui fue con su gente por la ladera este con mayor rapidez que la columna enemiga, consiguiendo así emboscarse nuevamente en el paso de las Peñas de San Fausto, lugar en el que el valle queda muy encajonado. Aquí aguantó a las tropas de Valdés hasta que se le acabó la munición, cediendo finalmente el paso. Pero desde Zudaire se habían puesto en movimiento los dos batallones alaveses de Villarreal, acosando a la retaguardia isabelina que huía por el valle. La caballería carlista, a la que pertenecía Henningsen, participó en esta persecución "...picando la retaguardia hasta las diez de la noche. Cuando nos aproximamos a Estella... cerca de 3.000 fusiles fueron abandonados."

Fernando Fernández de Córdova dice que "...en la oscuridad de la noche alguno de los cuerpos formados por quintos y con oficiales ya de edad o faltos de experiencia, sin disciplina aquellos y sin rigor y serenidad éstos, perdieron la formación y se dispersaron, contribuyendo a introducir el desorden y confusión en muchos otros.". Su hermano Luis amplía la noticia: "...en aquella funesta tarde y noche, la 3ª división que yo mandaba no sólo rechazó los ataques del enemigo y conservó el orden más perfecto en medio del caos, preservándose del pánico general que había ganado a los demás cuerpos, sino que salvó a muchos de éstos que corrían a su perdición por el camino de la confusión y el desaliento; recogió la artillería abandonada en la marcha y sufrió sin responder el fuego con que en la oscuridad nos recibían nuestros mismos compañeros de armas, que dispersos y aterrados nos tomaron por enemigos, viéndonos marchar formados. Dar una idea de la confusión de aquella noche es imposible, pues el caos no se describe."

Tras él venía su hermano Fernando: "Mi batallón se encontró a retaguardia de todo el ejército y serían como las once de la noche cuando, considerando dificilísima mi llegada a Estella, donde habían entrado ya los primeros cuerpos de mi hermano, resolví tomar posición fuera del camino y esperar el día. Mas en aquellos momentos y cuando no se escuchaba ya el fuego enemigo y menos en verdad lo esperábamos, empezóse a oír un vivísimo tiroteo del lado de Estella, cuya dirección, por desdicha, demostraba que provenía de nuestras propias fuerzas, y que por éstas era también contestado. La oscuridad profunda de la noche, la confusión de la marcha y un pánico inexplicable que se apoderó de varios cuerpos del ejército dio origen a estas escenas lamentables, que costaron la vida a muchos bravos, sacrificados en la aspereza y lobreguez de aquellas sierras por sus propios hermanos de armas."

En la sierra, cerrada la noche, las dos retaguardias dejaron de enfrentarse, volviendo la carlista a Zudaire y la isabelina, cruzando con mucho sentido común el lomo de la sierra en dirección sureste, llegó a Abárzuza.
Consecuencias

Al iniciarse la guerra en octubre de 1833, los partidarios carlistas fueron considerados por el gobierno isabelino como personas facciosas, siendo fusiladas casi sin excepción. Por lo que las tropas carlistas también fusilaban a los prisioneros del ejército isabelino que hacían, por un lado, como represalia, por otro, al no disponer permanentemente de localidad alguna en sus manos a la que podían conducirlos. El hecho más sangriento de fusilamientos se realizó en Heredia.

La prensa británica informaba con gran detalle sobre la guerra civil que se desarrollaba en España, por lo que su gobierno decidió enviar a lord Elliot con la misión de obtener un acuerdo entre los contendientes con el que cesasen los fusilamientos. Lord Elliot llegó el 25 de abril de 1835 al valle de La Berrueza al que se había retirado Zumalacárregui desde las Amescoas, el cual aceptó inmediatamente el convenio propuesto con el que, básicamente, se acordaba respetar la vida de los prisioneros, respetar igualmente los lugares en los que se encontraban las prisiones y promover el canje. El emisario inglés se trasladó a Logroño, donde Valdés también firmó el convenio tres días después. Con la firma del convenio, el ejército carlista obtuvo una nueva victoria, ya que ahora era aceptado como ejército regular.

Tras el desastre de Artaza, Valdés se retiró con sus tropas a la orilla sur del Ebro y ordenó que prácticamente todas las guarniciones isabelinas mantenidas en el triángulo Logroño-Vitoria-Pamplona, así como las que existían entre Pamplona y la frontera francesa, fuesen evacuadas, ya que no era posible mantener contacto con ellas. Este hecho y la desaparición de tropas isabelinas importantes en Navarra, abrió el camino a Zumalacárregui para conquistar el País Vasco. Por el valle del Oria inició la conquista de Guipúzcoa, ocupándola en pocas semanas con excepción de las ciudades fortificadas de San Sebastián y Fuenterrabía y algún puerto de mar. Las guarniciones enemigas que encontró, o se rindieron o fueron conquistadas, consiguiendo así hacerse con una importante sección de artillería de batir de la que había carecido completamente hasta la fecha. Ocupó Éibar, una de las ciudades armeras más importantes de España, y el 2 de junio deshizo, en el alto de Descarga, ya camino de Vizcaya, la tropa isabelina que para detenerlo había sido enviada desde Bilbao al mando de Espartero. Siete días después pasó revista por última vez a su ahora poderoso ejército en Durango y el día 13 inició el sitio de Bilbao.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 20 Feb 2016 21:26

BATALLA DE ARANZUEQUE

Se denomina batalla de Aranzueque al enfrentamiento que tuvo lugar el día 19 de septiembre de 1837 en esta localidad alcarreña entre las tropas del pretendiente al trono de España, Carlos María Isidro de Borbón, contra las cristinas encabezadas por el general Baldomero Espartero durante la primera Guerra Carlista y en las que aquellos marchaban sobre Madrid.

Las fuerzas leales a la Reina Isabel II atacaron a las carlistas desde Alcalá provocando la huida del enemigo por la Alcarria hacia Aranzueque, donde llegaron cansados y faltos de víveres y munición. Espartero tomó la localidad el 19 de septiembre y colocó su artillería junto al atrio de la iglesia parroquial, el punto más elevado de la villa. Desde allí hostigó a los carlistas que intentaban cruzar al otro lado del río Tajuña por el puente de la localidad.

Según cuenta en sus memorias el barón Rahden, militar austriaco que luchó en el bando carlista, sólo la firme y serena intervención del Pretendiente Carlos María Isidro de Borbón, evitó el pánico y la desbandada de sus tropas antes de cruzar el puente, aunque no pudo evitar la posterior huida desordenada en dirección a los cerros que rodean a Aranzueque por el sur y este.

Allí perdieron los carlistas más de 3.000 hombres entre prisioneros, huidos y rezagados y Ramón Cabrera, jefe de la caballería carlista, y enfrentado con el general en jefe de don Carlos, Vicente Moreno, al que acusaba de ineptitud militar, aprovecho el caos para regresar al Maestrazgo.

El grueso de la expedición carlista, rodeando hacia el noreste a través de Hueva, Tendilla y Brihuega, regresó a sus reductos del norte de España. Con esta acción fracasó definitivamente la llamada Expedición Real.

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Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 20 Feb 2016 22:48

BATALLA DE ARLABAN

Se conoce como batalla de Arlabán a un conjunto de operaciones militares que se desarrollaron durante la Primera Guerra Carlista en España en el Alto de Arlabán (entre Álava y Guipúzcoa) en 1836.

El 16 y 17 de enero de 1836, tropas leales a la reina Isabel II partieron de Vitoria para ocupar el alto de Arlabán, en poder de los carlistas. Las tropas, comandadas por el general Luis Fernández de Córdova, contaban con el apoyo de la Legión Auxiliar Británica, la Legión Francesa y unidades al mando de Baldomero Espartero, divididos en tres frentes que pretendía efectuar una acción envolvente sobre el enemigo.

Aunque conquistado el Alto y la localidad de Villarreal de Álava, el día 18 de enero los liberales hubieron de abandonar la conquistas debido al alto número de bajas.

El 22 de mayo del mismo año se realizó por el general Córdoba una expedición similar, junto a Baldomero Espartero, pero no pasó de ser un golpe de mano contra las fuerzas carlistas comandadas por Nazario Eguía, sin consecuencias en cuanto a la ocupación del territorio. El 26 los liberales se retiraron dejando tras de ellos una gran devastación.

Espartero tenía como misión la toma de Legutiano. Al frente de las tropas carlistas se encontraba Egia, ayudado por el brigadier Bruno de Villarreal.

El duro enfrentamiento duró dos días (el 16 y el 17). Al término de la lucha la situación no había cambiado ya que, aunque los liberales llegaron a tomar Legutiano y el alto de Arlabán, el día 18 tuvieron que volver a Vitoria-Gasteiz. Las bajas ascendieron a 300 en las filas carlistas y a 600 en las liberales.

En mayo, Córdoba volvió a intentar hacerse con el alto de Arlabán. En esta ocasión, la lucha duró cuatro días. Los liberales quemaron la fábrica de armas que los carlistas tenían en Araia. Las tropas avanzaban y retrocedían, cayendo Salinas de Léniz en manos de unos y otros incesantemente. En esta ocasión también fue Espartero el líder liberal más destacado, mientras que entre los carlistas el más sobresaliente resultó ser Villarreal. El 26 de mayo, los liberales se retiraron a Vitoria-Gasteiz quemando caseríos a su paso, especialmente en Legutiano.

Las bajas fueron de unos 600 soldados en cada uno de los bandos. Ambos se consideraron vencedores de esta batalla, aunque se podría concluir que fueron los carlistas quienes más ganaron en ella ya que, después de perder sus posiciones en Arlabán, éstas quedaron finalmente en sus manos. El coronel Narváez, quien unos años después sería contrincante político de Espartero , fue herido en esta batalla.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 21 Feb 2016 15:22

PRIMERA BATALLA DE ARQUIJAS


La Primera Batalla de Arquijas tuvo lugar el 15 de diciembre de 1834 durante la Primera Guerra Carlista en España, (1833-1840), al enfrentarse las tropas carlistas de Tomás de Zumalacárregui a las isabelinas de Luis Fernández de Córdoba en el valle del río Ega en Navarra. El resultado de la batalla fue indeciso.

Tras la batalla de Mendaza del 12 de diciembre de 1834, las tropas carlistas se habían visto obligadas a retirarse del valle de La Berrueza, acuartelándose, a unos 25 kilómetros al norte, en las localidades de Santa Cruz de Campezo, Orbiso y Zúñiga, a ambos lados del río Ega. Este río, tras salir de los desfiladeros de Marañón, transcurre por una planicie en la que se encuentran las tres localidades citadas, antes de entrar en el desfiladero de Arquijas.

Zumalacárregui comprobó en la batalla de Mendaza que su ejército no estaba preparado para sostener una batalla en campo abierto, por lo que decidió volverlo a emplear únicamente, aprovechando la orografía de esta parte de Navarra, para apostar sus tropas en las laderas boscosas y cargadas de rocas y atacar los flancos del enemigo cuando atravesaba los estrechos valles. Si Córdoba venía al Ega, le disputaría el paso en Arquijas, infligiéndole allí grandes daños, dada la naturaleza de este lugar. Si el enemigo conseguía imponerse en el paso, Zumalacárregui abandonaría inmediatamente la llanura y se dirigiría por el valle de Arana hacia las Amescoas. El valle de Arana es un enorme bosque y allí, si Córdoba se empeñaba en perseguirle, lo volvería a castigar con un mínimo riesgo con su táctica guerrillera, disparándole, protegido por los árboles y la maleza. El jefe cristino, sin cosechar éxito alguno, se vería obligado, por falta de subsistencias y lo crudo de la estación, a replegarse, situando durante semanas sus tropas en las guarniciones isabelinas existentes en la línea Pamplona - Logroño. Así se presentaría para Zumalacárregui la ocasión de poder mandar durante unas semanas a un importante contingente de su tropa, dada las cortas distancias que existían entre las Amescoas y los domicilios de sus soldados, a pasar las fiestas de Navidad en sus casas. "Mudarse de camisa" llamaba a estos breves permisos que concedía a sus soldados para regresar unos días con sus familias. Allí, en sus hogares, darían una gran alegría a sus familias al ser vistos sanos y salvos, serían bien alimentados, descansarían y, tan pronto como los necesitase otra vez, en pocas horas estarían de nuevo en las Amescoas. También, mientras estaban en sus casas, se ahorraba de pagarles el real diario que tenían como soldada y tampoco tenía que alimentarlos, disminuyendo notablemente las peticiones de alimentos a las pocas y pobres localidades que estaban bajo su dominio.

Informado Córdoba por sus exploradores que Zumalacárregui se encontraba en la planicie de Santa Cruz de Campezo, Orbiso y Zúñiga, supuso que el jefe carlista le esperaba allí para enfrentarse a él en una nueva batalla. Por lo que proyectó un ambicioso movimiento de tropas: su izquierda, al mando de Manuel Gurrea saldría de Viana en dirección norte, remontaría la sierra de Codés por el puerto de Aguilar, bajando a Santa Cruz de Campezo, quedando frente a la derecha de la formación carlista. El resto del ejército marcharía desde Los Arcos hacia el norte, por el valle de La Berrueza y llegando a Acedo, se dividiría, continuando Córdoba hacia el oeste con el grueso por la orilla derecha del río Ega, lo atravesaría por el puente de Arquijas, presentándose en la planicie donde suponía que le esperaba el enemigo. Su derecha, una columna al mando de Marcelino Oráa, seguiría desde Acedo hacia el norte, pasaría el río Ega por el puente que existe para entrar al valle de Lana, penetraría en este valle, doblaría después hacia el oeste, pasaría al valle de Barabia y, saliendo de él, se encontraría en Zúñiga, en la espalda del enemigo. Estos movimientos darían como resultado que el ejército isabelino convergería en la llanura sobre el carlista, encerrándolo en una bolsa.

El plan de Córdoba era ilusorio. Era diciembre y los días son muy cortos. Para llegar a enfrentarse con Zumalacárregui, cada una de sus columnas tenían que recorrer una distancia de unos 25 kilómetros. Tras someterlas a una marcha tan larga, por pésimos caminos en los que a trechos tenían que marchar en fila de a uno, y obligarles seguidamente a librar una batalla, era extremadamente arriesgado. Desconocía el paisaje por el que había de marchar Oráa ya que poseía un mapa del territorio muy deficiente.4 Pero su defecto principal era que, como hombre que apenas descendía del caballo, suponía que la infantería era capaz de realizar sus movimientos con el mismo esfuerzo del de la tropa montada. Este defecto ya se había puesto de manifiesto mientras mandaba una de las divisiones de Rodil en el territorio vasco navarro durante el pasado verano y se volvería a producir cuando ordenó los movimientos tan excesivamente amplios para entablar la batalla de Mendigorría, y nuevamente el 23 de julio de 1835, cuando bajo un sol abrasador obligó a marchar a su ejército de Larraga a Lerín, sin necesidad alguna, provocando la muerte por deshidratación a un gran número de sus soldados de infantería.

Amanece el día 15, es claro y frío, aún no ha nevado y la tierra se encuentra seca, facilitando el paso. Pero la columna retrasa su salida más de dos horas, lo que confirma que Córdova ignora las distancias que le separan de la llanura en la que le está esperando Zumalacárregui. Marchando hacia Acedo, a ambos lados del camino se extienden tierras de labor, los cerros boscosos quedan, con excepción de la garganta de Mués, lo suficientemente lejanos para no estar al alcance de tiro de fusil de los carlistas que pueden estar en ellos emboscados. Pero las compañías de cazadores de los batallones isabelinos van adelantadas, flanqueando, y no encuentran enemigo alguno. La columna atraviesa el valle de La Berrueza y desciende hacia el valle del Ega, llegando a Acedo. Lleva recorridos 13 kilómetros.
Marcha de la columna de Oráa al valle de Barabia

Córdova despide en Acedo a la columna de Oráa, con un poético« ...por punto de reunión, el campo del enemigo, y por el de retirada la Eternidad.»". Oráa, que se quejará más tarde por la escasa fuerza que se ha puesto a sus órdenes ya que se compone sólo de 6 batallones, 50 hombres de caballería y dos baterías de montaña, sigue hacia el norte, camino del valle de Lana. Las tierras a ambos lados del camino no son ya siempre de labor sino que a veces se acercan al camino pequeños cerros cubiertos con la espesa vegetación característica de esta zona de Navarrra, compuesta por robles y encinas carrascas con su denso, rico y variado sotobosque de enebros, bojes, acebos y madroños. Aún hoy, el caminante que penetra en estos bosques apartándose de las sendas, encuentra muy dificultoso abrirse paso en ellos.

La columna llega al río Ega, cruza el puente y entra en la garganta rocosa, breve, sinuosa, tras la que se abre el valle de Lana. Un batallón carlista apostado en estas rocas habría conseguido bloquear el paso de Oráa al valle durante horas. Pero el camino está libre y una vez franqueado, se abre el asombroso paisaje del valle de Lana: es como un cráter oblongo de 6 kilómetros de extensión este-oeste y dos de norte-sur incrustado en la sierra de Lóquiz. Las crestas son rocosas y las laderas, cubiertas con la frondosa vegetación antes descrita, caen con gran pendiente al valle. Lo apartado del valle, la dificultad de llegar a él, hizo que Zumalacárregui utilizase las cinco pequeñas aldeas que se asientan allí como hospital de sus heridos, aunque se carecía de los más indispensables medios para atenderlos. Los soldados carlistas llamaban a ese lugar "valle de lágrimas".10 Aquel día las casas estaban repletas de heridos de la batalla de Mendaza y tan pronto como los aduaneros vieron que la columna de Oráa se dirigía al valle, mandaron aviso y los habitantes tomaron a los heridos y «...fueron todos llevados a las montañas para mayor seguridad.».Entre los heridos se encontraba Alexis Sabatier y que, una vez puesto a salvo en Lana, consiguió que su asistente lo trasladase a Francia, donde se repuso de sus heridas mientras escribía su obra referenciada.

La vista engaña desde el fondo del valle, todo hace pensar que la única salida de él se encuentra en la garganta que da al río Ega pero la ladera de la pared oeste va perdiendo altura casi imperceptiblemente, dejando paso al valle de Barabia. Subiendo desde Lana y asomándose a Barabia, se vuelve a repetir el paisaje de Lana aunque el valle que se presenta sólo tiene de este-oeste una extensión de 700 metros y 300 de norte-sur. Pero esto hace, al verse las crestas rocosas tan cercanas y altas, sentir al que se encuentra dentro de él aún más singular y angustioso el paisaje. Y nuevamente la vista hace creer que no existe otra salida que volviendo a Lana pero al oeste dos brechas, entre las que sólo queda un cónico cerro rocoso, parten la montaña, dejando dos estrechos caminos para salir del valle y pasar a la llanura de Zúñiga.
Marcha de la columna de Gurrea

Gurrea ha llevado a Logroño los heridos en la batalla de Mendaza. Cuando vuelve el día 14, recibe orden de Córdova de acuartelarse en Viana y marchar al día siguiente a Santa Cruz de Campezo. Sale con su columna de Viana el día 15 hacia el norte por un camino con fuerte pendiente que desde los 480 metros de altitud les lleva a los 900 metros de altitud del puerto de Aguilar, a 15 kilómetros de distancia. Durante todo el camino los bosques de robles, encinas y matorrales se acercan peligrosamente al camino, dando un gran trabajo a los cazadores isabelinos para explorarlos y limpiarlos de carlistas que pueden encontrarse emboscados, ralentizando por ello la marcha. Pero no hay enemigo en el bosque. Una vez alcanzado el puerto, cayendo ya la tarde, se extiende bajo ellos de oeste a este el valle del Ega. Mirando hacia el noreste ven, a 15 kilómetros a vuelo de pájaro, la polvareda que levanta la columna de Oráa que comienza a pasar del valle de Lana al de Barabia. Y desde otros 15 kilómetros al este llega el estruendo de la artillería de Córdova que trata de abrirse paso en Arquijas.

La bajada al valle del Ega es aún más pendiente y la vegetación de la ladera, al estar orientada al norte, dirección de donde provienen principalmente las lluvias, es aún más densa. Las precauciones que toman van en aumento pero siguen sin encontrar enemigo alguno. Ignoran, cuando atraviesan el pequeño lugar de Genevilla, que allí tiene su taller el herrero que forja las puntas de acero de las lanzas de la caballería de Zumalacárregui.

Ha anochecido cuando entran sin lucha en Santa Cruz de Campezo. Ante ellos, al norte, se extiende silenciosa y negra la gran llanura en la que estaba previsto que se había de celebrar la batalla. Los exploradores que parten hacia ella, vuelven y comunican que no encuentran rastro alguno ni de amigos ni de enemigos. Pero al noreste, los isabelinos ven rasgar la negrura los últimos fogonazos producidos por los soldados de Oráa que están consiguiendo salir de Barabia a la llanura mientras que al este, por donde cae Arquijas, el resplandor de las enormes hogueras encendidas por Córdova para incinerar a sus muertos ilumina el cielo.

Gurrea quiere salir de la incertidumbre y penetra con su tropa en la llanura, consigue llegar a Zúñiga, donde se encuentra con Oráa.

Entrando desde Lana en Barabia, en las montañas que se levantan a la izquierda o sur, destaca en su cresta una gran roca de singular estructura y belleza. Es la peña La Gallina. Restos de viejas construcciones allí existentes confirman que este lugar ya tuvo en la antigüedad importancia estratégica. Oráa ordena inmediatamente que un batallón se encarame allí arriba, lo que hace, arrojando de él a los carlistas que ya lo habían ocupado. Pero pronto ve que tanto en las crestas del norte como en las restantes del sur van a apareciendo carlistas y se atrincheran allí. Y por el oeste, por la parte que da a Zúñiga, empiezan a entrar varios batallones carlistas con intención de impedirle la salida del valle. Oráa no comprende cómo es posible que la fuerza carlista que se le enfrenta sea tan importante ya que ignora que Córdova ha iniciado la retirada en Arquijas, con lo que Zumalacárregui puede dedicar el grueso de su fuerza a aniquilar a Oráa en Barabia.

Desde lo alto de las crestas comienzan a recibir los isabelinos nutridas descargas que les obligan a desparramarse por el valle, deshaciendo el orden de marcha, al tratar de ponerse fuera del alcance de las balas carlistas. Y por un malentendido, el batallón emplazado en la peña La Gallina abandona su posición y baja al valle para unirse al grueso de la tropa, lo que tiene como consecuencia que los carlistas que han sobrevivido a la carga cuando les arrebataron la posición y se encontraban refugiados en el bosque, vuelven a ocupar la peña, iniciando de nuevo desde allí arriba un mortífero fuego sobre las tropas enemigas situadas en el valle. «Me hallaba con seis batallones sin municiones, metido en un hoyo, coronadas las alturas de enemigos, cuyos fuegos se cruzaban, y perdida la esperanza de un pronto socorro, a aquella hora a las seis de la noche...» dice Oráa y piensa que quedarse en el valle, esperando la luz del día para saber donde se encuentra el enemigo y poder realizar una ofensiva sobre él, le parece que esto «...no era asequible por lo crudo de la estación, porque los enemigos se hallaban encima, y por ser humanos con los heridos»". y decide salir a la desesperada de aquel infierno. Consigue que su desperdigada tropa se vuelva a formar y se lanza hacia el oeste, hacia las salidas del valle que ofrecen allí las dos brechas abiertas en la montaña. Pero el cónico cerro que se levanta entre las dos brechas está cuajado de carlistas. Tiene una altura de unos 15 metros y no más de 30 de diámetro, está formado por roca y maleza y se precisa usar manos y pies para trepar por él. Desde allí, los carlistas solo tienen que disparar hacia abajo, sin hacer puntería, puesto que sus balas siempre encuentran el blanco en alguno de los cuerpos de la masa de soldados isabelinos que se apretujan para salir del fatídico valle para ganar la llanura. A Oráa, cuando ve la muerte que desde el cerro siembran los carlistas entre su gente, se le materializa la "Eternidad" que le mencionaba Córdova en Acedo. Sus cazadores dejan sus fusiles en tierra y con la bayoneta entre los dientes trepan por el cerro, consiguiendo desalojar a los carlistas, dejando libre el camino. Los isabelinos pueden ahora recoger a sus heridos y salir a la llanura y muy poco después pasan, caminando hacia el sur, junto a la ermita de la Santa Cruz donde ha tenido Zumalacárregui su puesto de mando. Y llegan a Zúñiga, encontrándose con la cena preparada para los carlistas y abandonada por éstos ante las órdenes de su jefe de realizar inmediata retirada hacia el norte por el valle de Arana. Poco después se les une, viniendo desde Santa Cruz de Campezo, la columna de Gurrea.

De la tropa de Córdova, una vez llegada a Arquijas, había de segregarse una columna de 5 batallones al mando del coronel Rivero que continuaría marchando hacia el oeste para cruzar el río «...por el vado que está cercano al molino de Zúñiga.» Al oeste de Arquijas las rocas de la sierra de Codés encajonan el río en un cauce de no más de 12 metros de anchura, haciendo correr el agua profunda y a gran velocidad. El camino por esta orilla no es más que una mínima senda, considerada hoy por los pescadores de truchas como uno de los tramos más peligrosos del río. Dado que ninguno de los testigos que escribieron sobre la batalla vuelve a mencionar a la columna de Rivero, es de suponer que ésta, al ver que el avance previsto para ella era completamente imposible de realizar, se quedó en Arquijas, engrosando las tropas que intentaron cruzar por aquí el río.

El combate en Arquijas

El grueso de la tropa de Córdova toma en Acedo el camino hacia el oeste para recorrer los 6 kilómetros que le separan de Arquijas. El río va muy encajonado entre la ladera norte de la sierra de Codés y la ladera sur de un estribo de la sierra de Lóquiz, tras el que se hallan los valles de Lana y Barabia. Ambas laderas siguen siendo muy boscosas y cuando el suelo se empobrece, las rocas sustituyen al sotobosque. El río corre rápido y no tiene más de 30 metros de anchura. A mitad de camino lo cruza un puente que lleva al Molino Nuevo que se encuentra en la orilla norte. Apostado en el puente, Córdova deja 2 batallones para que, si la batalla le es adversa, Zumalacárregui no pueda, viniendo de Zúñiga, traspasarlo y cortarle la retirada a Los Arcos. Con Córdova marcha su hermano Fernando Fernández de Córdova que recuerda muy bien el paisaje: «Corre el Ega por un curso estrecho y de profundo fondo: sus dos orillas, cubiertas de espesos bosques...». También Zaratiegui habla del paisaje: «El caudal de agua del Ega por aquel paraje, no ofrece, a la verdad, una gran ventaja para disputar el paso respecto a que por cualquiera parte puede esguazarse con facilidad; pero su curso por entre rocas y la aspereza de sus orillas presentan allí una defensa regular. El paso que no ofrece obstáculo es aquel en que está situado el puente llamado de Arquijas; pero aun éste se halla dominado por excelentes posiciones pobladas de árboles.»

Cuando los isabelinos llegan a Arquijas, encuentran una pequeña explanada de unos 50 x 50 metros y lo primero que ven allí es el Humilladero de Arquijas, diminuta construcción de deliciosa factura. Un poco más adelante está el puente sobre el río que apenas tiene aquí 20 metros de anchura. El puente es de madera y está soportado en machones de piedra situados en cada una de las dos orillas. Subiendo por la ladera desde la planicie, a unos 100 metros, se encuentra la ermita de Nuestra Señora de Arquijas. Es un conjunto de edificios compuesto por la ermita, la vivienda del ermitaño y los corrales en los que éste encierra sus rebaños. A este lugar hace subir Córdova su artillería, eligiéndolo como su puesto de mando. Desde aquí divisa con su catalejo al norte, a tres kilómetros de distancia, la ermita de Santa María de Zúñiga, descubriendo en ella el puesto de mando de Zumalacárregui, con lo que ambos jefes pueden contemplarse mutuamente desde sus respectivos puestos. También Henningsen participa en el combate y dedica unas palabras al paisaje: «...montañas cubiertas con densa vegetación de arbustos y laurel y otras plantas, cuyas raíces entrelazadas y ramas que se meten entre las rocas, independientemente de su pendiente...el mayor obstáculo, sin embargo, es el río Ega, que corre veloz, entre ambas escarpadas orillas. Aunque de poca profundidad y anchura, en muchos sitios hay pozos profundos, y el agua corre, además, con tanta fuerza, que es muy difícil de cruzar...si se defiende bien, el río es aquí imposible de pasar».. El inglés ha cabalgado temprano con su escuadrón de lanceros hasta Mendaza para observar los movimientos de los isabelinos y viene retrocediendo ante ellos. Cuando llega al puente, encuentra en la orilla izquierda, atrincherados en la maleza, dos batallones carlistas. El resto de las tropas de Zumalacárregui esperan entre Orbiso y Zúñiga. Las tropas isabelinas, tan pronto como se acercan a la explanada y se ven expuestas al fuego que les llega desde la orilla opuesta, corren monte arriba y se refugian en el bosque, quedando fuera del alcance del tiro enemigo.

Es mediodía cuando las tropas de Córdova inician el asalto al puente. El jefe isabelino hace bajar una y otra vez tropas a la explanada del Humilladero para que se formen en ella e inicien el asalto al puente, pero la pequeña dimensión de la planicie no permite grandes formaciones. Las que consiguen formarse bajo el fuego que les llega desde la otra orilla, avanzan e intentan atravesar el puente pero son batidos por las balas enemigas, o muertos a bayonetazos los pocos que consiguen pisar la otra orilla. Hacia las tres de la tarde, comprobando la imposibilidad de tomar el puente, Córdova ordena ensanchar el frente, a izquierda y derecha del mismo, bajando sus tropas directamente al río para vadearlo: «...después de haber sido rechazados en el puente, mandó que se intentase vadear el río. Sin embargo, sus hombres fueron destrozados tan pronto como llegaron a la orilla.», ya que el jefe carlista ha reforzado la defensa de su orilla con otros dos batallones.

Zumalacárregui va sustituyendo las tropas emplazadas y Henningsen cuenta que en la retaguardia: «...reinaba un silencio de muerte...dos líneas de tropa se estaban moviendo constantemente por la carretera, en silencio y en buen orden: unos volviendo del fuego y llevando sus heridos, y los otros para sustituir a los combatientes. De esta manera, Zumalacárregui hacía que nuevos hombres entrasen constantemente en combate...»

«Un extravío en la dirección de la columna que envié por mi derecha retardó de cuatro horas la llegada de Oráa al punto de ataque...» dice el jefe isabelino y su hermano se lamenta: «Pero Oráa no llegaba...» Estas palabras de los hermanos Córdova dan testimonio de su desconcierto al no conseguir abrirse paso en Arquijas ya que la batalla estaba planeada para ser entablada en la llanura de Santa Cruz de Campezo-Orbiso-Zúñiga y no en el puente: Córdova marcharía con el grueso de su ejército y tras pasar el Ega por Arquijas, se enfrentaría a Zumalacárregui en la llanura. Comenzado el combate, los carlistas se verían sorprendidos por su derecha por las tropas de la columna de Gurrea y por la retaguardia por las de Oráa. Pero ahora, en Arquijas, a las cuatro de la tarde, ante el aprieto en el que se encuentran al no poder cruzar el puente, los Córdova esperan que Oráa con sus 6 batallones se abra paso entre los de Zumalacárregui desplegados en el llano, llegue al puente y les facilite el paso.

Anochece y el estruendo del combate en Arquijas no permite oír, a pesar de que sólo 4 kilómetros lo separan del que se está produciendo en Barabia, lo que hace que Córdova «Tomó en consecuencia y sin vacilar la resolución que su estado reclamaba, retirándose a Los Arcos, en donde encontraría descanso y raciones...»

Las fuerzas de Córdoba lucharon con gran valor en Arquijas pero, al no conseguir traspasar el río, no alcanzaron el campo de batalla previsto y se retiraron al punto del que habían partido. La columna de Gurrea llegó al campo de batalla previsto pero no encontró enemigos en él. La tropa de Oráa realizó un esfuerzo inaudito al conseguir salir del hoyo de Barabia al imponerse a fuerzas muy superiores, más descansadas y que ocupaban posiciones privilegiadas. Zumalacárregui contuvo, empleando poca tropa y teniendo mínimas bajas, a Córdova en Arquijas pero no pudo aguantar el empuje de Oráa en Barabia.

Testimonios escritos

Los militares isabelinos Luis y Fernando Fernández de Córdova, Marcelino Oráa y los carlistas Louis Xavier Auguet de Saint-Sylvain, francés, secretario del pretendiente Carlos, F.C. Henningsen, inglés y capitán de lanceros de Navarra y Juan Antonio de Zaratiegui, secretario de Zumalacárregui, participaron en la batalla y dejaron testimonio escrito de ella.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 21 Feb 2016 15:42

PRIMER SITIO DE BILBAO 1835

Se denomina sitio de Bilbao o primer sitio de Bilbao al conjunto de operaciones que se desarrollaron en torno a Bilbao entre el 10 de junio y el 1 de julio de 1835, como parte de la estrategia del Ejército Carlista por conquistar la ciudad, y durante las cuales las tropas isabelinas defendieron la ciudad frente al intento carlista de ocuparla. Como rememoración de ambos sitios y de la resistencia de los bilbaínos por la causa liberal contra los carlistas, se fundó la Sociedad El Sitio, que todavía existe como asociación cultural y social.

Desde el inicio de la Guerra, los carlistas habían mantenido un predominio militar en las acciones bélicas, siendo el Ejército Carlista el que decidía las acciones bélicas, llegando a campar a sus anchas en algunas expediciones por toda España. La derrota isabelina en la batalla de Artaza dejó todo el norte de España en manos carlistas, de modo que el general isabelino Jerónimo Valdés se contentaba con crear una línea de contención en el Ebro manteniendo algunas poblaciones de la costa. Los carlistas, liderado por Carlos María Isidro de Borbón, consideraban esencial ocupar una ciudad importante para incrementar su prestigio internacional, debilitar la moral del enemigo y aumentar la propia, lo que decidió al estado mayor reunido en Durango a asediar Bilbao, con la oposición de Tomás de Zumalacárregui quien consideraba esta operación un excesivo esfuerzo material y de tiempo. Zumalacárregui pretendía ocupar Vitoria, más accesible y de camino de Castilla. siendo la ruta de refuerzo de los liberales y, posteriormente, avanzar sobre Madrid con 30 000 soldados.

No obstante, Zumalacárregui obedeció e inició las operaciones militares el 10 de junio de 1835 rodeando la ciudad y tomando diversas poblaciones cercanas como Abando, Banderas y Deusto sin apenas oposición.

Tras tomar las zonas altas que rodeaban la ciudad, se cerraron las salidas y dio comienzo el sitio el 13 de junio, tras la negativa de la ciudad a rendirse. Al día siguiente comenzaron los bombardeos de la artillería, pero la defensa isabelina de la ciudad tenía más baterías que la artillería carlista, y, paradójicamente, las líneas carlistas tuvieron más bajas que las que sus bombardeos causaban a los isabelinos sitiados en Bilbao. El 15 de junio, desde un puesto de observación carlista y haciendo una inspección de rutina, Zumalacárregui recibió un disparo en la pierna que le retiró de la dirección militar del asedio de la ciudad. El militar carlista, efectivamente, se retiró y aunque en un principio la herida no revestía gravedad, con el tiempo empeoró hasta causarle la muerte el 24 de junio en Cegama. Fue un duro golpe para la moral carlista, pero las operaciones contra Bilbao continuaron como hasta entonces.

Zumalacárregui no había autorizado el bombardeo contra zonas civiles de la ciudad, tan pronto como sea posible y estaba rodeada de fortificaciones hasta que sean adoptados. Pero el 16 de junio el infante Carlos ordenó el bombardeo del centro urbano de la ciudad, con el objeto de aumentar la presión sobre los isabelinos de Bilbao. Mientras tanto, los defensores de Bilbao esperaban el envío de tropas isabelinas desde Santander y San Sebastián para ayudar a romper el asedio. A pesar de todo y con el objetivo de intentar aliviar el asedio, desde Bilbao salieron varios grupos de soldados isabelinos a Portugalete, pero fueron localizados por carlistas y su intento echado por tierra después de sufrir varias bajas. El asedio se mantuvo igual como también los bombardeos sobre el caso urbano, cuya actividad se iba endureciendo cada vez más. Para entonces, las casas civiles, iglesias y hospitales pasaron a ser también uno objetivo de la artillería. No obstante, el contrafuego de las baterías bilbaínas seguía activo y el 26 de junio, por ejemplo, Don Carlos estuvo a punto de ser alcanzado por proyectiles isabelinos mientras estaba en el frente haciendo una inspección.

Ahora que Zumalacárregui había muerto, los generales Espartero y Fernández de Córdoba, junto a otros jefes y oficiales isabelinos de la zona norte, marcharon desde Castilla para converger sobre Bilbao y levantar el sitio. El día 30 estaban en las cercanías de la ciudad y finalmente levantarían el cerco el día siguiente, sin mayores enfrentamientos y en medio de un gran recibimiento por parte de la población. Así, terminaba el primer sitio carlista sobre Bilbao.

Los carlistas, finalmente, hubieron de retirarse y abandonar sus planes, con la consecuente merma moral para las tropas carlistas. No obstante, Bilbao no quedó liberada de la amenaza carlista: la mayor parte de Vizcaya seguía en manos carlistas y al año siguiente, éstos volverían a establecer un nuevo sitio sobre Bilbao, aunque también fracasaría. Pero la imposibilidad de tomar la capital vizcaína no fue lo peor que les ocurrió a los carlistas: la muerte del general Zumalacárregui fue golpe moral para las tropas carlistas aún mayor que el fracaso de Bilbao, y para el pretendiente Carlos supuso la pérdida de su mejor estratega militar. La pérdida de Zumalacárregui, a la larga, sería un duro revés para el Ejército Carlista.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 21 Feb 2016 15:52

SEGUNDO SITIO DE BILBAO 1836

Se denomina segundo sitio de Bilbao (también conocido como sitio de Bilbao de 1836 o simplemente sitio de Bilbao) al conjunto de operaciones militares que se desarrollaron en torno a la ciudad de Bilbao entre el 23 de octubre y el 24 de diciembre de 1836, como parte de la estrategia del Ejército Carlista por intentar conquistar la ciudad por segunda vez (pues ya lo había intentado el año anterior). Durante los enfrentamientos, las tropas isabelinas defendieron la ciudad frente al intento carlista de ocuparla, convencidos éstos de la extrema necesidad de ocupar la capital vizcaína. Después de varios meses de sitio, y en medio de fuertes combates, el segundo intento carlista (y el último durante ésta guerra) por conquistar Bilbao acabó en nuevo fracaso.

La necesidad de los carlistas de ocupar una ciudad importante durante la guerra, a fin de incrementar su prestigio internacional, debilitar la moral de enemigo y aumentar la propia. El General Zumalacárregui era contrario a este plan, y además pretendía ocupar Vitoria, plaza que le parecía más accesible. No obstante, Zumalacárregui obedeció e inició las operaciones militares el 10 de junio de 1835 rodeando la ciudad y dando comienzo el sitio a la ciudad. Durante las operaciones militares, Zumalacárregui recibió un disparo en la pierna que, días más tarde, le causó la muerte. Muerto Zumalacárregui, Espartero y Luis Fernández de Córdova junto a otros jefes y oficiales decidieron el día 30 acudir en auxilio de la ciudad, levantando el cerco el día siguiente sin mayores enfrentamientos. El primer intento carlista por conquistar la gran ciudad vizcaína, se saldaba en un fracaso.

El Estado carlista presentaba a principios del año 1836 «...una insuficiencia económica que amenazaba su propia supervivencia». Juan Bautista Erro, al frente del Ministerio Universal (nombre por el que se conocía al Ministerio de Asuntos Exteriores del gobierno en la zona Carlista), decidió negociar créditos por valor de un millón de reales en Londres. Ignacio Lardizábal estaba encargado de la negociación pero no logró obtenerlos al no poder ofrecer suficientes garantías. «En esta situación la posesión de una plaza como Bilbao podría constituir el aval necesario para garantizar los empréstitos e inversiones extranjeras».4 Por lo que reunidos en Durango el Pretendiente con los ministros y altos cargos militares, decidieron el 14 de octubre de 1836 poner sitio a Bilbao. Sería el segundo que sufriría esta ciudad durante la Primera Guerra Carlista, evocando una segunda tentativa tras el fracaso del año anterior. A pesar de este fracaso, la situación seguía siendo la misma y si los carlistas querían lograr alguna acción militar decisiva, era fundamental hacerse con el control de las ciudades, especialmente las capitales Vascongadas.

Nazario Eguía, general en jefe del ejército carlista, dio el mando de todas las operaciones de sitio al general Bruno Villarreal, mientras Eguía se encargaría de la defensa de la retaguardia carlista para evitar la llegada de los refuerzos isabelinos. Los días 18 y 19 de octubre, un ingeniero francés al servicio de los carlistas reconoció la plaza de Bilbao, tras lo cual estos comenzaron a trasladar su artillería a diversas alturas que dominan la ciudad, levantando fortines, parapetos y cavando trincheras. Su fuerza estaba compuesta por 17 cañones de grueso calibre, dos morteros, 600 carros de proyectiles huecos y balas rasas, así como 150 de municiones y pertrechos, destinando 15 batallones de infantería para el asalto.

El 23 de octubre, cinco batallones y varias compañías más inician las operaciones, aunque la ciudad no queda totalmente sitiada hasta el 2 de noviembre. No obstante, el traslado que realizaban los carlistas de prácticamente toda su artillería hacia Vizcaya desde el territorio vasco-navarro que dominaban, evidenciaba sus intenciones de sitiar Bilbao, lo que no pasó desapercibido al mando isabelino, por lo que Baldomero Espartero, jefe del ejército del Norte isabelino, había marchado con sus tropas situadas en la frontera sur del Ebro hacia el norte, hallándose en el momento iniciarse el bombardeo de Bilbao en la localidad de Villarcayo, a 60 kilómetros al oeste. Ya dos días antes había enviado parte de su tropa a Santander para que desde allí se dirigiese por mar a Portugalete, localidad situada en la orilla izquierda de la ría del Nervión, a unos 10 kilómetros al norte de Bilbao, y que desembarcó allí el día 26. Las operaciones se desarrollaron con las mismas tácticas que en 1835 y la dirección general de todas las tropas carlistas en Vizcaya la ejerció el general Eguía, que consiguió cerrar el puerto de Bilbao estableciendo un puente de barcas. Mientras tanto, el general Villarreal continuaba intensificando la presión sobre la ciudad. Pero a pesar de eso, la villa no pareció ceder en ningún momento y durante dos meses permaneció sitiada y con una grave falta de alimentos, lo que obligó a los habitantes a buscar la huida a través de la Ría o de poblaciones como Burceña.

No obstante, durante los nueve días iniciales en el que se desarrollaron las maniobras de cerco, los ejércitos isabelinos suministraron material de combate a las fuerzas acantonadas en Bilbao a través del mar, desde Portugalete, con el apoyo de la Legión Auxiliar Británica. La ocupación de Portugalete le era necesaria a Espartero para realizar la campaña de auxilio a la ciudad sitiada, ya que en ese lugar establecería sus cuarteles, depósitos de armas, municiones y víveres, así como hospitales de sangre. Pero Espartero tenía mal aprovisionada su tropa en Villarcayo, él mismo se encontraba enfermo y antes tuvo que aniquilar a las guerrillas carlistas que operaban en la provincia de Burgos y entorpecían el tránsito de los suministros que tenía que recibir. Por todo ello, no pudo iniciar su marcha hasta mediados de noviembre, llegando a Portugalete el día 25 con sus 14 000 soldados.

El 27 de noviembre, Espartero comenzó su avance hacia Bilbao por la orilla izquierda del río Nervión pero fue rechazado con gran pérdida de efectivos, dado que las posiciones carlistas que se le interponían estaban muy bien fortificadas y defendidas con gran valor. El fracaso le hizo ver la dificultad de avanzar y romper el cerco por esta orilla, decidiéndose a realizarlo por la opuesta.

Tras consultar con los jefes de la marina española y la de los dos buques de la Marina Real Británica fondeados en la ría, Espartero se dispuso a construir un puente sobre el río Nervión a la altura de Portugalete, fuera del alcance de la artillería enemiga aunque expuesto por su cercanía a la desembocadura al mar a sufrir la fuerza del oleaje. El puente se construyó «...colocando en línea abarloados 32 lugres, goletas y bergantines que se hallaban en la ría, perfectamente amarrados en la larga extensión de 680 pies, y con sus planchas de cuarteles de unos a otros...» El día 30 ya se hallaba en la orilla derecha gran parte de su ejército, enviando a los defensores de Bilbao con el telégrafo óptico un mensaje que decía: «El ejército del Norte estará hoy entre Algorta y Aspe o alto frente de Portugalete y se dirige por el este a Asúa, y mañana por Archanda a Bilbao».

La Batalla de Luchana

El 1 de diciembre llegaron los isabelinos, formados en tres columnas paralelas, al primer barranco a la altura del puente de Gobelas pero éste había sido cortado, por lo que tuvieron que vadear el riachuelo muy crecido y bajo el fuego de la fusilería carlista. En tanto se realizaban estas disposiciones, arreció el temporal el 5 de diciembre y destrozó el puente que les unía a Portugalete, el cual era la única comunicación con la orilla izquierda desde donde tenían que recibir los víveres y las municiones y poder evacuar sus heridos. Ante ello, renunció Espartero a intentar forzar el paso por Luchana, retiró inmediatamente en barcazas la artillería a la orilla izquierda del Nervión, dando comienzo a la construcción de un nuevo puente para reemplazar al destruido, más al sur y más protegido de los embates del mar pero ahora también bajo el alcance de la artillería de los tres fortines carlistas. El 7 de diciembre por la tarde quedó terminada la nueva obra, comenzando a retirarse a la orilla izquierda las tropas isabelinas pero mientras lo cruzaban, el temporal volvió a partirlo en dos, debiéndose realizar el paso de la fuerza restante empleando lanchas.

El 12 de diciembre Espartero inició la marcha hacia Bilbao por la orilla izquierda pero los temporales habían convertido los caminos en barrizales, quedando atascada la artillería pesada que necesitaba para batir las trincheras enemigas. El mal tiempo y la resistencia de los carlistas obligaron a los isabelinos a desistir nuevamente de su ataque, retirándose el 15 de diciembre, por tercera vez, a Portugalete. El día 17 llegó a Portugalete un refuerzo de tropas y una importante provisión de víveres, dinero y municiones, tras lo cual Espartero se decidió a forzar nuevamente el paso por la orilla derecha. Se comenzó con la construcción de un nuevo puente, facilitando los comandantes de los buques británicos balsas para realizar previamente el paso de la artillería y parte de la caballería a la orilla derecha durante la noche del día 19 y el amanecer del 20, mientras aquel se estaba terminando. Al anochecer, los isabelinos habían emplazado sus piezas de artillería sobre el Asúa, el puente sobre el Nervión quedó concluido y al amanecer el 22 de diciembre comenzó a pasar a la orilla derecha el grueso de la infantería isabelina y la restante caballería. Los Carlistas, por su parte, eran conscientes de la cercanía de los isabelinos aún a pesar de los repetidos fracasos de éstos en el intento por romper el sitio, y por ello decidieron intensificar la presión sobre la villa vizcaína. La situación de la ciudad se había hecho ya preocupante, y sus autoridades se sentían abonadanas, más aún por la presencia del Ejército de Espartero incapaz por lograr romper el dispositivo carlista.

El 24 de diciembre era el día previsto para realizar el ataque definitivo. Espartero se encontraba enfermo, debiendo ceder el mando a su jefe de plana mayor, el general Marcelino Oráa. Las baterías sobre el Azúa y las emplazadas frente a Luchana en la orilla izquierda del Nervión no cesaron de batir las posiciones carlistas. Hacia las cuatro de la tarde embarcaron en la orilla izquierda ocho compañías de cazadores. Los cazadores isabelinos desembarcados consiguieron finalmente desalojar de Luchana a los carlistas, y se logró tender junto al puente derruido uno provisional. Pero la defensa carlista frenó sus sucesivos ataques y, una vez más, se deshizo el puente de barcas sobre el Nervión, se hizo crítica su situación.

El fin del Sitio

A medianoche Espartero fue informado de la situación y, aún sin estar recuperado, recuperó el mando y volvió al campo de batalla. Cuando entre los soldados isabelinos se corrió la voz de que su general se hallaba entre ellos, les hizo retomar con fuerza los ataques y hacia las 04:00 h. del [[25 de diciembre], cuando el temporal empezó a cesar su crudeza, consiguieron apoderarse del fuerte de Banderas, último que conservaban los carlistas (los cuales iniciaron la retirada total de la zona), quedando para las tropas isabelinas libre el paso a Bilbao. Efectivamente, las tropas isabelinas entraron en Bilbao el mismo día 25 de diciembre, recibidas con gran júbilo por los defensores de la ciudad.

Como sucedió en el Primer Sitio, la superioridad carlista en artillería era mayor que la de los defensores pero las defensas de Bilbao habían aumentado aún más desde el año anterior y la guarnición de la ciudad también se había reforzado. Pero su superioridad no evitó que los liberales tuvieran 250 muertos y más de 2000 heridos. En el bando Carlista, las consecuencias fueron aún peores: además de las importantes bajas habidas en el sitio de la ciudad y la lucha con las tropas de Espartero, el fracaso de una segunda tentativa tuvo un efecto demoledor sobre la moral carlista, que por aquellos tiempos se hallaba ya mermada ante el devenir de la guerra para los partidarios de Don Carlos. Entre los sitiadores carlistas «La confusión no tenía límites, las fuerzas vagaban dispersas por el país y a tan lamentable desorden se añadió la de perderse la fuerza moral entre los soldados carlistas... y un rumor de traición circuló entre los que habían creído seguro el triunfo.» La retirada fue desastre, porque las lluvias habían convertido los caminos en un barrizal impracticable, y a consecuencia de esto quedaron abandonados 26 cañones de artillería pesada, además de un gran número de suministros, municiones, etc. José Manuel de Arízaga, auditor general del ejército carlista, dice que la defensa carlista no fue lo suficientemente recia debido a que aquellos días «La mayor parte de nuestras tropas recibieron orden de acantonarse en los pueblos a retaguardia de Bilbao y muy poca fuerza quedaba cubriendo el servicio de la línea que no se consideró pudiera ser atacada.» Para más inri, la nueva derrota convenció a algunos militares carlistas (como el general Maroto) de la imposibilidad de ganar la guerra contra los liberales y, por tanto, se imponía algún tipo de acuerdo con ellos.

Por otra parte, Bilbao se convirtió en un auténtico símbolo de los liberales vascos, auténtico orgullo y emblema de la invicta resistencia liberal frente a los carlistas. La noticia de la batalla y de la liberación no llegó a Vitoria hasta el 29 de diciembre, pero desde allí se propagó velozmente por toda España, dando motivo a que estos hechos fuesen celebrados hasta en los lugares más apartados del país y numerosas localidades dieron nombre de "Luchana" a una de sus calles o plazas.

En el |bando isabelino, en aquel año se habían producido numerosos motines entre las tropas que combatían en el Frente Norte ante la carencia de alimentos, los retrasos en la paga y un malestar general ante el estancamiento de la guerra. En el plano político, se había producido la Sublevación de La Granja, en la que algunos sectores del Ejército isabelino obligaron a la Regente María Cristina a la reinstauración de la Constitución de 1812, lo que había provocado la escisión de algunos militares isabelinos poco identificados con los principios de 1812.

A finales de 1836 el ambiente en la España isabelina no era muy bueno pero esta victoria reforzó extraordinariamente la moral entre el Ejército isabelino y dio un nuevo impulso al estado liberal. Y en lo que se refiere a Espartero, esta victoria fue su impulso decisivo a su posterior carrera política.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 21 Feb 2016 19:57

LA CINCOMARZADA

La cincomarzada fue un fallido ataque carlista a Zaragoza que tuvo lugar el 5 de marzo de 1838 y que pretendió ser una toma fácil de la ciudad debido al escaso número de tropas que la guarnecían. Hoy se celebra cada año como fiesta popular en Zaragoza, conmemorando el heroico comportamiento de los zaragozanos durante esta batalla de la Primera Guerra Carlista, en un parque con comida y bebida traída por los propios ciudadanos y amenizada con música y juegos. Durante muchos años se celebró en el parque del Tío Jorge y durante unos años de diáspora por distintos parques de la ciudad, en el año 2014 volvió a su emplazamiento original de dicho parque.

Trasfondo

La ciudad de Zaragoza constituía una magnífica posición estratégica, fuertemente protegida por una importante guarnición isabelina. Ante la supuesta lejanía de las tropas carlistas, gran parte de la guarnición fue empleada para reforzar en el mes de febrero de 1838 un ejército que había de cerrar el paso hacia el Maestrazgo a la expedición de Basilio García que, abandonando Navarra con intención de unirse a Cabrera, había sido desviada hacía La Mancha en enero y se suponía que desde allí había de realizar un nuevo intento de aproximación. La noticia de la prácticamente nula guarnición que restaba en Zaragoza llegó a Cabrera, que envió a Juan Cabañero y Esponera a asaltar la ciudad con dos mil ochocientos infantes y trescientos hombres de caballería, no con el ánimo de ocuparla, ya que estas tropas eran insuficientes para defenderla posteriormente, sino únicamente para saquearla.

La batalla

La noche del 5 de marzo de 1838 las tropas de Juan Cabañero consiguieron a duras penas ocupar parte de la ciudad ante la fiera resistencia de sus habitantes, que respondieron al ataque armados con cuchillos, utensilios de cocina y agricultura, armas de caza y aceite y agua hirviendo. Ante la noticia de que se acercaba volviendo a sus cuarteles la tropa isabelina y dado que no conseguían tomar la ciudad en su totalidad, los carlistas abandonaron inmediatamente la ciudad. Tras el fracaso carlista, se añadió al escudo de la ciudad la titulación de "Siempre Heroica" y se le dio el nombre de "Cinco de Marzo" a una calle.

Curiosidades

Se cuenta que Cabañero, nada más ocupar la ciudad, entró en una chocolatería y pidió un tazón de chocolate caliente pero tuvo que huir sin haberlo probado. En 1840, unido tras el Convenio de Oñate a Espartero, entró en Zaragoza formando parte de las tropas isabelinas que habían de combatir a Cabrera. Los zaragozanos, al verlo desfilar por sus calles, le gritaban: «¡Cabañero, que se te ha enfriado el chocolate!».
Durante la dictadura de Francisco Franco, la calle fue cambiada de nombre y pasó a llamarse "Requeté Aragonés" ("requeté" es el nombre de los soldados carlistas). Tras la muerte de Francisco Franco, en 1975, se recuperó la denominación original.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 21 Feb 2016 20:12

BATALLA DE LUCHANA

Se conoce como batalla de Luchana a los combates que durante la Primera Guerra Carlista tuvieron lugar durante los días 1 al 25 de diciembre de 1836 en la que el ejército isabelino, partiendo desde su base en Portugalete, consiguió arrollar a las fuerzas carlistas que asediaban Bilbao desde el 25 de octubre.

El Estado carlista presentaba a principios del año 1836 «...una insuficiencia económica que amenazaba su propia supervivencia». Juan Bautista Erro, al frente del Ministerio Universal, decidió negociar créditos por valor de un millón de reales en Londres.

Ignacio Lardizábal estaba encargado de la negociación pero no logró obtenerlos al no poder ofrecer suficientes garantías. «En esta situación la posesión de una plaza como Bilbao podría constituir el aval necesario para garantizar los empréstitos e inversiones extranjeras». Por lo que reunidos en Durango el Pretendiente con los ministros y altos cargos militares, decidieron el 14 de octubre de 1836 poner sitio a Bilbao. Sería el segundo que sufriría esta ciudad durante la Primera Guerra Carlista.

Nazario Eguía, general en jefe del ejército carlista, dio el mando para realizar el sitio a Bruno Villarreal. Los días 18 y 19 de octubre, un ingeniero francés al servicio de los carlistas reconoció la plaza de Bilbao, tras lo cual estos comenzaron a trasladar su artillería a diversas alturas que dominan la ciudad, levantando fortines, parapetos y cavando trincheras. Su fuerza estaba compuesta por 17 cañones de grueso calibre, dos morteros, 600 carros de proyectiles huecos y balas rasas, así como 150 de municiones y pertrechos, destinando 15 batallones de infantería para el asalto.3

El traslado que realizaban los carlistas de prácticamente toda su artillería hacia Vizcaya desde el territorio vasco-navarro que dominaban, evidenciaba sus intenciones de sitiar Bilbao, lo que no pasó desapercibido al mando isabelino, por lo que Baldomero Espartero, jefe del ejército del Norte, había marchado con sus tropas situadas en la frontera sur del Ebro hacia el norte, hallándose al iniciarse el bombardeo de Bilbao en Villarcayo, a 60 kilómetros al oeste. Ya dos días antes había enviado parte de su tropa a Santander para que desde allí se dirigiese por mar a Portugalete, localidad situada en la orilla izquierda de la ría del Nervión, a unos 10 kilómetros al norte de Bilbao, y que desembarcó allí el día 26.

La ocupación de Portugalete le era necesaria a Espartero para realizar la campaña de auxilio a la ciudad sitiada, ya que en ese lugar establecería sus cuarteles, depósitos de armas, municiones y víveres, así como hospitales de sangre. Pero Espartero tenía mal aprovisionada su tropa en Villarcayo, se encontraba enfermo y tuvo que aniquilar antes las guerrillas carlistas que operaban en la provincia de Burgos y entorpecían el tránsito de los suministros que tenía que recibir. Por todo ello, no pudo iniciar su marcha hasta mediados de noviembre, llegando a Portugalete el día 25 con sus 14.000 soldados. Dos días después comenzó su avance hacia Bilbao por la orilla izquierda del río pero fue rechazado con gran pérdida de efectivos, dado que las posiciones carlistas que se le interponían estaban muy bien fortificadas y defendidas con gran valor. El fracaso le hizo ver la dificultad de avanzar y romper el cerco por esta orilla, decidiéndose a realizarlo por la opuesta.

Tras consultar con los jefes de la marina española y la de los dos buques de guerra británicos fondeados en la ría, se dispuso a construir un puente sobre el Nervión a la altura de Portugalete, fuera del alcance de la artillería enemiga aunque expuesto por su cercanía a la desembocadura al mar a sufrir la fuerza del oleaje. El puente se construyó «...colocando en línea abarloados 32 lugres, goletas y bergantines que se hallaban en la ría, perfectamente amarrados en la larga extensión de 680 pies, y con sus planchas de cuarteles de unos a otros...»5 El día 30 ya se hallaba en la orilla derecha gran parte de su ejército, enviando a los defensores de Bilbao con el telégrafo óptico un mensaje que decía: «El ejército del Norte estará hoy entre Algorta y Aspe o alto frente de Portugalete y se dirige por el E. a Asúa, y mañana por Archanda a Bilbao».

Pero el avance no tuvo lugar con la rapidez que había previsto, entablándose la más larga batalla de esta guerra.

Batalla

En el trecho que se extiende entre el lugar de su desembarco y Bilbao se abren dos barrancos en la cadena montañosa de la margen derecha del Nervión, bajando perpendiculares al río. En sus cauces fluía mucha agua dadas las fuertes lluvias de los últimos días. El día 1 llegaron los isabelinos, formados en tres columnas paralelas, al primer barranco a la altura del puente de Gobelas pero éste había sido cortado, por lo que tuvieron que vadear el riachuelo muy crecido y bajo el fuego de la fusilería carlista. Continuaron avanzando hacia la parte alta del siguiente barranco hasta el puente de Azúa. También éste estaba inutilizado y los carlistas habían establecido los tres fortines artillados de Cabras, San Pablo y Banderas situados en cerros de la estribación sur del barranco. Este barranco era «...el foso del campo enemigo.» Los emplazamientos carlistas cubrían perfectamente el barranco desde Azúa hasta el Nervión, sometiendo a los isabelinos a un intenso fuego. Llegando la noche, Espartero desistió de su intento de franquearse el paso por Azúa y decidió realizarlo al día siguiente por Luchana, lugar situado en la parte baja del barranco, junto al Nervión. Como también allí habían inutilizado el puente los carlistas, proyectaba construir en este lugar un puente de pontones, levantando antes baterías en las alturas de su orilla para contrarrestar el fuego de las enemigas.

En tanto se realizaban estas disposiciones, arreció el temporal el día 5 y destrozó el puente que les unía a Portugalete, el cual era la única comunicación con la orilla izquierda desde donde tenían que recibir los víveres y las municiones y poder evacuar sus heridos. Ante ello, renunció Espartero a intentar forzar el paso por Luchana, retiró inmediatamente en barcazas la artillería a la orilla izquierda del Nervión, dando comienzo a la construcción de un nuevo puente para reemplazar al destruido, más al sur y más protegido de los embates del mar pero ahora también bajo el alcance de la artillería de los tres fortines carlistas. El día 7 por la tarde quedó terminada la nueva obra, comenzando a retirarse a la orilla izquierda las tropas isabelinas pero mientras lo cruzaban, el temporal volvió a partirlo en dos, debiéndose realizar el paso de la fuerza restante empleando lanchas.

Villarreal pensó que Espartero volvería a intentar nuevamente el avance por la orilla izquierda desde Portugalete, por lo que también trasladó parte importante de su tropa a la misma orilla para hacerle frente.

El día 12 inició Espartero efectivamente la marcha hacia Bilbao por la orilla izquierda pero los temporales habían convertido los caminos en barrizales, quedando atascada la artillería pesada que necesitaba para batir las trincheras enemigas. El mal tiempo y el ardor defensivo de los carlistas obligaron a los isabelinos a desistir nuevamente de su ataque, retirándose el día 15 por tercera vez a Portugalete. Ahora «...el estado de las tropas de Espartero no era en verdad el más lisonjero, pues que faltos de artillería, de municiones, de víveres, y un tanto mohínos por las tan repetidas retiradas, se advertía cierto oculto disgusto que podía acrecerse de un modo inconveniente, a no acudirse al remedio de las faltas que se experimentaban.» Ante esta situación, Espartero dio al día siguiente una orden general que fue leída a sus tropas por los oficiales. En ella decía: «Soldados: Vuestra conservación para los gloriosos hechos que os esperan me decidió ayer a retroceder sobre este punto. El fuerte temporal de aguas no teniendo techado en que guareceros, aunque insuficiente para apagar vuestros ardimientos, habría inutilizado las municiones con que debéis batir al enemigo. Aquí tenéis la causa del retroceso. No, de ninguna manera no, abandonar la grande obra de salvar Bilbao...os ofrecí conduciros a la victoria cuando me encargué del mando y pereceré antes que privaros del triunfo. Empero la empresa que vamos a acometer es ardua y solo el conocimiento de vuestro valor me decidió a acometerla...y cuando volváis a salir de los cantones, espero no tornaréis a ellos sin que la guarnición de Bilbao haya estrechado en sus brazos a sus libertadores...»

El día 17 llegó a Portugalete un refuerzo de tropas y una importante provisión de víveres, dinero y municiones, tras lo cual Espartero se decidió a forzar nuevamente el paso por la orilla derecha. Se comenzó con la construcción de un nuevo puente, facilitando los comandantes de los buques británicos balsas para realizar previamente el paso de la artillería y parte de la caballería a la orilla derecha durante la noche del día 19 y el amanecer del 20, mientras aquel se estaba terminando. Para distraer el fuego carlista, la goleta isabelina Isabel II y la cañonera San José se situaron el día 21 frente a Luchana y bombardearon el fortín de la Casa de la Pólvora situado al sur del puente de este lugar aunque ambos buques fueron pronto dañados y tuvieron que ponerse fuera del alcance de los cañones enemigos. Al anochecer, los isabelinos habían emplazado sus piezas de artillería sobre el Azúa, el puente sobre el Nervión quedó concluido y al amanecer el día 22 comenzó a pasar a la orilla derecha el grueso de la infantería isabelina y la restante caballería. También se fortificó el lugar donde el puente de embarcaciones arrancaba en la orilla izquierda, ocupándolo tres batallones de infantería en previsión de que Villarreal ordenase un ataque sobre él por esa orilla. Al día siguiente, día 23, se realizó un nuevo ataque marino, formado por unas 20 cañoneras y trincaduras, abriendo fuego frente a Luchana, vivamente contestado por los carlistas. El mal tiempo impidió que los fuegos intercambiados produjesen graves daños.

Amaneció el día 24 previsto para realizar el ataque definitivo. El temporal azotaba la ría y Espartero despertó enfermo, debiendo ceder el mando a su jefe de plana mayor, el general Marcelino Oráa. Las baterías sobre el Azúa y las emplazadas frente a Luchana en la orilla izquierda del Nervión no cesaron de batir las posiciones carlistas. Hacia las cuatro de la tarde embarcaron en la orilla izquierda ocho compañías de cazadores en unas 30 pequeñas embarcaciones, la mayor parte de ellas traídas de Laredo y Castro Urdiales. «El fin de la empresa era saltar a la orilla ocupada por los enemigos, apoderarse de sus obras y proteger la rehabilitación del puente de Luchana...En el mismo momento de dar principio a la ejecución se pronunció de una manera espantosa el temporal que ya reinaba...Allí, en aquella terrible travesía, trasportados en medio de una nube, pues solo agua, granizo y escarcha los rodeaba por todas partes, hacían resonar los vivas y aclamaciones, precursoras de la victoria.» Las cañoneras y trincaduras cubrían los flancos de las fuerzas de desembarco y los cazadores consiguieron saltar a tierra. Los carlistas en Luchana, aunque sorprendidos por el imprevisto ataque, defendieron con gran valor sus posiciones, lo que «...dio lugar a que se trabase una contienda singular, la más extraña quizá, la más sorprendente...Furiosamente alternaba el estampido del cañón con los violentos mugidos del huracán embravecido, mezclábase el proyectil del fusil con el que en forma de granizo y con no menor violencia arrojaban las nubes, y en medio de una oscuridad casi completa, la luz de los fogonazos daba un color siniestro a la nieve que cubría todos los objetos.»

Los cazadores isabelinos desembarcados consiguieron finalmente desalojar de Luchana a sus enemigos, se tendió junto al puente derruido uno provisional y el ejército de la orilla norte del Azúa repasó el barranco, se encaramó por las laderas del sur del mismo y comenzó a asaltar los fortines de Cabras, San Pablo y Banderas. Pero la bravura de la defensa carlista frenó sus sucesivos ataques y habiendo sido deshecho nuevamente el puente de barcas sobre el Nervión, se hizo crítica su situación. «El temporal aumentaba los embarazos del ejército cristino, cuyo puente de comunicación con Portugalete había desaparecido ante la bravura del mar; la nieve y el agua caía sin cesar; el viento arremolinaba las nieves y jamás ejército alguno estuvo en situación más crítica que el de la Reina, hambriento, desnudo y acampado al norte de la ría» (sic, quiere decir "ciudad").15 A medianoche se informó de estas circunstancias a Espartero que abandonó su lecho y logrando en una lancha pasar a la otra orilla, montó en un caballo y recorrió el campo de batalla. Cuando entre los soldados isabelinos se corrió la voz de que su general se hallaba entre ellos, les hizo retomar con fuerza los ataques y hacia las cuatro de la madrugada del día 25, cuando el temporal cesaba un tanto en su crudeza, consiguieron apoderarse del fuerte de Banderas, último que conservaban los carlistas, los cuales iniciaron la retirada, quedando para las tropas isabelinas libre el paso a Bilbao y finalizada la batalla.

Las tropas isabelinas entraron en Bilbao el mismo día 25 de diciembre, recibidas con gran júbilo por los defensores de la ciudad. Entre los sitiadores carlistas «La confusión no tenía límites, las fuerzas vagaban dispersas por el país y a tan lamentable desorden se añadió la de perderse la fuerza moral entre los soldados carlistas... y un rumor de traición circuló entre los que habían creído seguro el triunfo.» José Manuel de Arízaga, auditor general del ejército carlista, dice que la defensa carlista no fue lo suficientemente recia debido a que aquellos días «La mayor parte de nuestras tropas recibieron orden de acantonarse en los pueblos a retaguardia de Bilbao y muy poca fuerza quedaba cubriendo el servicio de la línea que no se consideró pudiera ser atacada.»

La noticia de la batalla y de la liberación no llegó a Vitoria hasta el día 29 pero desde allí se propagó velozmente por todo España, dando motivo a que estos hechos fuesen celebrados hasta en los lugares más apartados del país y numerosas localidades dieron nombre de "Luchana" a una de sus calles o plazas.

Espartero recibió el título "Conde de Luchana" mientras que Eguía y Villarreal perdieron sus mandos.

Ni Eguía ni Villarreal dejaron testimonio escrito sobre los motivos que tuvieron para no utilizar la agilidad de movimientos de sus batallones, lo que les caracterizaba precisamente, para avanzar desde Bilbao y aniquilar en Portugalete la vanguardia de Espartero que allí había desembarcado el 26 de noviembre. Ni por qué no realizaron un ataque sobre esta localidad el día 5 de diciembre o siguiente, cuando el temporal había inutilizado el puente de barcas sobre el Nervión y había dejado a Espartero aislado en la orilla derecha.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
Si ignoras lo que pasó antes de que nacieras, siempre serás un niño.
Marco Tulio Cicerón.


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