HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

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Brasilla
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 31 Ene 2016 23:31

Excmo Sr. Rafael MAROTO YSERNS General Español

A los once años partió hacia Cartagena en la provincia de Murcia donde ingresó como cadete subalterno menor de edad en el Regimiento de Infantería Asturias, en 1794, ascendiendo a segundo subteniente el 15 de junio de 1798.
Campaña de Portugal

A los 18 años fue enviado a la defensa del Departamento de Ferrol en la provincia de La Coruña y desde allí asistió a las campañas que sostuvo Godoy contra los portugueses que mantuvieron su apoyo a los ingleses en contra de Napoleón. Los ingleses habían desembarcado a la altura de Grana (A Graña) y las campañas se desarrollaron del 25 al 26 de agosto de 1800. Por los méritos demostrados en estas operaciones le concedieron un escudo de honor. Después siguió durante dos años agregado a la marina en el Departamento de Ferrol y más tarde regresó a su cuerpo del regimiento Asturias. El 15 de octubre de 1806 obtuvo el grado militar de teniente.
Guerra de la Independencia española

Rafael Maroto participó también como militar en esta guerra contra el ejército de Napoleón. Los franceses atacaron la plaza de Valencia el 28 de junio de 1808. Maroto defendió la ciudad con las baterías que tenía a su cargo, de santa Catalina y de Torres de Cuarte (éste era el nombre que se le daba en la época). Obligó a retirarse al enemigo en una hazaña bélica, por lo que fue reconocido como benemérito a la patria y se le concedió un escudo de honor.

El 23 de noviembre intervino en la batalla de Tudela, el 24 de diciembre, en los ataques de Monte Torrero y Casa Blanca en Zaragoza (o Casablanca) y poco después hizo una salida a la bayoneta para desalojar al enemigo que había tomado estos arrabales.

Con el grado de capitán (ascendió el 8 de septiembre de ese mismo año), Maroto participó también en el sitio de Zaragoza en 1809. Tuvo el mando en el reducto del Pilar, en las baterías de San José, Puerta Quemada y Tenerías. Realizó salidas desde dichas baterías, recibiendo en una ocasión una bala de fusil. Cuando la ciudad de Zaragoza capituló, Maroto fue hecho prisionero de guerra por los franceses, pero tuvo ocasión de fugarse. Por sus hazañas bélicas en Zaragoza recibió un escudo de distinción que llevaba el lema: Recompensa del valor y patriotismo. Fue declarado benemérito de la patria en grado heroico y eminente. Ascendió a teniente coronel el 9 de marzo de este año.

En 1811 estaba destinado en el regimiento de infantería de línea de Valencia. Se ocupó el 24 y 25 de octubre de la defensa a los ataques contra Puzol, alturas del castillo de Sagunto, inmediaciones de Murviedro, y el día 25 de octubre de 1812 de las líneas del Grau, Montolivet y Cuarte, de la línea de Valencia, y de todo el sitio de esta ciudad. Cuando esta plaza capituló, fue hecho prisionero, junto con su regimiento y de nuevo tuvo la oportunidad de fugarse. Tras estos eventos fue destinado al mando del depósito general de tropas con destino a Ultramar.
En América
La Batalla de Rancagua en donde Maroto participó en la toma de la plaza.

El 16 de noviembre de 1813 se le nombró coronel del Regimiento Talavera de la Reina y al frente de su unidad se hizo a la vela para el Perú el 25 de diciembre del mismo año y el 24 de abril de 1814 desembarcaba en el Callao para socorrer al virrey José Fernando de Abascal y Sousa, que trabajaba arduamente para mantener bajo control español su virreinato y los territorios aledaños. Maroto y sus tropas, puestos a las órdenes del brigadier Mariano Osorio, fueron enviados a Chile, hacia donde embarcaron el 19 de julio de 1814, llegando a la base naval de Talcahuano, núcleo de la actividad realista, el 13 de agosto. Osorio logró organizar con los criollos realistas un ejército de maniobra de unos cinco mil hombres, de los que prácticamente los únicos españoles eran las tropas de Maroto.

El 1 de octubre los insurgentes presentaron batalla en Rancagua para tratar de impedir que los expedicionarios tomasen Santiago de Chile. Maroto, con el desprecio que muchos de los oficiales recién llegados a América solían mostrar hacia sus oponentes, mandó atacar a sus tropas las fortificaciones del enemigo sin molestarse en enviar avanzadas ni guerrillas. El resultado fue que «los talaveras» (así llamados), acribillados por las descargas, hubieron de retirarse con cuantiosas pérdidas. Al día siguiente Bernardo O’Higgins logró abrirse paso a través de las tropas realistas y retirarse hacia la capital, donde sus oponentes entraron sin resistencia pocos días más tarde. Fuera porque consideraba que se había conducido torpemente en la batalla, fuera por otras razones que desconocemos, lo cierto es que cuando Osorio envío al virrey Abascal la lista de oficiales que debían ser ascendidos tras las últimas victorias el nombre de Maroto se encontraba en ella, pero el portador de la lista llevaba instrucciones reservadas para hacer saber a Abascal que Osorio consideraba que Maroto no debía ser ascendido. Cuando andando los meses Maroto tuvo noticia de que la lista que se había enviado a Madrid iba sin su nombre cursó a Abascal la reclamación oportuna, y éste, a quien no había gustado la poco clara forma de proceder de Osorio, acabó dándole la razón el 10 de mayo de 1815 y reconociéndole el grado de brigadier con antigüedad de 8 de noviembre de 1814.

Durante su estancia en Santiago, Maroto entró en relaciones con Antonia Cortés, perteneciente a una rica y noble familia de la oligarquía local, con quien contrajo matrimonio a finales de marzo de 1815, justo antes de abandonar Santiago, donde parece no se encontraba excesivamente a gusto. Acto seguido Maroto, al frente de dos compañías, se dirigió a Arica para auxiliar la campaña de Joaquín de la Pezuela en el Alto Perú. El 15 de junio se unió a sus tropas pero no continuó mucho tiempo con él, pues por motivos que desconocemos Pezuela le mando formar causa y le envío a Lima. El proceso se interrumpió debido a la mediación de Abascal, que convenció a Pezuela de que no merecía la pena seguir adelante. Tras pasar algún tiempo en Lima, Maroto regresó a Chile, cuya capitanía general había recaído en las manos del mariscal de campo Francisco Casimiro Marcó del Pont, con quien no tardó en indisponerse.

A principios de febrero de 1817 las tropas del Ejército de los Andes de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al mando del general argentino José de San Martín, cruzaron los Andes para acabar con el dominio español en Chile. Ante la dispersión de las fuerzas realistas Maroto propuso abandonar la capital y retirarse hacia el Sur, donde podrían mantenerse y obtener recursos para una nueva campaña. La junta militar convocada por Marcó el 8 de febrero hizo suyo el parecer de Maroto, pero a la mañana siguiente el capitán general cambió de parecer y ordenó a Maroto presentar batalla en Chacabuco. La noche anterior al combate Antonio Quintanilla, que más tarde se distinguiría extraordinariamente en la defensa de Chiloé, comento con otro oficial que las posiciones estaban mal elegidas, y que dada la posición de los insurgentes las fuerzas realistas deberían retirarse unas leguas y ocupar los altos de Colina: «Maroto oía esta conversación de una habitación inmediata y su orgullo y presunción no pudieron o le permitieron oírme, pues llamó a un ayudante con aquella voz bronca que tenía y dijo que pusiese una orden general de pena de la vida al que dijese que convenía retirarse». Aunque Maroto y sus tropas lucharon con valor la batalla se convirtió en una completa derrota. Maroto, que logró escapar merced a la velocidad de su caballo, fue ligeramente herido en la retirada.

Tras celebrar una nueva junta militar en Santiago, Maroto, su mujer, y la mayor parte de las tropas se dirigieron a Valparaíso, donde embarcaron para el Perú. Pezuela, el nuevo virrey, que no sentía gran aprecio por Maroto, consideró sin embargo que «si no dirigió con acierto la desgraciada batalla de Chacabuco, al menos se portó con el valor y serenidad propios de un español y pundonoroso oficial», por lo que le guardo las debidas consideraciones. Maroto fue entonces destinado al Cuzco al frente del par de compañías del Talavera que habían quedado en el Perú, con instrucciones para organizar un nuevo batallón. Descontento con todo y con todos,1 el 22 de febrero de 1818 se le confió el puesto de Presidente y Comandante General de la ciudad y provincia de Charcas, en el Alto Perú, ciudad alejada por entonces de la guerra, pero en la que ejerció una notable labor administrativa. Ocurrida en España la revolución de 1820, Maroto, una vez hubo recibido las oportunas órdenes, proclamó la Constitución2 en Charcas el 23 de octubre de 1820. Allí nacieron y fueron bautizados cuatro de sus hijos: Manuel María Rafael, María del Carmen Agustina, Margarita Antonia y Justa María Mercedes Rufina. Más tarde nacerían Rafael Abdón Ignacio, Víctor, Cándida y Faustino, hijo este último de una criada con la que mantuvo relaciones durante su estancia en Asturias, y al que no reconoció, pero a quien hubo de pasar pensión debido a la denuncia formulada por su madre.

El 1 de enero de 1821 se sublevó la guarnición de Potosí, contra la que marchó Maroto, derrotando a los insurgentes y haciéndose con la ciudad. Sin embargo, al llegar el general Pedro Antonio Olañeta, que como lugarteniente del virrey ejercía su autoridad en todo el Alto Perú, le ordenó volverse a Charcas, lo que dio lugar a una acalorada discusión con Maroto, que acabó cumpliendo las órdenes recibidas. Las desavenencias entre ambos se hicieron aún mayores cuando durante la breve invasión del Alto Perú por Andrés de Santa Cruz. Maroto se negó a cumplir las órdenes de Olañeta, que representó acaloradamente en su contra al virrey La Serna, aduciendo, entre otras cosas, que «desde que este señor puso los pies en América, no ha hecho más que fomentar la insubordinación y expresarse mal contra las autoridades». El virrey, que no confiaba en exceso en Olañeta, optó por promover a ambos a Mariscales de Campo, pese a que el papel jugado por Olañeta en la campaña había sido limitado, y el de Maroto nulo. Las desavenencias entre Maroto y Olañeta culminaron e 1824, cuando Olañeta, que se había propuesto restablecer el régimen absolutista en el Perú, como ya lo estaba en España, marchó con sus tropas contra él, obligándole a abandonar sus posiciones. Pese a los intentos de diálogo del Virrey la cuestión degeneró en una guerra civil que debilitó a las tropas realistas y permitió la pérdida del Perú.3 Maroto fue entonces nombrado por La Serna jefe de una de las tres divisiones que al mando del general José de Canterac debía hacer frente a la invasión de Antonio José de Sucre. Tras la acción de Junín Maroto mantuvo fuertes disensiones con Canterac y acabó dimitiendo, pues consideraba que la retirada de las fuerzas realistas se estaba llevando a cabo de forma inadecuada. Nombrado gobernador de Puno allí le sorprendió la capitulación de Ayacucho, en la que quedó comprendido. En compañía de La Serna y otros oficiales, Maroto y su familia embarcaron en la fragata francesa Hernestine, que arribó a Burdeos a mediados de 1825.
De nuevo en España

Tras su regreso de América el 1 de julio de 1825 fue encomendado al ejército de Castilla la Vieja con residencia en Valladolid donde estaba la Capitanía General. El 1 de septiembre de ese año, el capitán general le nombró jefe organizador para restablecer el orden con el mando de las armas y en los voluntarios realistas del principado de Asturias. Más tarde, el 11 de julio de 1828 se le destinó por Real Orden al cuartel de Pamplona. El 21 de junio de 1829, el rey le concedió el cuartel en el Ejército de Castilla la Nueva con residencia en Madrid. El 15 de marzo de 1832 fue nombrado comandante general de la provincia de Toledo, puesto al que renunció el 31 de octubre, según nos cuenta, porque habiendo sido requerido por el conde de Negri para que apoyase una sublevación al frente de sus tropas, consideró que antes de actuar contra el gobierno debía romper todos sus vínculos con el mismo. Por este mismo motivo se negó a aceptar el cargo que se le confirió el 5 de enero de 1833 de segundo cabo y comandante general de las provincias vascongadas.

La causa carlista

Maroto cuenta en el documento titulado "Manifiesto razonado de las causas del convenio de Vergara", cómo y por qué se unió a la causa carlista. Insiste en que no fue el deseo de medrar, pues su posición social y profesional y el futuro que le esperaba eran de gran fortuna. Asegura que tomó la decisión de seguir al pretendiente de la corona don Carlos, hermano del rey Fernando VII y tío de la futura reina Isabel II por pensar que era lo mejor para España pues creyó más oportuno el posible reinado de don Carlos que el de una niña de tres años cuya minoría de edad traería consigo una regencia poco clara (a su entender). Maroto por aquel entonces tenía más fe en la persona de don Carlos, en la que veía las cualidades de principios religiosos, sistema ordenado y económico en su propia casa y observancia de las leyes. También el propio Maroto confiesa que al seguir a un príncipe proscrito estaba casi seguro del fracaso y de que las victorias que se conseguirían serían pobres, de un terreno palmo a palmo, poco extenso, sin grandes y espectaculares avances y que además ellos no serían tratados como auténticos militares sino como bandoleros y traidores.

Militar español, jefe del ejército carlista (Lorca, Murcia, 1783 - Concón, Chile, 1847). Combatió en la Guerra de la Independencia (1808-14) y en los intentos españoles por conservar Perú y Chile durante las guerras de emancipación de las colonias americanas. Volvió a la Península, ya como general, en 1825, y fue nombrado gobernador militar de Toledo.

El conflicto dinástico desatado a la muerte de Fernando VII entre su hermano Carlos María Isidro y los partidarios de Isabel II le hizo dimitir y unirse a los carlistas en defensa de la monarquía absoluta, motivo por el que fue procesado y hubo de huir para reunirse en Portugal con el pretendiente.

Durante la Primera Guerra Carlista (1833-40) don Carlos hizo de él uno de sus principales jefes militares, primero como gobernador militar de Vizcaya, luego como comandante en jefe del ejército de Cataluña (1836) y, por fin, como comandante en jefe del ejército del Norte (1838).

Sin embargo, su liderazgo fue muy contestado en las filas del carlismo, tanto por la irregularidad de los resultados militares (en Cataluña cosechó una derrota total) como por su tendencia a buscar un entendimiento con el enemigo (por ejemplo, fue él quien propuso sin éxito liquidar la escisión dinástica casando a la princesa Isabel con el primogénito de don Carlos).

Maroto reaccionó contra sus oponentes haciendo fusilar a los generales carlistas discrepantes. Cuando don Carlos le apartó del mando, Maroto hizo detener a su sustituto y firmó por su cuenta un acuerdo con el jefe militar del bando isabelino (Espartero), que puso fin a la guerra civil en el decisivo frente del Norte (Convenio de Vergara, 1839). En virtud de dicho acuerdo, el Gobierno liberal confirmó los fueros tradicionales de las provincias vascas, y Maroto y sus hombres se integraron en el ejército regular español; él llegaría a ser capitán general y magistrado del Tribunal Supremo militar.

Maroto se decidió a firmar la paz cuando se convenció de que la relación de fuerzas hacía imposible una victoria carlista, e incluso dudó en el último momento y firmó presionado por sus subordinados; no obstante, muchos carlistas le consideraron un traidor a la causa. Después del Convenio de Vergara, la guerra sólo siguió viva en el Maestrazgo, alentada por Cabrera, a quien pronto derrotaría también Espartero (1840).

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
Si ignoras lo que pasó antes de que nacieras, siempre serás un niño.
Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 Feb 2016 02:23

Excmo. Sr. D. Jose María TORRIJOS Y URIARTE General Español asesinado por un Rey Felón

José María Torrijos y Uriarte (Madrid, 20 de marzo de 1791 – Málaga, 11 de diciembre de 1831), conde de Torrijos, título concedido de manera póstuma por la Reina Gobernadora, también conocido como General Torrijos, fue un militar liberal español. Combatió en la Guerra de Independencia española y tras la restauración del absolutismo por Fernando VII en 1814 participó en el pronunciamiento de Juan Van Halen de 1817 que pretendía restablecer la Constitución de 1812, por lo que pasó dos años en prisión hasta que fue liberado tras el triunfo del pronunciamiento de Riego en 1820. Volvió a combatir a los franceses cuando los Cien Mil Hijos de San Luis invadieron España para restablecer el poder absoluto de Fernando VII y cuando aquellos triunfaron poniendo fin al trienio liberal se exilió a Inglaterra. Allí preparó un pronunciamiento que él mismo encabezó, desembarcando en la costa de Málaga procedente de Gibraltar el 2 de diciembre de 1831 junto a sesenta hombres que lo acompañaban, pero cayeron en la trampa que le habían tendido las autoridades absolutistas y fueron detenidos. Nueve días después, el 11 de diciembre, Torrijos y 48 de sus compañeros supervivientes fueron fusilados sin juicio previo en la playa de San Andrés de Málaga, un hecho que quedó inmortalizado por un soneto de José de Espronceda titulado A la muerte de Torrijos y sus compañeros y por un famoso cuadro que pintó en 1888 Antonio Gisbert. "Este trágico desenlace de su vida explica el que haya pasado a la historia, con toda justicia, como un gran símbolo de la lucha contra el despotismo y la tiranía, con los rasgos de nobleza y serenidad épicas, propios del héroe romántico, eternizados en la célebre pintura [de Gisbert]".1

Nace el 20 de marzo de 1791, en Madrid en el seno de una familia de burócratas andaluces al servicio de la Monarquía. Fue el tercero de los cuatro hijos del matrimonio de Cristóbal de Torrijos y Chacón, natural de Sevilla, y María Petronila Uriarte y Borja, nacida en El Puerto de Santa María. Su abuelo paterno, Bernardo de Torrijos, era de Málaga, perteneció al Consejo Real y fue fiscal de la Real Chancillería de Granada. Su padre era caballero de la Orden de Carlos III y ayuda de cámara del rey Carlos IV. Gracias a la posición que ostentaba consiguió que a los diez años el pequeño José María fuera nombrado paje del rey. En seguida se decidió por la carrera militar y a los trece años ingresó en la Academia de Alcalá de Henares, donde se especializó en el arma de ingenieros.2
Guerra de la Independencia (1808-1814)

Su participación en la Guerra de la Independencia comienza el mismo día en que estalló la guerra, cuando el 2 de mayo de 1808 acude en ayuda de los oficiales Luis Daoiz y Torres y Pedro Velarde que se encontraban sin municiones en el parque de artillería de Madrid. Estos le envían a negociar con el general francés Gobert pero en plena misión estalla la sublevación popular antifrancesa de la capital, por lo que es detenido y sólo se salva de ser fusilado por la intervención de un ayudante de campo de Murat a quien conocía. En ese momento acababa cumplir los diecisiete años y ostentaba el grado de capitán.3

Después se incorporó a la defensa de Valencia y a las de Murcia y las de Cataluña, siendo "uno de los pocos cuadros militares del antiguo ejército que se pusieron al frente de la resistencia nacional en nombre de los principios liberales de libertad e independencia. Esta opción le desmarcó del campo afrancesado y colaboracionista elegido por muchos ilustrados y le enfrentó claramente al absolutismo". En 1810, a sus diecinueve años, alcanza el grado de teniente coronel. Fue hecho prisionero de los franceses, después de ser herido, pero escapa y vuelve a combatir en la guerra, "consagrándose como un militar de gran arrojo y valía", apreciado por los dos bandos -el general francés Suchet le ofreció cambiar de bando, y el británico Doyle pidió a las Cortes de Cádiz que le ortogaran un mando distinguido en las fuerzas reorganizadas en la Isla de León-. Estuvo a las órdenes del duque de Wellington en la decisiva Batalla de Vitoria, que iba a dar lugar al final de la guerra. Tres meses antes, en marzo de 1813, había contraído matrimonio con Luisa Carlota Sáenz de Viniegra, hija de un intendente honorario del ejército, con la que tendría una hija en 1815 que murió al poco de nacer.4 Torrijos termina la guerra con el grado de general de brigada, con sólo veintitrés años de edad.

Tras la vuelta de Fernando VII y el restablecimiento de la Monarquía Absoluta en 1814, Torrijos fue nombrado gobernador militar de Murcia, Cartagena y Alicante, recibiendo en 1816 la gran cruz de San Fernando por sus méritos militares. Pero Torrijos pronto se implicó en las tramas conspirativas liberales que pretendían acabar por fin con el poder absoluto del rey y reinstaurar la Constitución de Cádiz. Para ello al parecer también ingresó en la masonería adoptando el nombre de Aristogitón.

La conspiración en la que participó directamente fue el intento de pronunciamiento encabezado por el también militar Juan Van Halen y que iba a desarrollarse en la zona que militarmente estaba bajo su mando. Comprometió en la intentona al regimiento de Lorena que estaba a su cargo, con la ayuda de su amigo el teniente coronel Juan López Pinto, y contactó con diversos grupos liberales clandestinos de su territorio. Pero Torrijos fue descubierto y detenido el 26 de diciembre de 1817, encerrado primero en el castillo de Santa Bárbara de Alicante y luego en la cárcel de la Inquisición de Murcia. Allí pasaría los dos años siguientes, aunque no abandonó la actividad conspirativa gracias a su esposa que lo visitaba en la cárcel y le hacía llegar los papeles clandestinos, según narró ella misma, "bien metiendo los papeles dentro de los huesos de la carne, o en el mango de los cuchillos de plata o en el dobladillo de los manteles y servilletas".6 Por su parte Van Halen logró fugarse en 1818 de las cárceles del Santo Oficio.

Salió de la cárcel gracias al triunfo del pronunciamiento de Riego y el 29 de febrero de 1820 acaudilló la proclamación de la Constitución de 1812 en Murcia. El rey Fernando VII tras verse obligado a aceptar la Monarquía Constitucional intentó atraerse a Torrijos a su bando y le ofreció el traslado a Madrid para ocupar el cargo de coronel del regimiento que llevaba su nombre, pero Torrijos se negó tajantemente, lo que valió la marginación de cualquier responsabilidad por parte de los gobiernos liberales "moderados".

Apoyó las sociedades patrióticas defendidas por los liberales "exaltados" y se integró en junio de 1820 en la célebre Fontana de Oro y en los Amantes del Orden Constitucional. Para contrarrestar la política restrictiva de las libertades cívicas de los gobiernos liberales "moderados" Torrijos y otros liberales "exaltados" crearon una sociedad secreta denominada La Comunería, cuya finalidad era defender la Constitución, y que poco antes del final de Trienio se escindió entre un sector "radical" vinculado al periódico El Zurriago y el de los "comuneros constitucionales", en el que se integró Torrijos.

Cuando se produjeron los alzamientos realistas Torrijos participó en la guerra contra las partidas realistas en Navarra y en Cataluña -donde fue lugarteniente del general Espoz y Mina-, lo que le valió el ascenso a mariscal de campo por orden del gobierno "exaltado" de Evaristo San Miguel. Poco después, el 28 de febrero de 1823, fue nombrado ministro de la Guerra pero no llegó a ocupar el cargo al revocar el rey el gobierno "exaltado" del que Torrijos formaba parte.

Cuando se produjo en mayo de 1823 la invasión de los Cien mil hijos de San Luis enviados por la Santa Alianza para restaurar el poder absoluto del rey Fernando VII, actuó a las órdenes del general Ballesteros pero este, para que Torrijos no le molestara en su prevista maniobra de no ofrecer ninguna resistencia al enemigo, lo envió destinado a Cartagena al mando del VIII Distrito militar. Allí defendió la plaza junto con Francisco Valdés y Juan López Pinto hasta un mes después de que el gobierno y las Cortes hubieran capitulado ante el duque de Angulema en septiembre de 1823 tras la caída del fuerte Trocadero de Cádiz -que acabaría dando nombre a una célebre plaza de París-. Así Torrijos en Cartagena, junto con Espoz y Mina en Barcelona, fueron los últimos militares que resistieron. En el acta de rendición a las tropas francesas firmada el 3 de noviembre de 1823 -hacía un mes que Fernando VII había restablecido el absolutismo- Torrijos consiguió que los oficiales que marcharan al exilio cobrarían sus sueldos en la emigración, de acuerdo con su condición de refugiados, no de presos políticos. "Se rindió con todos los honores: fueron incautadas las armas, pero no se fusiló a nadie, ni hubo prisioneros ni represalias. Por el contrario, a los pocos días, el 7 de noviembre de 1823, Rafael del Riego era ejecutado en la plaza de la Cebada de Madrid. Fue el triste símbolo de la derrota de los liberales a manos de la Santa Alianza. El 18 de noviembre embarcaron Torrijos y su esposa hacia Marsella, adonde llegaron el 1 de diciembre. Iniciaban así un exilio que iba a cambiar irreversiblemente sus vidas".

Exilio en Inglaterra (1824-1830)

En Francia solo permaneció cinco meses debido a la hostilidad mostrada por su gobierno a los exiliados liberales españoles, que estuvieron fuertemente vigilados por la policía y a los que no se les permitió residir en los departamentos fronterizos con España. En ese tiempo Torrijos reclamó para él y para sus subordinados el sueldo estipulado en el convenio de rendición de Cartagena y que el gobierno se negaba a pagar —solo cobrarían después de que la revolución de 1830 triunfara en Francia— y entró en contacto con el general Lafayette, diputado y uno de los principales líderes de la oposición liberal a la Monarquía de carta otorgada de Luis XVIII, con el que mantendría una activa correspondencia de la que surgió una larga amistad.

El 24 de abril de 1824 Torrijos y su esposa embarcaron para Inglaterra y durante los dos primeros años vivieron en una modesta vivienda de Blackheath hasta que a finales de 1826 se trasladaron a Londres. Durante ese tiempo vivió de la ayuda que le proporcionó su antiguo jefe el duque de Wellington, entonces primer ministro británico, que mantuvo hasta julio de 1829 en que se le retiró por el incremento de su actividad conspirativa. Como ese subsidio no era muy grande tuvo que dedicarse a la traducción. Así tradujo del francés al castellano las Memorias de Napoleón, precedidas de una introducción -en la que mostró su admiración por Bonaparte como forjador de un ejército "nacional", entre otras razones- y completadas con numerosas notas, y del inglés al castellano las Memorias del general Miller, que había participado en la guerra de independencia del Perú, y al que Torrijos había conocido personalmente en 1812 durante las campañas de la Guerra de Independencia española. En el prólogo de estas últimas Torrijos destacó que Miller había dejado su tierra para luchar por la libertad «de América del Sur», sin conocer siquiera el idioma, y que «sirvió siempre a la patria que había adoptado, haciendo como debía abstracción de personas y partidos».

Pocos meses después de irse a vivir a Londres, los exiliados liberales españoles más radicales crearon el 1 de febrero de 1827 una Junta directiva del alzamiento en España que fue presidida por Torrijos, convertido así en máximo dirigente de este sector liberal "exaltado" que se había distanciado de las posiciones más moderadas de Francisco Espoz y Mina, hasta entonces el líder de los liberales exiliados en Inglaterra y que por entonces era bastante escéptico sobre las posibilidades de éxito de un pronunciamiento en España contra el absolutismo de Fernando VII.

En mayo de 1830 Torrijos expuso su plan para la insurrección consistente en la penetración "en circunferencia" en la Península para atacar el centro, Madrid, desde diversos puntos, que se iniciaría con el "rompimiento", es decir, con la entrada en España de los conjurados en Londres encabezados por él mismo y que sería la señal para el levantamiento. El 16 de julio de 1830 la Junta de Londres se disolvió y nombró con carácter interino, hasta que se «reuniese libremente la nación», una Comisión Ejecutiva del levantamiento encabezada por el propio Torrijos, como máximo responsable militar, y por Manuel Flores Calderón, expresidente de las Cortes del Trienio Liberal, como autoridad civil. Torrijos y sus seguidores llegaron a Gibraltar a principios de septiembre, vía París y Marsella. En Gibraltar permanecerían todo un año, hasta finales de noviembre de 1831, y desde allí Torrijos impulsó varios conatos insurreccionales en febrero y marzo de 1831, que fueron respondidos por una brutal represión del gobierno absolutista de Fernando VII, cuya víctima más famosa fue Mariana Pineda, ejecutada en Granada el 26 de mayo de ese año.

En septiembre de 1831 el capitán general de Andalucía le propuso al gobierno «apoderarse del caudillo revolucionario Torrijos por sorpresa o estratagema». El principal protagonista de ésta sería el gobernador de Málaga, Vicente González Moreno, quien desde el mes anterior había iniciado una activa correspondencia con Torrijos bajo el seudónimo de Viriato, haciéndose pasar por un liberal que le aseguraba que el mejor lugar para el desembarco sería la costa de Málaga, donde tendría asegurado el apoyo de las guarniciones y donde todos los liberales estaban dispuestos a secundarle.

Desgraciadamente Torrijos hizo más caso a Viriato, y a algún liberal auténtico que también le escribió animándole, que a la Junta de Málaga que intentaba disuadirle de que desembarcara en aquellas costas si no contaba con suficientes fuerzas.16

El 30 de noviembre partieron de Gibraltar dos embarcaciones con sesenta hombres encabezados por Torrijos, suficientes para el proyecto ya que el desembarco no tenía carácter militar sino que sólo pretendían pisar tierra española y "pronunciarse", lo que constituiría el "rompimiento" que desencadenaría el levantamiento liberal en toda España. Llevaban unos impresos de un Manifiesto a la Nación, además de diversas proclamas. "Como elementos simbólicos, uniformes, banderas tricolores (roja y amarilla, con dos franjas azul celeste) y emblemas con armas de España. Sus lemas: Patria, Libertad e Independencia, y el grito del «rompimiento»: ¡Viva la Libertad!".

La mañana del 2 de diciembre, divisan tierras malagueñas, tras casi cuarenta horas de viaje. Llegando a la costa les sorprende el barco Neptuno, que abre fuego contra los liberales. No quedándoles más refugio que la propia tierra, Torrijos y los suyos se apresuran hacia la playa de El Charcón. Entonces el grupo de Torrijos inicia su camino hacia la Sierra de Mijas, pero cuando están cerca del pueblo de Mijas divisan formaciones dispuestas a cortarles el paso y capturarles por lo que Torrijos ordena a sus hombres que bordeen el pueblo. Tras varios días de camino, descienden por la vertiente norte de la Sierra de Mijas y se adentran en el valle del Guadalhorce hacia Alhaurín de la Torre, situado a veinte kilómetros de Málaga. Se refugiaron en Torrealquería del Conde de Mollina en Alhaurín de la Torre. Con las primeras luces del alba del día 4 de diciembre de 1831, los Voluntarios Realistas de Coín dispararon sus armas para dar a entender a los liberales que ya estaban localizados y que habían sido rodeados. A continuación se inició el ataque. Los liberales, por su parte, abrieron fuego desde el interior. Finalmente Torrijos decidió rendirse y esperar que en Málaga el curso de los acontecimientos cambiara.

El grupo fue conducido prisionero al Convento de los Carmelitas Descalzos de San Andrés, donde pasarían sus últimas horas. A las once y media de la mañana del domingo 11 de diciembre, Torrijos y sus 48 compañeros18 fueron fusilados sin juicio previo en dos grupos en la playa de San Andrés de Málaga.19 "En el primero se encontraba Torrijos, a quien no se le permitió mandar el pelotón de ejecución, como había solicitado".

Según su biógrafa más reciente, la historiadora Irene Castells, Torrijos fue un «liberal utópico», entendiendo «la categoría de utópico en su sentido histórico, en la del que aspira a un objetivo noble convencido de su necesidad y viabilidad hasta tanto la realidad no le demuestre lo contrario. La insurrección que buscaban estos liberales, con Torrijos a la cabeza, en su último intento desesperado, era arriesgada; pero la veían necesaria y posible. Se convirtió en utópica tras los fusilamientos de Málaga, no antes. [...] Ante el fracaso de su intento en las playas malagueñas, él seguiría creyendo que el mañana era la caída del absolutismo y el triunfo de la libertad y la Constitución. Incluso en términos de resultados, no cabe duda que este esfuerzo heroico de Torrijos y sus compañeros contribuyó al debilitamiento del régimen absolutista y facilitó el camino de la revolución liberal en España».

Nada más conocer su muerte, el poeta liberal José de Espronceda escribió este soneto, en honor a Torrijos:

A la muerte de Torrijos y sus compañeros

Helos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay! los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.
Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.
Españoles, llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,
y los viles tiranos con espanto
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores.

Ignacio López Pinto, hermano de uno de los fusilados en Málaga22 y diputado del Congreso de Diputados en 1837, dijo ante la Cámara el 5 de julio:

Señores: se ha presentado esta tenacidad y constancia de Torrijos y sus compañeros, que nada podía abatir, como una especie de manía o locura [...]. Se ha afirmado también que era una temeridad. Señores, dichosas las naciones que en las crisis políticas encuentran hombres semejantes a aquellos. Los opresores... no humillarían por siglos enteros los derechos de la humanidad y la filosofía

Por su parte, la esposa de Torrijos, Luisa Sáenz de Viniegra, «dedicó el resto de su vida a reivindicar la memoria de su esposo y a escribir una biografía con gran objetividad y rigor, saliendo al paso de cuantas inexactitudes se publicaron sobre él y recopilando todos los documentos que pudo reunir de la conspiración. [...] Recibió, tras la muerte de Fernando VII, los títulos de condesa de Torrijos [en 1837] y de vizcondesa de Fuengirola [en 1838]».

En la recuperación de la memoria histórica de la figura de Torrijos destaca la minuciosa investigación dirigida por Jon Valera Muñoz de Toro para descubrir el lugar exacto de su casa natal, el número 28 de calle Preciados, hoy número 32, donde hoy se encuentra restituida una placa que lo recuerda.

Un homenaje a un patriota luchador por la libertad de los españoles

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
Si ignoras lo que pasó antes de que nacieras, siempre serás un niño.
Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 Feb 2016 21:35

Bueno ya veo que al menos las visitas aumentan, a ver si alguno se anima y deja su granito de arena, se agradecen todas las aportaciones.

Saludos :papa: :papa: :papa:
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Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 Feb 2016 21:41

Francisco SERRANO Y DOMINGUEZ General Español Presidente del Gobierno bajo cuya responsabilidad asesinaron al Excmo. D. Juan Prim,
Francisco Serrano

(Francisco Serrano y Domínguez, Duque de la Torre) Militar y político español (Isla de León, San Fernando, Cádiz, 1810 - Madrid, 1885). Hijo de un militar liberal, nació durante el asedio francés a la plaza de Cádiz, en donde se reunían las primeras Cortes españolas. Ingresó en el ejército en 1822 y ascendió por méritos propios durante la Primera Guerra Carlista (1833-40).


En 1839, siendo ya brigadier, dio el salto a la política, alineándose con la opción progresista que representaba Espartero. Como diputado, apoyó la Regencia de Espartero (1841), quien le nombró mariscal y ministro de la Guerra; pero luego se volvió contra el excesivo poder del regente, cooperando con Juan Prim para derrocarle (1843).

Hacia 1846-48 fue amante de la reina Isabel II, sobre la cual ejerció una gran influencia política; el general bonito despertaba recelos entre los políticos moderados de la época, que le alejaron de la corte nombrándole capitán general de Granada (1848). Se apartó entonces de la política, dimitió del cargo que tenía, se casó y se dedicó a viajar.

Al estallar una nueva revolución progresista en 1854, volvió para apoyar otra vez a Espartero. Durante el Bienio Progresista que entonces comenzó fue director general de Artillería, alineándose con el partido centrista que quería formar O'Donnell entre progresistas y moderados (la Unión Liberal). Luego fue embajador en París (1856), capitán general de Cuba (1859-62) y ministro de Estado (1863). Fue entonces cuando la reina le nombró duque de la Torre, añadiendo más tarde la concesión del Toisón de Oro por su labor en la represión de la sublevación del Cuartel de San Gil (1866).

Muerto O'Donnell al año siguiente, Serrano le sucedió como jefe de la Unión Liberal y sumó al partido a las conspiraciones antidinásticas de progresistas y demócratas. Participó de manera decisiva en la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II, venciendo a las tropas gubernamentales en la batalla de Alcolea. Enseguida fue nombrado presidente del gobierno provisional (1868-69) y, vacante la jefatura del Estado, recayó sobre él como presidente del Poder Ejecutivo con tratamiento de alteza (1869-70).

Una vez instaurada la monarquía democrática con la coronación de Amadeo de Saboya, Serrano fue llamado a presidir el gobierno en dos ocasiones (1871 y 1872). Al estallar entonces una Tercera Guerra Carlista, Serrano derrotó al pretendiente don Carlos (VII) en Oroquieta y firmó el Acuerdo de Amorebieta, con la esperanza de liquidar el conflicto (1872). El rechazo de las Cortes a este convenio provocó la caída de Serrano del gobierno. Luego admitió la proclamación de la Primera República, aunque tuvo que exiliarse por su implicación en una conspiración (1873).

Cuando el golpe de Estado del general Pavía disolvió las Cortes republicanas en 1874, Serrano fue nombrado presidente del gobierno y del Poder Ejecutivo, instaurando una especie de dictadura republicana de talante conservador; su ambición era perpetuarse como dictador, pero la destrucción de las fuerzas republicanas había abierto el camino para la restauración de los Borbones, precipitada en aquel mismo año por el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto.

Aceptó al nuevo rey, Alfonso XII, y pretendió desempeñar un papel importante en el nuevo régimen como jefe del Partido Constitucional. Quedó desairado por Cánovas y por el rey cuando éstos prefirieron a Sagasta como líder liberal, razón por la que se escindió con el grupo de la Izquierda Dinástica (1881).

Su labor de gobierno, a lo largo de tantos avatares, resulta insignificante, dado que fue un político sin ideales ni proyectos, al que la ambición de poder hizo cambiar frecuentemente de orientación y de lealtades (le apodaron el Judas de Arjonilla, por su tendencia a la traición y por el lugar en donde tenía su finca). No debe confundirse con Francisco Serrano Bedoya (1813-82), también general y político progresista, que también combatió en las guerras carlistas, apoyó a Espartero, se integró en la Unión Liberal, participó en la Revolución de 1868, fue ministro de la Guerra y acabó reconociendo a Alfonso XII.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 Feb 2016 21:47

Excmo. Sr. D. Francisco SERRANO Y BEDOYA General Español

Nació el 26 de Octubre de 1812 en Quesada, España y falleció el 23 de Septiembre de 1882 en Madrid, España. Francisco Serrano Bedoya fue un militar que se dio a conocer en el ámbito político, cuyo ideal estaba orientado al progresismo. El general Serrano Bedoya actuó en la Revolución de 1868 y en las famosas Guerras Carlistas. Además tuvo incidencia directa en las acciones que definieron la conformación de la Primera República Española. ¿Quién fue Francisco Serrano Bedoya?

Desde niño manifestó su interés por ingresar al servicio militar, cosa que comenzó a lograr desde los diecisiete años, cuando se integró como cadete de la guarnición provincial de Guadix. Al poco tiempo se unió a la colaboración del general Baldomero Espartero, de quien fue un fiel seguidor. Con veinte años se encontraba combatiendo en la Primera Guerra Carlista, aunque era muy joven, su valentía le permitió el ascenso a subteniente para el año 1833 y un par de años después llegó a teniente; luego, entre los años 1835 y 1845, se convirtió en teniente, capitán, comandante, coronel y teniente coronel.

Se destaca de su biografía, Francisco Serrano Bedoya colaboró con Espartero a su salida a Inglaterra, aunque el general estaba exiliado, le sirvió como ayudante de campo entre los años 1840 y 1845. Ya con su incorporación al ejército real, participó en otras acciones bélicas por varios años como miembro del batallón de infantería, se mantuvo así hasta el final del conflicto.

Como ayudante de Espartero, en 1842 fue uno de los encargados de extinguir los focos de violencia en tierras catalanas una vez que el general fue nombrado regente. El año siguiente como teniente coronel, obtuvo el nombramiento como jefe del provincial de Madrid, cargo desde el cual dirigió la exitosa toma del castillo de Chinchilla.

Los hechos que le dieron el triunfo a su guarnición, le valieron a Serrano el ascenso al grado de coronel, con el cual continuó cosechando éxitos en varios enfrentamientos por territorio andaluz. Luego, en Junio de 1843, fue nombrado para dirigir los provinciales de Segovia y Madrid, también recibió un escuadrón de caballería.

Entre 1844 y 1845, Francisco Serrano Bedoya colaboró con el regente en su exilio y a su regreso a España, mantuvo su cargo de teniente coronel, con el cual dirigió desde Cataluña hasta 1848, cuando fue condenado a embarcar a Filipinas por haber colaborado con Espartero. Sin embargo, pudo escapar vía marítima hasta Málaga y de allí pasó a Orán, Montpellier y Marsella y desde entonces vivió su segundo exilio. Un año después, le fue levantada su condena y regresó a su país con el mismo cargo que tenía. En un par de años más tarde logró convertirse en colaborador del capitán general de Burgos.

En 1854 pasó a Albarracín y luego a Zaragoza, donde fue capturado nuevamente.

La Vida de Francisco Serrano Bedoya, reconocido principalmente por su valiosa participación militar y por sus relaciones políticas. Pese a la desconfianza que generó su cooperación con Baldomero Espartero, Serrano siempre recuperó sus cargos militares, debido a su valioso trabajo. Para el año 1855, ostentaba el título de duque de la Victoria, segundo cabo de Castilla la Nueva y segundo cabo de la capitanía general de Aragón. Desde esta posición encabezó la persecución a Marco de Bello, militar de tendencia carlista a cuyas fuerzas Serrano Bedoya logró dispersar con éxito. Sus acciones le valieron el nombramiento como mariscal de campo, pero renunció en 1856. No obstante, en 1858 volvió a combatir, esta vez en la Guerra de África, después de la cual recibió la gran cruz de la Orden de Isabel la Católica. Luego fue nombrado capitán general en Castilla la Vieja, Burgos y Provincias Vascongadas, desde allí obtuvo la Gran Cruz del Mérito Militar. Más adelante fue ministro de guerra y ostentó el cargo de diputado en las cortes en cinco oportunidades entre los años 1858 y 1872. Falleció siendo presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 Feb 2016 22:03

Excmo. Sr. D. Manuel PAVIA Y RODRIGUEZ ALBUQUERQUE General Español

(Manuel Pavía Rodríguez de Alburquerque; Cádiz, 1827-Madrid, 1895) Militar español. Intervino, a las órdenes de Prim, en la sublevación de Villarejo (1866) y, ante el fracaso del pronunciamiento, tuvo que exiliarse por un corto tiempo. Tras la revolución de 1868, luchó tanto contra los cantonalistas andaluces como contra las partidas carlistas de Navarra. Fue designado capitán general de Castilla la Nueva y, ante las disputas internas de los partidos republicanos, irrumpió en las cortes y las disolvió. Con la Primera República abolida, promovió un gobierno del que quedaron excluidos los federalistas y los carlistas. Entre 1880 y 1881 fue capitán general de Cataluña y de nuevo en Castilla la Nueva (1885-1886), donde reprimió el levantamiento de Villacampa.

Uno de los mitos o leyenda urbana, habla de que este general entró a caballo en el Congreso, algo que evidentemente no es cierto, siendo lo que ocurrió en realidad lo siguiente

Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque era un gaditano del año 1827. Siempre fue progresista, de esos a los que no les importaba alzarse en armas contra el Gobierno. Ingresó en la Academia de Artillería en plena regencia del general Espartero, en 1841. En la revolución de 1854 se mantuvo en segundo plano. Vivió el declive de Isabel II a la sombra de Prim, al que siguió en su periplo revolucionario a partir de 1866. Tras el éxito de 1868, Pavía se adhirió al partido radical, y en él continuó cuando murió Prim y la formación pasó a manos de Ruiz Zorrilla y Cristino Martos. No defendió a Amadeo de Saboya en 1873 (nadie lo hizo), sino que apoyó la solución republicana.

El ascenso al poder de los federales le dejó sin destino; y es que no le perdonaban que hubiera sofocado la insurrección federalista de Madrid, en diciembre de 1872. De ese impasse salió en julio de 1873, cuando fue nombrado capitán general de Andalucía y Extremadura. Sofocó la rebelión de los cantones de Córdoba, Sevilla, Jerez de la Frontera y Cádiz, lo que llevó al presidente Salmerón a decir: "¡Ya tenemos ejército!". El presidente Castelar le encargó en septiembre la Capitanía General de Castilla la Nueva, la de Madrid, con el objeto de tener en la capital un general que respetara la ley.

El gobierno de Castelar estaba a punto de caer, Pavía se entrevistó con el jefe del ejecutivo el 24 de diciembre: le preocupaba el advenimiento de un gobierno federal que desarmara al Estado, lo que daría alas al cantonalismo y al carlismo en guerra. Pavía le pidió que prolongará la suspensión de las Cortes, su interlocutor se negó... y entonces aquél decidió dar el golpe. Informó a los capitanes generales del Norte, el Centro y Cataluña, así como a los jefes de los partidos constitucional y radical: si Castelar caía y se formaba un ejecutivo federal, daría un golpe de estado. Entonces, dijo, les llamaría para formar un "gobierno nacional", en el que él no intervendría.

Castelar.En la sesión del 2 al 3 de enero se produjo la derrota parlamentaria de Castelar. En el gabinete de la Presidencia se reunieron Salmerón, Pi y Margall, Figueras, Guisasola y Rispa, para decidir quién sería el presidente de la República. Tras una negociación escalofriante, se decidieron por Eduardo Palanca, quien, avisado de esta posibilidad, había hecho las maletas para huir a Málaga. Le encontraron en la estación del Mediodía, y casi a rastras le llevaron a las Cortes.

La votación se inició a las siete menos cinco de la mañana del 3 de enero. El genera Pavía había sido informado de lo ocurrido, y fue con la tropa a las Cortes desde el Paseo del Prado. Colocó un par de cañones, sin carga, en las bocacalles que daban a la Puerta del Sol, y mandó a dos de sus ayudantes a que ordenaran a Salmerón que los diputados abandonaran el Palacio. Les acompañó el coronel Iglesias, del XIV Tercio de la Guardia Civil, el mismo que custodiaba el edificio. El ayudante se presentó a Salmerón, presidente de la asamblea, y le dijo que tenía cinco minutos para desalojar.

Pasado el tiempo, los Cazadores del Regimiento de Mérida, jovencísimos soldados de reemplazo dirigidos por el comandante Mesa, entraron en el salón. Al ver a la muchachada, los diputados que aún quedaban se envalentonaron y les echaron. El coronel Iglesias, que estaba en el edificio, presenció la retirada de la tropa; tomó unos cuantos guardias, disparó unos tiros en el pasillo... y sólo unos pocos diputados quedaron en el hemiciclo, entre ellos Salmerón y Castelar. Estos le dijeron a Iglesias que Castelar seguía siendo presidente, a lo cual replicó: "Ya es tarde".

El coronel Iglesias cumplió la orden. No hizo falta caballo alguno. Pavía contempló desde el exterior cómo salían los diputados. Nadie les increpó o detuvo. "Muchos de los que habían jurado morir en sus puestos –confesaba el salmeroniano Flores García– recogieron sus prendas de abrigo en el guardarropa y ganaron, cabizbajos y silenciosos, la calle de Floridablanca".

Pavía se encontró de repente con la posibilidad de convertirse en dictador. Sin embargo, mandó llamar a los jefes de los partidos, como Serrano y Sagasta, y depuso la autoridad en sus manos. No aceptó ni siquiera el ministerio que le ofrecieron. Fue felicitado por los embajadores, y se convirtió en un hombre muy popular en Madrid. De hecho, no sólo era vitoreado cuando paseaba por la calle, sino que en las elecciones de enero de 1876 obtuvo 2.966 votos de los 3.054 posibles en el distrito centro de Madrid.

Una mañana de enero de 1895, su criado le encontró tirado en el suelo de su habitación. Pavía había muerto. El día antes, el 3, había almorzado con Cánovas para recordar el golpe de 1874; fue una de las pocas bromas que don Antonio se permitió. La prensa seria coincidió en el retrato. El conservador La Época decía que había sido "una garantía de tranquilidad"; el liberal La Iberia afirmaba que siempre se había guiado por el patriotismo; La Correspondencia de España dijo que era un "liberal arrojado (...) [un]político modesto en sus ambiciones, lleno de abnegación y valentía en sus hechos"; el barcelonés La Dinastía aseguraba, exagerando, que era "uno de los colosos de la Historia contemporánea"; y el liberal El Imparcial dijo que era un "ordenancista" que defendió tras el 74 que el ejército se alejara de la política.

Sin embargo, la prensa republicana no le perdonaba el episodio. El País, diario republicano progresista, decía que la "infausta jornada" fue "el prólogo de la nefasta restauración borbónica". El satírico Don Quijote decía, sin gracia, que no se sabía si había tenido tiempo para pedir perdón por "sus culpas y pecados". Por su culpa "murió la Primera República Española", le acusaba. Bueno, lo cierto es que ese régimen duró aún otro año, y que el de nuestro hombre no fue el único golpe preparado para el 2 de enero. Hubo otro. pero eso es otra historia.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 02 Feb 2016 17:14

Excmo. Sr. D. Leopoldo O'DONNELL General Español

(Leopoldo O'Donnell, duque de Tetuán) Militar y político español (Santa Cruz de Tenerife, 1809 - Biarritz, Francia, 1867). Procedente de una familia de militares de origen irlandés al servicio de la monarquía española desde el siglo XVIII, hizo sus primeras armas en defensa de la causa constitucional durante la Primera Guerra Carlista (1833-40), dándose la circunstancia de que sus hermanos combatían en el bando contrario.

Fue ascendiendo por méritos de campaña, primero en el frente del Norte (Lumbier, Unzá, Hernani.) y desde 1839 en el Maestrazgo, ya como jefe del Ejército del Centro y capitán general de Aragón, Valencia y Murcia; si en el primer escenario llegó hasta mariscal de campo, el segundo le elevó al grado de teniente general y le proporcionó su primer título de nobleza, el de conde de Lucena.

Políticamente se encuadró junto a Narváez entre los moderados, contrarios al progresismo de Espartero; el triunfo de éste le hizo exiliarse en 1840, participar en la fallida sublevación de Diego de León (1841) y en la conspiración de militares moderados que acabaron con la Regencia de Espartero en 1843. Narváez le nombró capitán general de Cuba (1844-48), senador vitalicio (1845) y director general de Infantería (1848).

En 1854, habiendo degenerado el gobierno moderado bajo el conde de San Luis hacia posiciones autocráticas y ultraconservadoras alejadas de la mayoría del partido, O'Donnell encabezó un golpe de Estado que, secundado por movimientos revolucionarios populares capitalizados por los progresistas, dio paso a un bienio de hegemonía política de éstos. O'Donnell se integró como ministro de la Guerra en un gobierno presidido por Espartero (1854-56), mientras fundaba un partido propio de vocación centrista, la Unión Liberal, que aspiraba a situarse entre progresistas y moderados. En 1856 provocó la caída de Espartero y le sustituyó como jefe de gobierno, poniendo fin al proceso constituyente abierto por los progresistas, para regresar a la Constitución moderada de 1845, si bien enmendada con un Acta Adicional que reflejaba la voluntad unionista de conservar algunas conquistas del liberalismo avanzado.

Se abrió entonces un periodo de alternancia política entre los unionistas de O'Donnell y los moderados históricos de Narváez, que se turnaron excluyendo del poder a los progresistas. O'Donnell presidió el gabinete en tres ocasiones, en 1856, 1858-63 (el «Gobierno Largo») y 1865-66. Su periodo de gobierno se caracterizó por una cierta apertura política y un gran auge económico, con expansión de los ferrocarriles, construcción de obras públicas y mejora del aparato administrativo y estadístico del Estado.

La bonanza económica fue empleada para lanzarse a una política exterior más activa, estrechamente ligada al expansionismo de la Francia de Napoleón III: tropas españolas secundaron a las francesas en las campañas de Indochina (1858-62) y México (1861); esta última acción, unida a la reincorporación temporal de Santo Domingo (1861-65) y a la Guerra del Pacífico contra Perú y Chile (1865-68), pueden interpretarse como una tentativa de recuperar la influencia española sobre las antiguas colonias americanas.

En esa misma línea de poner las bases para una expansión colonial, O'Donnell lanzó también la Guerra de África (1859-60), que dirigió personalmente hasta la ocupación de Tetuán; la campaña le valió el título de duque, reconociendo Marruecos las posesiones españolas de Ceuta y Melilla, además de adquirir el enclave de Ifni.

O'Donnell se esforzó por apuntalar el Trono de Isabel II, rechazando el intento de desembarco carlista en San Carlos de la Rápita (1860), tratando sin éxito de reincorporar a los progresistas al sistema político y reprimiendo los conatos revolucionarios de 1866 (insurrecciones de Prim y del Cuartel de San Gil); su muerte dejó a los moderados como únicos valedores de la reina, pues los unionistas optaron por aliarse con progresistas y demócratas para preparar la Revolución que finalmente la destronaría en 1868.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 02 Feb 2016 17:23

Excmo. Sr. Ramón María NARVAEZ General Español

Ramón María Narváez y Campos, I Duque de Valencia (Loja, Granada, 5 de agosto de 1800 - Madrid, 23 de abril de 1868), fue un militar y político español, siete veces Presidente del Consejo de Ministros de España entre 1844 y 1868. Conocido como El Espadón de Loja

Hijo de José María Narváez y Porcel, 1.er conde de Cañada Alta, y María Ramona Campos y Mateos, tuvo un hermano llamado José Narváez y Campos, 2º conde de Cañada Alta.

Su carrera militar comenzó en el regimiento de Guardia Valona en 1815, y durante el Trienio Constitucional (1820-23) se decantó por los partidarios del liberalismo. Integrado en el Batallón Sagrado, tuvo un papel destacado en la lucha contra la sublevación absolutista de la Guardia Real en Madrid (julio de 1822), y sirvió bajo el mando de Francisco Espoz y Mina en Cataluña, donde sería hecho prisionero por las tropas de los Cien Mil Hijos de San Luis. Permaneció en Francia hasta 1824.

Tras rechazar cualquier tipo de cargo durante el reinado de Fernando VII, se incorporó en 1834 al lado de los isabelinos durante las Guerras Carlistas. En julio de 1835 participó en la Batalla de Mendigorría, al frente del batallón del Infante. Su actuación le valió el ascenso a teniente coronel, y en 1836 tomaría parte en la Batalla de Arlabán, obteniendo su promoción a brigadier.

Participó ese mismo año en la persecución del general carlista Miguel Gómez Damas, enemistándose con el ministro de la Guerra, el general Isidro Alaix Fábregas, y consecuentemente con el general Espartero. En el frente aragonés derrotó a Ramón Cabrera en Pobleta de Morella. En 1837 se le encargó la organización y mando de la "Reserva andaluza", con la misión de pacificar La Mancha y expulsar a la guerrilla carlista de Palillos, se enconaron sus rivalidades con Espartero.
Entrada en las Cortes

En 1838 fue promovido a mariscal de campo, y electo diputado a Cortes Generales. Su gran habilidad militar y su ideología liberal hicieron que tanto progresistas como moderados pretendiesen que se incorporara a sus respectivos partidos. Isidro Alaix Fábregas, hombre de confianza de Espartero, potenció el proceso que se abrió a Narváez tras su implicación en un movimiento de sublevación popular, acaecido en Sevilla ese mismo año, dirigido por el general Córdova contra el gobierno del duque de Frías. Narváez se refugió primero en Gibraltar, y, exiliado en París, presidió junto a Córdova una junta de oposición a Espartero, la llamada "Orden Militar Española", que veía en la sublevación el medio para liquidar la hegemonía progresista en España. Permanecería en la capital francesa durante los tres años que duró la regencia de Espartero.

En 1843 regresaría vía Valencia, en connivencia con el progresista disidente Salustiano Olózaga. El 23 de julio de ese año derrotaría a las tropas esparteristas de Seoane en Torrejón de Ardoz, cerca de Madrid; por esta victoria sería ascendido a teniente general. En noviembre es víctima de un atentado en la calle del Desengaño de Madrid, al que logra sobrevivir. Fallece, sin embargo, su ayudante.

Al alcanzar la mayoría de edad Isabel II en 1844, fue nombrado presidente del gobierno, ejerciendo de árbitro entre el marqués de Viluma, ministro de Estado, partidario de una carta otorgada, y de los ministros de Gobernación y Hacienda, el marqués de Pidal y Alejandro Mon, respectivamente, partidarios de refomar a través de las Cortes la Constitución del 37. Finalmente se inclinó del lado de estos últimos, convirtiéndose en uno de los impulsores de la Constitución de 1845. El 18 de noviembre de 1845 Isabel II premia su lealtad concediéndole el Ducado de Valencia con Grandeza de España.

Durante este primer gobierno sofocó la sublevación de Zurbano y condenó a Prim por intrigar contra su persona. Sus principales medidas fueron las siguientes:

Reforma fiscal, llevada a cabo por Alejandro Mon, que unió la constelación de impuestos heredada del Antiguo Régimen en sólo cuatro.
Guardia Civil: Creada por Francisco Javier Girón, duque de Ahumada en 1844.
Instrucción Pública: Reorganización dirigida por Pedro José Pidal y por la cual el Estado asume las competencias de la instrucción pública como propias.
Desamortización: Cese de la venta de bienes del clero.
Centralización administrativa: Ley de 8 de enero de 1845.
Delitos de imprenta: Decreto del 6 de julio de 1845, por el cual se ponía fin a la competencia exclusiva de los juicios por jurados.
Sufragio Censitario: Ley electoral de 1846.

La caída de Narváez en 11 de febrero de 1846 se debió, fundamentalmente, a las desavenencias surgidas dentro del gobierno por la cuestión de la boda de la reina. Fue sustituido por el marqués de Miraflores. El 16 de marzo la reina volvió a llamar a Narváez para que ocupara la presidencia y los ministerios de Estado y Guerra, siendo sustituido por Istúriz el 5 de abril. Fue nombrado embajador en Nápoles, cargo que rechazó, y posteriormente en París.
Segunda presidencia

Narváez volvió a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros desde el 4 de octubre de 1847 hasta enero de 1851, siendo sólo interrumpido por el "gobierno relámpago" del conde de Cleonard (19 de octubre de 1849).

Narváez sofocó con eficacia y prontitud los motines callejeros y pronunciamientos militares, como reflejo extremista español a los acontecimientos europeos de la Revolución de 1848, que se dieron a lo largo de ese año, en algún caso, alentados por el infante don Enrique, marqués de Albaida. En marzo estallaron las revoluciones de Madrid el día 26 y en Barcelona y Valencia el 28 y 29. En Sevilla se produjo el 13 de mayo y de nuevo en Barcelona el 30 de septiembre.

Los principales logros de este segundo gobierno fueron la neutralización de los movimientos revolucionarios de 1848 comentados anteriormente, el asiento de las bases para la posterior firma del Concordato con la Santa Sede y la promulgación del nuevo Código Penal (22 de septiembre de 1848).

El 14 de enero de 1851 presentó su dimisión, siendo sustituido en la Presidencia por Juan Bravo Murillo.
Capilla funeraria de Narvéz, grabado de Urrabieta publicado en El Museo Universal el 2 de mayo de 1868.
Últimos mandatos y muerte

Tras el pronunciamiento militar de Leopoldo O'Donnell, la formación de un gobierno fue nuevamente confiada a Narváez, gabinete que presidió entre el 12 de octubre de 1856 y el 15 de octubre de 1857.

Entre 1856 y 1868 presidió tres gabinetes, desde los cuales ejerció una política represiva de cualquier manifestación subversiva, a la vez que trataba de introducir medidas reformistas.

Su fallecimiento, el 23 de abril de 1868, ocasionó el rápido resquebrajamiento del Partido Moderado. Sólo cinco meses más tarde, el 19 de septiembre de 1868, se produce el cuartelazo que pone fin a la monarquía constitucional de Isabel II.

Una anécdota que nos habla del carácter real del General Narvaez:


El año 1843 una coalición de moderados y progresistas derriba al regente Baldomero Espartero y dicha unión de fuerzas acuerda que las Cortes proclamen la mayoría de edad de Isabel II, entonces una niña de trece años. El progresismo, bajo la tutela de Salustiano Olózaga, parecía imparable (faltaban poco más de veinte días para que se produjese el famoso affaire al que hemos dedicado un post anterior, y que determinó la caída de Olózaga y el postergamiento del progresismo), mas la estrella de Narváez sobre los moderados parecía ya indiscutible. Es por ello que el 6 de noviembre de ese año 1843, Narváez es objeto de un atentado del que sale ileso, aunque no así sus acompañantes, uno de los cuales es herido y otro fallecerá posteriormente a consecuencia de las heridas recibidas. Cuando aún Narváez no había ocupado la presidencia del Consejo, los Tribunales condenan al autor intelectual del magnicidio, Juan María Gérboles, quien, pese a ello, logró escapar dejando en el país a su esposa e hijos. Con el paso de los años, Micaela Muñoz, la mujer de Gérboles, se dirige por carta a Narváez solicitando el perdón de su marido para que éste pueda regresar a España. Narváez responde a dicha petición desde París, en carta de 9 de marzo de 1851. La respuesta (se le solicita nada más y nada menos que el perdón del instigador de un atentado contra su persona), es sorprendente para quien esté acostumbrado a la imagen galdosiana o valleinclanesca. La transcribimos íntegramente: ”Con mucha satisfacción mía declaro en este escrito que perdono el hecho a que se refiere la desgraciada esposa de Juan María Gérboles, a quien hace tiempo, desde que el suceso tuvo lugar, le había perdonado en mi corazón. Yo pensaba que ya no había ninguno que sufriese las consecuencias del proceso que por el atentado cometido contra mi vida se formó el año 43. Y para que, en lo sucesivo, no tenga necesidad de acudir a mi cualquiera que se encuentre en este caso, declaro que, no sólo perdono a todos los complicados en este hecho, sino que pido para ellos gracia a S.M. Y que será para mi la mayor satisfacción el que tengan término los sufrimientos de los desgraciados que hayan podido causarme cualquier daño u ofensa” (Jesús Pabón, Narváez y su época, Espasa Calpe, Madrid, 1983, p. 77). Gérboles es indultado y cuando Micaela Muñoz se dirige nuevamente a Narváez para agradecerle su gestión, éste responde: “Que he tenido mucho gusto en haber podido hacerle el bien que dice, y en ver que se muestra agradecida; y que siempre que pueda favorecer a su familia, lo haré de corazón”.

Alguien que no sólo declara epistolarmente haber perdonado en su corazón, sino que solicita el indulto para el instigador de un atentado contra su persona ¿Es concebible que diga en su lecho de muerte que no puede perdonar a sus enemigos porque los ha matado a todos? Como en tantas otras ocasiones, la leyenda ha arraigado hasta tal punto que es casi imposible desligarla de la historia. Como el celebérrimo “tributo de las cien doncellas” de tiempos de Mauregato, otra leyenda que merecería un hilo por si sola.

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Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 02 Feb 2016 20:50

Excmos. Sres. D. Pedro DAOIZ y D. Luis VELARDE Capitanes del Ejercito Español, HEROES DEL DOS DE MAYO

A finales de abril de 1808 España carecía de un gobierno digno de tal nombre y estaba ocupada por el ejército napoleónico, que había acudido como aliado para invadir Portugal. El Rey Fernando VII se encontraba en la ciudad francesa de Bayona tratando que Napoleón le reconociera, el «rey abdicado» Carlos IV estaba en El Escorial (también en manos de los franceses) y alegaba que su abdicación no había sido válida. Antes de irse a Bayona el rey Fernando había designado una Junta Suprema de Gobierno presidida por el Infante Antonio Pascual de Borbón —hermano menor de Carlos IV y tío del rey Fernando— conocido por su afición a la ebanistería y por su carácter pacífico y bonachón; alguien que jamás hubiera traicionado a su sobrino, pero el menos indicado para manejar una situación muy complicada y enfrentarse a fuertes tensiones. Quien realmente controlaba Madrid eran diez mil soldados franceses; apoyados por otros 40.000 acampados en los alrededores.

El 27 de abril el general Murat exigió a la Junta la entrega de los dos Infantes que quedaban fuera de la custodia francesa: María Luisa y Francisco de Paula. Antonio Pascual encontró el ánimo suficiente como para oponerse. Pero en la noche del 1 de mayo llegó un emisario de Bayona con un mensaje del Rey Fernando autorizando que también salieran hacia Bayona sus hermanos pequeños. A pesar de que la orden de salida se dio a altas horas de la noche, corrió por Madrid la noticia de la salida de los últimos miembros de la Familia Real.

A primera hora de la mañana numerosos curiosos vieron como la Infanta María Luisa partía en su carroza escoltada por caballería francesa. Mientras se acababa de preparar la carroza que iba a transportar al Infante Francisco de Paula (un niño que acababa de cumplir catorce años) el cerrajero madrileño José Blas de Molina se subió a la carroza y comenzó a gritar: “¡Traición! ¡Nos han quitado a nuestro Rey y quieren llevarse a todos los miembros de la Familia Real! ¡Muerte a los franceses!”. La gente comenzó a arremolinarse alrededor de la carroza, uniéndose a los gritos el Teniente Coronel Rodrigo López de Ayala, que gritaba a la gente que se armase porque se llevaban al infante. Durante el tumulto salió a una ventana del palacio el propio infante —de 14 años de edad— para ver qué ocurría; al verle, algunos gritaron que el infante lloraba porque no quería irse, desatándose los nervios de una multitud que trató de asaltar el Palacio Real.

El General Mural envío caballería y artillería para sofocar a los revoltosos. Mientras sonaban los tiros y cañonazos alrededor de palacio centenares de personas de los barrios aledaños acudían armados con navajas y con lo que encontraban; tanto las mujeres como los hombres y los niños dieron suelta a la tensión que se había ido acumulando por la presencia de tropas extranjeras en Madrid.

Cuando los combates callejeros entre los vecinos y el ejército de Napoleón se fueron extendiendo a la zona centro de la ciudad, la guarnición escuchaba estremecida el griterío de los combates, los cañonazos y las cargas de caballería. Pero no les llegaba orden alguna de que intervinieran

Los oficiales “afrancesados” Pedro Velarde y Luís Daoiz serán la principal excepción al inmovilismo del ejército. Nunca se hubiera esperado de estos dos capitanes, por su trayectoria y perfil, que desobedecieran las órdenes recibidas.

Luis Daoiz
Luís Daoiz (1767 – 1808) pertenecía a una familia arístocrática andaluza, originaria de la localidad navarra de Aoíz. Tenía 41 años. Se trataba de un militar con gran experiencia en combate. Había participado en la Guerra del Rosellón y en combates navales contra los ingleses. Hablaba cinco idiomas y tenía unos conocimientos de matemáticas que le habían permitido publicar un tratado sobre artillería naval. Se puede afirmar que era un militar ilustrado y francófilo —cuando estuvo prisionero de los franceses durante la Guerra del Rosellón había recibido una oferta para incorporarse al ejército francés—. Aquel día, Daoíz era el comandante al mando del Parque de Artillería de Monteleón.

Pedro Velarde
Pedro Velarde (1779 – 1808) había nacido en Muriedas, (Cantabria), en la casona-palacio de los Velarde. Tenía entonces 28 años. Había sido profesor en la Academia de Artillería de Segovia. Por su formación e inteligencia, así como por su ideario ilustrado, había sido designado asistente del Jefe del Gobierno Manuel Godoy. Por encargo de Godoy había tratado en varias ocasiones con el general Murat; éste —conocedor de la admiración del joven por Napoleón— le había ofrecido pasar al servicio de Francia. Velarde contestó que no aceptaría hasta que esa oferta fuera aprobada por sus superiores. El 2 de mayo por la mañana Velarde se encontraba en su despacho del Estado Mayor del Ejército, donde trabajaba en un puesto técnico como Secretario de la Junta Superior Económica del arma de artillería.

Enterado de los sucesos de palacio, Velarde se dirigió al Cuartel del Segundo Batallón de Voluntarios de Estado, en la calle de San Bernardo. El capitán Velarde se entrevistó con el coronel al mando, a quien pidió una compañía con la cual defender el Parque de Artillería Monteleón. Acompañado por el capitán de infantería Rafael Goicoechea, los tenientes Jacinto Ruíz y José Ontoria, tres cadetes y 33 fusileros de la Tercera Compañía, se presentaron en Monteleón. Ese acuartelamiento estaba rodeado por una multitud de paisanos que insultaba a los franceses y exigía a los soldados españoles la entrega de armas. Luis Daoiz, 4 oficiales, 3 suboficiales y 10 artilleros auxiliares y compartían el alojamiento con unos 80 franceses. Tras entrar Velarde en el cuartel desarmó al comandante francés (que contaba con muchos más soldados que los españoles, pero que no supo reaccionar). Velarde prometió proteger al comandante de la multitud si sus soldados entregaban las armas y se marchaban. A partir de ese momento Daoiz y Velarde se pusieron en rebeldía respecto de su mando jerárquico, y entraron en la historia…


Daoiz armó a unos 300 civiles que habían acudido a pedirlas, la mayoría de los cuales se volvieron a combatir por su cuenta en las calles, en tanto que un centenar se quedó bajo el mando del capitán Daoiz para defender el cuartel. A continuación, Daoiz organizó a soldados y civiles en grupos mixtos mandados por un oficial; sacó a la calle cinco cañones apuntando a las calles de San Bernardo y Fuencarral. Entre los voluntarios civiles se encontraba la madrileña Clara del Rey, acompañada por su marido y sus tres hijos. Poco a poco se fueron uniendo espontáneamente varios oficiales de artillería y de otras armas, así como algunos soldados a los que el levantamiento había cogido en sus casas.

Enterado de la rebeldía de los oficiales españoles por los soldados franceses que habían salido de Monteleón, el Murat ordenó al general Joseph Lagrange que sofocara la insubordinación. Lagrange llegaría a emplear en sus ataques, a unos 2.000 soldados de infantería y caballería, así como 4 piezas de artillería. La artillería dirigida por Daoíz trataba de mantener a distancia a los franceses, a los que causó gran número de bajas, en tanto que los paisanos y soldados comandados por Velarde trataban de detener los avances de la caballería y los infantes. Pasadas dos horas de combates muchos defensores estaban muertos y heridos, entre ellos la madrileña Clara del Rey, que pereció junto con su marido y uno de sus hijos.

Hubo un intento de mediación por parte de un capitán español, enviado desde el Estado Mayor del Ejército; pero los defensores se negaron a capitular y siguieron combatiendo. Daoiz fue herido en una pierna.

Hacia el mediodía el general español Claudio Ana de San Simón se dirigió a los soldados franceses para que cesaran el fuego. Después de solicitar un parlamento a voces, el General San Simón se acercó al cuartel para parlamentar. Cuando Velarde salía del edificio fue alcanzado por un disparo y cayó muerto. Uno de los soldados franceses que acompañaban a San Simón hirió con su bayoneta a Daoiz, quien moriría más tarde.

Quedaba al mando de la resistencia el capitán Goicoechea; pero éste —sorprendido por estas acciones y ante un general español que le estaba ordenando que se rindiera— decidió entregar el cuartel. La defensa duró unas tres horas.

El teniente Ruiz había resultado herido; pero pudo ser evacuado antes de que le tomaran prisionero, siendo escondido en una casa particular. Consiguió huir de Madrid incorporándose a la lucha en Extremadura. Moriría un año después a causa de las heridas de las que nunca llegó a recuperarse.

Daoiz y Velarde han quedado como ejemplo de la iniciativa personal y el patriotismo, por encima de órdenes y jerarquías les impulsó su deseo de estar con el pueblo que estaba siendo masacrado por defender la dignidad nacional.

Gloria a los caidos del 2 de Mayo de 1808, que supieron dar su vida por liberar a todos los españoles de la tiranía francesa, auspiciada como no, por unos reyes incompetentes y cobardes.

Saludos :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 02 Feb 2016 20:58

Batalla de Los Arapiles

El 22 de julio de 1812 tuvo lugar al sur de Salamanca una de las batallas más importantes de la Guerra de la Independencia. Napoleón sufrió una enorme derrota que preludió el fin de su hegemonía en Europa.

Los dos ejércitos se clavaban mutuamente las uñas desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo.
Los cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a ratos se interrumpían aquéllos
al modo de
abrazos de muerte y cada cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva fuerza para una
nueva embestida.

Benito Pérez Galdos. La Batalla de los Arapiles.

Las águilas invencibles
del corso Napoleón
en gallinas las convierte
el inmortal Wellington.
En Arapiles
así sucedió,
donde fue abatido el fiero Marmont.
Viva la nación.

La batalla de los Arapiles o Derrota de Marmont.
Francisco de Paula Garnier. 1813.

El año 1812 fue un año decisivo no sólo en la historia política de nuestro país, gracias a la promulgación en Cádiz de nuestro primer texto constitucional, sino también fue determinante en la incruenta guerra que asolaba España. Por un lado, Napoleón comenzó el año con los preparativos de la invasión de Rusia retirando 27.000 hombres del territorio español. Por otro, el mariscal francés Suchet rendía Valencia en enero con el aporte de los ejércitos del centro y el norte destacados en nuestro país. Estas circunstancias fueron aprovechadas por Arthur Wellesley, duque de Wellington, general jefe del ejército aliado destacado en Portugal, para desencadenar una ofensiva total contra los franceses que duraría buena parte del año.

En enero tomó Ciudad Rodrigo a los franceses, lo cual le valió el título de duque de dicha ciudad, pese haber sufrido la población el saqueo de sus tropas. Badajoz fue liberada en abril, aunque igualmente asolada durante tres ignominiosos días por sus batallones.

El 17 de junio ocupó Salamanca y avanzó por el valle del Duero, llegando hasta Rueda (Valladolid). Sin embargo, el ejército francés de Marmont le cortó el paso y le forzó a replegarse hacía la ciudad del Tormes, persiguiéndose ambos ejércitos entre el 7 y 21 de julio. En un intento de Marmont de flanquear a Wellington antes de que este llegase a la ciudad castellana, el general francés vadeó el Tormes, dispersando sus líneas. Esta situación de debilidad fue aprovechada por Wellington para atacar el día 22 de julio en las llanuras abiertas de Arapiles. El ejército de Wellington, compuesto por 48.500 hombres, destrozó al francés de Marmont, formado por 47.000 hombres.

La batalla de los Arapiles, o de Salamanca como es conocida por los británicos, es una de las grandes batallas de la Guerra de la Independencia y, por extensión, de las Guerras Napoleónicas, equiparándose a la batalla de Waterloo (1815). El ejército aliado, de más de 50.000 hombres, estaba compuesto fundamentalmente por tropas angloportuguesas. España participó con una división de 3.400 hombres, dirigidos por el general, de origen francés, Carlos de España (1775-1839), y los 1.000 lanceros del guerrillero Julián Sánchez “El Charro”. En el Archivo Histórico Nacional se conserva el parte de guerra que el general España remitió el mismo día 22 de julio desde el campo de batalla y en el que se describen todas operaciones bélicas que “la Providencia se ha dignado bendecir con una completa victoria el valor y los esfuerzos del Ejército aliado”. Ningún ejército francés había recibido una derrota tan contundente desde 1799.

El triunfo aliado, que señaló el principio del fin de Napoleón en su maldita guerra de España, tuvo unas repercusiones inmediatas. Wellington entró el 12 de agosto en Madrid, forzando la huida de José I y su corte hacia Valencia. Las tropas francesas abandonaban Andalucía y Asturias, retirándose más allá del Ebro y la costa levantina. Por último, la actividad de las partidas guerrilleras se multiplicó de manera significativa a raíz del éxito aliado. Sin embargo, la campaña del apodado duque de Hierro fue frenada en Burgos en otoño de 1812. El ejército francés pasó a la contraofensiva gracias a los importantes refuerzos que ordenó Napoleón, forzando el repliegue del general británico hacia Portugal. Pese a ello, la campaña de Wellington cuestionó la imbatibilidad de los franceses, anunciando la catastrófica derrota de la Grande Armée en Rusia.

En la actualidad, el paisaje de esta mítica batalla está considerado como sitio histórico y protegido como bien de interés cultural.

Asegurada la frontera y sabedor de que Napoleón estaba retirando tropas de la Península para integrarlas en el gigantesco ejército con el que pretendía invadir Rusia, Wellington planeó una ambiciosa ofensiva estratégica para 1812. Mientras las guerrillas y el ejército español hostigaban a los franceses para fijarlos en Andalucía y la costa Cantábrica, los ingleses avanzarían por el centro para entablar batalla con Marmont (el sustituto de Masséna tras la caída en desgracia de este por su fracaso en Portugal), intentando derrotarlo para poder avanzar por el valle del Duero, aislar Madrid e intentar tomarlo desde el Norte.

Marmont, que había destruido una parte notable de edificios en la ciudad de Salamanca para construir importantes fortificaciones, contemplaba con inquietud los movimientos ingleses y cuando el día 13 de junio emprendieron desde Ciudad Rodrigo la marcha hacia Salamanca, decidió abandonar la ciudad para dirigirse hacia el norte con la intención de reunirse con una división de 10.000 hombres al mando de Bonet, que marchaba en su refuerzo desde Asturias. Dejó la ciudad con una pequeña guarnición tras las fortificaciones, con la esperanza de volver a liberarlos si resistían lo suficiente. Wellington llegó a Salamanca el día 17 y comenzó los trabajos para instalar baterías y rendir las posiciones francesas que ocupaban cuatro edificios de gruesos muros de piedra. Marmont, viendo que Wellington no le perseguía, se acercó a la ciudad, lo que obligó a los ingleses a salir a campo abierto con la fuerza que no participaba en los asedios. Mientras los ingleses derribaban los fuertes a cañonazos, ambos ejércitos maniobraron en la llanura al noreste de Salamanca manteniendo las distancias. Durante cuatro días se sucedieron pequeñas escaramuzas entre las unidades de infantería ligera y los voltigeurs, que en formación dispersa protegían la fuerza principal de ingleses y franceses, respectivamente.

El día 21 ambos ejércitos se encontraron frente a frente en una posición ligeramente favorable a los ingleses que ocupaban una colina baja y además tenían una ventaja de 8.000 hombres. Marmont no atacó cuesta arriba y Wellington no quiso abandonar la ventaja de la altura, por lo que al día siguiente se separaron. Ese mismo día cayeron los fuertes de Salamanca y tras una semana, Wellington comenzó a prepararse para avanzar, mientras Marmont se retiraba a toda velocidad al notar que los ingleses podían poner toda su fuerza sobre el campo. Los franceses marcharon rápidamente hacia el norte por Valladolid para refugiarse detrás del Duero y esperar allí a la fuerza que venía de Asturias. Completada con éxito la maniobra, acamparon entre Toro y Tordesillas, desde donde veían cómo los ingleses organizaban sus campamentos entre Rueda y La Seca.

Una vez llegó Bonet con los refuerzos el día 7, Marmont —ahora con superioridad numérica— decidió tomar la iniciativa con un sofisticado movimiento. Tras varios días de descanso y planificación muy cuidadosa, el día 16 amagó cruzar el río Duero por Toro y en cuanto los ingleses empezaron a formar para hacerle frente, se retiró otra vez y marchando a toda velocidad efectuó el cruce por Tordesillas, cogiéndolos completamente a contrapié. Pero tanto éstos como las milicias portuguesas que les acompañaban eran expertos soldados y, antes de que Marmont pudiera entablar combate, ya marchaban hacia el sur para eludir el flanqueo. Durante tres días, ambos ejércitos intentaron flanquearse mutuamente tomando contacto esporádico sus unidades ligeras y acampando por la noche uno frente al otro. El 20 la situación degeneró en una marcha paralela hacia el sur y al irse acercando ambas columnas, llegaron marchar a sólo 500 metros una de la otra, sin que ninguno de los dos comandantes se decidiera a atacar, a la vista de la disciplina y organización del contrario. Al llegar a Cantalpino, ambos ejércitos se separaron, ya que cada comandante tenía su propio plan. Wellington se retiró hacia Salamanca siguiendo su línea de abastecimiento, mientras Marmont trataba de cruzar el Tormes en Huerta para aislar la ciudad del camino de Portugal o bien esperar a los ingleses y atacarlos por el flanco si decidían continuar la retirada.

El día 21, Wellington decidió no cruzar Salamanca, sino pasar el Tormes en Santa Marta y tomar posiciones al sur de la ciudad. Durante todo el día marchó nuevamente hacia el sur y al anochecer, el núcleo del ejército acampaba en torno a Carbajosa de la Sagrada, protegiendo su flanco izquierdo con varias unidades que tomaron posiciones en una línea de cerros que dominan el pequeño valle del torrente de Pelagarcía, que corre de sur a norte hasta desembocar en el Tormes. Mientras tanto, los franceses cruzaban el río aguas arriba para continuar los intentos de flanqueo que tan buen resultado les habían dado, puesto que estaban a punto de recuperar Salamanca sin haber sufrido más que unas pocas bajas.
La batalla

Por la noche cayó una gran tormenta con abundante aparato eléctrico que pasaría a formar parte de la leyenda de la batalla, tal como el «sol de Austerlitz» —que presidió el avance de Soult sobre las colinas de Pratzen— ilustra los relatos de esa batalla. Tres años después, la noche antes de Waterloo, una tormenta similar sería recibida como un signo de la Providencia por la soldadesca inglesa.
Grabado de W. & A. K. Johnston, publicado por William Blackwood & Sons en 1870, que como tantos mapas contemporáneos tiene más fantasía que realidad. Para estimaciones historiográficas actualizadas véanse los mapas en las referencias del artículo.

Al amanecer, Wellington fue informado de que ya sólo quedaba una división francesa al otro lado del Tormes y que Marmont se estaba desplegando hacia el oeste a toda velocidad. Inmediatamente hizo avanzar las unidades que estaban en Carbajosa de la Sagrada para cubrir el lado norte de una ligera depresión longitudinal que corría de este a oeste formando ángulo recto con los cerros que dominaban el Pelagarcía. El núcleo del ejército se dispuso formando una doble línea con las divisiones de Leith y Cole asomándose a la ladera de la depresión y las de Clinton y Hope inmediatamente detrás. También ordenó que la división de Edward Pakenham y la caballería de la reserva, que aún estaban al otro lado del Tormes, cruzaran y se dirigieran a Aldeatejada, donde podían proteger una eventual retirada. Las brigadas de caballería de G. Anson y Le Marchant se situaron en Las Torres, a medio camino entre la fuerza principal y la reserva.

Aunque había ido descargando la línea que cubría el Pelagarcía, quedaron allí la división de infantería ligera de Alten junto con algunas brigadas de otras divisiones. La división de dragones de Bock se situó en la misma alineación mucho más al norte para vigilar y controlar un intento francés de rodear los cerros por ese lado. Wellington, así preparado, decidió esperar acontecimientos para decidir el curso de acción definitivo. Gracias a la disposición de sus tropas podía tanto defenderse como retirarse ordenadamente.

Una de las brigadas de la división de Cole, la de Anson, ocupó una colina aislada que se encuentra en el extremo sur de la línea de cerros, justo en el ángulo que ahora formaba el dispositivo inglés, expulsando a algunos franceses que estaban a punto de llegar a la cima. Esta colina se llama Arapil Grande por oposición al Arapil Chico, que se alza al otro lado de la ancha y poco profunda depresión longitudinal que Wellington quería usar como línea de frente. El plan inglés había sido apoderarse de ambos, pero casi habían llegado tarde a uno y el otro ya estaba sólidamente defendido cuando intentaron tomarlo con una brigada de cazadores portugueses, que fue rechazada.
Arapil Grande y Arapil Chico desde la posición de Wellington durante varias fases de la batalla

La lucha se trasladó un poco hacia el oeste, al pueblo de Los Arapiles, donde las brigadas ligeras de las divisiones de Keith y Cole chocaron con voltigeurs franceses que trataron de desalojarlos. El pueblo se hallaba en el centro de la depresión que al sur estaba limitada por el escarpe de una meseta que hacia el oeste se iba convirtiendo en una loma. A medida que avanzaba la mañana, los franceses fueron apareciendo sobre el escarpe, instalando baterías que empezaron a hostigar a las cuatro divisiones inglesas que tenían enfrente.

Hacia el mediodía, los franceses se hicieron visibles avanzando por la cima de la loma hacia el oeste a toda velocidad. Se trataba de Thomières y Maucune, que una vez sobre la loma habían decidido ocupar toda su extensión. Maucune se estacionó frente a Leith y empezó a desplegar sus baterías, mientras Thomières se desplazaba en solitario aún más al oeste. El ejército francés se había desorganizado un poco a causa de lo intrincado del terreno, cubierto de bosques de encinas, que se extendía al oeste y detrás de la loma en el camino desde el Tormes. Marmont había perdido ligeramente el control, más preocupado por acelerar la marcha que por guardar la formación, creyendo que Wellington estaba en plena retirada hacia Ciudad Rodrigo y confundiendo el polvo que levantaba la reserva de caballería en Aldeatejada con la retaguardia de este. Así que ordenó a tres divisiones que ocuparan la cima del escarpe y la loma subsiguiente, sin advertirles que debían mantenerse cerca unas de otras. Bonet se situó junto al Arapil Grande, con lo que un gran hueco le separaba de Maucune, mientras otro no tan grande separaba a éste de Thomières.

Una vez Wellington estuvo razonablemente seguro de que ninguna división más estaba a punto de llegar, basándose en su intuición y en los informes de los guerrilleros españoles que le habían indicado las horas de cruce del Tormes, hacia las dos de la tarde subió a su caballo y cabalgó hasta Aldeatejada para dar órdenes inmediatas a Pakenham. Al llegar saltó del caballo y le ordenó dirigirse al sur en columna, convertirla en fila girando las compañías 90 grados al llegar a la altura de la loma y atacar a Thomières «hasta barrerlo». Los húsares de Arentschild cubrirían su flanco derecho para evitar que la caballería francesa interviniera.

A continuación galopó hasta el estacionamiento de la caballería pesada de Le Marchant y le ordenó que en cuanto Leith hubiera entablado combate, cargaran sobre Maucune. Después siguió su camino hasta Leith, que estaba sobre su caballo esquivando balas de cañón que venían rebotando desde las baterías de Maucune para que sus hombres no tuvieran miedo a pesar de estar bajo un fuego lejano pero intenso. Wellington le comunicó a Leith que en cuanto viera que Pakenham había derrotado a Thomières, cargara contra Maucune en la meseta, cosa que éste estaba deseando porque veía que la moral de sus soldados decaía. Luego cabalgó de nuevo hasta Cole y le dijo que cuando Leith hubiera derrotado a Maucune, cargara a su vez contra Bonet. Finalmente se dirigió a una pequeña colina al oeste de Leith para observar la batalla.|Escena de la batalla en la que se muestra la carga de la 3era división al mando de Sir Edward Pakenham]] Cuando llegó, vio cómo Pakenham cargaba y derrotaba efectivamente a Thomières mientras los húsares de Areschild derrotaban algunas unidades de caballería que surgían del otro lado de la loma. Leith a su vez cruzó lentamente la depresión con su división organizada en una doble fila para cargar pendiente arriba contra Maucune. Aunque resistió algo más que Thomières, al llegar los desbandados de la división de este perseguidos por Pakenham, la división de Maucune se desbandó justo cuando Le Marchand cargaba con la caballería pesada. El efecto de todo esto fue que las dos divisiones francesas dejaron de existir mientras los supervivientes procuraban salvarse como podían.

Marmont había sido herido poco antes junto con su segundo, con lo que Claussel había tomado el mando y aún trataba de organizar la defensa cuando la división de Cole se puso en movimiento hacia el Arapil Grande y la parte adyacente de la meseta, donde le esperaba Bonet. Este ataque fracasó completamente y Cole se retiró en desbandada. Los historiadores han criticado mucho a Wellington y este alegó en sus memorias que Cole se había precipitado. En cualquier caso, aunque Claussel intentó lanzar en persecución de Cole a las tres divisiones que le quedaban, Wellington contraatacó con las divisiones de Hope y Clinton que había reservado. Además, en ese momento llegaban cargando por el flanco la división de Pakenham, la de Leith y la caballería pesada de Le Marchant, con lo que después de una lucha sangrienta pero breve, todo el ejército francés se desbandó. Si no fueron completamente exterminados, se debe a que la división de Ferey, que hasta entonces no había entablado combate, tomó posiciones en un cerro más al sur llamado el Sierro y protegió la retirada hasta que la noche marcó el fin de la batalla. Los franceses cruzaron de nuevo el Tormes al amparo de la oscuridad y Wellington entró al día siguiente en Salamanca en un desfile triunfal. Había derrotado al tercer ejército francés completo desde su llegada a la Península.

Después de esta victoria, Wellington avanzó por el valle del Duero y tomó Madrid, donde fue aclamado como libertador por la población. Sin embargo, cuando se dirigió al norte en otoño vio su avance interrumpido por la guarnición francesa de Burgos, que resistió el asedio y varios asaltos a la ciudad. Amenazado por los refuerzos que llegaban de Francia, Wellington abandonó el asedio y se replegó en una retirada durísima hacia sus bases de partida en la frontera de Portugal. Aunque la campaña no fue decisiva, marcó un punto de inflexión en la guerra peninsular y, sumada a la catastrófica derrota francesa en Rusia, extendió por Europa la idea de que los días de gloria de Napoleón podían estar acercándose a su fin.

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