HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 30 Abr 2016 10:57

D. Gaspar DE LA CERDA SANDOVAL SILVA y MENDOZA 30º Virrey de Nueva España


Administrador colonial español nacido el 11 de enero de 1653 en Pastrana y muerto el 12 de marzo de 1697 en Cádiz. Fue conde de Galve y trigésimo virrey de Nueva España(1688-96). Su genealogía es complicada; era miembro de la influyente casa de los Silva y Mendoza, su padre fue Rodrigo de Silva y Mendoza, cuarto duque de Pastrana, casado con Catalina de Sandoval y Mendoza, duquesa del Infantado.

Nació el 11 de enero de 1653 en el palacio de los duques en Pastrana y se le bautizó el domingo día 19 en la iglesia colegial de la villa. Sus primeros años los pasó en Pastrana, donde se educó en el ambiente aristocrático, manierista y elitista de la alta nobleza, en el que se rendía un culto especial a las letras y a las artes. Inclinado a la práctica del teatro, demostró una gran afición al arte escénico, que conservó a lo largo de toda su vida.

En 1675, recién cumplidos veintiún años y tras la muerte de su padre, se trasladó a la corte de Madrid en compañía de su madre y hermanos, para instalarse en el palacio de las Vistillas, que fue su residencia durante largo tiempo. A partir de entonces desarrolló funciones cortesanas y gozó de la confianza y amistad de Carlos II, como segundón de su hermano mayor, que había heredado el título del padre. Su ascenso en la corte real fue rápido y eficaz, al compás de la promoción general de sus favoritos impulsada por la reina Mariana de Austria.

En la capital y en la corte destacó “con el lucimiento y autoridad que correspondía a su sangre”, en palabras de un cronista de la época. Se empleó en el aprendizaje y la práctica de las buenas letras, el conocimiento de las lenguas y la participación en las representaciones teatrales, colaborando con el director de escena Fernando Valenzuela, favorito de la reina y apodado “el duende de palacio”, por la información que le proporcionaba y la devoción que siempre le mostró.

Casó en primeras nupcias en 1677 con doña María Atocha Ponce de León y Guzmán, en ceremonia que ofició el cardenal Pascual de Aragón, Arzobispo de Toledo. No tuvo descendencia y su esposa falleció en 1684, lo que le llevó a contraer segundas nupcias con doña Elvira María de Toledo, nieta de una de las camareras favoritas de la reina madre.

En 1679 acompañó a su hermano Gregorio, quinto duque de Pastrana y de Éboli, a la ciudad de París, al formar parte de la embajada que llevó las joyas nupciales a la princesa María Luisa de Orleans, prometida de Carlos II. El título de Conde de Galve, con el que se le conoció más tarde, recayó en su persona al morir su tío Diego de Silva y Mendoza y fracasar los intentos de su hermano Gregorio, que lo reclamaba para su primogénito. Conviene tener en cuenta que este clan familiar, en las luchas sucesorias de finales de la casa de Austria, junto con otros personajes como el marqués de Mancera, se habían inclinado a favor del “partido austriaco”.

Una acusada característica de esta familia fue la relación de sus miembros con la representación real en tierras de América. Su suegro, el marqués de Villafranca había sido propuesto virrey de Nueva España en abril de 1672, a lo que renunció en favor del duque de Veragua. Su hermano José estaba casado con la única hija del marqués de Mancera, virrey de México en la década anterior. No es de extrañar, por lo tanto, que en sus deseos de obtener fama y riqueza, en un ambiente cortesano de fuerte competencia pero de carencias económicas graves, presionado tanto por su esposa como por otros familiares, solicitara del monarca, que lo consideraba entre sus favoritos, la provisión del virreinato novohispano. A su favor obró que el candidato previsto, marqués de Fuente de Sol, casado y con una prole numerosa, no contara con el beneplácito del Consejo de Indias; algunos autores se inclinan a pensar en la recompensa a la fidelidad “austriaca” del recién titulado conde de Galve.

Aceptada su petición, recibió la notificación real el 6 de mayo de 1688 por lo que se aprestó a navegar lo antes posible, con salida desde de Cádiz. Llegó a Veracruz a finales de agosto y el 17 de septiembre, en compañía de su esposa y de una amplia comitiva compuesta de más de 80 servidores, se dispuso a realizar el viaje tal y como estaba programado. En su camino hacia la capital se entrevistó con el conde de Monclova, que partía hacia el virreinato de Perú. Todavía se demoró unos meses, hasta que hizo su entrada en la ciudad de México en noviembre, recibido con la pompa y el lucimiento, las procesiones y los festejos acostumbrados.

Jurada lealtad al rey ante la Audiencia, inició el ejercicio de su gobierno a comienzos de diciembre, para ocuparse de combatir la piratería, así como de atajar las incursiones francesas en los territorios del noreste, confirmadas plenamente. Informado de la presencia de comerciantes británicos en las costas de Tabasco y Campeche dedicados a cortar maderas preciosas que enviaban a Jamaica, ordenó la salida de otra fuerza armada a combatirlos. Más tarde se supo que esta actividad la realizaban los indios mayas, dirigidos por soldados ingleses que pagaban a los indios con aguardiente y algunas monedas.

Como por aquellos años la corona había establecido una nueva alianza con Inglaterra para hacer la guerra contra Francia, el virrey dispuso en 1691 que, con el apoyo de la marina británica, se recuperase La Española, isla que estaba en poder de los franceses. Derrotados en Santo Domingo, se les quitaron cañones y municiones y se aprovechó la ocasión para levantar algunos fuertes.

Una de las preocupaciones más relevantes del virrey fue la colonización de Nuevo México y las provincias del norte, en las que numerosas tribus indias estaban en pie de guerra desde hacía décadas. Gracias a la experiencia acumulada con el paso de los años, a las expediciones anuales que se despachaban con el propósito de su pacificación y a la visita de oficiales encargados de establecer informes y de plantear reformas, se fue configurando un conjunto de políticas y planes, que el virrey discutió, a lo largo de una copiosa correspondencia, con los funcionarios del Consejo de Indias.

En 1691 se nombró gobernador de la provincia a Diego Vargas Zapata, que recibió la orden de llegar hasta Santa Fe, donde resistían los tanos, a los que dominó sin necesidad de entablar combate. Nuevo México quedó pacificado a partir de este momento y en Santa Fe, convertida en capital de la nueva provincia, se establecieron 800 nuevos pobladores hispanos.

Esta obra colonizadora continuó gracias a la incorporación de nuevos contingentes y al refuerzo de familias españolas, que llegaban acompañadas de los misioneros franciscanos, dispuestos a continuar su catequesis. Santa Cruz de la Cañada se fundó el 12 de abril de 1695, mientras los misioneros procedían a la constitución de congregaciones de indios. Al establecerse las ciudades de Cerrillo y Bernalillo, a mediados de junio de 1696, se rebelaron las tribus de los tehacos, los taos, los gemes y otras comunidades indias, que fueron combatidas y lograron ser pacificadas por el gobernador Vargas y sus hombres.

En la zona del Golfo, entretanto, proseguía la tarea de investigar la presencia de colonos franceses. En marzo de 1689 Alonso León, gobernador de la nueva provincia de Coahuila, salió al frente de una expedición, que se dirigió por tierra hasta la laguna de San Bernardo, junto a la bahía del Espíritu Santo, donde descubrieron las ruinas de un fuerte de madera y los cadáveres de algunos defensores. Enterado el gobernador de que sobrevivían algunos prisioneros envió a buscarlos y así pudo conocer con detalle lo ocurrido: el Gobierno francés había organizado en 1684 una expedición al mando de Robert Cavalier de la Salle, quien en 1682 había descendido desde Canadá hasta las bocas del Mississippi y navegado por el Golfo hasta llegar en enero de 1685 a una bahía al la que llamó de San Bernardo, en realidad ya visitada por los españoles, que la conocían con el nombre del Espíritu Santo.

En marzo de 1690 el gobernador León volvió a dirigir otra expedición, que partió de Monclova para someter a las tribus vecinas y tomó la decisión de fundar la misión de San Francisco Texas, en el mismo lugar que más tarde ocuparía San Antonio Béjar, pero antes de regresar a Coahuila instaló una nueva misión llamada de Jesús, María y José. Como consecuencia de estas actuaciones, se decidió llamar Texas a estos territorios, aceptando un nombre tomado de la palabra india que significaba “amigos”. Su primer gobernador fue Domingo Terán, sucesor de Alonso León en el gobierno de Coahuila, ahora ampliado, al que se encomendó la tarea de establecer nuevas misiones.

Para defender esta zona de las incursiones francesas y tras conocer los informes recibidos, se ordenó desde Madrid la construcción de un fuerte en Panzacola (Florida) por lo que el 25 de marzo de 1693 salió de Veracruz el almirante Andrés de Pez en compañía del historiador y cosmógrafo Carlos de Sigüenza y Góngora, buenos conocedores de estos mares. La expedición llegó el 8 de abril a la bahía del Espíritu Santo, en la que el cosmógrafo realizó un completo estudio geográfico de los contornos, alabando su posición estratégica y recomendando su poblamiento. Se inició la construcción del fuerte, que recibió el nombre de Santa María de Galve en honor del virrey, pero su terminación se prolongó hasta 1696.

En el otro extremo de la frontera norte, por tierras de Chihuahua y Sonora, a comienzos de 1692, se habían producido los levantamientos de indios que asolaban pueblos, rancherías y reales de minas. Juan Isidro de Pardiñas, gobernador y capitán general de Nueva Vizcaya, dirigió la represión desde Papigoche auxiliado por misioneros jesuitas, entre los que se encontraban Juan María Salvatierra y Eusebio Kino, que emprendieron una prolongada tarea de pacificación.

Establecidos en Sonora a partir de 1688, los jesuitas Salvatierra y Kino, éste último había aprendido la lengua de los pimas y llegó a escribir un vocabulario y un catecismo en esa lengua, penetraron en 1691 en territorio pima, a orillas del mar de California. Más tarde, mientras Salvatierra se dirigía en misión al país de los tarahumaras, Kino se dedicó a catequizar en tierras de la Pimería. Los indios pimas permanecieron en paz hasta 1695, fecha en que se registró un nuevo levantamiento general. La inquietud entre las tribus se mantuvo durante muchos años, lo que provocó el envío de nuevas expediciones de castigo, ordenadas por el gobernador de Sonora.

En política interior, el conde de Galve demostró un gran interés hacia las obras públicas, sobre todo por la atención que prestó a la mejora de las obras de desagüe de la ciudad y el valle de México. Al llegar a la capital el virrey había podido comprobar personalmente el deplorable estado y el abandono evidente de cuanto se había realizado en fechas anteriores, por lo que repuso en su cargo a fray Manuel Cabrera, como superintendente de las obras. La muerte de Cabrera en 1691, sin embargo, impidió superar los conflictos personales, las opiniones contradictorias y los problemas técnicos de que siempre adoleció tan ambicioso proyecto.

Por otra parte, su inclinación por las letras y las artes, así como por el teatro, resultó patente, al favorecer de manera notable y especial la actividad de los poetas, literatos, pensadores y científicos más destacados. Se puede mencionar a Sor Juana Inés de la Cruz, fallecida en 1695, que contó con la protección virreinal para publicar algunas obras y representó comedias en el propio palacio, así como la actividad incomparable de Carlos de Sigüenza y Góngora, sacerdote, filósofo, historiador, crítico y cosmógrafo, cronista de “las proezas” civiles y militares del virrey y que murió a comienzos de 1700. Ha llamado la atención de los historiadores la polémica entre Sigüenza y el doctor Salmerón, catedrático de cirugía de la Universidad de México, en la que intervino el padre Kino, en torno al famoso cometa de 1681, que tenía aterrorizada a la población.

A pesar de sus aptitudes para las artes, Gaspar de la Cerda fue incapaz de satisfacer la presión cada día mayor de la corte, que exigía el envío de fuertes contribuciones económicas para paliar los gastos de la corona. La verdadera crisis de este periodo tiene un claro acento social y fue consecuencia del enfrentamiento entre clases y grupos, de condición muy desigual. Los problemas de subsistencia ocurridos en 1691, resultado de las sequías prolongadas y las malas cosechas de maíz y trigo, fueron el detonante final que provocó el levantamiento de los indios y otros grupos, integrantes de la llamada “plebe” (en los escritos de Sigüenza y Góngora) de la capital, que prendieron fuego al palacio del virrey, las casas del cabildo y otros edificios oficiales. Estos sucesos se conocen como “el motín del 8 de junio de 1692” y han sido estudiados y revisados recientemente.

Los festejos de 1691, con motivo del casamiento de Carlos II y Mariana Neoburgo, habían constituido un precedente mal acogido, pero la celebración del Corpus Christi el 5 de junio de 1692 y las fiestas de palacio y en plazas y calles, donde se habían instalado tablados para la representación de sainetes, el ofrecimiento de colaciones a personas distinguidas, la lidia de toros, los desfiles de gremios, los juegos de cañas y combates, etc. se entendieron como provocación a quienes sufrían la pobreza y el hambre. Al parecer la protesta se inició en los mercados, pero se extendió a los barrios bajos, de los que salieron las turbas armadas de piedras, teas y cuchillos.

Existe constancia documental de la intervención de Sigüenza y Góngora, que logró salvar los archivos virreinales y contener a los tumultuosos con ayuda de otros criollos y a pesar de la actitud titubeante de autoridades y funcionarios peninsulares. El virrey tuvo que huir de palacio y se refugió, junto con su esposa, en el convento de San Francisco. Cuando se inició la represión, después de sofocada la revuelta, algunos comentaristas destacaron la intervención de los jesuitas en favor de los indios.

Por fortuna, el año 1693 resultó de cosechas abundantes con lo que volvió a prevalecer la tranquilidad en todo el país. A partir de entonces, sin embargo, cayó por los suelos el prestigio y la opinión que en la corte se mantenía con respecto al virrey. Pese a todo, aunque solicitó permiso para retirarse en enero de 1693, la corte decidió que se mantuviera en su puesto. La publicación por el polígrafo Sigüenza y Góngora de un relato de estos hechos, favorable al virrey, constituyó para éste un notable alivio personal.

No obstante, en la zona de Yucatán proseguían los asaltos y ataques piratas, por lo que se ordenó al gobernador de Tabasco que emprendiera una nueva expedición a la Laguna de Términos, lo que permitió apresar a dos barcos piratas. Algo más tarde el capitán Martín Rivas, que dirigió una nueva acción defensiva frente a los ataques ingleses fue mortalmente herido y regresó a Veracruz.

En cuanto al conflicto con Francia, que había desembarcado en 1695 tropas en La Española, al llegar a México la noticia de sus triunfos el virrey envió 2.000 hombres que lograron vencer a los franceses en la llanura de la Limonada, gracias a una brillante carga protagonizada por los lanceros mexicanos.

Enfermo y disgustado por tanto contratiempo, el conde de Galve presentó su renuncia, que le fue admitida en septiembre de 1695, tras reiterarla varias veces. Cedió el virreinato en 1696 y regresó a la Península, donde contaba con el apoyo de su hermano, duque del Infantado y consejero de Estado. Sin conseguir su propósito de recompensa por los méritos que creía haber contraído, murió en el Puerto de Santa María, en Cádiz, el 12 de marzo de 1697.


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Marco Tulio Cicerón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 30 Abr 2016 14:26

D. Juan DE ORTEGA y MONTAÑES 31º Virrey de Nueva España


Integrante de la elite cultivada, Ortega y Montañés desempeñó funciones eclesiásticas y administrativas tan notables como las de arzobispo e inquisidor.

Fue asimismo virrey de Nueva España, lo cual lo hace figurar entre los clérigos que cumplieron su misión en ambas orillas del Atlántico.

Nacido en la población asturiana de Llanes en 1627, y fallecido en México en 1708, Ortega y Montañés ejemplifica todo un ciclo cultural hispánico, nutrido con aportes procedentes de muy variados saberes.

Según hicieron constar sus biógrafos, fue colegial en Alcalá de Henares, en cuya Universidad alcanzó el grado de doctor en Leyes. Ese aleccionamiento, unido a su título sacerdotal, propició su evolución en el ámbito de la burocracia eclesiástica. Ya en 1670 lo encontramos en México, donde desempeñó el cargo de fiscal del Tribunal de Santo Oficio. Tres años después, los fieles de la Catedral de México conocían su designación como obispo de Durango y efectivo de Guatemala; dos misiones que desempeñó entre 1676 y 1684.

A partir de 1684 fue obispo de Michoacán y, desde 1696, ocupó una plaza de gran importancia política y administrativa cuando accedió al cargo de virrey interino de Nueva España. A efectos prácticos, Ortega y Montañés desempeñó esa labor entre febrero y diciembre de 1969.

De nuevo fue el 33º virrey de la Nueva España entre el 4 de noviembre de 1701 y el 27 de noviembre de 1702, nombrado en el cargo por decreto real expedido durante el reinado de Felipe V integrante de la Casa de Borbón. Preparó la defensa de las costas y reparó la armada de Barlovento. Envió una flota cargada de tesoros, que fue hundida por holandeses y británicos en el puerto de Vigo. Falleció en la Ciudad de México en 1708, en cuya Catedral reposan sus restos mortales.

Arzobispo de México desde 1700, el clérigo español abandonó su cargo al frente del Virreinato en 1702, siendo sucedido por el Duque de Albuquerque, Francisco Fernández de la Cueva. Si bien ya no volvió a ocupar puestos de orden administrativo, continuó al frente de la diócesis mexicana hasta la fecha de su fallecimiento.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 30 Abr 2016 14:31

D. José SARMIENTO y VALLADARES 32º Virrey de Nueva España


Administrador español, nacido en San Román de Sayamonde (Pontevedra) y fallecido en Madrid el 10 de septiembre de 1708. Fue el trigésimo segundo virrey de Nueva España(1697-1701), conde de Moctezuma y de Tula, duque de Atlixco y Grande de España.

Hijo de Gregorio Sarmiento y de Juana Sarmiento, señores de San Román de Sayamonde, fue bautizado en la iglesia parroquial de su aldea el 4 de mayo de 1643. Su hermano Diego Sarmiento de Valladares fue presidente del Consejo de Castilla, inquisidor general y obispo de Plasencia. El título le viene de su matrimonio con María Jerónima Moctezuma y Jofre de Loaisa, hija del segundo conde de Moctezuma y cuarta nieta del jefe azteca.

Enviudó pronto y casó en segundas nupcias en 1694 con María Andrea de Guzmán y Dávila, nieta tercera del Marqués de Villamanrique. Nombrado virrey el 9 de abril de 1696, las “instrucciones” del rey están firmadas en Madrid el 10 de mayo de ese año, pero no pudo llegar a la ciudad de México por la ruta habitual ni celebrar las ceremonias tradicionales. El 18 de diciembre hizo su entrada de incógnito y tomó posesión del cargo, según el cronista Robles, “a las nueve de la noche, previo juramento a la Audiencia reunida en Real Acuerdo”; la entrada pública y solemne se efectuó el 2 de febrero de 1697. Se cuenta que causó general regocijo el hecho de que “al entrar por el arco de Santo Domingo lo derribó el caballo en que venía y se le cayó la cabellera”.

Una de sus primeras decisiones fue la concesión, fechada el 5 de febrero de 1697, de permiso oficial a los jesuitas Juan María Salvatierra y Eusebio Kino, grandes conocedores de las comunidades indígenas del noroeste, para emprender nuevas actividades misioneras y de exploración territorial de California. Continuaban y extendían la labor que ambos habían realizado anteriormente y que, a pesar de las penurias y carencias oficiales, contaba con la colaboración de clérigos y nobles, el apoyo de la virreina Andrea de Guzmán y la protección de la condesa de Galve, que desde Madrid seguía atentamente sus esfuerzos.

Salvatierra, al que había ayudado el padre Ugarte en la obtención de recursos económicos, visitó la región de los tarahumaras y llegó hasta la boca del río Yaqui, donde le esperaba una galeota en la que embarcó el 10 de octubre de 1697 con destino a California. Llegados al antiguo puerto de San Bruno, buscaron un emplazamiento mejor situado algo más al sur. Lo encontraron en una ensenada accesible, a pocas leguas de la cual el jesuita fundó una población a la que llamó Loreto y convirtió en capital. Poco después se le incorporó el padre Piccolo, que le acompañaría durante muchos años. Sin embargo, los problemas de la monarquía y el cambio de dinastía, retrasaron y dificultaron la cristianización de estos territorios.

El padre Kino, que había permanecido en la región de la Pimería, proseguía su labor de misionero y explorador, en su ascenso hacia el norte, que le permitió levantar mapas y corroborar viejas teorías que lo convencieron de que la California no era una “inmensa isla”, sino una península unida al continente. Desde la Pimería, en la actual Sonora, pasó a tierras de la Arizona actual y descendió por el río Colorado hacia el mar de Cortés. Finalmente, en 1700 volvieron a reunirse Salvatierra y Kino en Sinaloa, desde donde emprendieron nuevas actividades.

Seguía siendo frecuente el problema de la escasez de víveres en la ciudad de México y el hambre consiguiente. Enfrentado a las consecuencias de la sequía y para remediar la amenaza del hambre, el virrey dispuso la compra y almacenamiento en la alhóndiga local de trigo y maíz, traídos de distintas regiones, que se redistribuyeron a precios convenidos. A pesar de ello no pudo evitar, en mayo de 1697, el levantamiento de los grupos más pobres, a los que tuvo que hacer frente y dispersar con el apoyo de la nobleza y otras autoridades, además de una corta fuerza armada que tenía a su servicio. Quizá como compensación, ordenó la autorización del consumo de pulque, bebida preferida de los indios mexicanos.

Al mismo tiempo, tuvo que enfrentarse a una situación interior grave porque los caminos y las ciudades, incluida la capital, estaban plagadas de ladrones y malhechores, dedicados a la rapiña y el asalto de viajeros; una Real Cédula de marzo de 1700 imponía la pena de muerte a los salteadores. Por otra parte, la escasez de azogue paralizaba el trabajo en las minas y obligaba a mendigar a los trabajadores. Para remediar esa carencia, tomó la decisión de encargar al gobierno de Filipinas que comprase todo el azogue que le fuera posible y lo remitiera a Acapulco por medio de la nave de Manila. Para seguridad de la capital, ordenó dividirla en ocho cuarteles a cargo de los alguaciles mayores y tomó la decisión de que los delincuentes encontrados culpables fueran desterrados a la isla de Puerto Rico.

Las inundaciones causadas por las intensas lluvias de 1697 provocaron graves perjuicios en edificios y personas aunque, en respuesta a las peticiones del virrey, se consiguió reunir donativos abundantes, con cuyos recursos se procedió al arreglo de los canales del desagüe y a reducir los niveles de agua acumulada en el valle y en la ciudad. En la primavera de 1699 se terminaron las obras de reconstrucción del palacio virreinal, destruido durante el motín de 1692, por lo que el 25 de mayo el conde de Moctezuma se trasladó a residir en sus nuevas instalaciones.

En relación con los problemas planteados por la presencia inglesa en las costas de Campeche y Yucatán, el virrey recibió una Real Cédula, fechada en junio de 1699, que insistía en la vigilancia de esas costas y en que las naves llegaran hasta Guatemala, donde se sabía que estaban apostados algunos ingleses.

La ausencia del virrey en algunas de las celebraciones que cada 13 de agosto conmemoraban la victoria de Hernán Cortés, dio pie a que los cronistas de la época lo atribuyesen falsamente a su condición de descendiente del emperador azteca. Esta motivación quedó desmentida al comprobar su presencia en los desfiles de otros años. Con motivo de la canonización de San Juan de Dios se organizaron grandes fiestas, incluidas corridas de toros, la primera de las cuales tuvo lugar el 15 de noviembre de 1700.

El 7 de marzo de 1701 llegó a México una cédula firmada por la reina gobernadora, Mariana de Neoburgo, dando cuenta del fallecimiento del rey Carlos II, ocurrida el 1 de noviembre del año anterior. La publicación de los lutos se hizo el 16 de marzo y las honras fúnebres, celebradas los días 26 y 27 de abril, fueron de “las más solemnes nunca vistas en la Nueva España”. La proclamación y juramento de Felipe V, el nuevo rey, había tenido lugar el día 4 de este mes.

Por el testamento de Carlos II se supo que había nombrado sucesor al duque Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, pero que en ausencia o a falta del duque, debiera sucederle su hermano el duque de Berri o el archiduque Carlos, hijo del emperador de Alemania. Decisión tan delicada como sorprendente, provocó el enfrentamiento de los reinos de Europa y el alineamiento de las potencias en torno al rey de Francia o al emperador. Se iniciaba al mismo tiempo, en los diversos reinos de España, el enfrentamiento entre la nobleza y los grupos que representaban otros intereses, para dar comienzo a la Guerra de Sucesión.

El virrey Sarmiento manifestó su inclinación en favor de la casa de Habsburgo y del archiduque Carlos, por lo que fue objeto de intrigas y acusaciones que le provocaron profundo malestar. Coincidiendo con el anuncio de que una armada compuesta de navíos ingleses y holandeses, partidarios de Carlos, se dirigía a Veracruz y que, por su parte, Luis XIV había ordenado el despliegue de los barcos franceses en apoyo de Felipe V, Sarmiento recibió la orden de entregar el mando interinamente al recién promovido arzobispo de México, Juan Ortega y Montañés.

Resignó sus poderes, en solemne ceremonia, el 4 de noviembre pero permaneció en la ciudad algunos meses, hasta que logró embarcar en la flota que salió de Veracruz el 12 de junio de 1702 rumbo a España. A su regreso a la Península y tras prometer fidelidad al nuevo rey, Felipe V premió su gestión al nombrarle duque de Atlixco el 25 de noviembre de 1704. Dos años más tarde esta recompensa se amplió con el señorío y la merced de nombrar alcaldes mayores y obtener rentas en una amplia zona del valle de Atlixco y otras poblaciones, incluida Tula.


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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 30 Abr 2016 14:38

D. Francisco FERNANDEZ DE LA CUEVA y DE LA CUEVA 34º Virrey de Nueva España


Francisco Fernández de la Cueva y de la Cueva (Génova, 17 de noviembre de 1666 – Madrid, 23 de octubre de 1733) fue un aristócrata, diplomático y militar español, titular de la Casa de Alburquerque, destacado por su cargo de 34º Virrey de Nueva España.

Heredero de la Casa de Alburquerque, con Grandeza de España, sucedió a su padre en las dignidades ajenas a ella. Educado en un ambiente militar, con diecisiete años fue nombrado caballero de la Orden de Santiago, y a lo largo de su vida ocupó los cargos de capitán general de la Costa de Granada, capitán general del Mar y Costas y de Andalucía y Virrey de Nueva España, donde creó el Tribunal de la Acordada, acabando con la plaga de bandolerismo que había cuando llegó. Tras finalizar su mandato se convirtió en el primer virrey al que el monarca concedió el collar de la Orden del Toisón de Oro por sus servicios en Nueva España.

Falleció en Madrid el 23 de octubre de 1733, ejerciendo su cargo de gentilhombre de cámara de Felipe V de España, dejando como heredero a Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, que habría de ser XI duque de Alburquerque.

Nació en Génova el 17 de noviembre de 1666, donde su padre estaba de paso, prestando servicio al rey. Fue hijo primogénito de Melchor Fernández de la Cueva y Enríquez de Cabrera, IX duque de Alburquerque, Grande de España, VII marqués de Cuéllar, IX conde de Ledesma y de Huelma, y de su mujer Ana Rosalía Fernández de la Cueva, III marquesa de Cadreita, V condesa de la Torre, hija del VIII duque de Alburquerque, Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez de Cabrera, 22º Virrey de Nueva España y 45º Virrey de Sicilia, y nieta de Lope Díez de Aux de Armendáriz, I marqués de Cadreita y 16º Virrey de Nueva España.

Como heredero de la Casa de Alburquerque nació titulado VIII marqués de Cuéllar, y a los diecisiete años recibió el hábito de la Orden de Santiago, y tan sólo tres años más tarde, cuando rondaba la veintena, falleció su padre, a quien sucedió como X duque de Alburquerque, X conde de Ledesma y de Huelma, y X señor de Mombeltrán, Pedro Bernardo, La Codosera, Lanzahíta, Mijares, Aldeadávila, Villarejo, Las Cuevas, San Esteban y Santa Cruz, mientras que a la muerte de su madre en 1724, fue IV marqués de Cadreita, VI conde de la Torre señor de la villa y palacio de Cadreita, de Guillena y del mayorazgo de la familia Castilla en Madrid.

Durante los primeros años de su carrera fue comendador militar de Guadalcanal en la Orden de Santiago, y más tarde de Benfayán en la Orden de Alcántara. Dentro de sus rangos militares, destacan sus oficios de capitán general de la Costa de Granada y capitán general del Mar Océano y Costas de Andalucía.
Virreinato de Nueva España

Fue el segundo virrey nombrado por Felipe V de España, y llegó al puerto de Veracruz acompañado de su mujer, en una flota enviada especialmente por Luis XIV de Francia, abuelo del rey de España. Con su llegada acercó al virreinato las modas europeas: el lujo en los vestidos, en los muebles o en la vajilla. El color negro en la vestimenta se reservó únicamente para los golillas, y los mandatarios de la corte virreinal usaron casacas de vivos colores, bordadas en oro y plata y de tejidos nobles, mientras que las damas conocieron los encajes y las sedas de colores.

Llegó con el angustioso encargo de enviar dinero a España, pues la Guerra de Sucesión Española frente al archiduque Carlos estaba dejando las arcas vacías. Comenzó confiscando los bienes, comercios y cuentas de muchos ingleses y holandeses (con los que los españoles estaban en guerra), y también de los comerciantes portugueses, motivado por el monopolio que éstos últimos tenían del comercio en México, a lo que se sumaba su condición de judíos; además de en Veracruz, hizo lo mismo en Nuevo México y en Luisiana.

Estas medidas fueron aplaudidas por los criollos, y realmente efectivas, y mientras que para los ingleses y holandeses no pasó de ser casus belli, los portugueses regresaron a su tierra. Las cantidades de dinero que se enviaron a España fueron escoltadas por la Real Armada Francesa, puesta por le roi Soleil queriendo velar por los intereses de su nieto, llegando los navíos intactos a los puertos españoles a excepción de uno, interceptado en la Ría de Vigo por una escuadra anglo-holandesa que hubieron de hundir con casi todo el cargamento.

Acusó a la Iglesia católica de sus grandes fortunas, escribiendo al rey que «Todos los caudales se concentran en el estado eclesiástico». Además, acusó a las órdenes religiosas de ser muy criollas y de fomentar el criollismo; le preocupó la pugna entre criollos y españoles, y él mismo se consideraba públicamente anti-criollo, y llegó a decirle en una ocasión al rey que «La innata enemistad que los criollos tienen a los de Europa, sin que puedan disimular su antipatía».

Tras su llegada a Nueva España pudo comprobar el azote de una plaga de bandolerismo: los caminos estaban en poder de ladrones y asesinos, y no se podía circular por ellos salvo con fuertes escoltas, esto impedía el tráfico de mercancías y dificultaba la vida comercial. Por ello tomó enérgicas medidas con castigos que se imponían en el momento, y siendo considerados reos de muerte, se les ajusticiaba donde eran encontrados, por lo que cientos de ellos aparecieron colgados en las orillas de los caminos.

Fortaleció aún más estas medidas creando el Tribunal de la Acordada, institución similar a la santa hermandad que dispuso de varios miles de hombres que podían actuar en todas partes, acabando con la plaga de delincuencia que había encontrado a su llegada.

Su mandato como virrey finalizó el 13 de noviembre de 1710, cuando entregó el bastón de mando a su sucesor, Fernando de Alencastre Noroña y Silva, III duque de Linares. A su regreso a España, el rey le impuso el collar de la Orden del Toisón de Oro por sus excelentes servicios, siendo el primer virrey en recibir tan alta condecoración. Falleció en Madrid el 23 de octubre de 1733, ejerciendo el cargo de gentilhombre de cámara de Felipe V de España, dejando como heredero a Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, que habría de ser XI duque de Alburquerque.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 30 Abr 2016 14:44

D. Fernando DE ALENCASTRE NOROÑA y SILVA 35º Virrey de Nueva España


Administrador colonial español nacido en 1640 (se desconoce el lugar) y fallecido en la ciudad de México el 3 de junio de 1717. Fue duque de Linares, marqués de Valdefuentes, comendador de la Orden de Santiago y trigésimo quinto virrey de Nueva España (1711-16).

Fernando de Alencastre era hijo del segundo duque de Abrantes y Grande de España. Su apellido es la variante portuguesa del inglés "Lancaster", nombre de un hijo del rey de Inglaterra, que enlazó en tiempos de Eduardo III con la familia real de Portugal; Felipe II, a cuyo servicio entró su abuelo, había concedido el primer título de duque de Linares. Fernando casó en 1685 con su parienta Leonor de Silva con la que tuvo dos hijos que fallecieron pronto. Su nombramiento de virrey de Nueva España lo firmó Felipe V, como una muestra del afecto y la confianza que le profesaba, el 16 de mayo de 1710.

Llegó a Veracruz a mediados de octubre y días más tarde, el 7 de noviembre, fue recibido en San Cristóbal Ecatepec por el cabildo y el resto de las autoridades virreinales, que le acompañaron hasta la villa de Guadalupe y el palacio de Chapultepec. Tomó posesión el 13 de noviembre y entró con toda solemnidad en la ciudad de México dos días después.

Señalan los historiadores la extrema dureza con que se expresó el duque de Linares al describir la situación del virreinato en la relación que dejó a su sucesor años después. Según el virrey “la sociedad mexicana había llegado a la mayor corrupción de costumbres. Los principales sólo tratan de acaudalar tesoros y obtener caballería… la plebe es pusilánime pero mal inclinada, especialmente a robar. En cuanto a los eclesiásticos, embarazan la administración de la justicia con sus escandalosos amancebamientos… y los alcaldes mayores son plaga de las provincias”.

Se dice que trató de acudir a la solución de todos estos males, aunque con escasos resultados. En los últimos párrafos de aquel testimonio añadía: “No le turbe a V.E. su gobierno: ánimo, aunque cada día se oiga levantar mil testimonios, porque a mí me ha servido de pasatiempo el oír contar muchas cosas que me dicen he mandado y dicho, sin que me haya pasado por la imaginación; y de versos y sátiras me río…”.

Según Orozco y Berra, su gobierno “fue blando y justo; dedicado a los ejercicios piadosos, dominado por los jesuitas, si no desplegó energía ni aun mucha capacidad, quiso sujetar sus acciones a los preceptos del cristianismo y se mostró afable y benévolo”. Durante su mandato se firmó el tratado de Utrecht y terminó la Guerra de Sucesión; la nueva casa reinante en España iba a cambiar profundamente la administración, las formas y el estilo de gobernar en América.

Muy pronto tuvo que atender a las necesidades más urgentes de la población, el día de toma de posesión cayó sobre la ciudad de México una terrible nevada y el 16 de agosto de 1711 se sintió en México un fuerte temblor de tierra, que produjo multitud de víctimas y el derrumbe de numerosos edificios. Se dice que acudió con su propio dinero en ayuda de los pobres y a la reconstrucción de las viviendas.

Pero la mayoría de los conflictos locales mantenían su vigencia. En las provincias del norte, especialmente las fronteras de Sonora y la península de California, proseguía la obra misionera de los jesuitas, a pesar de la muerte del padre Kino acaecida el 15 de marzo de 1711, gracias a la incorporación de nuevos sacerdotes, apoyados por las cédulas reales favorables a su actividad, aunque faltos de los recursos de la corona. En California los jesuitas habían establecido un sistema de gobierno que presidía el padre Salvatierra, a cuyo mando estaban sometidos los soldados y marineros del virreinato.

Por la parte de Texas, la presencia francesa en las orillas de Mississippi seguía siendo motivo de preocupación. Louis de Saint Denis, que había iniciado sus incursiones a principios de siglo, logró alcanzar en 1714 los establecimientos españoles del Río Grande, avanzando por una ruta paralela a la costa. En realidad, la ingenuidad del franciscano fray Francisco Hidalgo, que propuso a los franceses de la Luisiana su colaboración en la evangelización de Texas, fue el mejor pretexto que encontró el gobernador Cadillac para aprobar el proyecto de Saint Denis.

La respuesta española no se hizo esperar y el duque de Linares encargó al capitán Domingo Ramón la reocupación del territorio, partiendo del presidio de Río Grande, en compañía de los religiosos franciscanos dirigidos por fray Antonio Margil. Al comenzar el año 1716 se instalaron seis nuevas misiones con la pretensión de alcanzar el establecimiento francés en Natchitoches, lo que permitió comprobar la extensión del contrabando y el provechoso comercio que los franceses habían estado desarrollando con las tribus indias de la región. En el reino de Nuevo León se fundó una colonia que se llamó de San Felipe de Linares.

En Veracruz, como consecuencia de los tratados de Utrecht y la reanudación de relaciones con Inglaterra, al amparo de un nuevo “Asiento”, se instaló una factoría británica según el modelo francés, a la que se concedió el monopolio para la introducción de esclavos negros en territorio americano bajo dominio español. Aunque para la defensa del comercio con la metrópoli se estipuló la prohibición de vender mercaderías, los ingleses supieron sortearla, por lo que aumentó el contrabando y la introducción en el virreinato de todo tipo de bienes de consumo.

En las costas del sureste, que no aparecían mencionadas en los tratados de paz, la corona española se sintió libre para aplicar una política de contención frente a los ataques exteriores. En la laguna de Términos, adonde habían regresado los colonos británicos, continuaban los cortes de madera y su exportación a Jamaica. Como respuesta, el virrey hizo construir en la dársena de Coatzacoalcos cuatro barcos de navegación ligera, que reforzaron la Armada de Barlovento y permitieron una defensa más eficaz de los intereses españoles. Por otra parte, se ordenó el envío de pertrechos militares y la finalización de las obras del fuerte de Cumaná.

El 7 de diciembre de 1716 salió una escuadra española, preparada en Veracruz y Campeche, al mando del sargento mayor Alonso Felipe de Andrade, que sorprendió a los ingleses y los expulsó de la laguna, donde se habían fortificado. Cuando trataron de reconquistarla en julio de 1717 volvieron a ser derrotados, por lo que la isla y la laguna de Términos quedó definitivamente libre de colonos ingleses.

En política interior, prosiguieron las obras del desagüe, tan elogiadas por Humboldt, que las llegó a considerar “una de las obras hidráulicas más gigantescas que han ejecutado los hombres”. La opinión del científico ilustrado se recogía en el análisis crítico del llamado “tajo de Nochistongo”, lo que le permitió evaluar el esfuerzo de la corona y las autoridades virreinales a lo largo de tantos años. El marqués de Linares fundó la primera biblioteca pública y el primer museo de animales y plantas de Nueva España.

Para cumplir con su obligación de remitir a Madrid una aportación económica importante, trató de aumentar los ingresos de la corona, que estaban basados en los tributos, alcabalas, quintos, el asiento de pulque y el juego de naipes. Pero como por otra parte seguían creciendo los “situados” de fondos en las islas y otras plazas de ultramar, la hacienda virreinal se vio obligada a cobrar por adelantado alguno de esos tributos, lo que hizo que aumentara el endeudamiento "crónico" habitual.

Todavía en el ejercicio de su mando, intervino en las discusiones del Cabildo, que en junio de 1816 planteó la manera de pagar los enormes gastos que suponía la preparación de los festejos de bienvenida al nuevo virrey. Tenía que conceder su autorización para disponer de las pensiones de carnicerías, que se pagarían en el plazo de tres años, lo que hizo de buen grado. El 16 de julio recibió al marqués de Valero cuando éste llegó a la ciudad de México y tomó posesión de su cargo.

El marqués de Linares había llegado a México viudo, sin hijos y de bastante edad, con una salud precaria que se resintió gravemente en los últimos meses. Con la esperanza de que “el temperamento de México le curara de sus males”, permaneció en la capital, pero con el paso de los meses sus condiciones físicas empeoraron sensiblemente. El nuevo virrey trató de ayudarle, ordenando que se trajera la imagen de Nuestra Señora de los Remedios, desde su santuario hasta la casa del duque, con la esperanza de que le sirviera de consuelo espiritual.

Incapaz de superar la enfermedad, el duque de Linares falleció en la ciudad de México el 3 de junio de1717. El Cabildo en cuerpo acordó asistir a su entierro en la iglesia de San Sebastián, del monasterio de carmelitas descalzos

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 30 Abr 2016 16:18

D. Baltasar DE ZUÑIGA GUZMAN SOTOMAYOR y MENDOZA 36º Virrey de Nueva España


Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza (Béjar, diciembre de 1658;[cita requerida], bautizado el 9 de enero de 1659 y fallecido en Madrid el 26 de diciembre de 1727) fue I duque de Arión, II marqués de Valero, VII de Ayamonte, V de Alenquer, miembro del consejo del rey y del consejo de guerra de los reyes Carlos II y Felipe V, virrey y capitán general de Navarra, virrey y capitán general de Cerdeña, virrey, gobernador y capitán general del reino de la Nueva España, presidente de la real audiencia de México, mayordomo mayor del rey Felipe V, presidente del consejo de Indias y miembro de la Casa de Zúñiga.

Hijo de Juan Manuel de Zúñiga Sotomayor y Mendoza, IX duque de Béjar y de Plasencia, V duque de Mandas y Villanueva, X marqués de Gibraleón, V de Terranova, XIII conde de Belalcázar, X de Bañares, I marqués de Valero, etc., primera voz de la nobleza de Castilla, justicia mayor y alguacil mayor hereditario de Castilla, Grande de España, y su esposa Teresa Sarmiento de Silva y Fernández de Híjar, hija de Rodrigo Sarmiento de Silva Villandrado, Conde VIII de Salinas y de Ribadeo, y de su esposa Isabel Margarita Fernández de Híjar, IV duquesa de Híjar, IV marquesa de Alenquer.

Su padre Juan Manuel, IX duque de Béjar, fallecido el 14 de noviembre de 1660, en su testamento del 7 de noviembre de 1660 nombra herederos de sus títulos y estados a sus hijos Manuel Diego, X duque de Béjar, Baltasar, II Marqués de Valero, y Manuela; por ser menores de edad nombra tutora a su esposa Teresa, duquesa IX de Béjar.3 Su madre Teresa encarga el tutelaje de Baltasar a su tío Diego Gómez de Silva (hermano de Teresa), nombrándolo su curador por escritura del 28 de mayo de 1664.

Al fallecimiento de Brianda de Zúñiga y Sarmiento de la Cerda, VI marquesa de Ayamonte, acaecido en 1648, surge un largo pleito sobre la sucesión y posesión del marquesado entre Luisa Josefa Manrique de Zúñiga, III marquesa de Villamanrique, y su hijo Manuel Luis de Guzmán con los hermanos Manuel Diego, Baltasar y Manuela. Pleito mantenido sobre la sucesión del mayorazgo que incluía el marquesado de Valero mantenido por Leonor de Zúñiga y Dávila, Marquesa de Loriana y de Baides (nieta de Diego de Zúñiga Sotomayor (hermano menor del padre de Baltasar).

Toma de posesión del lugar de Guijo de Ávila, Salamanca, por su curador Diego Gómez de Silva, realizada el 28 de julio de 1664.7 Por sentencia del 21 de abril de 1710 se le da a Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero, la posesión del mayorazgo de Ginés. Por privilegio del 12 de mayo de 1712 confirma el rey Felipe V a Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero y Alenquer, hijo y testamentario de su madre Teresa Sarmiento de Silva y la Cerda, las alcabalas y demás derechos de las villas de Morales y de Talamanca de Jarama, Madrid, así como de Casasola de Arión, Valladolid. Por escritura de convenio del 4 de junio de 1712 hecha entre Baltasar y su sobrino Juan Manuel XI duque de Béjar, por la que a Baltasar se adjudican las villas de Casasola de Arión, Salamanca, y Talamaca del Jarama, Madrid. Toma de posesión realizada el 20 de junio de 1712 por Baltasar, marques de Valero, de la villa de Casasola de Arión, Valladolid, con su jurisdicción, alcabalas y demás derechos.

Ayuda al Sacro Imperio en la guerra contra la amenaza turca

Viena sitiada por el turco desde julio 1683 es librada en la victoriosa batalla de Kahlenberg el 12 de septiembre de 1683. El ejército turco se retira y la amenaza turca se concentra en Hungría. Baltasar viaja a Bruselas en febrero de 1686 a reunirse con su hermano mayor Manuel Diego, X duque de Béjar y Plasencia, etc., y juntos tomar parte en la guerra contra el turco, que seguía asediando el imperio de la casa de Austria. En el asalto de Buda, Hungría, recibió su hermano Manuel Diego, General del Regimiento de Caballería de España, una herida mortal el 17 de julio de 1686, Baltasar sufrió heridas no tan graves. Leopoldo emperador del Sacro Imperio escribe a Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero, el 31 de julio de 1686 carta de condolencia por el fallecimiento de Manuel Diego, X duque de Béjar y Plasencia. El duque de Lorena escribe al rey Carlos II para felicitarle por el sacrificio realizado por la nobleza española y la pérdida del duque de Béjar.

Al servicio del rey Carlos II de España

El rey Carlos II lo nombró Virrey y capitán general del reino de Navarra, cargo que ejerció del 15 de noviembre de 1692 al 1697. Por provisión real del 8 de julio de 1693 se le concedió la exención del pago del servicio de lanzas durante el tiempo que desempeñe el cargo de virrey de Navarra. El rey Carlos II y Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero, cruzan correspondencia entre 1692 y 1697, así como le envía algunas órdenes. El consejo de Navarra le escribe consultas en 1696. El consejo real le remite cartas de 1693 al 1696. El rey Carlos II le informa en cartas de 1693 al 1697 sobre la Guerra de los Nueve Años., llamada así porque duró del 1688 al 1697 y se combatió en dos frentes, el uno en Flandes, el otro en Alicante y Barcelona. Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero, propone al rey Carlos II tomar la ciudad de Bayona, Francia, con motivo de la guerra de los Nueve Años, para disminuir la presión francesa sobre Cataluña. En el tratado de paz de Rijswijk firmado el 20.09.1697 se devolvieron a España las plazas conquistadas por Francia.

Al servicio del rey Felipe V de España


A la muerte del rey Carlos II de España acaecida el 1.º de noviembre de 1700 sin dejar descendencia y de acuerdo a su testamento del 2 de octubre de 1700, le sucedía en la corona de España Felipe duque de Anjou, segundo hijo del Delfín, hijo de su hermana María Teresa, casada con el rey Luis XIV de Francia, quien era nieto del rey Felipe III de España. El archiduque Carlos pretendiente de la Casa de Austria, quien tenía los mismos derechos que Felipe duque de Anjou, por ser hijo de Leopoldo emperador del Sacro Imperio, otro nieto del Rey Felipe III de España, casado con Margarita, hermana mayor del rey Carlos II de España, no quiso reconocer la clausula testamentaria.

En mayo de 1702 el Sacro Imperio y las potencias europeas aliadas (Inglaterra, Holanda, Saboya y Portugal) declararon a España y Francia la guerra, llamada la Guerra de sucesión, que duró hasta la firma de los tratados de paz en Utrecht en 1713, Rastatt en 1714 y entre Madrid y Viena en 1725.

El rey Felipe V por carta del 8 de mayo de 1701 exige a Baltasar prestarle el juramento de fidelidad y homenaje en el Convento de los Jerónimos de Madrid. Baltasar, respetando el testamento del fallecido rey Carlos II, cumple con la exigencia de Felipe V.

Virrey y Capitán General del Reino de Cerdeña

El rey Felipe V lo nombra virrey y capitán general del reino de Cerdeña, cargo que ejerció del 1704 al 1707. Baltasar cruzó correspondencia con el rey Felipe V y con miembros del consejo de estado sobre asuntos relacionados con su cargo. El conde de Frigiliana le informa por cartas del 19 de septiembre, 14 de octubre y del 1.º de noviembre de 1705, así como del 26 de marzo de 1707 sobre temas administrativos y militares relacionados con la Guerra de Sucesión. Por carta del 28 de junio de 1708 el rey Felipe V le prorroga sus servicios a la corona de España y lo nombra miembro del consejo del rey y del consejo de guerra

Virrey, Gobernador y Capitán General del Reino de la Nueva España

Baltasar de Zúñiga fue nombrado por el rey Felipe V el 22 de noviembre de 1715 virrey, gobernador y capitán general del reino de la Nueva España y presidente de la real audiencia de México. Salió con su comitiva del puerto de Cádiz el 10 de marzo de 1716 en la nave "La Hermiona" mandada por el maestre Antonio García, con los navíos de la escuadra al mando de su jefe Fernando Chacón para la Nueva España. Hizo su entrada oficial en la ciudad de México el 16 de agosto de 1716. Fue el primer virrey soltero que tuvo la Nueva España.

Al comienzo de su gobierno recibió la noticia de que los indios en Texas sufrían de hambre y no podían servir a los colonos. Los colonos sin ayuda de los indios abandonarían las poblaciones y Texas se iba a perder por esa razón. El marqués de Valero ordenó se socorriera a esa región y que se enseñase a los indios el cultivo de la tierra y la cría de ganado, para que se abastecieran en sus necesidades, como se hizo. Creó puestos avanzados para evitar la invasión de colonos franceses.

Los caciques indígenas de La Florida reunidos en Panzacola en 1717 quisieron venir a la ciudad de México, se les facilitó el viaje en un barco de la flota de Barlovento que los trajo a Veracruz y de allí en diligencia marcharon a la capital, donde fueron muy bien recibidos y bautizados y ofrecieron ser amigos de los españoles, compromiso que cumplieron. Durante esta época la corona de España ordenó se estableciera el monopolio del tabaco en Cuba y en México, desapareciendo las fábricas privadas que antes lo labraban. Este negocio representó una gran entrada de dinero para la corona.

Al mismo tiempo que se desalojaban definitivamente de la Laguna de Términos a los ingleses que se dedicaban al corte y al contrabando de maderas finas, el virrey, marqués de Valero, se ocupó de ir colonizando el territorio de Texas, fundó en 1718 la ciudad de San Antonio de Béjar en Texas y creó puestos avanzados para evitar que los franceses se establecieran en esos lugares. En el llamado "Palacio del Gobernador" de San Antonio de Béjar se conserva su retrato y una fotocopia de su partida de bautismo.

En la Sierra Gorda, del ahora Estado de Tamaulipas, se llevó a cabo la pacificación de los indios lipanes, estableciendo algunas misiones. Durante su gobierno se conquistó a los indios de Nayarit, que habían permanecido en estado salvaje y se les redujo a la civilización y admitieron a misioneros jesuitas, quienes los cristianizaron. El ídolo que más veneraban fue traído a México y la Inquisición en una Acto de Fe lo hizo quemar. La provincia era rica en minerales. Una de las poblaciones tomó el nombre de San Francisco de Valero. También se reconstruyeron las fortificaciones de Florida.

Fundó en México el convento de Capuchinas Indias que se llamó de Corpus Christi para indios nobles. El día de Corpus, 16 de junio de 1718, después de la procesión y de regreso a palacio, el virrey marques de Valero fue atacado con un cuchillo por un loco llamado Nicolás Camacho, quien no logró herirlo por haber sido detenido a tiempo y fue enviado al hospital de San Hipólito para enfermos mentales.

El cardenal Julio Alberoni, protegido de la reina Isabel de Farnesio, figura principal del 1716 al 1719 en el gobierno del rey Felipe V inicia una política agresiva con el fin de recuperar los reinos españoles en Italia, provocando el acercamiento de Inglaterra a Francia. Inglaterra declara la guerra a España el 29 de diciembre de 1718 y Francia el 9 de enero de 1719.

Estos hechos repercutieron en la América. Los colonos franceses invadieron Panzacola el 19 de mayo de 1719, a consecuencias de la guerra entre España y Francia, y fueron obligados por las tropas del virrey a rendirse. Ante la amenaza de una nueva invasión los colonos se retiraron a Coahuila. El virrey, marqués de Valero, no aceptó la capitulación y envió tropas bajo el mando del nuevo gobernador de Florida y Texas, don Agustín Echeverri y Subiza, marqués de San Miguel de Aguayo, con 500 milicianos para ocupar la bahía del Espíritu Santo, desalojando a los franceses que allí se habían establecido, ordenando que cesaran las hostilidades y restablecieran las misiones y los presidios.

El Virrey marqués de Valero se ocupó en hacer que los franceses, que habían fundado colonias importantes en la isla Española, fueran desalojados. En 1720 se ajustó una paz definitiva entre España y Francia y entonces hubo necesidad de emprender operaciones para arrojar a los dinamarqueses que se habían apoderado de las islas de San Juan y Santo Tomás, que fortificaron y en las que montaron artillería. A fines de 1720 se celebró la primera feria de Jalapa, organizada por los comerciantes y en 1722 se publicó el primer periódico en la capital de México. Durante su gobierno la corona nombró visitador al inquisidor de México don Francisco Garzarón. El fiscal de la Audiencia de México, Ambrosio de Santaella Melgarejo, realizó la residencia final.

Al efectuarse el matrimonio del príncipe de Asturias, el futuro rey Luis I, con la princesa de Orleáns el marqués de Valero fue nombrado Mayordomo mayor del rey en Madrid, por lo que tuvo que entregar el gobierno de la Nueva España el 15 de octubre de 1722. Baltasar estuvo presente el 10 de enero de 1724 en el monasterio de El Escorial, Madrid, en la ceremonia de abdicación del rey Felipe V en la persona de su hijo Luis, estando presentes los infantes Fernando y Carlos y otros personajes. El rey Luis I lo nombra en enero de 1724 Presidente del consejo de Indias. El reinado de Luis I fue muy corto, falleció el 31 de agosto de 1724, volviendo a reinar Felipe V hasta su fallecimiento en 1746.

El rey Felipe V le concedió el 20 de septiembre de 1725 el título de I duque de Arión con Grandeza de España de primera clase para él y sus sucesores. Ese mismo año es designado para el influyente cargo cortesano de Sumiller de Corps del Monarca. Dos años más tarde, el rey Felipe V le concede usar estampilla para su firma el 6 de noviembre de 1727.

Baltasar estuvo gestionando su matrimonio con Victoria Francisca de Saboya, hija del duque de Saboya Víctor Amadeo II, pero que por diversos motivos no llegó a concretizarse. Otorgó testamento el 4 de diciembre de 1727. Baltasar falleció, sin haber tomado estado, en Madrid el 26 de diciembre de 1727. Por disposición testamentaria su corazón fue enviado a México y es conservado en la capilla de la Iglesia Convento de Corpus Christi fundada por él.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 May 2016 01:05

D. Juan DE ACUÑA y BEJARANO 37º Virrey de Nueva España


Militar y administrador español, nacido en Lima, el 9 de marzo de 1658 y muerto en México en 1734. Fue el trigésimo séptimo virrey de Nueva España (1722-34), marqués de Casafuerte y caballero de la Orden de Santiago.

Fue bautizado dos meses después de su nacimiento en la catedral limeña. Era hijo menor y póstumo del general Juan Vázquez de Acuña y de Margarita Bejarano de Marquina, natural de San Luis Potosí (México). El padre había sido corregidor de La Plata y de San Luis Potosí, donde conoció a su esposa, pasando más tarde al gobierno de Huancavélica, lugar famoso por las minas de azogue. Tras de su muerte, la familia regresó a la Península donde Iñigo, el hermano mayor, ayudó a Juan para que sirviera como paje en la corte de Carlos II. Gracias a esta ayuda consiguió ingresar en 1679 como caballero de Santiago, abrazando la carrera de las armas, en la que hizo rápidos progresos.

Participó en la Guerra de Sucesión española, apoyando el bando de los borbones. Felipe V le nombró gobernador de Messina, Sicilia y en premio a sus servicios creó a su favor el título de marqués de Casafuerte por Real Acuerdo del 12 de julio de 1708. Capitán general del ejército español, “alcanzó fama de valiente, enérgico, justiciero e inteligente”. Cuando el 22 de abril de 1722 le llegó el nombramiento de virrey de Nueva España, desempeñaba el cargo de comandante militar de los reinos de Aragón y Mallorca. Se iniciaba la aplicación de una nueva política en la gobernación de los virreinatos, que abriría paso a nuevas clases sociales, fuera del círculo cerrado de la nobleza, habitual en la época de los Habsburgo. Acuña pertenecía a la clase emergente de los criollos al servicio de la corona.

Llegó a Veracruz el 25 de agosto de 1722 y así lo anunció el repique de las campanas de la catedral tres días más tarde. Como las instrucciones recibidas desde la corte limitaban los gastos de recepción y el agasajo a los nuevos virreyes, el Cabildo deliberó sobre la posibilidad de obtener recursos con los que cubrir el programa habitual, lo que provocó una amplia correspondencia entre las instituciones y obligó a la intervención personal del duque de Linares.

Fue recibido en Puebla pero no se quedó en Chapultepec, por lo que llegó directamente al palacio virreinal en la ciudad de México. Tomó posesión de su mando el 15 de octubre y como gozaba de la confianza del monarca, permaneció en el virreinato durante doce años. Criollo y soltero, aunque de cierta edad al llegar a México, su figura destaca sobre los demás virreyes “por los aciertos, la honestidad y los sentimientos profundamente humanitarios con que se condujo. Sus méritos recuerdan los de los primeros virreyes del siglo XVI”.

Contó desde el primer momento con la simpatía general de la población, que aprobó sus medidas de contención de gastos y el recorte de todos los abusos, empezando por el propio palacio y la corte virreinal, la selección de sus colaboradores y la simpatía en favor de los criollos novohispanos. Una de sus primeras preocupaciones consistió en ordenar las finanzas locales, cubrir las deudas pendientes y recuperar las fuentes regulares de ingresos, con lo que logró equilibrar la balanza de la hacienda virreinal.

En las fronteras del norte se mantenía una rebelión larvada permanente, por la débil presencia de los presidios antiguos o los recién construidos, la expedición del marqués de Aguayo regresó de Texas coincidiendo con la llegada del virrey, mientras crecía y se renovaba la presión de las tribus o naciones comanches, a la que se incorporaron poco más tarde los apaches. Se exploraba el curso del Río Grande y, siguiendo las costas de California, continuaba la búsqueda de un puerto seguro más al norte de Acapulco en el que recibir la nao de Filipinas. Por el sureste, entre tanto, volvieron los colonos ingleses a Belice y mantuvieron la explotación del palo de tinte, apoyados en la flota británica asentada en Jamaica.

En 1724 repercutieron en el virreinato los sucesos de la Península. Llegó la noticia de la inesperada abdicación de Felipe V en su hijo Luis, que fue jurado y reconocido con toda solemnidad el 9 de febrero, pero poco después se supo su muerte, ocurrida el 31 de agosto y la vuelta al poder del propio Felipe V, nuevamente acatado y jurado. Entre tanto, el fortalecimiento del erario virreinal se reflejaba en las sumas crecientes de recursos monetarios que se enviaban a la corte.

La flota que venía de la Península y llegó a Veracruz a finales de 1725 sufrió graves contratiempos y la pérdida de toda la correspondencia oficial, así como gran cantidad de hombres, por lo que hubo que construir nuevos barcos. Estos acontecimientos, unidos a la amenaza de hostilidades por parte de Inglaterra, obligaron a retrasar la salida del viaje de regreso. Al fin se consiguió trasladar a Cádiz algo más de 18 millones de pesos en dinero y efectos. La satisfacción real por la buena y eficaz administración del marqués se puso de manifiesto en junio de 1727, cuando Felipe V decidió prorrogar su mandato por otro período más.

La importancia adquirida por la expansión española en Texas y las praderas del norte aconsejó enviar una misión a cargo del brigadier Pedro de Rivera, gobernador de Yucatán y de Tlaxcala, con el encargo de llevar a cabo una completa y exhaustiva visita a los presidios. Rivera empleó en esta tarea algo más de tres años, lo que le proporcionó una gran experiencia y el conocimiento directo de enormes extensiones vacías, que necesariamente debían ser pobladas, tanto para impedir la llegada de colonos franceses como para hacer frente a la presión de las tribus vecinas. El “Reglamento general de presidios” de Rivera, compuesto de 196 artículos, fue promulgado por el marqués de Casafuerte el 22 de mayo de 1729.

En sus informes Rivera se refería a la situación que había encontrado con estas palabras: “Siendo la mejor tierra la que se halla despoblada de la Vizcaya por el temor de los enemigos, si las armas continuasen en sus correrías pudieran encontrarse algunos parajes a propósito para poblarlos y suponiendo que no fuese así, siempre será conveniente se transite aquella tierra para tenerla limpia de enemigos que puedan insultarla”. La reacción del virrey fue inmediata: se impartieron instrucciones al gobernador de Nueva Vizcaya y poco después se inició la expedición del capitán Berroterán, compañero de Rivera, que se internó a través del desierto para recorrer los territorios de Mapimí hasta Coahuila. Berroterán volvería a dirigir otra expedición, de enero a mayo de 1729, en la que remontó Río Grande en busca de un lugar donde instalar otro presidio.

Planteada la necesidad de aumentar la población, se decidió traer a centenares de familias canarias que ocuparían las nuevas misiones, aunque la opinión en contrario del virrey, que trataba de obtener cualquier reducción en los gastos, obligó a reducir el proyecto a tan sólo quince familias, que se instalaron en el cabildo de San Fernando. Por otra parte, se registraron enfrentamientos entre los canarios y los misioneros franciscanos, que habían acaparado las mejores tierras. A partir de 1730 se iniciaron los ataques apaches, por lo que se llevaron a cabo expediciones militares de castigo, pero en 1733 el virrey nombró capitán de Béjar a José de Urrutia, un soldado experimentado en la lucha contra los indios, que dirigió nuevas campañas a partir de San Antonio, hasta el final de la década.

En el interior del virreinato continuaba el desarrollo de una política de pacificación y concordia entre las clases y los grupos sociales. También se limitó la actividad represora de la Inquisición, para que las causas judiciales resultaran justas y las penas y castigos apropiados al delito cometido. El virrey solicitó del papa su intervención para que se publicara una bula favorable a la construcción de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, a la vez que instaló una magnífica reja en el coro de la catedral, forjada en Macao y que había traído la nave de Manila. Por estos años mejoraron las instalaciones del puerto de Acapulco, en el que fondeaba anualmente la flota que venía del otro lado del Pacífico. La llegada de la nao daba motivo a fiestas y mercadillos en los que se intercambiaban mercaderías y objetos procedentes de Asia.

Un desarrollo similar tuvo lugar en el entorno de Veracruz, puerta de entrada del comercio con Europa, aunque debido a la insalubridad de su clima, la feria comercial se desplazó a partir de 1721 a la ciudad de Jalapa. Más tarde, por razones fiscales se prohibió su celebración, pero el virrey consiguió hacer cumplir una cédula anterior que localizaba las ferias de la región en la ciudad de Orizaba, donde se estableció una fundición de cañones. Para resolver la situación de Veracruz, azotada por las fiebres y otras epidemias, hizo traer nuevas conducciones de agua de mejor calidad, procedente de los ríos de montaña.

En enero de 1728 se reanudó la publicación de la Gazeta de México, el periódico mensual que el virrey había autorizado en 1722, dirigido entonces por el obispo de Yucatán, pero que se había suspendido poco después. En esta ocasión lo dirigió Juan Francisco Sahagún de Arévalo y se imprimió en la calle de San Bernardo de la ciudad de México.

El virrey había obligado a los productores y vendedores de plata de la capital a instalarse en una de las calles principales, que se llamó de Plateros (actual Madero) con la finalidad de evitar la anarquía de las fundiciones artísticas. También se esmeró en la construcción de grandes edificios como la aduana, al que se unieron almacenes y depósitos, o la reconstrucción de la Casa de la Moneda (1732-4), cuyos cuños y calidad tanta fama habían alcanzado en todo el mundo. La acuñación oficial reglamentaba rigurosamente el peso, la forma y la ley, tanto de la plata como del oro producidos en Nueva España, un viejo problema que estaba sin resolver desde los primeros años de la conquista.

Preocupaba entre las autoridades el problema del desagüe, al que tantos esfuerzos se había dedicado, pero también seguía pendiente la provisión de agua de calidad, por lo que el virrey realizó visitas de inspección a las cuencas acuíferas más importantes, antes de decidir las obras de conducción y los trabajos para su transporte hasta la capital. En 1728, en compañía de dos oidores, se trasladó a las fuentes y tomas de agua de la hacienda de Santa Mónica, cerca de Gudalupe, así como a Tlalnepantla, Tulpa y la hacienda de Santa Ana, todas ellas en el valle de México.

Fue un gobernante bien dispuesto a la reconstrucción de edificios que estaban en mal estado, como los hospitales de San Lázaro y San Juan de Dios o los reales colegios de Santa Cruz de Tlatelolco, San Juan de Letrán y San Ignacio, además de iniciar las obras del santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, cuya construcción había sido aprobada por medio de una bula potificia y transmitida a las autoridades virreinales en Real Cédula de 5 de agosto de 1727.

En el sureste, los ingleses seguían instalados en la zona del río Valis (Belice) y explotando desde hacía años los recursos madereros y el palo de tinte, lo que provocó enfrentamientos e intervenciones, tanto en el ámbito virreinal como desde la corte de Madrid. A partir de 1724 se multiplicaron las expediciones navales desde Yucatán, como resultado de las consultas y reales órdenes emanadas desde la corona o a través del virrrey Casafuerte. El gobernador Antonio Cortaire y Terreros en 1724 y su sucesor el mariscal Antonio de Figueroa Silva en 1725, enviaron varias expediciones de castigo a la zona, con la orden “de expulsión y exterminio” de los ingleses “del río Valis” como se llamaba al Belice actual. Conviene recordar que Yucatán, dentro del gobierno virreinal, trataba de mantener cierta autonomía, discutida y nunca aceptada plenamente por la Administración novohispana.

Sin embargo los ingleses, a pesar de todos los esfuerzos, de los apresamientos de navíos y colonos y de su desalojo de las zonas en litigio, se rehicieron muy pronto gracias al apoyo que encontraban en el apostadero de Jamaica. En 1733, la última expedición que salió de Campeche al mando de Figueroa, logró alcanzar las instalaciones y depósitos de Belice, que fueron arrasados. El contencioso hispano-británico en torno a esta zona se prolongó durante varios años y produjo una copiosa correspondencia entre la corona y el virrey; la colonia maderera de Valis o Belice siguió atrayendo el interés de los comerciantes ingleses durante muchos años.

Pero la edad y las enfermedades que había contraído el virrey en los últimos años, especialmente “la perniciosa gota que pronto arruinaría su constitución”, acabaron con su salud, por lo que falleció en la madrugada del 17 de marzo de 1734. Se dice que ante las malas noticias que en los últimos años le llegaban de México, el rey Felipe V preguntaba una y otra vez: “¿Vive Casafuerte?” y a una contestación positiva respondía: “si vive, sus prendas y virtudes le darán el vigor que necesita un buen ministro”. Días antes de morir había firmado testamento nombrando por heredero único de sus bienes a su sobrino José Joaquín de Acuña y Figueroa. De acuerdo con su última voluntad fue solemnemente enterrado en el convento de San Cosme y San Damián.

Los funerales oficiados en su honor se prolongaron durante varios días y culminaron en una procesión por las calles de la ciudad, celebrada el 21 de marzo. Los presidió Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México, designado virrey de Nueva España, según se disponía en un Real Acuerdo que estaba en poder de la Audiencia, previsto para estos casos. La Gazeta de México publicó varios reportajes en los que describía la pompa y el boato con que se concibieron tan “suntuosos funerales”.


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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 May 2016 01:08

D. Juan Antonio DE VIZARRON y EGUIARRETA 38º Virrey de Nueva España


Administrador colonial español nacido en 1658 (se desconoce el lugar) y muerto en la ciudad de México el 25 de enero de 1747. Fue arzobispo de México y trigésimo octavo virrey de Nueva España (1734-40).

Tras el fallecimiento del marqués de Casafuerte, se abrieron en la Real Audiencia los pliegos que contenían las disposiciones del caso, en las que por decisión real y con carácter interino, sucedió al virrey fallecido el 17 de marzo de 1734, el doctor Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México. Tomó posesión del mando el día siguiente y presidió los funerales programados, de los que se ocupó por extenso La Gazeta de México.

Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta había nacido en el Puerto de Santa María (Cádiz) y fue arcediano titular de la catedral de Sevilla, sumiller de cortina del rey y electo arzobispo de la diócesis de México en 1730. Durante su ejercicio había dotado numerosas obras pías, entre ellas una a favor de las niñas enclaustradas en espera de tomar el hábito de religiosas. Recibió y solemnizó el juramento del patronato de la virgen de Guadalupe e hizo entrada pública bajo palio, contra lo mandado por las leyes pero según lo dispuesto por el Real Acuerdo.

El 5 de abril el nuevo virrey se vio obligado a iniciar diligencias judiciales, para averiguar quiénes habían sido los causantes de una irrespetuosa representación de los funerales del marqués de Casafuerte. Se descubrió que “un grupo de gente moza, de la servidumbre de don Diego Velázquez de la Cadena, había organizado un entierro fingido, ridiculizando el que tuvo lugar”, por lo que se impuso a Velázquez el correspondiente castigo, que consistió en el encierro domiciliar.

Durante el mandato del virrey-arzobispo Vizarrón continuaron los enfrentamientos hispano-británicos en torno a Valis o Belice. En 1734 salió una expedición dirigida por el gobernador Juan Fernández de Sabariego, que tuvo éxito y regresó con cuatro balandras corsarias, abundantes mercancías y 28 ingleses presos. Otra expedición posterior, ordenada por el nuevo gobernador Manuel de Salcedo, fracasó en el intento de recuperar la zona y, finalmente el mismo Salcedo fue derrotado en 1737, al encontrarse con una flota de guerra británica desplegada en sus alrededores. Los intentos posteriores resultaron igualmente desgraciados pero los informes de Salcedo, dirigidos tanto al rey como al virrey-arzobispo, resultaron inútiles. La Armada de Barlovento no pudo hacerse a la mar para enfrentarse con los navíos ingleses.

Los seis años de su mandato se caracterizan por la alta conflictividad entre España e Inglaterra, mientras se consolidaban los Pactos de Familia con Francia. Resultado de esta política fue la presión de la marina británica en todas las costas, tanto del Pacífico como del Golfo, además de Guatemala y Honduras. El comodoro Anson invadió el Pacífico y el almirante Vernon dominó las Antillas y penetró en el Golfo. Hubo enfrentamientos y combates en Portobelo, tomado por los ingleses, La Guaira y Santiago de Cuba, en las que fueron rechazados y Cartagena, donde el almirante Vernon sufrió una derrota importante. Las gestiones diplomáticas en las cortes europeas lograron poner fin a este enfrentamiento.

Una nueva declaración de hostilidades, la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins, obligó en 1739 al virrey, gracias a los recursos facilitados desde la Península, a tomar las medidas apropiadas para la defensa de las guarniciones y la prevención de la llegada de navíos enemigos a las costas de México. El obispo Vizarrón también tenía que atender con armas, víveres y soldados a las posiciones militares de La Florida, Puerto Rico, Santo Domingo y Cartagena, que dependían de los “situados” en recursos, procedentes de Nueva España.

En política interior, la situación fue de inseguridad generalizada, debido a la extensión e importancia del bandidaje tanto en la capital, donde se intentó asaltar el palacio virreinal, como en las ciudades y los pueblos, que en muchos casos gozaban del apoyo o el encubrimiento popular. También se multiplicaron los conflictos y las intervenciones de la autoridad judicial.

A finales de 1736 se propagó una epidemia de fiebre amarilla, llamada “Gran Matlazahuatl”, que se inició en Tacubaya y mató a miles de indios. Según escribe el jesuita Alegre en su Historia de Nueva España, en México fallecieron más de cuarenta mil personas y cincuenta mil en Puebla, pero la mortandad en el resto del país alcanzó a las dos terceras partes de las poblaciones indígenas. El virrey-arzobispo trató de atajar esta situación, para lo cual estableció ocho hospitales y algunas boticas donde obtener medicinas gratuitas. “Se hicieron plegarias, novenas y rogativas, tratando de calmar el azote de la enfermedad con procesiones y penitencia”. Al parecer, se aprovechó la ocasión para jurar como patrona a la Virgen de Guadalupe.

También hubo levantamientos de indios en los territorios de misión en California, sofocados gracias a la intervención del gobernador de Sinaloa, que ordenó restaurar las misiones destruidas y con el paso del tiempo se aseguró la paz en toda la Península. Por entonces se decidió acabar con las prerrogativas de que gozaban los jesuitas, cancelando la obediencia de los jefes militares al superior de la misión y la preminencia religiosa en el orden civil.

Una de las últimas decisiones del virrey fue ordenar la exploración y el levantamiento de planos de las costas del Nuevo Santander, con la intención de establecer puertos y poblar lugares, según había propuesto el coronel José de Escandón, que había explorado los territorios de Tamaulipas, para tratar de impedir el establecimiento de los colonos franceses.

El virrey-arzobispo Vizarrón llevaba seis años de gobierno interino en Nueva España, cuando el 26 de mayo de 1739 el rey decidió nombrar a su sucesor, en la persona de Pedro de Castro, Figueroa y Salazar, duque de la Conquista, sin embargo el interinato se prolongó hasta julio del año siguiente, fecha de la llegada del nuevo virrey. Vizarrón, que volvió a ejercer sus obligaciones de arzobispo, falleció en la ciudad de México el 25 de enero de 1747 y recibió sepultura en la catedral metropolitana.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 May 2016 01:10

D. Pedro DE CASTRO FIGUEROA y SALAZAR 39º Virrey de Nueva España


Administrador colonial español nacido en San Julián de Cela (La Coruña) en fecha desconocida y muerto en la ciudad de México el 22 de agosto de 1741. Fue duque de la Conquista, marqués de Gracia Real y trigésimo noveno virrey de Nueva España.

Ostentaba el cargo de sargento mayor de Guardias de Infantería española cuando Felipe V le concedió el título de marqués de Gracia Real, el 4 de octubre de 1729, en honor a sus méritos en apoyo de la nueva monarquía. Carlos III, rey de las Dos Sicilias, por su parte, le otorgó el de duque de la Conquista en 1735, tras la batalla de Bitouto, cuando ejercía las funciones de Gentilhombre de su Cámara y de su Supremo Consejo de Guerra. Llegó a ser teniente coronel de las Reales Guardias de Infantería y mariscal de campo en el Ejército español, hasta alcanzar el grado de capitán general. Vistió el hábito de caballero de las Órdenes de Santiago y de San Genaro, con encomienda en la de Calatrava y comendador en la de Alcántara. Formaba parte del núcleo de la nobleza de nuevo cuño encumbrada por la dinastía borbónica.

Casó con Bernarda de Azcárraga y Abaunza, natural de Madrid, de la que enviudó antes de ser nombrado virrey y tuvo tres hijos: Bernardo, que heredó sus títulos; Pedro, que le acompañó a Nueva España y Josefa.

El rey designó a don Pedro de Castro virrey de Nueva España en Real Cédula de 26 de mayo de 1739, pero tuvo que demorar su salida hasta el 6 de abril de 1740 cuando embarcó para cruzar el Atlántico, infestado de armadas enemigas. La travesía estuvo llena de incidentes. Habían dividido la expedición en dos barcos holandeses, el virrey y ayudantes en uno y el resto de la familia en otro, para pasar desapercibidos. En la primera parte de la navegación sobrevino una fuerte tormenta pero más tarde, al salir de Puerto Rico, les persiguieron dos fragatas inglesas, lo que obligó a Pedro y a su familia a transbordar con bastante riesgo a una balandra ligera que pudo escapar, mientras el barco mayor fue apresado y llevado hasta Jamaica. El 30 de junio la balandra con el virrey a bordo llegaba a Veracruz.

Rodeado de honores y con el ceremonial acostumbrado, emprendió el viaje hacia la capital. En Guadalupe lo saludaron la Real Audiencia y los Tribunales, que le acompañaron hasta la ciudad de México. Como había perdido todas sus credenciales durante el forzado trasbordo a la balandra, el Real Acuerdo tuvo que dar por suficiente los documentos que obraban en poder del virrey-arzobispo, tras lo cual Pedro de Castro tomó inmediatamente posesión de su cargo.

La situación de Nueva España era de gran preocupación, por las noticias de la guerra y la presencia inglesa en todos los mares. Una de sus primeras medidas fue reforzar las defensas de Veracruz y San Juan de Ulúa, punto estratégico importante. Se supo que el general Oglethorp había atacado San Agustín, que se defendió heroicamente, pero que Portobelo y otros fuertes cercanos a Cartagena habían caído en poder del almirante Vernon. Para atender a las necesidades de la defensa de las costas, movilizó a la población civil para organizar el llamado “Ejército de la Corona”.

Se ocupó del estado en que se encontraban las minas y desaguó las de Zacatecas, que estaban en pleno rendimiento. También consiguió normalizar la remisión de los “situados” que se enviaban a las capitanías generales de América y Filipinas, desde las cajas de México. Más tarde ordenó limpiar el puerto de Veracruz, en el que se encontraba de visita, revisando las obras de la fortaleza, cuando enfermó de fiebres perniciosas y una disentería hemorrágica que le obligó a regresar a la capital, donde falleció el 22 de agosto de 1741. No faltó quien atribuyera su muerte al disgusto que le había causado la reprimenda de Felipe V, porque al escapar de los ingleses prefirió llevarse a un perrillo faldero en lugar de cuidar de la documentación real.

Interinamente se hizo cargo de la gobernación de Nueva España la Real Audiencia, hasta la llegada del nuevo virrey, el conde de Fuenclara.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Brasilla » 01 May 2016 01:15

D. Pedro DE CEBRIAN y AGUSTÍN 40º Virrey de Nueva España


Administrador colonial español, nacido en Lucena de Jalón (Zaragoza) el 30 de abril 1687 y fallecido en Madrid en 1752. Fue conde de Fuenclara y cuadragésimo virrey de Nueva España(1742-46). Era hijo de Enrique de Alagón y Pimentel, conde de Sástago, Grande de España y comendador de la Orden de Alcántara. Diplomático distinguido, fue embajador ante Austria y Dresde y consiguió que el futuro Carlos III, entonces príncipe de Asturias, contrajera matrimonio con María Amalia de Sajonia.

Su padre, uno de los pocos partidarios de Felipe V en Aragón, abrazó al enviudar el estado eclesiástico y fue Arcediano de Aliaga (Teruel), y su hermano Miguel llegó a ser obispo de Córdoba (España). El título de Fuenclara procedía de su abuela María de Alagón, hija de los condes de Sástago, una de las familias más antiguas del reino de Aragón.

Durante la Guerra de Sucesión, Pedro, al servicio de Felipe V, sirvió en el ejército español y participó entre otros hechos militares en el sitio de Barcelona en 1706, por lo que recibió la gratitud real mediante la concesión de algunas mercedes. Su padre acompañó a Felipe V cuando éste hizo su entrada triunfal en Zaragoza el 10 de enero de 1711.

Casó el 20 de septiembre de 1716 con María Teresa Patiño y Attendolo, hija de Baltasar Patiño, Marqués de Castelar, superintendente general del reino de Aragón y sobrina de José Patiño, secretario de Hacienda, Guerra y Estado de Felipe V. Se cita como notable curiosidad que entre los testigos de la boda figuró Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte y años más tarde virrey de Nueva España entre 1722 y 1734. El matrimonio permaneció en Zaragoza hasta su traslado a Madrid en 1725, donde Pedro Cebrián había sido promovido al Consejo de Hacienda. Al morir su padre recibió el título de Fuenclara y en febrero de 1727 el rey ordenó su ingreso en la Orden de Alcántara. El título de Grande de España se le concedió en enero de 1731, durante la estancia del conde en Sevilla, acompañando al rey.

Con el apoyo del secretario Patiño, que le demostró siempre particular afecto, en febrero de 1734 fue nombrado embajador en Venecia, centro comercial y político de crucial importancia, desde el que siguió de cerca el conflicto militar y las intrigas internacionales, así como los incidentes ocasionados por los piratas en esta región del Mediterráneo. En febrero de 1736, con el cargo de embajador y ministro plenipotenciario, se trasladó a Viena, en cuya corte permaneció durante dos años, para asistir a las conferencias que allí se celebraron.

Recibió el encargo de viajar a Dresde, donde residía la corte de Federico Augusto, elector de Sajonia y rey de Polonia, para concertar en 1738 la boda de Carlos, hijo de Felipe V, con la princesa María Amalia, hermana de Federico Augusto, a la que acompañó hasta Nápoles, donde se celebró su boda con el nuevo rey de las Dos Sicilias. Tras un largo viaje llegaron a esta ciudad el 2 de julio, y en ella permaneció el conde de Fuenclara durante dos años, embajador de la corte de Madrid y consejero del joven rey, que le demostró particular amistad. En Nápoles, concedido por Felipe V, recibió el Toisón de Oro. Su biógrafo Eugenio Sarrablo recoge numerosos testimonios de los apuros financieros y la penuria con que tuvo que desarrollar sus misiones diplomáticas.

En abril de 1740 el rey le pidió que regresara a España, de la que había estado ausente ocho años, para hacerse cargo de la Mayordomía Mayor del infante Felipe, cargo que ejercía en febrero de 1742, cuando el secretario Campillo recomendó a Felipe V su nombramiento como virrey de Nueva España, para suceder al duque de la Conquista; aunque inicialmente se había pensado en el duque de Abrantes, éste se excusó alegando enfermedad.

La guerra entre España e Inglaterra, declarada abiertamente a partir de 1739, hacía difícil la navegación a través del Atlántico, por lo que el conde tuvo que inventarse una complicada estratagema de ocultación, que le obligó a embarcar en una fragata francesa y partir de Rochefort el 21 de julio hacia Santo Domingo, bajo disfraz francés. De Santo Domingo se trasladó a Veracruz a donde llegó el 5 de octubre de 1742. Afectado de fiebres, permaneció unos días en el puerto, pero enseguida inició el viaje, repleto de festejos y honores, hacia la capital.

El 3 de noviembre se encontró en Guadalupe, junto al Santuario de Nuestra Señora, con la Audiencia en pleno. Obvió el paso por Chapultepec, según recomendación real, y entró en la ciudad de México, donde fue recibido por nobles y plebeyos, quizás más atentos a las fiestas y celebraciones que a la persona del virrey. Cumplimentado por el arzobispo, al día siguiente recibió la visita de los Tribunales y el Cabildo; los últimos días del mes se dedicaron a celebrar las esperadas corridas de toros.

Impuesto de la situación del virreinato por las instrucciones y recomendaciones recibidas en la corte, tuvo que enfrentarse de inmediato con uno de los problemas que más iban a perjudicar su carrera política: la detención y juicio del italiano Lorenzo Boturini, viajero e historiador, que había llegado a Nueva España en 1736. Italiano de nacimiento, Boturini había pasado su juventud en Milán y Viena al servicio del emperador, pero como consecuencia de la guerra se trasladó a Lisboa y poco después a Madrid, donde conoció al secretario Patiño y se relacionó con la nobleza de la corte. Al parecer, por recomendación de la condesa de Santibáñez, hija de la condesa de Moctezuma, decidió trasladarse a Nueva España, a donde llegó en febrero de 1736.

En los seis años transcurridos desde entonces el sabio Boturini, movido por su devoción a la virgen de Guadalupe, había estado investigando cuanto se refería a sus milagros, a la vez que recopilaba documentos y testimonios valiosísimos sobre el pasado indígena y la historia antigua de México. Su emoción por la virgen le llevó a promover la coronación de Nuestra Señora, para lo que organizó una colecta que le permitiera obtener los recursos necesarios. Desgraciadamente, la documentación relativa a esta actividad adolecía de graves defectos de forma.

Conocedor el virrey de estos hechos y extrañado por tan singular iniciativa, recabó informes y recogió testimonios que le hicieron sospechar irregularidades y conductas extrañas. En efecto, Boturini había pasado a Nueva España sin el placet del Consejo de Indias e incumplido las normas dictadas sobre la entrada de extranjeros. Tampoco eran legales los métodos empleados para llevar a cabo sus investigaciones en torno al milagro de Guadalupe.

Encausado y sometido a juicio, el Consejo de Indias reclamó su presencia en España, revisó su expediente y lo declaró inocente. Boturini, que conoció en Madrid al historiador mexicano Mariano Veytia, con quien mantuvo estrecha amistad hasta su muerte, reclamó la devolución de los documentos y papeles confiscados, pero se negó a regresar a Nueva España. En España escribió el primer volumen de una historia de México titulado “Cronología de las principales naciones de la América Septentrional”.

El estado de guerra y sus repercusiones en América fue tema de prioridad absoluta para el virrey, que aprovechó su paso por Veracruz para informarse del estado de sus defensas y ordenar el reforzamiento del fuerte de San Juan de Ulúa. Una vez en la capital ordenó a los gobernadores de Campeche y La Habana, Antonio de Benavides y Juan Francisco de Güemes, conde de Revillagigedo y más tarde sucesor suyo en el virreinato, que emprendieran acciones inmediatas para la defensa de puertos y costas. A la vista de los informes recibidos, del estudio de la situación y de acuerdo con las instrucciones que le habían enviado desde la corte, decidió posponer el ataque inmediato de las instalaciones inglesas en Belice y Honduras.

Sin embargo, la hostilidad inglesa se mantenía en todos los mares. Al abordaje de los navíos y flotas españoles, que atravesaban el Atlántico o recorrían las costas de América, sucedía el asalto de los puertos o plazas costeras, de las que en algún caso, como en San Agustín (Florida) el año 1744, se les repelió con valentía. Todo ello obligaba a mantener un esfuerzo de guerra, cuya financiación exigía la colecta de recursos extraordinarios. Para conseguirlo, el conde de Fuenclara se vio obligado a solicitar préstamos y exacciones, que los comerciantes y hacendados estaban obligados a aceptar.

En Madrid, al morir el secretario Patiño, entró a gobernar el marqués de la Ensenada, que supervisaba con reticencia las gestiones del virrey, cruzándose entre ambos una copiosa y en ocasiones malhumorada correspondencia, recogida por el historiador Eugenio Sarrablo. El navío de Filipinas que había salido de Acapulco en 1743 con un valioso cargamento y en el que viajaban los “situados” de los gobiernos de aquellas islas, se perdió al ser atacado por el almirante George Anson, lo que causó gran consternación en el virreinato y aumentó las críticas y los recelos de la corte respecto de las actuaciones del virrey.

El marqués de la Ensenada seguía insistiendo en el envío de recursos a la corte, mientras exigía el cumplimiento de los compromisos financieros con las plazas y “situados” americanos, que tenían que suministrarse con los dineros de la Nueva España. Para conseguirlo, el virrey trató de elevar el importe y acelerar el cobro de las exacciones y tasas aplicables en todos los ramos: derechos de plata y oro, diezmos, azogues y minas, alcabalas y tributos, productos del papel sellado y contribuciones sobre diversas mercancías, así como la venta de títulos de nobleza y oficios administrativos, con lo que llegó a rozar los límites de la ilegalidad. Por otra parte, en su deseo de recortar gastos, se dedicó a imponer políticas restrictivas en todos los niveles, incluidos los desplazamientos de navíos y tropas o las obras de defensa y amurallamiento, lo que provocó en algunos casos la protesta de sus subordinados.

En las fronteras del norte, seguían tensas las relaciones con los colonos franceses establecidos en la Luisiana, que trataban de ampliar sus dominios y llegaron a enviar dos barcos a Veracruz en marzo de 1745, en demanda de harina y otros productos de los que carecían en Mobile. El conde de Fuenclara, que en sus misiones diplomáticas había mantenido un cierto distanciamiento hacia los franceses, respetó los acuerdos de amistad y aprobó las ayudas solicitadas, pero les encomendó que no volvieran a presentarse en Veracruz. También ordenó la preparación de un amplio informe sobre la situación de los territorios fronterizos.

Continuaron las obras de las misiones en las provincias interiores y el virrey encargó en 1743 al coronel José Escandón, “el civilizador de los indios” , que realizara una completa visita a la zona de Sierra Gorda, en la provincia de Nuevo Santander, para observar y resolver las diferencias entre las distintas órdenes religiosas allí implantadas, así como los abusos y atropellos que solían cometerse con las tribus de indios. Escandón recibió las instrucciones del virrey en febrero de 1744, con autorización para remover misioneros y fundar nuevas misiones, obra que cumplió diligentemente.

En Nuevo México, Sonora y California dominaban los jesuitas, pero las prisiones que habían establecido para su defensa solían recibir frecuentes ataques, a los que se sumaron por estos años los de las tribus apaches y zumas. El virrey tuvo que ordenar represalias, así como el pago de las subvenciones y ayudas prometidas para el mejor desarrollo de estas misiones, consideradas modélicas. En 1743 salieron las expediciones organizadas por el jesuita Keller a partir de la Pimería Alta y Sedelmayer, que recorrió el curso de los ríos Colorado y Gila, en la que recogió amplia información sobre los indios Mochi. En 1746 se iniciaron otras expediciones que recorrieron las costas de Sonora y exploraron el occidente de la península de California.

Uno de los hechos más celebrados del conde de Fuenclara fue la publicación del enorme trabajo estadístico que había llevado a cabo el erudito mexicano José Sánchez Villaseñor, único en América y que se tituló Theatro Americano. Descripción general de los Reynos y Provincias de la Nueva España, publicado en dos tomos (1746-1748). También se ocupó de la salud pública y visitó y supervisó los hospitales. Al comprobar el desarrollo de las obras del desagüe del valle, las encontró “en un estado tan deplorable”, que decidió nombrar superintendente a Domingo de Trespalacios, que se mantuvo en este cargo durante más de diez años. Según las crónicas de la época, puso “el mayor empeño en la compostura de los empedrados y el aseo de las calles de la ciudad”.

Como las relaciones entre el virrey y la corte no mejoraban, el marqués de la Ensenada, a mediados de 1744, llegó a enviar a ciertos funcionarios de su confianza un cuestionario claramente ofensivo para el conde, en el que exigía alguna explicación por las denuncias y quejas recibidas. Como consecuencia de esta actuación y cansado de los continuos pleitos y disputas a los que tenía que enfrentarse, el conde Fuenclara planteó a comienzos de 1745 su resignación, que repitió en una nueva carta pocos meses después, en la que alegaba mala salud y cierto cansancio. En ella le decía al marqués: “Me veo precisado a escribir a V.E. la adjunta de oficio… que viendo el deplorable estado de mi salud me conceda el único consuelo que deseo”. Ensenada aceptó esta petición e inmediatamente nombró para sucederle al capitán general de Cuba, Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, primer conde de Revillagigedo.

El conde de Fuenclara tuvo que mantenerse casi un año en el ejercicio de su cargo, pues aunque la Real Cédula se firmó en noviembre de 1745, Revillagigedo no pudo llegar a Veracruz hasta comienzos del mes de junio de 1746. Fuenclara abandonó la ciudad el 5 de julio y zarpó de Veracruz para La Habana el 2 de septiembre. Llegó a España a mediados de 1747, desembarcó en Luarca (Asturias) y se trasladó a Madrid, donde residió hasta su muerte ocurrida el 6 de agosto de 1752. Había estado ausente de España y alejado de su mujer y sus hijos durante tantos años, que al parecer, según se dijo en los ambientes cortesanos, se encontró con un ambiente de extremada frialdad familiar.

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Si ignoras lo que pasó antes de que nacieras, siempre serás un niño.
Marco Tulio Cicerón.


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