HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

La historia se escribe con fuego: todo sobre operaciones militares, tácticas, estrategias y otras curiosidades
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 20 May 2015 23:33

Hola a todos, en el post sobre Pedro I de Castilla, aparece el nombre de dos militares que tuvieron una importante participación en la historia de aquélla época, son Beltran Du Glescin o Duglescin, y el Principe Negro, dado el papel que ambos jugaron entonces, creo que merecen se les tenga en cuenta y se haga un pequeño post sobre ellos, gracias por vuestra comprensión.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 20 May 2015 23:40

BELTRAN DUGUESCLIN

Mercenario de origen bretón, nacido en la Motte-Bron, cerca de Dinan, en el año 1320, y muerto en Chateauneuf de Riandón, en el año 1380. Perteneció a la baja nobleza de Bretaña, por lo que pronto se tuvo que dedicar a la carrera de las armas de forma profesional. No sabía leer ni escribir y su carácter era violento. Su participación en torneos y encuentros de armas le valió una merecida fama de guerrero. Su carrera militar la emprendió luchando al lado de Carlos de Blois, en el enfrentamiento de éste con Juan de Monfort, por la pertenencia de Bretaña. Por aquel tiempo, Du Guesclín ya tenía a su cargo a todo un ejército de soldados aventureros y mercenarios, compuesto de bretones e ingleses que luchaban sólo por una soldada y no por intereses nacionales.

En el año 1357 fue armado caballero y se puso a la orden del rey Carlos V de Francia. Fue enviado a luchar contra los ejércitos navarros de Carlos el Malo, y consiguió una aplastante victoria en la batalla de Cocherel, en el año 1364. En ese mismo año, en la batalla de Aurai, fue derrotado y hecho prisionero por las tropas inglesas. El rey francés pagó por su rescate una fuerte cantidad (100.000 francos).

Una vez que se firmó la paz entre Navarra y Francia, las Compañías Blancas de Du Guesclín quedaron sin ocupación, esto suponía un grave problema para la seguridad del reino ya que las tropas, desocupadas, arrasaban y expoliaban las poblaciones que encontraban a su paso. Para solucionar el problema, el rey francés envió a Du Guesclín y sus mercenarios al servicio del pretendiente a la Corona de Castilla, Enrique de Trastámara, que estaba embarcado en una guerra fratricida contra su hermanastro, el rey legítimo, Pedro I. Antes de traspasar los Pirineos, Bertrand de Du Guesclín y sus Compañías Blancas tuvieron tiempo de saquear la sede papal de Avignon.

Du Guesclín en la Guerra Civil Castellana.

En el año 1365, Du Guesclín entró en la ciudad de Barcelona, donde fue recibido por el rey aragonés, Pedro IV el Ceremonioso, que lo nombró conde de Borja, incluyendo el señorío jurisdiccional de la villa. El rey aragonés estaba aliado con el pretendiente a la Corona de Castilla para derribar al rey de Castilla, quien le era frontalmente adverso. Du Guesclín acompañó a Enrique de Trastámara en las diversas incursiones que hizo en Castilla. La campaña fue un puro paseo triunfal para las filas del pretendiente. Enrique licenció al gran grueso de las tropas de Du Guesclín, y se quedó tan sólo con un pequeño grupo, incluyendo al propio Du Guesclín. Enrique se proclamó rey de Castilla en la ciudad de Calahorra el 16 de marzo de 1366, y a comienzos de abril del mismo año entró en Valladolid, donde fue coronado rey. Pero en el año 1367, el rey legítimo Pedro, ayudado por los ingleses comandados por Eduardo, el Príncipe Negro, hijo primogénito de Eduardo III, hizo frente a las tropas de Enrique II en la batalla de Nájera, donde el pretendiente salió ampliamente derrotado. Enrique II pudo huir a duras penas, ayudado por el propio Du Guesclín, quien volvió a ser hecho prisionero por los ingleses, y puesto posteriormente en libertad previo pago de un fuerte rescate.

Debido a las desavenencias entre Pedro de Castilla y el Príncipe Negro, Enrique II pudo agrupar nuevamente un gran ejército. Du Guesclín estaba otra vez entre las filas de Enrique de Trastámara. Ambos sorprendieron al campamento del rey Pedro, situado en la localidad de Montiel. El rey, ante esta adversidad tuvo que refugiarse en el castillo de la localidad con su hueste diezmada. Du Guesclín traicionó la confianza del rey Pedro, que se encontraba en una situación límite, prometiéndole facilitarle la salida de Montiel. El rey fue engañado y entregado en las manos de su hermanastro. Parece ser que hubo una lucha cuerpo a cuerpo entre ambos, pero cuando Pedro tenía a su merced a su hermanastro, Du Guesclín le dio la vuelta, pronunciando la famosa frase de “yo ni quito ni pongo rey, sólo sirvo a mi señor”. El regicidio se consumó y se instauró en el reino de Castilla una nueva dinastía, la de los Trastámara.

Enrique II, conocido posteriormente como el de Las Mercedes, una vez que subió al trono, recompensó grandemente a todos aquellos que le ayudaron a conseguirlo. Bertrand Du Guesclín fue generosamente recompensado con el señorío de Molina, Soria, Atienza y Almazán. Du Guesclín siguió combatiendo al lado de Enrique, hasta que en el año 1370 volvió a Francia, llevándose a sus mercenarios. En ese año fue nombrado condestable de Francia. De vuelta a las órdenes directas del rey francés, combatió contra los ingleses en el Poitou. En el año 1374 estuvo combatiendo en la Guyena, también contra los ingleses, los cuales ya estaban prácticamente expulsados de Francia. Murió cuando intentaba hacerse con la fortaleza de Chateaunueuf de Rondón.

Du Guesclín representó una nueva manera de entender la guerra medieval, y se comportó como un auténtico soldado profesional. En Francia, hoy en día, es considerado como un héroe nacional, de la misma manera que lo es para España la figura del Cid.

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Mensajepor Rescoldo » 21 May 2015 00:15

EDUARDO de WOODSTOCK El Principe Negro


Eduardo de Woodstock (Woodstock, 15 de junio de 1330 - Londres, 8 de junio de 1376), llamado el Príncipe Negro fue el primogénito del rey Eduardo III de Inglaterra y su esposa, la condesa Felipa de Henao. Ostentó los títulos de duque de Cornualles (desde 1337), príncipe de Gales (desde 1343) y príncipe de Aquitania (entre 1362 y 1372) siendo presunto heredero a la Corona desde su nacimiento.

Llamado por sus contemporáneos simplemente como Eduardo de Woodstock, debido al lugar de nacimiento, no fue llamado el Principe Negro hasta el siglo XVI, haciendo referencia a la supuesta armadura que portaba. Era un líder militar excepcional, y sus victorias sobre los franceses en las batallas de Crécy y Poitiers lo hizo muy popular en vida. En 1348 se convirtió en el primer caballero de la Orden de la Jarretera, siendo uno de sus fundadores.

El príncipe Eduardo murió un año antes de su padre, convirtiéndose en el primer príncipe de Gales que no se convirtió en rey de Inglaterra. A la muerte de su padre Eduardo III, el trono pasó a su hijo Ricardo, que en ese entonces aún era menor de edad.

Fue un brillante caudillo militar, mostrando su bravura a los 16 años en la Batalla de Crécy. Además participó de forma arriesgada y decidida contra los franceses durante la Guerra de los Cien Años. Después de firmar un pacto con el rey Carlos II de Navarra, combatió contra los ejércitos de Juan II de Francia.

En el año 1356, participando en las operaciones de la guerra contra Francia, Eduardo comandó un ejército de más de 7.000 soldados. Dirigió a sus fuerzas en la lucha, logrando una grandiosa victoria sobre la caballería pesada francesa en la Batalla de Poitiers. En esa decisiva acción apresa al rey Juan II de Francia, al que lleva como rehén a Inglaterra. Con la firma del Tratado de Brétigny (1360), el rey de Francia recupera su libertad cediendo valiosos territorios a los británicos, y en aquella ocasión su padre lo nombra duque y lugarteniente de Guyena y Aquitania. Posteriormente traslada su residencia a Castilla, se vincula políticamente con el rey Pedro I y juntos luchan contra Enrique de Trastámara, aliado de Carlos V de Francia. En dicha guerra sus fuerzas vencen en la Batalla de Nájera en 1367.

Pedro I de Castilla (hermano del Infante don Enrique de Castilla) entró en constantes desavenencias y toda una serie de acciones en contra del Príncipe Negro, a causa de no pagarle lo acordado por prestarle ayuda armada, por lo que éste decide abandonar Castilla, dejando solo a Pedro I en la lucha.

En el año 1367, en plena guerra civil castellana Pedro I, el Cruel, recibió el apoyo de una parte de la fuerza militar del Principe de Gales "El Principe Negro", con caballeros ingleses y gascones, para reconquistar su trono.

Varios historiadores y escritores relatan el paso de los batallones del Príncipe Negro por la vieja Agurain a través de la Llanada entre ellos el viajero e historiador francés Froissart, el famoso Sir Arthur Conan Doyle, (1859 - 1930) medico, novelista y escritor de novelas policiacas, creador del inolvidable maestro de detectives Sherlock Holmes y autor en el año 1890 del libro "La Compañía Blanca" donde también narra el paso del Principe Negro por Salvatierra. Si bien es una historia novelada, describe con realismo los hechos, otro escritor de dichas batallas fue Don Pedro Lopez de Ayala, cronista del Rey Enrique de Trastamara y futuro Conde de Salvatierra, la historiadora Micaela Portilla que hizo un estudio pormenorizado de la Iglesia de Alaiza, a José Eguia López de Sabando en su libro "Gaceo y Alaiza, pinturas murales góticas" donde describe los dibujos realizados en la Iglesia de Alaiza en el siglo XIV atribuídas a soldados ingleses destacados en ésta zona de la Llanada así como el historiador uruguayo Juan Carlos Luzuriaga, descendiente de nuestra Villa, en su libro Piedras Armeras de Agurain.

En 1346 acompañó a su padre a la campaña en Normandía y fue en la batalla de Crécy donde adquirió prestigio. En 1355 fue lugarteniente de Gascuña en nombre de su padre. Estuvo al mando del ejército inglés en una serie de incursiones hacia el sur de Francia y en 1356 derrotó al ejército francés en Poitiers, donde hizo prisionero al rey Juan II de Francia.

En 1361 contrajo matrimonio con su prima Juana, condesa de Kent. Fue nombrado por su padre príncipe de Aquitania y Gascuña. Vivió en sus dominios del sur de Francia y como señor de los mismos se convirtió, según el derecho feudal, en vasallo del rey de Francia. Condujo en 1367 una expedición a España con el objetivo de restaurar al depuesto rey de Castilla Pedro I el Cruel en su trono. A cambio de su ayuda recibió el señorío de Vizcaya; pero tras la victoria de Nájera (1367), cambió su política de alianzas, permitiendo a Enrique II de Trastámara recuperar el trono castellano, además de firmar con el rey aragonés Pedro el Ceremonioso un pacto secreto. Durante su campaña española contrajo una enfermedad de la cual jamás se recuperó. Pedro I el Cruel se negó a pagarle las enormes cantidades que éste había gastado en su nombre.

Cuando regresó a Aquitania, el Príncipe aumentó los impuestos para poder pagar la expedición, pero los nobles irritados protestaron ante el rey Carlos V de Francia. La guerra se reinició contra Inglaterra. Estalló una revuelta por toda Aquitania y Gascuña contra Eduardo, el cual, a pesar de su enfermedad, dirigió sus tropas contra la ciudad de Limoges, conquistándola en 1370. Un año más tarde regresó a Inglaterra y renunció a su principado. Durante los últimos años de su vida, lideró la facción política que se sublevó contra el desgobierno de su hermano menor Juan de Gante, duque de Lancaster.

La recompensa prometida por Pedro I, consistía en los territorios de Cantabria, La Rioja y el Señorio de Vizcaya, que evidentemente nunca fueron entregados.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 21 May 2015 00:20

A la vista de lo acontecido a estos dos grandes guerreros cuya actuación repercutiría en la historia de España, sobre todo al segundo de ellos, la verdad es que uno se pregunta en primer lugar que hubiera sido de unos Vizcainos, Guipuzcoanos, Riojanos y Cantabros hablando inglés, y lo que es evidente, el bueno del Principe Negro no conocía el viejo refran castellano "Prometer hasta meter, y una vez metido se olvido lo prometido", si lo hubiera conocido probablemente ni se habría acercado a Pedro I, y de otra parte si el Principe Negro hubiese seguido al servicio de Pedro I, es posible que no se hubiera producido el asesinato de este.
En fin solamente son suposiciones, los hechos son los que fueron.

Saludos y hasta otra :saluting-soldier: :saluting-soldier: :saluting-soldier:
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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 23 May 2015 22:36

JUAN I DE CASTILLA

Hijo de Enrique II el Fraticida, que dio muerte a su hermano Pedro I, con la ayuda de Beltran Du Guesclin

Dado que su padre Enrique II había recibido la ayuda de caballeros franceses, en su lucha con su hermano Pedro I, la victoria final de Enrique dio lugar a que Castilla apoyara a Francia en la guerra de los cien años, situación heredada por su hijo Juan, quien envió la Armada Castellana, que destruiría a la escuadra inglesa en La Rochelle, (1372) y saquea o incendia numerosos puertos ingleses (Rye, Rottingdean, Lewes, Folkestone, Plymouth, Portsmouth, Wight, Hastings) en 1374 y (tras la Tregua de Brujas) entre 1377 y 1380, año en que la flota combinada del almirante castellano Fernando Sánchez de Tovar y el francés Jean de Vienne llega incluso a amenazar Londres.

Esto sería respondido por los ingleses quienes con un ejercito al mando de Sir Ricardo Knolles en 1360 y el duque de Lancaster, Juan de Gante, en 1363 formaron cuerpos expedicionarios que atacaron el continente, pero fueron detenidos.

LA BATALLA DE LA ROCHELLE

Las fuentes medievales que aluden a este combate difieren en la información que sobre él aportan. Jean Froissart, cronista caracterizado por su anglofilia, menciona una superioridad numérica castellana. Sin embargo, el contraste con otras fuentes indica que seguramente la situación era la contraria. Se estiman, como datos más probables, 203 o 224 barcos castellanos (fundamentalmente galeras y unas pocas naos, principalmente con marinos vascos y cántabros) y 36 naos inglesas1 2 (más 14 embarcaciones de carga y transporte).

Probablemente fue la escuadra inglesa la que llegó primero a La Rochelle. El día 21 fue avistada por la castellana, entre cuyos capitanes se encontraban, además del almirante, Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, Fernando de Peón y Ruy Díaz de Rojas (Adelantado Mayor de Guipúzcoa y jefe de las naos). Tras tener una escaramuza sin importancia con el enemigo y haber estudiado la situación, Bocanegra decide retirarse.

Lo que los marinos ingleses achacaron a una cobardía del genovés (como así lo pregonaron) fue en realidad una estratagema. Sabedor de las condiciones naturales del lugar y de las características de las naves de ambos bandos, el almirante prefirió esperar al día siguiente. En esa jornada cuando, durante la bajamar, las naos inglesas quedaron varadas, y antes de que subiera la marea y pudieran flotar, se acercó a ellas la escuadra castellana sacando ventaja de la mayor ligereza y menor calado de sus galeras.

Aprovechando su inmovilidad, los castellanos lanzaron sobre los ingleses artificios de fuego (seguramente con bombardas) que estos no pudieron esquivar, produciéndose entre ellos una gran mortandad (800 hombres aproximadamente perecieron a causa de las llamas o ahogados4 ).

La derrota anglosajona fue total. Todas sus naves fueron quemadas, hundidas o apresadas por el enemigo. Los hombres que no murieron en combate, entre ellos el propio Pembroke, fueron hechos prisioneros. Esto incluía a caballeros (entre 1601 y 4004 ) por cuyo rescate se podían pedir elevadas sumas de dinero, y soldados del contingente enviado desde Inglaterra con destino a la guerra en la Guyena. El número de estos últimos es incierto. Fernández Duro, basándose en la Crónica Belga,4 lo estima en unos 8.000.5 Los castellanos también se hicieron con el dinero (que el cronista Walsingham cifra en 20.000 marcos6 ) que el rey de Inglaterra había embarcado para pagar a las tropas combatientes en la zona. Como colofón, durante el viaje de regreso hacia Santander, Bocanegra apresó, en torno a la latitud de Burdeos, otros cuatro barcos ingleses.

Al hacer prisioneros, el almirante de Castilla tuvo con los vencidos en esta batalla un gesto humanitario inusual en aquellos tiempos, pues era costumbre entonces degollar o arrojar al agua a todos los adversarios, aunque se hubieran rendido. Pembroke y setenta caballeros «de espuelas doradas» fueron enviados a Burgos, a la presencia del rey Enrique, quien hizo entrega al condestable francés Bertrand du Guesclin del conde rehén, quien murió más tarde durante el cautiverio.

La capacidad de mantener la posesión de la ciudad, e incluso de toda la Guyena, se redujo drásticamente. El primer efecto de la derrota inglesa fue permitir la conquista de La Rochelle, lo que consiguieron dos meses después fuerzas terrestres y marítimas franco-castellanas. Y este hecho marcó el desarrollo de la guerra de los Cien Años, pues como resultado de la pérdida de esta estratégica plaza (además de los soldados y recursos embarcados en la flota vencida) Inglaterra tuvo más dificultades para defender sus posesiones en la Guyena frente a la ofensiva francesa, que se endureció a partir de este momento.

Por lo que respecta a la Corona de Castilla, su rotunda victoria tuvo para ella favorables repercusiones militares y económicas. Se consolidó como primera potencia naval en el Atlántico, otorgando así mayores posibilidades mercantiles a sus marinos (fundamentalmente vascos y cántabros). El comercio de lana entre Inglaterra y Flandes se había interrumpido a causa de la guerra, y ahora será Castilla la que sustituya en esta actividad a la derrotada. Sus mercaderes construyeron incluso un almacén en Brujas. Los ingresos obtenidos de las exportaciones propiciaron un auge económico castellano, y Burgos se convirtió en una las ciudades más importantes de Europa Occidental.

Juan I de Castilla adoptó el título y armas de rey de Portugal, lo cual fue reconocido por el papa de Aviñón9 y ordenó la puesta en marcha de sus tropas ya que el canciller de Beatriz, que era el obispo de Guarda, Affonso Correia, le prometió la entrega de la plaza. El rey Juan I de Castilla entró en Portugal con su esposa para asegurar la obediencia en Portugal y los derechos de su esposa.6 8 25

Para Juan I de Castilla, el matrimonio con Beatriz le suponía mantener un protectorado sobre el reino portugués y la posibilidad de impedir a los ingleses establecerse en la península. Pero la expectativa de un monopolio comercial, el temor al dominio castellano y la pérdida de independencia portuguesa7 27 28 y la oposición a la regente y su camarilla afloró a finales de noviembre y principios de diciembre cuando se produce en Lisboa el levantamiento. El maestre de Avis asesinó al favorito de la regente, Juan Fernández de Anderio, conde de Ourém, y tras ello un levantamiento del pueblo llano contra el gobierno a instigación de Álvaro Pais, en el que resultó muerto Martinho Anes, obispo de Lisboa. El levantamiento se extendió en la provincias, cobrándose la vida de la abadesa de monjas benedictinas en Évora, el prior de la colegiata de Guimarães, o de Lançarote Pessanha, Almirante de Portugal, en Beja. El levantamento tuvo el apoyo de la burguesía pero no de la aristocracia, que se mantuvo apoyando a Leonor. La reina Leonor huyó de Lisboa con la Corte y se refugió en Alenquer. En Lisboa, Álvaro Pais propuso el matrimonio del maestre de Avis con Leonor para encargarse de la regencia de forma conjunta, pero Leonor lo rechazó, y ante las noticias de la venida del rey castellano, el maestre de Avís fue elegido defensor y regente del reino el 16 de diciembre de 1383, como defensor de los derechos del infante Juan de Portugal, primogénito de Inés de Castro, designó a João das Regras como canciller y a Nuno Álvares Pereira como condestable, y pidió ayuda a Inglaterra. Trató de asediar Alenquer pero Leonor huyó a Santarém. De modo que regresaron a preparar la defensa de Lisboa. En Santarém, Leonor procedió a reclutar un ejército y pidió ayuda a su yerno el rey de Castilla. Juan I de castilla tomó la decisión de controlar la situación en Portugal, y dejó en el reino de Castilla un Consejo de regencia formado por el marqués de Villena, el arzobispo de Toledo y el mayordomo del Rey En enero de 1384 el rey Juan I de Castilla, junto con Beatriz, emprendió el camino de Santarém ante la llamada de la reina regente para poder controlar la situación del reino. El 13 de enero, el rey Juan I de Castilla obtuvo de la reina Leonor, la renuncia a la regencia y del gobierno en su favor, lo cual hizo que muchos caballeros y gobernadores de castillos se presentasen a jurar obediencia tanto a él como a su esposa Beatriz, como los de Santarém, Ourém, Leiria, Montemor o Velho, Feira, Penella, Óbidos, Torres Vedras, Torres Novas, Alenquer, Cintra, Arronches, Alegrete, Amieira, Campo Maior, Olivenza, Portel, Moura, Mértola, Braga, Lanhoso, Valença do Minho, Melgaço, Vila Nova de Cerveira, Viana do Castelo y Ponte de Lima, Guimarães, Caminha, Braganza, Vinhais, Chaves, Monforte, Miranda del Duero, Montalegre, Mirandela, Castelo Rodrigo, Almeida, Penamacor, Guarda, Covilhã o Celorico da Beira. Como quiera que Leonor tratara de conspirar contra su yerno, fue enviada al monasterio de Tordesillas. Esto alentó a la causa del maestre de Avis a justificar la revuelta en tanto que se había conculcado el tratado de Salvaterra de Magos.

Aunque contaba con la mayoría de la aristocracia portuguesa fiel a su causa, el rey Juan I de Castilla no repitió los éxitos castellanos de las Guerras Fernandinas y fracasó ante Coimbra y Lisboa. El 3 de septiembre de 1384, Juan I de Castilla dejó guarniciones en las plazas de sus partidarios, regresó a Castilla y pidió ayuda al rey de Francia. Mientras, el maestre de Avis intentó apoderarse de plazas fieles a sus adversarios, y aunque tomó Almada y Alenquer, fracasó en Cintra, Torres-Novas y el Torres Velhas. Tras lo cual se dirigió a Coimbra, donde había convocado Cortes para marzo de 1385. En ellas Beatriz fue declarada ilegítima y se procedió a elegir y proclamar al maestre como Juan I de Portugal el 6 de abril. Tras las Cortes, el nuevo soberano emprendió una campaña para obtener el control del norte del reino, y así obtuvo Viana do Castelo, Braga y Guimarães. Juan I de Castilla entró de nuevo en Portugal por la ruta de Ciudad Rodrigo y Celorico. Pero las derrotas que sufrió su ejército en Trancoso y Aljubarrota en mayo y en agosto de 1385 supuso el fin de la posibilidad de imponerse como rey de Portugal.

En Aljubarrota el desastre castellano fue absoluto, el rey huyó a Santarém y desde allí bajó el Tajo hasta encontrarse con su flota en torno a Lisboa.50 En septiembre la flota castellana regresó a Castilla, y Juan I de Portugal obtuvo el control de las plazas que aún le eran adversas. Desde la comarca de Santarem, emprendió el control de la región al norte del Duero donde había caballeros portugueses que mantenían fidelidad a Beatriz y a Juan I de Castilla: Villareal de Pavões, Chaves y Bragança capitularon a finales de marzo de 1386,51 y Almeida, a principios de junio de 1386

Con la derrota de Aljubarrota volvieron del letargo las aspiraciones legitimistas de los descendientes de Pedro I el cruel: su hija Constanza y su marido Juan de Gante, que se intitulaban como reyes de Castilla desde 1372. El 9 de mayo de 1386, Portugal e Inglaterra establecieron una alianza por el tratado de Windsor y en julio desembarcaron en Galicia Juan de Gante, su esposa y la hija de ambos, Catalina de Lancáster, estableciendo su Corte en Orense. Juan I de Castilla reaccionó y convocó Cortes en Segovia para asegurar la defensa del reino castellano. Ante los escasos resultados de la campaña anglo-portuguesa y la pérdida de apoyos en Galicia, Juan de Gante y Juan I de Castilla negociaron un acuerdo a espaldas del rey portugués, el tratado de Bayona de 8 de julio de 1388, por el que Juan de Gante y su esposa renunciaban a los derechos sucesorios castellanos en favor del matrimonio de su hija Catalina con el primogénito de Juan I de Castilla, el futuro Enrique III, a quienes se les otorgó la condición de Príncipes de Asturias. Así quedaron unidas las dos ramas sucesorias de Alfonso XI e instaurado el título de Príncipe de Asturias, que siempre ostentará el heredero de la corona de Castilla y luego de España. Enrique, hijo de Juan I, fue el primer príncipe en poseer este título, junto con las rentas inherentes, pues el territorio asturiano les pertenecía como patrimonio.

La interrupción de la guerra de los Cien Años en la tregua de Leulinghem motivó la tregua de Monçao de 23 de noviembre de 1389, por la que Castilla y Portugal restauraban al adversario las plazas ocupadas.

Juan I de Castilla falleció el día 9 de octubre de 1390 junto a la puerta de Burgos, situada a extramuros del Palacio arzobispal de Alcalá de Henares, como consecuencia de haberse caído de un caballo que le habían regalado. Su muerte fue mantenida en secreto por el cardenal Pedro Tenorio durante varios días alegando que estaba herido, hasta dejar resuelto todo lo relacionado con la regencia de Enrique III, menor de edad en esos momentos.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 23 May 2015 22:43

RUY DIAZ DE ROJAS

Ruy Díaz de Rojas (c. 1345—1378). Noble castellano de la Casa de Rojas. Era hijo de Lope Díaz de Rojas, que fue señor de la aldea de Espejo y de varias decenas de aldeas situadas en las merindades de Castrojeriz, Aguilar de Campoo y Villadiego.

Fue señor de Santa Cruz de Campezo, Rojas y Castil de Lences, caballero de la Orden de la Banda, merino mayor de Guipúzcoa y un destacado marino, por lo que tomó parte en varias campañas navales contra los navarros y los ingleses en la década de 1370.

Falleció luchando contra los gascones en 1378.

Conquista de La Rochela

En el año de 1370, como merino mayor de Guipúzcoa, preparó una flota con destino a La Rochelle, ya que en su conflicto con los ingleses, Enrique fue aliado de Carlos V el Sabio, a cuya disposición puso la flota castellana, pieza fundamental en la conquista gala del puerto de La Rochelle, en cuya primera fase el almirante Bocanegra anuló por completo a la escuadra inglesa. Participó en la batalla como jefe de las naos.

Por lo que respecta a la Corona de Castilla, su rotunda victoria tuvo para ella favorables repercusiones militares y económicas. Se consolidó como primera potencia naval en el Atlántico, otorgando así mayores posibilidades mercantiles a sus marinos (fundamentalmente vascos y cántabros). El comercio de lana entre Inglaterra y Flandes se había interrumpido a causa de la guerra, y ahora será Castilla la que sustituya en esta actividad a la derrotada. Sus mercaderes construyeron incluso un almacén en Brujas. Los ingresos obtenidos de las exportaciones propiciaron un auge económico castellano, y Burgos se convirtió en una las ciudades más importantes de Europa Occidental.

Guerra con Navarra

En el año de 1371 estuvo en la frontera navarro-castellana con el objeto de devolver las plazas arrebatadas por Carlos II en 1368, recuperando Contrasta y Santa Cruz de Campezo. En 1367, el rey Enrique II de Castilla le había hecho merced de esta última villa, merced confirmada en 1379 a su hijo Lope, y si éste muriese sin descendencia, pasaría a sus hermanas Sancha y Mencía.

Cofradía de Álava

Consta su participación como cofrade en la última Junta de Arriaga celebrada 2 de abril de 1332, cuando se produjo lo que tradicionalmente se conoce como Voluntanria entrega o Pacto de Arriaga, es decir, la autodisolución de la Cofradía y la entrada en el realengo castellano de su territorio.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 23 May 2015 22:55

FERNANDO SANCHEZ DE TOVAR Almirante de Castilla

Las campañas contra Inglaterr

Fernando Sánchez de Tovar es el único almirante que entró en el Támesis, saqueó el corazón de Inglaterra y volvió victorioso con su botín y el miedo pintado en las caras de sus enemigos. Porque la hazaña de Sánchez de Tovar no fue un hecho aislado: arrasó repetidas veces la costa sur de Inglaterra sin que la Pérfida Albión pudiese hacer nada por impedirlo.
Remontémonos al siglo XIV. España aún no ha terminado la Reconquista, pero dos reinos

se elevan por encima de los demás: Castilla y Aragón. En Europa suenan tambores de guerra: Francia e Inglaterra luchan despiadadamente en la Guerra de los 100 años, en este momento Inglaterra no domina toda su isla, pero grandes extensiones de Francia están bajo su control. Europa retumba en el conflicto y muchos reinos toman partido por uno de los dos bandos, y nosotros no somos una excepción. El rey Enrique II de Castilla firma una alianza con Carlos V de Francia para combatir al común enemigo: los ingleses.

Inglaterra ha usado con éxito muchas veces el canal de la Mancha como barrera para defenderse de ataques e invasiones, pero esta vez no resultó: Castilla no sólo tenía flota, sino que era la mejor de toda Europa occidental. Y fue precisamente esa flota, formada por los mejores barcos y marinos que los astilleros sevillanos podían ofrecer, la que se enfrentó a los ingleses en las frías aguas del canal.

Los españoles juntaron una armada de 22 galeras dispuestos para el combate, mientras tanto, la escuadra inglesa (36 barcos) se dirigía al puerto de La Rochelle custodiando otros 14 barcos repletos con el tesoro real para financiar las tropas del continente. Era el 22 de junio de 1372, y la flota castellana barrió por completo a la inglesa, haciéndose con todo su tesoro. El puerto sería tomado un mes más tarde por Ruiz Días de Rojas.

Así lo cuenta el cronista inglés Jean de Froissart, “... por muy caro que lo pagaran los barones, caballeros y escuderos que allí fueron muertos o capturados, el rey de Inglaterra perdió más que nadie pues por aquella derrota se perdió luego todo el país...”. Jean, cronista oficial de la corte inglesa, comentaba algo contrariado por la derrota, que “...allí fue capturado el conde (de Pembroke, almirante inglés) y todos los que estaban en su barco fueron muertos o apresados...”, y también que “...No pudo escapar nadie...” Comenta también la marcha de los castellanos a la mañana siguiente “...En lo alto de los mástiles llevaban grandes telas a modo de pendones con las armas de Castilla, tan largos que los extremos chocaban a menudo con el agua, y era hermoso de contemplar...”. La escuadra la mandaban los almirantes Díaz de Rojas, Cabeza de Vaca, Fernando de Pión y el genovés Ambrosio Bocanegra.
Un año después, en 1374, muerto ya el genovés, la flota castellana saquea dos veces la isla de Wight, asistida por unas pocas galeras francesas. Es ya el almirante Don Fernando quien las comanda, puesto que demostró su valía en la batalla de Nájera al lado del rey y se hizo merecedor de su confianza. La imparable armada continúa su campaña de acoso y saqueo hasta que, al año siguiente, otra flota inglesa le sale al paso en la bahía de Borneuf y es derrotada por completo: los españoles son dueños indiscutibles del canal de la Mancha.

El rey Eduardo de Inglaterra no ve otra solución: firma un armisticio en la localidad de Brujas, y los mares del canal y, lo que es más importante, las rutas comerciales con la rica Flandes, caen en manos hispanas.
Pero las circunstancias en Inglaterra no mejorarían. El rey recibió fuertes críticas del Parlamento y hubo de hacer dimitir a varios ministros, poco después fue apartado y murió, dejando la corona a un niño de diez años. Los nobles ingleses no se resignan a perder su ventaja comercial y reanudan las hostilidades. Fue entonces el gran momento de Tovar.
Al mando de 50 galeras y con más de 5.000 hombres (incluida una pequeña escuadra de apoyo francesa), se dirigió a las costas inglesas y destruyó Rye y la zona de los cinco puertos (Plymouth, Porthsmouth, Darthmouth, Lewes, Folkestone), además de "pasear" de nuevo por la isla de Wight. Los barcos españoles recuerdan a los ingleses las letales incursiones vikingas de la época anterior.


Los ataques siguen ininterrumpidos, mientras los ingleses tratan de reunir más flotas y mejoran sus sistemas de defensa costeros, pero nada detiene a esos demonios castellanos. Es entonces cuando Fernando decide golpear al mismísimo corazón del orgullo inglés: tras arrasar de nuevo la costa, se dirige al este y remonta el Támesis en dirección a Londres. Llega muy cerca, hasta el pueblo de Gravesend, lo toma y lo incendia. Las llamas pueden observarse perfectamente desde la Torre de Londres, y el rey debió de sentir muy de cerca el acero de las espadas españolas.

Así lo narra Pedro de Escavias: "E de allí, enbió beynte galeas en ayuda del rrey de Françia, con don Fernán Sánchez de Tovar, su almirante, los quales fizieron gran guerra aquel año por la mar a los yngleses. Entraron por el río de Artamisa, fasta çerca de la çibdad de Londres, donde galeas de enemigos nunca jamás entraron".

"Dónde nunca jamás entraron", pues, efectivamente, ningún enemigo volvió a hollar el Támesis después de Fernando Sánchez de Tovar. Por desgracia, Fernando tenía otras batallas que librar por su rey y su nación, así que abandonó la aún más difícil empresa de atacar el mismo Londres y retornó a España.

Esta fue la última expedición castellana en apoyo de los franceses comandada por el Almirante Fernando Sánchez de Tovar, pues en adelante las hostilidades tendrán como objetivo quebrantar el poder naval de Portugal.

Las campañas contra Portugal

El 15 de julio de 1380 en Lisboa, un antiguo partidario de Pedro I de Castilla, Juan Fernández de Andeiro, había firmado en nombre de Ricardo II de Inglaterra y de Juan de Gante, tratados de alianza con Fernando I de Portugal.
En ellos se establecía que en el verano del año siguiente una fuerza inglesa desembarcaría en Portugal para unirse a otra similar reclutada por el rey de Portugal, con el objetivo de invadir Castilla y reivindicar los derechos al trono castellano del duque de Lancaster. El mando de la expedición fue confiado a Edmundo de Langley, conde de Cambridge, hermano de Juan de Gante, que habría de contraer matrimonio con la infanta Beatriz de Portugal, hija de Fernando I, y ser reconocido heredero del trono portugués

Antes, el 12 de junio de 1381, había zarpado de Lisboa el Almirante Juan Alfonso Tello, hermano de la reina de Portugal, con 21 galeras, 1 galeota y 4 naos , con la misión de destruir la flota de Castilla. Casi al mismo tiempo zarpó de Sevilla Fernando Sánchez de Tovar al frente de 17 galeras para interceptar los navíos ingleses que transportaban las tropas del conde de Cambridge. Las hostilidades entre Castilla y Portugal comenzaron al año siguiente. Juan I tuvo dificultades para iniciar la campaña terrestre contra Portugal, por la tentativa de rebelión de su hermanastro el conde de Noreña y hasta julio no pudo viajar a Salamanca para tomar el mando de las tropas allí estacionadas, sitiando Almeida.

En este contexto, se produce la que quizás sea la batalla cuya victoria fue más resonante y satisfactoria tanto para Fernando sánchez de Tovar como para el Rey, la llamada “batalla de la isla de Saltés”, en la ría de Huelva, contra la poderosa escuadra portuguesa anteriormente descrita al mando del hermano de la reina de Portugal, el conde de Barcelos, que zarpando de Lisboa el 12 de Junio de 1381, ponen proa a Sevilla con el propósito de neutralizar la armada castellana que sólo contaba con 16 galeras al mando de Sánchez de Tovar, quien, consciente de su inferioridad preparó una estrategia consistente en salir a la búsqueda de los portugueses y atraerlos hacia la peligrosa Barra de Saltés, en la confluencia de los ríos Tinto y Odiel, disponiendo que para tal propósito unas barcas de pesca de Palos y de Moguer les orientaran, pues él mismo desconocía el derrotero a seguir para adentrarse en la ría de Huelva. Tovar zarpó de Sevilla, y ya en la mar navegó hacia el oeste al encuentro de las naves lusas a las que avistó a la altura de Ayamonte. El almirante castellano, siguiendo la táctica planeada, viró en redondo haciendo creer a sus enemigos que emprendía la huida, los cuales, cayendo en la trampa, forzaron la bogada hasta la extenuación tratando de alcanzar la que consideraban una presa fácil antes de que pudieran refugiarse otra vez en Sevilla, viéndose sorprendidos cuando, repentinamente, Tovar varió el rumbo al sur siguiendo a las barcas de pesca que le esperaban. Esta maniobra inesperada rompió la formación portuguesa, pues mientras una parte, tras un agotador esfuerzo, trataba de bloquear la entrada al Guadalquivir, otra continuó la persecución quedando varias galeras inutilizadas al quedar varadas en los bancos de arena, mientras que las más adelantadas quedaron imposibilitadas de maniobrar en la zona más estrecha de la canal de la barra de Saltés, de aguas poco profundas, de remolinos y bajos, situación prevista por los castellanos que aprovecharon para, con cierta facilidad, deshacer la flota portuguesa y desarbolar, uno a uno, los que se hallaban aislados y desconcertados que fueron apresados. Hubo unas 300 bajas entre los castellanos y más de 3000 entre los portugueses.


El Almirante de Castilla puso rumbo a Sevilla con su copioso botín, posibilitando que los transportes del conde de Cambridge efectuaran el desembarco de sus tropas en Lisboa sin contratiempo alguno. No obstante poco después retornó a la desembocadura del Tajo con sus galeras, resultando tan eficaz el bloqueo que los ingleses no pudieron zarpar hasta mediados de diciembre, cuando las naves castellanas se retiraron a causa del mal tiempo.

En la primavera de 1382 estaba de nuevo Tovar ante Lisboa, esta vez a la escuadra de galeras se le habían unido 26 naos que procedían de los puertos del mar Cantábrico . La flota castellana no se limitó a interceptar naves enemigas, sino que realizó desembarcos en los arrabales de la ciudad y en pueblos cercanos como Embregas, Frielas, Vila Nova, Palmela y Almada, saqueando e incendiando casas, huertas y otros cultivos.

Durante el transcurso de las operaciones viajó a Zamora, donde se encontraba Juan I negociando con enviados de los regentes de Francia la aportación naval castellana al ataque francés contra los rebeldes flamencos. El 12 de junio 6 galeras de la flota de Fernando Sánchez de Tovar, al mando de Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, zarparon rumbo a Brujas para apoyar a las fuerzas de Carlos VI de Francia en su lucha contra el rebelde Philip van Artevelde.

La guerra contra Portugal terminó con la paz de Elvas, firmada el 10 de agosto de 1382 , siendo sus cláusulas prácticamente las mismas que las del tratado de Santarem de 1373.

No obstante, las hostilidades con Portugal se reanudarían en 1383, cuando la pretensión de Juan I de Castilla a la corona portuguesa reanudó de nuevo el conflicto. El 6 de diciembre el Maestre de Avis, apoyado por Nuno Alvares Pereira y Álvaro Paes, se alzó en Lisboa contra la reina doña Leonor, regente del reino, proclamándose«defensor e regedor del reino». Para conseguir el trono, Juan I debía acabar con la rebelión ocupando la capital, e ideó un plan similar al de su padre en 1373, el férreo cerco terrestre y marítimo de Lisboa.

Para llevarla a cabo instaló su campamento en Loures, ordenando al Maestre de Santiago Pedro Fernández Cabeza de Vaca y al Camarero Mayor Pedro Fernández de Velasco iniciar las operaciones de asedio,Juan de Avis supo apreciar la importancia del dominio del mar, aprestando una pequeña escuadra. Gracias a la captura de cinco mercantes gallegos, a los que había sorprendido en Lisboa la rebelión, y a otras unidades genovesas y venecianas, pudo disponer de una flotilla compuesta de 7 naos, 13 galeras y 1 galeota , al mando de Gonzalo Rodríguez de Sonsa. También valoró acertadamente la importancia de las comunicaciones entre Lisboa y el exterior, ordenando a Sousa zarpar con sus naves hacia Oporto, donde el obispo de Braga estaba encargado de armar nuevas embarcaciones.

El comienzo de la campaña no fue el esperado para Juan I de Castilla pues no pudo conquistar Coimbra, decidiendo avanzar hacia Lisboa e iniciar el asedio.

El 6 de abril de 1384 tropas castellanas al mando del conde de Niebla, Juan Alonso Pérez de Guzmán y Osorio, el Maestre de Alcántara, Diego Martínez y el Almirante de Castilla, caían derrotadas en la batalla de Atoleiros por las fuerzas de Nuno Alvares Pereira, y cuando el ejército castellano estableció su campamento cerca de Lisboa todavía no contaba con el apoyo de la flota.

El 16 de mayo fue avistada en el Mar de la Paja la vanguardia de la armada castellana, al mando de Perafán de Ribera. Antes de quedar cortada la comunicación marítima entre Lisboa y el resto de Portugal, el Maestre de Avis ordenó a Gonzalo Téllez zarpar con las naves para reunirse con el grueso de la flota en Oporto.

El 17 de junio la flota portuguesa de socorro llegaba a las alturas de Cascaes, dispuesta en tres formaciones. La vanguardia, compuesta por 5 naos a las órdenes de Ruy Pereira, en el centro 12 naves cargadas de víveres, y en la retaguardia 17 galeras de protección. En el bando castellano fue discutida la forma de atacar al enemigo, el Almirante Tovar opinó que lo mejor sería combatir en mar abierto, en contra del parecer de Perafán de Ribera que prefería aguardar en el estuario del Tajo, para no repetir el error cometido con los transportes ingleses del conde de Cambridge. La polémica fue zanjada por la intervención de Juan I de Castilla, dando la razón a Perafán de Ribera.

El combate tuvo lugar el 18 de junio de 13847 y el resultado de esta intensa pelea fue aparentemente favorable a los castellanos, pues hundieron cuatro naos y causaron casi 2.000 bajas al enemigo, resultando Ruy Pereira muerto en la lucha, pero el resto del convoy portugués pudo forzar el bloqueo y descargar los víveres y suministros, que se necesitaban en Lisboa. Gracias a estos auxilios pudo el Maestre de Avis lanzar un contraataque conquistando el castillo de Almada, en la orilla izquierda del río Tajo.

No obstante, Sánchez de Tovar no se dio por vencido, y habiendo reunido una fuerza de hasta 61 naos y carracas, 16 galeras, una galeaza y varios leños menores, un mes más tarde lanzó una ofensiva contra el adversario. El 27 de julio ejecutó una operación anfibia de llegada al litoral, desembarco y ataque incendiario, pero la sólida defensa lisboeta, que se valió de barcos barrenados y estacas para formar una barrera, logró rechazar finalmente el asalto.

Más bajas que la reacción portuguesa causo en el ejército castellano la aparición de la peste. Muy pronto el número de víctimas aumentaría de forma alarmante, incluyendo entre ellas algunos de los más importantes nobles castellanos, entre ellos Cabeza de Vaca, Juan Martínez de Rojas, los mariscales Pedro Ruiz Sarmiento y Fernán Álvarez de Toledo, y el propio Tovar. Todos ellos militares de gran valía, cuya ausencia se haría notar durante el resto de la campaña, que terminaría con la desastrosa batalla de Aljubarrota. El ejército terrestre tuvo que retirarse de la capital, y más tarde, el 17 de agosto, Juan I, junto a la escuadra de Castilla que aún permanecía en el Tajo, dio orden de partir definitivamente hacia Sevilla.

Fernando Sánchez de Tovar falleció en su nave capitana, la “San Juan de Arenas”. En ella, enlutada, fue trasladado su cadáver hasta Sevilla, y sepultado en la capilla de San Clemente de la Catedral de Santa María.

En su tumba figuraba un epitafio, hoy desaparecido, que así decía:

Aquí yace el bueno e honrado cavallero D. Ferrant Sanchez de Tobar, Almirante de Castilla que Dios perdone, e finó sobre Lisboa en el año de MCCCLXXXIV, e mandole fazer esta sepultura Juan de Tobar su viznieto, en el año de MCCCCXXXVI.

Fue sustituido en el cargo por su hijo Juan Fernández de Tovar , y no cabe duda que los sobresalientes servicios prestados a Enrique II y a Juan I constituyeron factores decisivos en la designación.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 24 May 2015 19:42

ALFONSO V DE ARAGON El Magnanimo

Rey de Aragón, Valencia (Alfonso III), Mallorca (Alfonso I), Sicilia (Alfonso I) y Cerdeña (Alfonso II), conde de Barcelona (Alfonso IV, 1416-1458) y rey de Nápoles (Alfonso I, 1442-1458).

Hijo primogénito del infante Fernando de Castilla y de Leonor de Alburquerque, se convirtió en heredero al trono de la Corona de Aragón cuando su padre fue proclamado rey, el 24 de junio de 1412, en el compromiso de Caspe, acuerdo que ponía fin al conflictivo interregno abierto en la Confederación catalano aragonesa a la muerte del soberano Martín I sin sucesor directo (1410).


En 1415, el príncipe Alfonso casó con María de Castilla, su prima hermana, con quien no tendría hijos, y ese mismo año tuvo que asumir las tareas de gobierno a causa de la enfermedad de su padre, Fernando I de Aragón. En 1416, el prematuro fallecimiento del monarca le hizo ceñirse la corona, con tan sólo veinte años.

A pesar de la prudencia del joven soberano, en 1419 surgieron las primeras discrepancias con las cortes catalanas, que no sólo exigían la destitución de sus consejeros castellanos, sino que también se oponían, paradójicamente, al deseo de Alfonso V de proseguir personalmente la secular expansión de Cataluña por el Mediterráneo, debido al previsible perjuicio que la ausencia real provocaría en los estados hispánicos de la Corona de Aragón. El rey, sin embargo, zarpó hacia Cerdeña y consolidó el dominio catalán sobre la isla (1420), pero hubo de renunciar a adueñarse de Córcega, dado el apoyo que la ciudad de Génova prestaba a los corsos (1421).

Esta decisión se adoptó ante la posibilidad de conquistar Nápoles, donde dos facciones nobiliarias se disputaban la sucesión de la reina Juana II. Así, en julio de 1421, Alfonso el Magnánimo venció a Luis de Anjou, pretendiente al trono napolitano, y a los genoveses, lo cual le permitió entrar en la ciudad italiana y convertirse en el ahijado de su soberana, aunque dos años más tarde una revuelta popular le obligó a replegarse a Cataluña.

Tras la muerte de su padre, fue rápidamente entronizado como nuevo monarca, y se dispuso a tomar algunas medidas populistas para evitar que parte de la aristocracia catalana, rebelde a su padre a través del conde Jaime de Urgel, pudiese alzarse en su contra. Poco después, su hermano Juan, que había sido nombrado por Fernando I virrey de Nápoles, decidió regresar a España para tomar matrimonio con Blanca de Navarra y hacerse cargo de la suculenta herencia territorial de Fernando I en Castilla. Poco o nada apasionaron las tierras italianas al futuro Juan I de Navarra (y todavía más tarde, Juan II de Aragón), todo lo contrario que a Alfonso, quien enseguida, tras apaciguar a las siempre belicosas instituciones de Cataluña y de Valencia, comenzó su carrera de expansión mediterránea con el punto de mira situado en el reino de Nápoles y, sobre todo, Sicilia. La investidura de este reino, propiedad del Papa, había sido efectuada en favor de su padre, Fernando I, como agradecimiento al apoyo prestado para la solución del Cisma, pero jamás había tomado posesión de él. Alfonso, que siempre tuvo un talante caballeresco y aventurero de primera magnitud, se vio invadido desde el inicio de su reinado por acometer la empresa siciliana, además de las grandes rentas que podía obtener del dominio de la rica isla mediterránea. Básicamente, Alfonso estaba convencido de que con la expansión mediterránea de Aragón no sólo pasaría a la fama por su industria militar y caballeresca, sino que la economía de la Corona de Aragón, que pasaba por una grave crisis, se recuperaría de forma tremenda, de ahí que Alfonso V se vaciase por emprender el camino hacia Italia. Por ello, no le importó dejar los asuntos de la política castellana en manos de su hermano Juan, o dejar a su esposa, la reina María, como lugarteniente general de Aragón. De hecho, sería la reina María, con quien Alfonso no mantenía una buena relación, la que gobernaría Aragón durante muchos años por delegación de su esposo.

El primer proyecto mediterráneo presentado por Alfonso V a sus reinos fue el de recuperar Córcega y Cerdeña, que habían caído en manos de los genoveses. Después de muchos ruegos y peticiones efectuados entre 1417 y 1420, finalmente convenció a las Cortes individuales de cada reino para que le fuese concedida la financiación necesaria, de forma que se echó a la mar con una flota guerrera abastecida en el puerto de Mallorca con los despojos de la armada genovesa allí residente, que fue ya considerada como enemiga. En junio de 1420 llegó a Alguer (Cerdeña), que fue conquistada gracias al apoyo de la nobleza local. Estando en Alguer y antes de partir hacia Córcega, Alfonso recibió una embajada de la reina Juana II de Nápoles, en la que ésta le suplicaba ayuda para pelear contra los enemigos a cambio de nombrarlo heredero del trono. La petición envalentonó a Alfonso V, que rápidamente se imaginó triunfante en la empresa que había diseñado en su interior con mucho menos esfuerzo del previsto. Así fue cómo se trasladó a Córcega, procediendo al asedio de la ciudad de Bonifacio, que fue rechazado por la gran fortaleza de la ciudad y por la ayuda de una flota genovesa, que respondió así a las hostilidades abiertas por Alfonso V. Pese a la derrota, acontecida en enero de 1421, el ánimo no decayó, pues el asunto napolitano mantenía la llama viva, aunque el papa Martín V había intervenido en el conflicto a favor del otro candidato al trono napolitano, Luis de Anjou, aliado de la familia Sforza y que también contaba con el apoyo de los genoveses. En octubre del mismo año de 1421 tuvo lugar la primera confrontación naval entre ambos contingentes, en la batalla de Foz Pisana, cuyo resultado benefició a Alfonso V, quien se dirigió raudo hacia Nápoles para firmar el acuerdo con la reina Juana que le permitiese gobernar el reino. Pero ésta, siempre caprichosa y haciendo caso de las veleidades de la época, firmó un acuerdo con el condottiero Caracciolo y con los Sforza, y prefirió la candidatura de Luis de Anjou, lo que obligó a Alfonso V, después de casi un año en Nápoles, a regresar a la península, donde la grave situación económica de Cataluña y de Valencia lo reclamaba.


Durante nueve años permaneció en sus reinos peninsulares, enzarzándose en una estéril guerra con el monarca castellano Juan II para defender los intereses políticos y económicos de sus hermanos, los infantes de Aragón, en Castilla. En mayo de 1432, Alfonso V partió definitivamente hacia Italia, para instalarse en Sicilia. A la muerte de Juana II de Nápoles, en 1435, el monarca intentó asediar Gaeta, pero en la batalla de Ponza cayó prisionero de los genoveses, aliados del nuevo soberano napolitano, Renato de Anjou.

Trasladado a Milán, Alfonso supo sin embargo granjearse la simpatía de Felipe María Visconti, duque de Milán y señor de Génova, quien se convirtió en un amigo leal. Esta amistad facilitaría, en 1443, después de años de lucha con Venecia, Florencia, el Papado y los angevinos, la conquista de Nápoles por parte del rey aragonés.

A partir de este momento, Alfonso V estableció su corte en Nápoles, convirtió la ciudad un gran centro humanístico y se dedicó por completo a la política italiana. De forma paralela, el monarca confió el gobierno de sus reinos hispánicos, sucesivamente, a la reina María (1432-1454) y al hermano de ésta Juan de Navarra (1454-1458). Con todo, desde la distancia, favoreció las aspiraciones de los campesinos de remensa catalanes (1448), aunque no dudó en sofocar violentamente la revuelta del campesinado mallorquín (1453).

Alfonso V el Magnánimo murió en el castillo del Ovo, en la ciudad de Nápoles, el 27 de junio de 1458, y fue sucedido en la Corona de Aragón por Juan de Navarra, y en el reino de Nápoles por su hijo natural Fernando.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 25 May 2015 00:04

JUAN I DE NAVARRA Y II DE ARAGON

Rey de Navarra (Juan I, 1429-1479) y Rey de Aragón (Juan II, 1458-1479), nacido en Medina del Campo (Valladolid) el 29 de junio de 1398, y muerto en Barcelona el 19 de enero de 1479. Se trata de uno de los más importantes monarcas hispanos de todos los tiempos, el más longevo de todo el Cuatrocientos, lo que propició su intervención continua en el devenir político y militar no sólo de los territorios de los que fue monarca, sino también en Castilla, de donde era natural y donde tenía títulos y rentas, o en Italia, con motivo de la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo.

La política en Castilla (1416-1425)

A la muerte de Fernando I, la disposición testamentaria había dejado al infante Juan un enorme patrimonio territorial, tanto en rentas como en títulos, centrado sobre todo en el reino de Castilla. A los títulos de Duque de Peñafiel y Duque de Montblanc, unía el condado de Mayorga, las villas y rentas de Castrogeriz, Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar, Villalón (todas en Castilla), más Haro, Belorado, Briones y Cerezo (en tierras riojanas), lo que acabó por conformar la base económica, territorial y de prestigio sobre la que Juan se alzó como dirigente político del llamado partido aragonesista de Castilla, que, apoyado por parte de los linajes castellanos, como los Estúñiga, los Mendoza y los Pimentel, pretendían continuar la línea intervencionista de la nobleza en la dirección del reino, gobernado todavía de forma precaria por Juan II de Castilla, primo del infante Juan, a quien la presencia tanto de Juan como de su hermano Enrique de Aragón comenzaba a incomodarle demasiado. Pero también había desavenencias entre ambos hermanos, Juan y Enrique, problemas que resultaron fatales para la unidad de los infantes. El 10 de junio de 1420, conforme a sus propios planes, Juan contrajo matrimonio en Pamplona con la infanta Blanca de Navarra, hija y heredera del rey Carlos III. Blanca, trece años mayor que el infante Juan, proporcionaría a éste la posibilidad de reinar, algo que él siempre ambicionó por encima de cualquier otra cosa.

Sin embargo, Juan tuvo que suspender los subsiguientes festejos al enlace al enterarse de que su hermano, el maestre Enrique, evidenciando una tremenda falta de sintonía con Juan, había decidido apoderarse de su primo, Juan II de Castilla, raptándolo de su residencia en Tordesillas. El incidente, conocido en la historiografía con el nombre de Atraco de Tordesillas (14 de julio de 1420), significó el resquicio de desunión entre los infantes de Aragón que aprovechó hábilmente un miembro del séquito de Juan II de Castilla, un segundón llamado Álvaro de Luna, para, a base de ganar confianza con el monarca castellano, convertirse en el enemigo principal de los infantes de Aragón en Castilla. Por de pronto, fue Álvaro de Luna quien libertó a Juan II de su libertad vigilada, de modo que Juan y Enrique de Aragón tuvieron que pactar una tregua con el que habría de ser todopoderoso privado de Juan II. El enfrentamiento entre Álvaro de Luna y los infantes de Aragón capitaliza gran parte de la historia del siglo XV hispano, pero sobre todo significa que las fricciones y discordias entre Juan y su hermano Enrique ejemplificaron cuán lejos estaban los planes de Fernando el de Antequera de cumplirse. Con tan negros augurios en lontananza, Juan prefirió instalar a su familia en su castillo de Peñafiel, donde su esposa Blanca daría a luz a su primer vástago, el príncipe Carlos, nacido el 29 de mayo de 1421. En 1423 tuvo que regresar al primer plano de la actividad política, puesto que Álvaro de Luna, nuevo hombre fuerte de Castilla, dictó una orden de prisión contra Enrique de Aragón. El infante Juan mantuvo una actitud ambigua al respecto, pues si bien es cierto que debía defender a su hermano por cuestiones de linaje, fue reticente a entablar conversaciones con su hermano Alfonso V, recién llegado de tierras italianas, para hallar una solución al confllicto, que amenazaba con desembocar en una guerra abierta entre todos los hermanos. Finalmente, se produjo el acuerdo de Torre de Arciel (Navarra), el 3 de septiembre de 1425, por el cual Enrique fue liberado y todos los infantes de Aragón firmaron la paz entre ellos y con su primo, el rey Juan II de Castilla.

Rey de Navarra e intervención en Castilla (1425-1445)

Cuatro días más tarde de este gran triunfo del infante Juan, le llegó la noticia de la muerte de su suegro, Carlos III el Noble, por lo que quedó investido como rey de Navarra en septiembre de 1425. Sin embargo, la pugna que mantenía en Castilla contra el nuevo condestable, Álvaro de Luna, hizo que los asuntos de su nuevo reino quedasen al menos en estos inicios en manos de su esposa, la reina Blanca. Juan estaba mucho más implicado en conseguir el destierro del condestable Luna, cosa que logró en 1427, imponiendo a Juan II de Castilla la voluntad del partido aragonesista, lo que pareció abrirle las puertas a controlar la débil y pusilánime personalidad de su primo el rey castellano; pero la situación era insostenible, y Álvaro de Luna regresó a la corte en 1428 para continuar la lucha. En aquella ocasión, con motivo de la celebración en Valladolid de unas fiestas en honor de la princesa Leonor, hermana de los infantes de Aragón, que viajaba hacia Portugal para desposarse con el rey Duarte, tuvieron lugar unos torneos, justas y pasos de armas, como el Paso de la Fuerte Ventura, en que Álvaro de Luna, Juan de Navarra y Enrique de Aragón dirimieron sus diferencias en clave festiva, presagio de los enfrentamientos del futuro, en la guerra más o menos subterránea que mantuvieron Castilla y Aragón durante 1429 y 1430.

El 15 de mayo de 1429, cuatro años más tarde de su nombramiento, Juan I de Navarra fue coronado rey en la catedral de Pamplona. Y al igual que sucediese en 1420, de nuevo un acto imprevisto le obligó a abandonar su reino y dirigirse hacia Castilla: esta vez, dentro de las hostilidades abiertas, las tropas de Juan II habían sitiado Medina del Campo, Olmedo y Cuéllar, villas pertenecientes a Juan I. La guerra había comenzado, aunque las pérdidas y las dudas de ambos bandos hicieron llegar a un pronto acuerdo de paz con las treguas de Majano (23 de julio de 1430). Entre 1431 y 1432 estuvo con su hermano, Alfonso V, en Barcelona, ayudándole a organizar la flota con la que éste pretendía conquistar Nápoles, razón por la cual Juan I de Navarra quedó investido como lugarteniente de Aragón en 1433, durante la ausencia de su hermano. En estos años, Juan I pareció abandonar definitivamente la política castellana y centrarse en los asuntos de Navarra, donde pasó todo el año 1433, aunque en 1435, tomó parte en la batalla naval de Ponza, donde los aragoneses fueron derrotados y Juan I, como su hermano Alfonso V, fue hecho prisionero. Pocos meses más tarde fue puesto en libertad y se dirigió, vía Milán, hacia la península Ibérica, investido definitivamente por su hermano el rey como lugarteniente de Aragón, Valencia y Cataluña, lo que equivalía a entregarle “la total dirección de la política castellana de la Corona aragonesa” (Vicens Vives, Juan II..., p. 79).

Aprovechándose de las debilidades internas, sobre todo porque la política del condestable Luna le había granjeado a éste nuevos enemigos en Castilla, Juan I regresó al primer plano de la actividad en 1439, presentándose como una suerte de conciliador entre ambos bandos, pero en 1440, con la firma de una gran Liga nobiliaria, Juan II de Castilla huyó de la vigilancia a que le sometían los infantes de Aragón, y corrió a refugiarse en brazos del condestable Luna. La espoleta de la guerra abierta prendía otra vez sobre Castilla, sobre todo después de que en 1441 un nuevo personaje, Juan Pacheco, privado del entonces príncipe de Asturias y futuro Enrique IV de Castilla, saltase a la escena. Juan I logró atraerse a príncipe y a valido merced al matrimonio de su hija, Blanca, con el futuro Enrique IV, enlace acontecido en 1441. Convertido en árbitro de Castilla, impuso al rey Juan Ia llamada Sentencia de Medina del Campo (1441), en la que de nuevo el condestable Luna era desterrado de la corte y se dejaba vía libre a los consejeros del partido aragonesista. Desde un plano más personal, en el mismo año de 1441 Juan I de Navarra quedaba viudo, al fallecer la reina Blanca. En el mismo año, y en virtud de la Sentencia de Medina, Juan se comprometió con sus aliados castellanos a tomar por esposa a Juana Enríquez, hija del Almirante de Castilla Fadrique Enríquez. El precario equilibrio se rompió en el llamado golpe de Estado de Rámaga (1443), cuando los partidarios del condestable Luna volvieron a ser arrestados, lo que motivó la formación de una nueva alianza. La cuestión final acabó dirimiéndose en la batalla de Olmedo (1445), en que los infantes de Aragón fueron derrotados, además de que Juan I perdió a su hermano, el maestre don Enrique, fallecido a raíz de una herida que recibió en la batalla.

La guerra civil navarra (1447-1457)

Pocos meses antes de la batalla de Olmedo, Juan I había perdido a sus hermanas María, Reina de Castilla, y Leonor, Reina de Aragón; fallecidos desde hacía tiempo ya sus hermanos Sancho y Pedro, y muerto su hermano Enrique en 1445, la ingente prole de Fernando de Antequera quedaba reducida a Alfonso V y a Juan I, lo que parecía deshacer los planes de dominio de los Trastámara aragoneses sobre Castilla. Pero supo esperar su oportunidad, totalmente convencido de que las dos facciones que le habían derrotado en Olmedo, los partidarios del condestable Luna y los partidarios de Juan Pacheco, flamante marqués de Villena, acabarían por enfrentarse mutuamente. Juan I continuó con sus planes y se casó en el verano de 1447 con Juana Enríquez, validando su alianza con el todopoderoso linaje castellano. Pero esta acción encendió la mecha de la guerra civil en Navarra, toda vez que su hijo Carlos, investido en su calidad de príncipe de Viana como heredero del trono, esperaba pacientemente a que su padre renunciase el trono en él, tal como le obligaban las leyes de Navarra. Con el nuevo matrimonio, Juan I vulneraba los acuerdos pactados con su primera esposa, de forma que el reino de Navarra se dividió en dos grupos, beaumonteses y agramonteses, que apoyaban respectivamente al príncipe Carlos y al rey Juan. La guerra civil duraría más de veinte años y dejaría a Navarra sumida en un caos, puesto que fue presa de las ambiciones extranjeras, sobre todo de Francia y de Castilla, que la utilizaron como campo de batalla. Pero Juan I, un entusiasta convencido del poder absoluto del monarca, no dio jamás su brazo a torcer en este aspecto.

En 1450 el condestable Luna se alió con el príncipe de Viana en el conflicto que éste mantenía contra su padre; la furiosa reacción de Juan I fue la de armar un gran ejército que derrotó a las tropas leales a Carlos de Viana en la batalla de Aibar, acontecida el 23 de octubre de 1451. Carlos fue hecho prisionero, aunque posteriormente, en 1453, llegó a un acuerdo con su padre para su liberación, si bien fue desterrado. En este momento, la situación era ventajosa para Juan I: en primer lugar, había acabado con la rebelión de su hijo; en segundo, su odiado rival, el condestable Luna, fue ajusticiado en Valladolid después de haber caído en desgracia del hasta entonces máximo valedor, Juan II de Castilla. Por si fuera poco, en 1453 cumplió un año su nuevo vástago, el futuro Fernando el Católico, primer hijo suyo y de Juana Enríquez. Pero precisamente el nacimiento de Fernando habría de encender la mecha de la discordia en la guerra civil navarra, toda vez que los celos y suspicacias comenzaron a envenenar la ya de por sí precaria relación entre Juan I y las instituciones de Cataluña. En 1455, Juan I desheredó a Carlos de Viana y a su hija Blanca, nombrando heredera de Navarra a su tercer hija, Leonor. Carlos de Viana viajó hacia Nápoles para intentar obtener la ayuda de su tío Alfonso V, pero apenas llegó a verle con vida. La muerte del Magnánimo daría un giro radical a los acontecimientos.

Juan II de Aragón y la guerra civil catalana (1458-1472)

En 1458, Juan I de Navarra se convirtió en Juan II de Aragón, pues su hermano Alfonso V no había dejado hijos legítimos, aunque sí un ilegítimo, Ferrante, que reinaría en Nápoles. Con sesenta años, Juan II se convertía en el más poderoso monarca hispano, a quien la rebeldía de Carlos de Viana seguía constituyendo su principal problema, agravándose ahora más puesto que, como primogénito, también Carlos era heredero de Aragón. Durante los dos primeros años de reinado, Juan II apaciguó los ánimos en Cataluña y en Navarra, llegando incluso a una reconciliación con su hijo firmada en Barcelona el 28 de marzo de 1460, sellada con la ayuda de su esposa, Juana Enríquez. Pero los aliados navarros de su hijo no dejaron de continuar hostigando la rebeldía del príncipe, poniéndole en contacto con Enrique IV de Castilla para una alianza. Juan II, enterado de esta actuación, decidió encarcelarlo el 2 de diciembre del mismo año, mientras se celebraban las Cortes en Lleida. Ello motivó inmediatamente el levantamiento de los catalanes, movilizados por el partido de la Biga (la aristocracia urbana), quienes pensaban que todo era una maniobra para nombrar príncipe heredero al infante Fernando. Ni siquiera sirvió la firma de la Capitulación de Vilafranca (1461) por parte de Juan II, prometiendo alejarse del reino de Aragón como garantía de su neutralidad en el conflicto (véase conflicto de la Busca y la Biga).

Por si fueran pocos problemas, el príncipe de Viana falleció el 23 de septiembre de 1461. En Navarra, su hija Leonor, casada con Gastón de Foix, fue nombrada heredera del trono en detrimento de Blanca, la que había sido primera esposa de Enrique IV. Gastón de Foix quedó al frente de las tropas realistas, engrandecidas con su propio ejército señorial, por lo que Juan II pudo centrarse en las repercusiones de esta muerte en Cataluña, dode todos culparon de la muerte a Juana Enríquez, a quien acusaron de haber envenenado a Carlos para favorecer la herencia de su hijo, el infante Fernando. A partir de ese momento, con el recrudecimiento del conflicto entre agramonteses y beaumonteses en Navarra, Cataluña vivió una auténtica guerra civil en contra de Juan II, con la participación de otros reinos europeos, como Castilla y Francia, que hicieron al conflicto extenderse durante diez años.

Últimos años (1472-1479)

La capitulación de Pedralbes, firmada el 16 de octubre de 1472, puso fin a la contienda de Cataluña, pero Juan II era un septuagenerio que comenzaba a estar exhausto. Los años y años de conflicto se habían llevado por delante a todos sus hermanos, los infantes de Aragón, a su hijo primogénito, Carlos de Viana (muerto en 1461), a su hija Blanca (muerta en 1464), y, en 1468, de la reina Juana Enríquez, de la que Juan II estaba profundamente enamorado y a quien se dirigía en todas sus epístolas con el amoroso epíteto de mi niña. Afectado de algunas dolencias, principalmente de gota y de unas cataratas que le fueron poco a poco privando de visión, los últimos años del gran dominador de la política hispánica durante el siglo XV fueron bastante difíciles. A todos los problemas ya mencionados se le unía el sentimiento de pena por haber tenido que hipotecar los condados de Rosellón y Cerdaña a Luis XI, a cambio de parar la ofensiva bélica en Cataluña. Durante la última etapa de su vida, la única alegría se la proporcionó su hijo Fernando, que ya desde su adolescencia se mostró como un príncipe digno sucesor de su padre. Fernando peleó en la defensa de Perpiñán contra los franceses y atendió a los asuntos de gobierno que su padre, enfermo y cansado, apenas podía realizar.

Pero la última gran intervención política de Juan II de Aragón sin duda fue la de buscar concienzudamente la alianza con Castilla, apoyando sin reservas el matrimonio de su hijo Fernando con la princesa Isabel, hermana de Enrique IV y que había sido jurada heredera de Castilla en 1468. Juan II quiso así cumplir en su hijo el objetivo que él había intentado sin éxito durante toda su larga vida: aunar sus intereses en ambos reinos, Castilla y Aragón, al tiempo que la alianza con Castilla dejaría a Aragón a salvo de las amenazas francesas. Para ello, cedió a su hijo no sólo el título de heredero de Aragón, el ducado de Montblanc, sino la corona de Rey de Sicilia, para que su rango fuese mayor que el de la princesa Isabel. Antes de morir, le cupo el honor de verlo convertido en rey de Castilla (1474), con lo que al menos parte de sus planes se habían cumplido. En una carta escrita un día antes de fallecer, Juan II aconsejaba a su hijo:

Fortalecido con tanta gracia, prosigue en la práctica de las empresas de un buen rey y príncipe católico; mantente firme en el honor que se te confiere en la administración del gobierno, y en ello se te juzgue tan recto que rindas cuenta irreprochable de los talentos que se te confiaron.
(Palencia, Cuarta Década, ed. cit., p. 110).

Su muerte, el 19 de enero de 1479, no sorprendió a nadie, pues ya llevaba enfermo mucho tiempo. Marco Berga, fraile franciscano y confesor del rey, y Jaime Ruiz, fraile cisterciense y limosnero real, le asistieron en sus últimas horas, además de gran parte de su familia. Después de haberse celebrado los funerales en el palacio real de Barcelona, fue sepultado en el monasterio de Poblet, tradicional panteón de los monarcas aragoneses. Atrás quedaban más de cincuenta años de vida política.

Valoración historiográfica de Juan II

En los primeros años de siglo XVI, el cronista de la Casa Real aragonesa, Lucio Marineo Sículo, efectuaba esta breve semblanza de Juan II en su Crónica d’Aragón (ed. Perea Rodríguez, p. 101):

Créese que Dios le avié proveýdo de tales dones naturales y de tan generoso ánimo que quiso que, con aquellas ocasiones, se mostrasse lo que en él avía puesto. Y él no lo escondió: antes, muy valerosamente, en qualquier condición de negocios, descubrió bien quién era, no mostrando flaqueza en la adversidad ni menos en la prosperidad, altivez diferente de lo que primero se mostrava.

La primera característica a señalar de Juan II es que fue ambicioso por reinar, en el buen sentido de la palabra, pareciéndose mucho en esto a su padre, Fernando de Antequera. Primero Navarra y después Aragón no fueron óbice para que la política castellana continuase siendo de su interés. Astuto en ocasiones, taimado en otras, quizás más ingenuo de lo que pudiera pensarse en su relación con los reinos, fue Juan II sin duda un monarca cuyo peso específico en la política hispana del Cuatrocientos fue enorme, y cuya influencia en los tiempos posteriores fue extraordinaria, sobre todo en la unión dinástica de Aragón y Castilla efectuada precisamente a su muerte, a partir de 1479. Este carácter rudo, autoritario y fuerte continuó con su hijo, el príncipe Fernando, que culminaría en su longevo y formidable reinado muchos de los proyectos de la casa Trastámara aragonesa.

Otra de las características que habría de heredar su hijo, el futuro Rey Católico, fue la reputación de mujeriego que mantuvo Juan II a lo largo de su vida. De su primer matrimonio con Blanca de Navarra nacieron, como ya se ha mecionado, el príncipe Carlos de Viana, la infanta Blanca, primera y repudiada esposa de Enrique IV de Castilla, y Leonor, Reina de Navarra, casada con Gastón de Foix. De su segundo matrimonio, con Juana Enríquez, nacerían el príncipe Fernando y Juana, Reina de Nápoles, pues otras dos hijas de este enlace, Marina y Leonor, fallecieron siendo muy pequeñas. Además de esta descendencia legítima, Juan II tuvo numerosos hijos ilegítimos: En primer lugar, hay que mencionar a Juan de Aragón, arzobispo de Zaragoza entre 1460 y 1475, fruto de las relaciones entre el monarca y una dama del linaje Avellaneda. En segundo lugar, Alonso de Aragón, duque de Villahermosa y conde de Ribagorza, que sería un colaborador destacado en las campañas militares de su hermano el Rey Católico, fue hijo de Leonor de Escobar una de las más conocidas amantes de Juan II de Aragón. Por último, Leonor de Navarra, condesa de Lerín, engendrada en una dama del linaje de los Ansas navarros; Leonor casó con Luis de Beaumont, condestable de Navarra y conde de Lerín. Marineo Sículo, en su Crónica d’Aragón (ed. cit., pp. 100-101), menciona hasta otros tres vástagos ilegítimos, llamados Alonso, Fernando y María, que fallecieron siendo niños. Otro cronista, Alonso de Palencia, registra en su Crónica el tremendo apetito sexual del monarca Trastámara aragonés incluso en sus últimos momentos:

En tan decrépita edad ya se le notaba torpeza en el mando y más inclinado a cumplir la voluntad de los que lo rodeaban, que atento a la utilidad de sus reinos, principalmente cuando en su extrema senectud daba la mayor importancia a sus lascivos placeres con una jovenzuela llamada Rosa.
(Palencia, Cuarta Década, II, p. 108).

Al igual que todos los Trastámara aragoneses, Juan II fue durante mucho tiempo vilipendiado por la historiografía catalana resultante de la Renaixenca, que lo soterró en el infierno por ser monarca autoritario y falto de respeto por las tradiciones de la Corona de Aragón, al tiempo que su hijo, el príncipe de Viana, era elevado prácticamente a los altares de la santidad. La historiografía castellana, en cambio, no ha dejado de ver con simpatía a un rey de Navarra y de Aragón nacido en plena meseta vallisoletana, que además siempre mantuvo una honda preocupación por los asuntos castellanos. A la visión historiográfica de Juan II le ocurre lo que al resto de monarcas Trastámara, que, seducidos por el pactismo aragonés para utilizarlo a favor de sus intereses en Castilla de participar en los asuntos de gobierno, aplicaron en cambio el autoritarismo característico de esta dinastía para saltarse la complejidad institucional (Cortes, Generalidades, Diputaciones...) de los territorios agrupados bajo la Corona de Aragón. Con todo, el azaroso reinado de Juan II supuso el viraje inicial de un capítulo de la historia hispánica que sería decisivo en el devenir de la misma, y de hecho, si se analizan con detenimiento, muchos de los logros atribuidos a los Reyes Católicos tienen un origen embrionario en la época del tercer rey Trastámara de la Corona de Aragón.

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Re: HISTORIA DE MILITARES Y GUERREROS DE ESPAÑA

Mensajepor Rescoldo » 25 May 2015 22:47

ENRIQUE IV REY DE CASTILLA Y LEON El Impotente

Bueno, ya el apelativo viene a decir bastante de este monarca, que siendo justos a lo que busca el hilo, de alguna forma no debería ni tan siquiera figurar en él, pero no hay que olvidar que como consecuencia de las decisiones que tomó, en primer lugar nombrando heredera al trono a su hermana Isabel, que reinaría como Isabel I de Castilla y finalmente junto con su esposo Fernando como los Reyes Católicos, y luego posteriormente desdiciéndose y nombrando heredera a su hija Juana la Beltraneja, darían lugar a una guerra civil entre los partidarios de ambos bandos, (otra más).


Rey de Castilla y León, apodado el Impotente, hijo de Juan II y de María de Aragón, hija del rey Juan II de Aragón, nacido en Valladolid, el 25 de enero del año 1425 y muerto en la villa de Madrid, el 11 de diciembre del año 1474. Su prolongado reinado (desde el año 1454 al 1474) estuvo marcado por su falta de cualidades como monarca y por la gran oposición que encontró dentro de las filas de la nobleza más poderosa de su reino, lo cual provocó un período abierto de guerras civiles, que contrastan claramente con el orden establecido por sus sucesores, los Reyes Católicos, circunstancia que ha contribuido poderosamente en lo mucho que ha sido desprestigiada su figura por la historiografía posterior.

Siendo aún príncipe de Asturias, el infante y heredero al trono, Enrique, comenzó a actuar activamente en la turbulenta y complicada política del reino castellano, siempre apoyado por su gran amigo y favorito don Juan Pacheco, marqués de Villena, favoreciendo con sus múltiples intrigas el desenlace fatal del todopoderoso valido de su padre, don Álvaro de Luna. El 23 de julio del año 1454, dos días después de la muerte de su padre Juan II, Enrique fue proclamado rey de Castilla y León en el monasterio vallisoletano de San Pablo. Por su edad ya avanzada (veintinueve años) y por la dilatada experiencia que atesoraba en cuestiones de gobierno, el inicio de su reinado fue saludado por todos los estamentos del reino con muy buenos ojos, que hacían recaer en sus espaldas las esperanzas del pueblo de que se pusiera fin al período de guerras y enfrentamientos acaecidos durante gran parte del reinado de su padre, que habían agotado casi en su totalidad al reino de Castilla y León.

Los primeros años del reinado de Enrique IV, reconocido en el trono por todos, se basó en el cumplimiento de cinco puntos básicos de gobierno: la consolidación de la plataforma económica del reino, en el sentido de reformar y controlar totalmente el cobro de rentas, tanto para el beneficio del propio reino como para la hacienda privada del monarca; la reconciliación con la nobleza, punto crucial si quería reinar en concordia con los demás estamentos del reino, para lo que Enrique IV necesitaba con urgencia tapar la brecha que su padre había abierto entre el trono y la clase aristocrática; asegurar y aumentar el control de la monarquía sobre las Cortes, y por extensión, sobre las ciudades y municipios englobados dentro del señorío regio; la paz con los reinos cristianos vecinos, y especialmente con Portugal y Francia, amistades primordiales para contrarrestar la excesiva influencia aragonesa en Castilla; y, por último, el reinicio de la guerra contra la Granada nazarí, proyecto más ambicioso y entusiasta del nuevo monarca, pero que a la vez fue el que primero levantó serias protestas y la más generalizada oposición.

En marzo del año 1455, Enrique IV convocó una de las contadas convocatorias de cortes, celebradas en Cuéllar, con el objeto de transmitir a los estamentos del reino el nuevo programa político de la corona, además de para recaudar los consiguientes impuestos. En esta primera reunión comenzó a destacar como figura relevante la persona del marqués de Villena, don Juan Pacheco, que aspiraba desempeñar en la corte del nuevo soberano el papel que don Álvaro de Luna había desempeñado en el reinado anterior. La ascendencia cada vez más preponderante del marqués hizo despertar serios recelos entre los miembros de la alta nobleza y de los grandes prelados de la Iglesia castellana, temerosos de que se produjera un nuevo intento por parte de la monarquía de erosionar sus prebendas y privilegios. Enrique IV, aunque era consciente de la necesidad que tenía del apoyo de la nobleza y de su consenso para con su política, siempre procuró rodearse de simples hidalgos, nobles de títulos medios y legalistas, conformando a su alrededor una corte totalmente predispuesta y fiel a su persona y a su acción de gobierno. De todos estos personajes, destacaron por su relevancia Miguel Lucas de Iranzo, condestable del reino, el converso don Diego Arias, como contador mayor del reino, y don Beltrán de la Cueva, su otro valido, una vez que se consumó la caída en desgracia y posterior traición del marqués de Villena.

Como se dijo antes, la proyectada guerra de Granada se convirtió en el primer y más adecuado caldo de cultivo para el desarrollo del nuevo y complejo germen opositor hacia el monarca. El mismo año de la celebración de las cortes de Cuéllar, Enrique IV llevó a cabo dos acciones militares contra Granada, en las cuales si bien se adjudicó la victoria de forma brillante, fue a costa de un enorme esfuerzo económico y humano debido a la táctica de “guerra de desgaste” impuesta por el monarca.

Tanto la nobleza como el alto clero castellano-leonés, encabezado por el primado de Toledo, el arzobispo Alfonso de Carrillo, acusaron al rey de malversación y uso indebido de los subsidios recibidos en las cortes de Cuéllar, a lo que se sumó los gravísimos cargos de inmoral e irreligioso. Nobleza, clero y ciudades (esquilmadas económicamente por parte del rey) empezaron a dar muestras fehacientes de descontento hacia la persona y actitud de Enrique IV, quien se había preocupado anteriormente el Consejo Real de nobles poderosos para colocar a sus partidarios y fieles colaboradores, siempre liderados por el ambicioso marqués de Villena, el único miembro de la alta nobleza auténticamente protegido por el rey. Contra el marqués de Villena y su grupo se dirigieron directamente los ataques posteriores de la oposición nobiliar hasta que éste abandonase el poder directo, en el año 1463.

En el año 1457, el marqués de Villena se hizo directamente con los asuntos directos del reino, dando comienzo una guerra abierta con la facción nobiliar liderada por el arzobispo Carrillo y el conde de Haro, entre otros. El marqués de Villena, en su esfuerzo permanente por mantenerse en lo más alto del poder, procuró durante el tiempo que estuvo en el gobierno desmontar la poderosa facción creada contra Enrique IV y, por consiguiente, contra su propia persona.

Los mecanismos utilizados por el marqués de Villena para neutralizar la oposición fueron múltiples. Uno de ellos fue forzar a Enrique IV a buscar una alianza aragonesa, concretamente con Juan de Navarra, hijo del monarca aragonés Alfonso V el Magnánimo, y futuro rey de Aragón. Ambos monarcas se entrevistaron entre las localidades de Corella y Alfaro en el año 1457, en el que firmaron un pacto de colaboración por el que Enrique IV dejó de apoyar al hijo de éste, Carlos de Viana, en sus pretensiones al trono navarro, mientras que Juan II se comprometió a no apoyar ni dar cobertura en su reino a cualquier posible liga o confederación nobiliar contra su persona.

Otro mecanismo defensivo practicado por el marqués de Villena fue la búsqueda y posterior obtención del respaldo papal. Tanto Calixto III como su sucesor, el culto papa Pío II, legalizaron la acción de gobierno de Enrique IV, y sobre todo, mediante sendas bulas, le autorizaron a distribuir los fondos del impuesto de cruzada como él quisiera, eliminando de ese modo las posibles quejas del partido nobiliario en cuanto a la distribución y gastos del impuesto.

La tercera vía que practicó el marqués de Villena fue hacerse con un equipo de personas adictas a su persona, como hiciera el rey, que le apoyasen en sus decisiones. La persona clave en su gobierno fue su hermano Pedro Girón, maestre de Calatrava, junto con los condes de Plasencia y de Alba, fieles siempre a la corona. Por último, otro argumento de la actuación del marqués de Villena para consolidar a Enrique IV y a él mismo en el poder, fue el incremento de su propio patrimonio, bien practicando la directa apropiación de las fortunas de los nobles rebeldes, bien gracias a la práctica de una política matrimonial bien planificada.

La reacción de la liga nobiliaria contra Enrique IV y su valido, cada vez más rico, prepotente y poderoso, no se hizo esperar. La adhesión a esta liga de Juan II de Navarra y Aragón dio más fuerza a la decidida oposición regia, cambiando totalmente de significado la evolución del reinado de Enrique IV. Juan II de Aragón fue proclamado rey de Aragón desde mediados del año 1458, por lo que rompió el pacto de amistad firmado con el monarca castellano, toda vez que ya no necesitaba de su apoyo una vez que se vio seguro en el trono aragonés para enfrentarse a las pretensiones de su hijo Carlos de Viana.

Enrique IV, tras su inicial arranque de protagonismo, se había dejado llevar por la política impuesta por su favorito, el marqués de Villana. Pero tras el espectacular protagonismo que iba aglutinando la liga nobiliar, decidió atacar de frente al movimiento opositor, circunstancia que frenó el marqués de Villena, quien a escondidas del rey entabló negociaciones secretas y ambiguas con los principales cabecillas de la liga nobiliar. Así pues, en agosto del año 1461, el marqués de Villena convenció a Enrique IV para que firmase una paz onerosa con la facción nobiliar, a la vez que se vio obligado a permitir el acceso al Consejo Real a relevantes personalidades de este partido rebelde. El año siguiente, 1462, significó un importante punto de inflexión en el reinado de Enrique IV. El deterioro del orden público y la ralentización de la justicia fueron un hecho más que evidente, con el consiguiente e irreversible declive de la monarquía representada por Enrique IV, coaccionado por la omnipresencia del Consejo Real, dominado tras el vejatorio pacto del año 1461.

Enrique IV contrajo segundas nupcias, en el año 1455, con doña Juana de Portugal, tras declararse nulo su anterior enlace con doña Blanca de Navarra. Del nuevo enlace nació una hija, en el año 1462, la infanta y heredera doña Juana (apodada como la Beltraneja) y que en un futuro sería la causa de la guerra civil por la cuestión sucesoria al trono. Enrique IV, más seguro de sus propias fuerzas, comenzó a distanciarse de sus colaboradores más directos, en concreto del marqués de Villena, por lo que buscó el apoyo de otros nobles, como los Mendoza y don Beltrán de la Cueva, quien ocupó el puesto vacante dejado por el marqués de Villena, tras la pérdida de confianza del rey a raíz de la cuestión catalana. Beltrán de la Cueva y Pedro González de Mendoza entraron a formar parte del Consejo Real, neutralizando la influencia de la facción proaragonesa.

Con la caída en desgracia del marqués de Villena, acaecida en el año 1464, y la entrega del poder a los Mendoza, Enrique IV desató nuevamente la guerra civil en Castilla y León. Es importante resaltar el hecho de que los nuevos partidarios del monarca en ese año eran los mismos que diez años antes conformaron el primer núcleo nobiliario de oposición al rey.

El 6 de mayo del mismo año, el defenestrado marqués de Villena, junto con Alfonso de Carrillo y su hermano Pedro Girón, invitaron al resto de nobles a constituir una nueva coalición contra el monarca para evitar, según sus propias palabras, que el hermanastro del rey, el infante don Alfonso, fuera asesinado por el propio rey.

El éxito de la llamada a la rebelión fue considerable, por lo que Enrique IV se vio obligado a negociar con los rebeldes, encabezados esta vez por su anterior servidor, el marqués de Villena, circunstancia que no hizo sino resquebrajar aún más la autoridad regia. Con el apoyo, otra vez, de Juan II de Aragón, la liga se reunió en asamblea, el 28 de septiembre de ese año, en la ciudad de Burgos, donde se nombró como príncipe heredero al infante Alfonso y se negó el reconocimiento de la hija del rey como heredera legítima al trono, a la que achacaron su paternidad al nuevo valido del rey, don Beltrán de la Cueva, en un claro intento por desprestigiar a Enrique IV y a su descendencia.

El rey castellano trató de arreglar el asunto concertando el matrimonio de su hija con su hermanastro, pero la liga nobiliar no aceptó la solución dada por el monarca castellano, revelando la proyección de un vasto programa político, basado principalmente en tres puntos: política de fuerza contra el ascenso en la corte de los conversos y judeoconversos que copaban todos los puestos de relevancia que según los nobles les correspondían a ellos por su linaje y estirpe, es decir, acometer con urgencia todo un plan de limpieza religiosa; respeto y defensa del status de los nobles; y, por último, libertad plena para las ciudades a la hora de la elección de sus propios procuradores en cortes. Las diferentes reivindicaciones de la liga fueron llevadas al papal y firmada por todos sus componentes más relevantes a mediados de mayo del año 1964, en la localidad castellana de Alcalá de Henares. Enrique IV, sumamente debilitada su posición política, acabó por claudicar ante las peticiones de la nobleza, reconociendo a su hermanastro Alfonso como príncipe heredero a la corona y permitiendo la celebración de una comisión compuesta por personas de ambos partidos, encargada de pacificar el reino. De la celebración salió la sentencia de Medina del Campo, firmada el 16 de enero de 1465, claramente desfavorable para Enrique IV.

Enrique IV, refugiado en Zamora, decidió combatir a los rebeldes, así que solicitó la ayuda portuguesa, acelerando las negociaciones matrimoniales entre Alfonso V de Portugal y su hermanastra, la princesa Isabel, con la que hasta el momento no había contado ningún miembro de la nobleza. La posterior anulación de la sentencia de Medina del Campo por parte de Enrique IV dio comienzo un nuevo capítulo de la guerra civil. Lentamente, los nobles más relevantes del reino, adheridos en un primer momento al bando real, fueron pasándose al bando nobiliar. Los rebeldes, en una ceremonia oprobiosa que tuvo lugar en las afueras de Ávila, el 5 de junio del año 1465, depusieron a Enrique IV, representado por un muñeco, y nombraron como nuevo monarca al infante don Alfonso. Entre los cabecillas nobles, aparte del intrigante y ambicioso marqués de Villena, se encontraban prácticamente todos los grandes linajes del reino, don Álvaro de Zúñiga, conde de Plasencia; don Alfonso Carrillo Albornoz, arzobispo de Toledo; don Rodrigo Pimentel, conde de Benavente; don Diego López de Zúñiga, y tantos otros. El espectáculo pasó a conocerse como la llamada “Farsa de Ávila”.

Pese a todo, Enrique IV pudo reaccionar gracias al apoyo de la Hermandad General y de algunos nobles poderosos adictos a su persona, como el linaje de los Mendoza y los Alba, lo cual permitió a Enrique IV levantar un ejército fiable que derrotó en varias ocasiones al ejército rebelde de los nobles, bastante disperso y descoordinado por los diferentes intereses de sus miembros. La cruenta guerra civil entre ambos hermanos y sus respectivos partidarios se prolongó tres años, hasta la providencial muerte del pretendiente don Alfonso, en julio del año 1468.

No obstante, los últimos años del reinado de Enrique IV estuvieron dominados por el problema sucesorio, anteriormente aludido. En el año 1468, mediante el Pacto de los Toros de Guisando, Enrique IV reconoció oficialmente a su hermana Isabel como heredera al trono, en claro perjuicio de los legítimos derechos de su hija doña Juana. Pero el matrimonio de Isabel con el príncipe heredero aragonés, Fernando, celebrado en Valladolid, en octubre del año 1469, disgustó enormemente a Enrique IV, que decidió anular lo pactado en Guisando, proclamando inmediatamente después como heredera a su hija doña Juana. El acto de reafirmamiento de los derechos sucesorios de su hija doña Juana entrañó, a su vez, la lógica anulación de todos los derechos de su hermana Isabel, así como el juramento público de Enrique IV y de Juana de Portugal sobre la legitimidad de su hija. La facción nobiliar, muy reforzada tras los múltiples enfrentamientos con la monarquía en los que se vio envuelta a lo largo de todo el siglo, se desinhibió por el momento del asunto dinástico, sin entrar en liza directa en defensa de uno u otro bando. Pero lo cierto es que, entre los años 1471 y 1473, tanto enriqueños como isabelinos se prepararon a conciencia para la irreversible guerra que se iba a producir sin remisión una vez que Enrique IV falleciese, circunstancia que se produjo el 11 de diciembre del año 1474. Tras la muerte del rey Enrique IV, el reino en su totalidad se vio envuelto nuevamente en una tremenda guerra sucesoria, entre Isabel y Fernando por una parte, y los partidarios de doña Juana “la Beltraneja” por otra.

De esta manera quedó todo dispuesto para el reinado de dos de los monarcas más conspicuos de la historia de España, los que unificarían la totalidad de los reinos y condados que coexistían por entonces en un solo reino, y sentarían las bases de lo que es la actual España, o lo que pueda ser.

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