[Opinión] Cazadores versus bambinistas

[Opinión] Cazadores versus bambinistas

Caza
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No me siento orgulloso de ser cazador, pero ni mucho menos me avergüenza; simplemente lo soy y no veo en ello mérito ni demérito, pues ser cazador es algo que afortunadamente ha ocurrido sin que lo haya elegido ni podido ni querido “remediar”. Causar dolor a los animales no es mi objetivo y me desagrada profundamente que eso pueda suceder porque los animales no me son indiferentes, como mucho menos me son indiferentes las personas que sufren (espero que hayáis reparado que distingo sufrimiento y dolor como cosas distintas aunque puedan ir unidas).

Por todo lo anterior, los insultos y amenazas de un, al parecer, pujante sector animalista (más bien bambinista) ni me mueven ni me conmueven más allá de la repugnancia que cualquier bien nacido siente cuando presencia un linchamiento, tanto más si es hacia uno mismo o hacia sus iguales. No niego que tales dislates me consternan, pero dado que de los burros sólo se puede esperar rebuznos, no voy a caer en la trampa de justificar mi actividad y menos por razones técnicas o prácticas (aunque las haya); es más, todas esas razones apenas existen para mí. Yo cazo porque soy cazador, porque siento la pasión de la caza; lo demás son milongas.

Hecha esta declaración de principios, sí que me interesa el fenómeno bambinista y anticazador como “boom” social, especialmente como campaña orquestada que ha sabido tocar la fibra más irracional y sensible de una población cada vez más urbanita y alejada de la naturaleza.

El peligroso efecto contagio

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Por cuanto afecta a mi actividad, me interesa este sarpullido social de “matemos al cazador asesino” (literal). Entiéndeme, me interesa por el efecto contagio de la masa hacia los dirigentes. Esto es verdaderamente preocupante porque a veces las campañas más estúpidamente enfocadas se llevan del ámbito social al político y de ahí al poder legislativo para que finalmente sea también el judicial el que se pliegue, no ya al clamor social, sino al que más clama, con independencia de su razón y de su número.

Es de sobra conocida la forma en que los partidos políticos y empresas abanderan las iniciativas populares para obtener réditos en forma de votos o dinero, sin importar que las causas sean justas o simplemente demagógicas. Así, se montan las competiciones de hipócritas que no resuelven los problemas –aunque estos sean palpables y dolorosos–, que incluso los acentúan pero que sirven para ver quien demuestra con más convencimiento su radical apoyo a tal o cual causa caiga quien caiga, incluso los derechos fundamentales de igualdad y la presunción de inocencia. Ejemplos tenemos.

Campaña recrudecida



En los últimos meses la bancada bambinista está especialmente convulsa. Pero nada de esto es por casualidad sino quizá porque se están elaborando, por ejemplo, leyes de protección animal y otras normas autonómicas y locales impulsadas por partidos políticos sobre los que huelga cualquier comentario. Por cierto, ya veremos cómo llegan al otro lado de la cuerda floja legislativa algunos partidos (bienquedistas) con una barra balancín que lleva a un lado autorizar las corridas de toros y al otro la prohibición de perros de agarre y determinadas prácticas de caza. De nuevo la hipocresía rampante.

Y qué decir de las iniciativas a favor de los animales como vetar los circos con animales dando por hecho que se les somete a un maltrato físico por su cautividad o porque tienen que realizar un trabajo.
Francamente, veo políticos muy preocupados porque un caballo haga bajo la carpa cosas que no son naturales de su comportamiento, como trabajar para ganarse su ración de heno caminando sobre sus patas traseras y dando saltos durante 10 minutos. Paradójicamente no les preocupa en absoluto que yo tenga que tragarme sus mociones demagógicas en un pleno de dos horas y media tras 9 horas de trabajo, cuando mi naturaleza me pide estar en mi sofá no ya por inclinación sino por necesidad perentoria.

¿Dónde ponemos entonces a los animales que trabajan y corren riesgo de su vida? ¿Dónde a los perros lazarillos o los detectores de personas, drogas o explosivos? ¿Dónde a los canarios que cantan en nuestra jaula? ¿Acaso creen que los cerdos en los mataderos no se estresan con un transporte y un hacinamiento mientras les llega el olor de la sangre de sus iguales? ¿Y las vacas a las que tras el verano se les quitan sus terneros y se pasan el día mugiendo angustiosamente? ¿Dónde ponemos la línea de la protección animal? Partiendo de la nada hemos llegado a las más altas cotas de la estupidez.

Apuntan quienes han estudiado el fenómeno que son las marcas de fabricantes de comidas para mascotas, especialmente las multinacionales, los que en buena medida están detrás de todo el creciente ruido mediático que otros aprovechan para hacer de su bambinismo un modo de vida y también una razón para vivir.

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Moda, prejuicio y tontería


Me da a mí que todo este follón animalista tiene también un componente de moda y de conveniencia, o sea, de nuevo de apariencia vana.
Recordaréis cuando las grandes estrellas del espectáculo y la vida social y política se hacían fotos en la barrera de una plaza de toros. Esas imágenes son casi iconos. Y hasta hay alguno que, después de aparecer en esas fotos, se ha declarado marcadamente animalista; no sé si porque el conejito Tambor se le apareció en sueños o porque le convino “cambiar de tercio” en función de las nuevas tendencias para que no le falte el pan suyo de cada día.

El propio Adriano Celentano, estrella artística de la hermana Italia montó en su día un pitote nacional (¡Nacional!) y adquirió la publicidad que buscaba enfrentando a sus compatriotas al decir aquello de que odiaba la caza porque él era un hombre que amaba –¡tócate el bolo, Manolo!–, eso sí, tan sólo unas semanas después de hacerse unas bonitas fotos con un abrigo de cuello de lobo. El resultado es que en Italia se sigue cazando mucho y que Celentano consiguió con aquello humedecer los sueños a un buen número de ragazze volviendo al panorama del estrellato que lo había tenido en el dique seco.

Por la misma regla de tres, hoy no verá usted a un político declarar en entrevista personal que su mayor afición es la caza. Estaría perdido y, como el resto de sus iguales cazadores, sometido al apaleamiento público y a la quema de brujas para ser inmediatamente después condenado al ostracismo. La dictadura existe hoy más sutilmente activa que nunca y se ejerce desde los “lobbies”.

Otros, menos profesionales y de vida más privada, tienen razones menos interesadas, cierto, pero desde luego nada inteligentes y basadas en una nebulosa de ideas, prejuicios y tonterías que se demuestran en cuanto rascamos un poco. Por ejemplo, he visto que en Argentina, hay un movimiento que critica la pirotecnia porque asusta a los perros. ¡Anda! ¡Chúpate esa, boludo!

Otro ejemplo de estupidez lo tenemos en la diferenciación entre animales asistiendo al espectáculo de ecologistas indignados porque los delfines caigan en las redes de los atuneros, pero a los que cientos de atunes constreñidos en una red que los asfixia no les preocupan lo más mínimo. Pues hombre, desde luego que si se puede evitar el “daño colateral” yo seré el primero en apoyar las medidas necesarias; pero presumir de animalista y olvidarse de los bacalaos cortados vivos es –ya que hablamos de pescado– propio de merluzos.

Creo que se ha caído en el ridículo más absoluto procurando para los animales una vida y una muerte ajena a su naturaleza.


Mira, si eres mosquito mueres contra el parabrisas de un coche y lo último que pasa por tu cabeza es el culo; Si eres mantis religiosa macho se te come una hembra mientras te la trajinas (si yo fuera bambinista, esto merecería una dura campaña de rechazo por parte del género masculino); si eres un cerdo de raza York, mueres en el matadero; si eres jabalí, en una batida y si eres humano y tienes suerte morirás en una cama no sólo con dolor, sino también con sufrimiento porque pasarán muchas cosas por tu cabeza que no serán precisamente las del mosquito... Esto de ser humano, créeme, es mucho más gibado que ser animal.

Centremos el debate y reduzcámoslo a lo esencial. ¿El quid de la cuestión esta en que el rechazo hacia el dolor? ¿Pero estos barandas distinguen el dolor del sufrimiento? ¿Se han pensado que la medida humana del dolor y su umbral es el mismo que en los animales? ¿Qué indiscutible baremo utilizan para conocer estos datos?

Propongo que a partir de ahora los animales mueran sin intervención humana. Sí, ya sé que hemos cazado durante eones; pero a la vista de estos saltaprados es preferible que un buen ciervo muera, por ejemplo, por el deterioro de su dentición hasta que apenas pueda comer y famélico sea pasto de enfermedades y parásitos que lo devoren vivo. ¡Viva la dulce naturaleza! ¡Suprimamos al hombre maltratador y desalmado!
Vaaaaale, es broma; mejor extingamos su vida a besos y que fallezcan con la bendición apostólica y rodeados de sus esposas e hijos. Se nos ha ido la olla.

Creo honestamente que aunque sólo sea por interés personal. El cazador además tiene un sentimiento más cercano a los animales porque admira lo que caza y caza lo que admira.
Cruzamos una apuesta: de todos los memos que invaden las redes haciendo gala de su ignorancia animalista, cuántos en este momento se preocupan porque ya estamos en abril y con las corzas a punto de parir sigue nevando en la montaña. ¿Y quién se acuerda de los bichos cuando hay sequía? ¿Y de los pájaros cuando cae granizo?... Los bambinistas de Cuatro Caminos te aseguro yo que ni zorra idea del asunto.

Urbanitas, bambinistas y genocidas

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En mi blog de armas.es hay un artículo dedicado a la caza como hecho cultural que trata de exponer por qué la caza es cultura y por qué cazamos. En un momento determinado hablo de la “empatía por desconocimiento”, una curiosa paradoja que podría también denominarse “empatía por ignorancia”: son las personas más alejadas de la naturaleza las que por lo general con más energía defienden incondicionalmente la vida de los animales. Por otra parte, es lógico; ellos no tienen un patatal levantado por los jabalís, una viña pelada por los conejos o las ovejas comidas por el lobo; tampoco pagan estos daños y su único argumento es que no esperemos que estos dulces animalitos coman tallarines, cosa esta última en la que no les falta razón; aunque lógicamente más allá hay que hacer muchas consideraciones.

Es curioso, pero en los centros de formación para profesiones relacionadas con la gestión y ordenamiento de la naturaleza existe una fuerte bipolarización que incluso era notable en los años ’80, cuando yo estudiaba (o decía estudiar) Ingeniería Técnica Forestal. La estadística era incontestable: a una inmensa mayoría nos había llevado hacia esa diplomatura la sensibilidad hacia la naturaleza; pero los estudiantes de ciudad –principalmente madrileños– se declaraban abiertamente “ecologistas” opuestos a la práctica de la caza, mientras que los procedentes de los pueblos éramos casi todos cazadores o habíamos tenido contacto con la caza en mayor o menor medida.

Esa tendencia se mantiene hoy según sé por mi hijo, que estudia gestión forestal en un instituto específico. Sin embargo, la diferencia de la tendencia actual con respecto a la de los años ’80 está en que el sector que antes se declaraba “ecologista” se define hoy como “animalista” y alguna excepción existe de “terrorista ecológico”. Esto no es un hecho baladí si tenemos en cuenta que algunos de ellos pueden ser en el futuro los guardas forestales que teóricamente deben proteger la naturaleza, contribuir a su regulación y también acompañarnos en nuestras jornadas de caza... no lo quiero ni pensar.

Otra curiosidad consiste en que a pesar de este marcado acento animalista, son excepción los vegetarianos o veganos. O sea, que incluso los que se declaran animalistas cuando no se llenan la boca con “la inmoralidad de matar por placer” se la llenan zampándose un buen filete de carne. Habría que encorrerlos a gorrazos por disfrutar con un solomillo.

Es cierto que también algunos de éstos son vegetarianos o veganos y resulta llamativo que entre ellos, que se tienen por gente tolerante y amante de la vida, abunden los autoritarios que quieren imponer su “way of life” y que se destaquen en redes sociales haciendo comentarios, por ejemplo ante la muerte de un cazador por disparo negligente o accidental: “Brindo con champan cada vez que aparece una de estas buenas noticias. A ver si hay suerte y se matan todos entre ellos”. Miserable y propio del peor detritus humano; pero también delictivo por genocida apologista, por lo que doy un toque de atención a las Federaciones de Caza toda vez que no podemos esperar que la “justicia” obre de oficio en estos casos.

En esta sociedad del postureo, de la imagen, de la autojustificación y del lazo en el pecho de “solidarios de fachada”, indignan más las imágenes de un jabalí rematado a cuchillo que la de un bebé en la basura, que dicho sea de paso no se muestran aplicando el feliz principio de que lo que no sale en la tele, no existe.

Esto es así en una España que hace tan solo una generación, dos a lo sumo, llegado enero ha hecho la matanza con una práctica –casi una ceremonia– inequívocamente sangrienta en la que participaba toda la familia; quizá a excepción de la niña/niño a la que, no sin razón, aquel espectáculo le revolvía el estómaga/estómago.

Y es que entiendo que hay mucha gente para la que la muerte de un animal no es plato de gusto y no le veo a eso nada de raro ni de malo, sobre todo cuando estamos ya irreversiblemente (¿) en una sociedad de funciones diferenciadas con personas para las que el trozo de carne exanguinada que se fríe en su sartén nunca fue un animal y a la que sigue una generación que piensa que el chorizo pende de los árboles por la cuerda.

Hablo de una inmensa mayoría de gente que ha delegado en los profesionales de los mataderos algo que ellos serían incapaces de hacer. A este respecto lo que pido es que no me reprochen hacer algo de lo que ellos abominan pero de lo que indudablemente se aprovechan sin haberse manchado las manos.

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