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La batida

Publicado por en en Caza
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Hoy he intercambiado con Gerardo el número que le había tocado en el sorteo de puestos para dejarlo junto a su padre que puede tirar con acierto pero que apenas puede caminar sin que cada paso dibuje en su cara una mueca de dolor. {addthis off}

 

Subiendo por la pista, me han colocado aquí a esperar que Diana, San Huberto o la Virgen de la Cabeza, o los tres juntos, me manden algo que acelere aquí el corazón de mi pecho y frene allí la bala que ahora espera dormida en la recámara de mi viejo rifle... Sí, aquí sigue. Es la tercera vez que tiro un poco del cerrojo para asegurarme que está ahí con su casquillo de latón y su proyectil de plomo encamisado. No lo miraré otra vez; más que nada por evitar pensar que sufro un trastorno obsesivo aunque sé que en estas circunstancias y con tanto tiempo para pensar, se le dan muchas vueltas a la cabeza y alguna de ellas siempre es esa de ¿saldrá el disparo, verdad?¿No oiré ese maldito clik? Dime que no.

 

La de hoy sería una buena postura si no fuera por este barranco que ahora contemplo maravillado pero que sé, por experiencia, que acabará en unas horas por helarme la espalda con su humedad y atronarme con su ruido.

 

 

Espero mientras entre el fluir del agua intento distinguir los gritos de los ojeadores y el latir de la rehala en la ladera de enfrente. Es imposible. Si entra algo tendré que valerme de la vista y para anticipar su presencia debería bastarme el tarameo de unos arbustos... debería. Pero a menudo un jabalí en el monte es solo un girón de piel entre la vegetación, una pincelada parda y negra que desplaza entre los troncos grises un contorno imposible de dibujar.

 

... A menudo las cosas que son, no lo parecen y las que parecen, no lo son. Por eso afinando el oído y sólo con orientar ligeramente la cabeza percibo sonidos que me ponen alerta... Oigo ahora ruido de pisotones y cruijir de hojarasca y chasquido de ramas que se rompen al paso de un cuerpo sólido y aferro el guardamanos y mi dedo índice se coloca instintivamente sobre el botón del seguro que está frio, helado... Entrecierro los ojos y muevo la cabeza para tratar de oir mejor y descubro que es sólo una broma del agua.

 

 

La petaca vierte en mi boca un poco de líquido espeso. Solamente un poco para calentarme... el alcohol y la pólvora hacen mala mezcla. Una gota se derrama espesa y perezosa... Es de un color rojo guinda que se estrella y brilla intenso sobre el barro de mi bota derecha. 

Al mirar hacia abajo oigo las campanas de la Catedral tocando tercamente el repiqueteo en el día de la fiesta de los patronos pero el centenario metal modera sus tonos y, de forma increíble, ahora es la pequeña Honda de cuatro tiempos lo que me llega, aquella moto que me llevaba a pescar en los días largos del verano. 

Sonrío casi imperceptiblemente y sin darme cuenta; sorprendido por la forma en la que los ruidos se transforman. Suenan nuestros gritos infantiles jugando, el primer llanto de mi hijo, la voz de mi padre, el tren que me llevaba a Madrid, las canciones de los quintos licenciados y la botella que arrojaron y que corría en el suelo del vagón con un ronco rodar. 

 

Me duele la espalda de aguantar el peso de mi viejo y fiel FN. Me siento.

Siempre que tengo batida me resulta imposible dormir la noche anterior. Me he levantado a las 6 he preparado el taco y las mochilas, he conducido más de una hora, he fumado, he charlado, me he echado a la cara los rifles de dos compañeros de cuadrilla y ahora entre sobresalto y sobresalto, me aburro como un lobo en su cubil ... Quizá al final no entre nada en este puesto a pesar de que la ladera se hace aquí menos empinada y el desnivel invita a los animales a pasar de un monte a otro superando con facilidad el cauce. Yo sé que es así; cualquiera lo sabría, pues sus huellas están cláramente marcadas en las sendas que frecuentan. Una pasada aquí y otra un poco más arriba.

 

 

Nuevo ruido, esta vez va en serio... Es solo una ardilla que nos mira curiosa desde arriba. Al dirigir los ojos a esa bola de pelo, el agua trae más sonidos. El paisaje está difuminado ahora; el frío ha humedecido mis ojos y un temblor en la emoción de la espera me sacude desde las orejas hasta los talones. El aliento retedido en el cuello de mi abrigo me da calor y me duermo.

 

El fuego crepita en grandes llamaradas y ese sonido, que no es, me trae imágenes extrañas. Veo ahora a un muchacho vestido de pieles que no pueden disimular su edad, tampoco su pelo largo oculta su rostro: tendrá 15 años, quizá menos. Baila inclinado con pasos firmes alrededor del fuego manteniendo en alto una lanza. Su sombra se extiende sinuosa y variable en el suelo de piedra. Es una imágen nítida a pesar de la penumbra y percibo cada gota de sudor que corre desde las cejas por un rostro que la luz torna enrojecido. Su pecho se agita por el esfuerzo de la danza que simula una bárbara cacería. Al pasar frente a mi se detiene y me mira fíjamente y creo que nos reconocemos. Me señala y... De pronto los perros ladran. Salgo del aturdimiento, me levanto y encaro la cierva que salta a la pista a todo trapo frente al cañón. Campo despejado, tira sin miedo. ¡¡PAMMM!! Sólo el disparo suena ahora rotundamente cierto con un estampido que se aleja replicándose en cada pliegue del monte. 

El barranco trae el agua roja y al poco se aclara y vuelven a sonar las campanas y las voces. {addthis off}

 

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Con el pudor que produce hablar de uno mismo me limitaré a decir que el primer recuerdo de mi vida es la lercha de caza de mi padre que apenas podía arrastrar por el pasillo de casa, con una liebre más grande que yo y algunos pájaros en los que encontraba cosas fascinantes desde el pico hasta las patas. Tengo la única certeza de pertenecer a una familia con antepasados cazadores desde que se tiene memoria de ellos. Está claro que tengo "el gen de la caza" y mi mayor orgullo es mi hijo, que también parece tenerlo y mejora mis pasos con igual gusto por la naturaleza y sus moradores. Estudié Ingeniería Técnica Forestal en la Politécnica de Madrid; pero abandoné aquello por otros intereses. A mis 45 años, para sobrevivir, ejerzo de editor autónomo y periodista con la mayor dignidad que permite esta profesión. He sido colaborador ocasional en revistas como "Caza y Pesca" o "Trofeo Pesca" y actualmente soy corresponsal de RNE y Europa Press en una pequeña ciudad del noroeste español
ARMAS.ES me ofrece ahora un espacio blog junto a unos compañeros que me superan en experiencia, lo cual es un honor, un placer y también una responsabilidad.
"La baña y el rascadero" es el único título posible para el espacio de un viejo jabalí. Un espacio en el que relajarse pero en el que un jabalí viejo deja entrever sus virtudes y sus defectos a través de sus marcas. Así, junto a los comentarios de "baña" (bien serenos o bien intrascendentes y placenteros) los habrá de "rascadero", por aquello de sacudirse algunos "parásitos" que siempre resultan molestos.
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