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Por qué le llamamos accidente cuando queremos decir imprudencia (muertes en la caza)

Publicado por en en Caza
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No hace ni un mes que escribí acerca del peligro de irrumpir en una cacería y ya tenemos una persona ajena a una batida que mientras recogía castañas falleció por el disparo de un cazador. ¿Y ahora qué?

 

Pues ahora toca, en primer lugar, no presuponer nada acerca de lo sucedido. Es habitual ante casos trágicos caer en la crítica facilona para demonizar a cualquiera de las partes implicadas dando por supuestos los hechos acaecidos; pero no es mi estilo. Item más: sería frívolo utilizar el tristísimo fallecimiento de un hombre para juzgar un caso del que desconozco los detalles y que he puesto sólo como ejemplo de cosas que no deberían ocurrir, sea quien sea el causante y el culpable (que pueden ser distintos). 

En segundo lugar toca hacer uso de mi otra navaja de jabalí viejo (no tan viejo); pues si empleé una para criticar la actitud imprudente de los que hacen caso omiso de las señalizaciones de peligro en las batidas, tengo otra más afilada aún para la autocrítica. 

               

Sé que habrá suspicaces que piensen que esta autocrítica tiene como objetivo final practicar una suerte de "bienquedismo" que de paso amortigüe las críticas hacia los cazadores. Nunca he hecho las cosas por el "qué dirán" y por supuesto no voy a empezar a hacerlo ahora.

O sea que mi comentario de hoy responde al hecho de que igual que veo la paja en el ojo ajeno, veo la viga en mi propio ojo. Además, hacía tiempo que deseaba comentar algo sobre las actitudes imprudentes que en algunos casos tienen el resultado de muerte.

 

Repito una vez más que lo escrito no es aplicable al caso que servía de entradilla; o sea, que es una generalización que puede aplicarse a todos los casos en general y a ninguno en particular.

Sentadas estas bases habría que echar un vistazo a la casuística para determinar por qué se producen fallecimientos por disparos durante la práctica de la caza.

 

En primer lugar hay que señalar una obviedad: la caza conlleva un riesgo y ninguno de nosotros estamos libres de cometer o de sufrir un error fatal y ya no digamos un verdadero accidente. Pero a juzgar por las primas de seguro obligatorio del cazador, los casos son muy pocos (aunque cada vez con consecuencias más trágicas) tanto si los consideramos en términos absolutos como si los comparamos con la cantidad de disparos de caza que se realizan al año (dicen que somos aproximadamente un millón de cazadores que disparamos tres millones de balas al año). Quizá por esto, el precio de los seguros es todavía asequible. Y digo todavía porque si la casuística fuera en aumento sería de esperar que las compañías aseguradoras actuaran en consecuencia elevando el precio de las primas.

 

¿Hay un incremento de casos? ¿Cual es su origen?

Las estadísticas publicadas por Mutuasport dicen que el número de siniestros es variable y desde 2005 hasta ahora la cifra de fallecidos (excluimos los heridos, que son muchos) oscilan entre 11 y 24 por temporada, en lo que interpreto como un aumento progresivo pero no lineal sino oscilante, siendo el pico máximo cada vez mayor.

 

Creo honradamente que los casos con desenlace fatal se deben al uso cada vez mayor de rifles quizá porque cada vez más cazadores pasan de la caza menor con escopeta –en franco retraimiento por la escasez de piezas– a la caza mayor con rifle por la cada vez más abundante población de especies cinegéticas como el ciervo, el corzo o el jabalí.

 

No caeré en mi propia trampa de comparar si es más peligrosa o mortífera la bala de escopeta o la de rifle; pero es evidente que el alcance y potencia de la munición metálica y la escasísima formación sobre su uso tienen mucho que ver.

                

En segundo lugar hay que decir que la mayor parte de las veces los primeros perjudicados son los propios cazadores desde los que parte el disparo y sus compañeros de caza. En menor medidas se producen heridas y muertes en personas ajenas a la actividad.

Tampoco hay que pasar por alto que no todos los casos son "accidentes". Por extraño que parezca, también encontraríamos suicidios y hasta algún asesinato que se disfrazan de "accidentes".

 

Eso sí, me revelo abiertamente contra la mala costumbre de denominar "accidente" (caso 1) o "confusión" (caso 2) a lo que en realidad es un acierto pleno o directamente una imprudencia temeraria.

 

Caso 1: el cazador X disparó a algo que le pareció un jabalí... y le acertó plenamente y con gran eficacia como de hecho quería hacerlo, pero... resulta que aquello que creía una pieza de caza resultó ser una persona. Luego no hay accidente sino un "buen" disparo.

¿Dónde está ahí el accidente? En ningún sitio. No ha habido tal accidente sino una imprudencia con resultado de muerte. 

El accidente, señores, es otra cosa: una bala perdida allá donde no debería haber nadie (ojo con los que se saltan la señalización a la torera), un rebote, un fallo del arma propia o ajena...

 

Caso 2: el cazador X confundió una persona con una pieza de caza. 

¡Por Dios y por todos los santos del cielo! Un cazador puede perfectamente confundir un estornino pinto con uno negro y si me apuráis mucho, una paloma zurita con una torcaz; pero confundir por ejemplo un jabalí con una persona es un dislate mayúsculo que como en el caso 1 revela un disparo hecho al tarameo, a algo que se mueve entre los arbustos, a un ruido en la espesura, a algo que parece la piel de un animal... Y que quizá lo sea (un perro acaso?).

               

Las imprudencias, además de ser sancionables según los reglamentos de caza y de armas, deben ser, en mi opinión, motivo suficiente para apartar o expulsar directamente al que las comete de forma consciente, aunque de ellas no se derive consecuencia ninguna. 

Tenemos que ser los cazadores los primeros vigías y garantes de que la seguridad para nosotros y para los demás. Quien no esté capacitado para cazar, que no cace; así de sencillo.

 

Encarecidamente ruego a quien pueda leer esto que haga de la prudencia su mejor aliada.

No me avergüenza decir que siempre tengo un gato vivo en el estómago cuando voy de batida y especialmente cuando voy con mi hijo. Tanto más desde que una roca tras la que prudentemente nos situamos detuvo la bala de un compañero que estaba convencido de haber tirado hacia atrás (la armada quedaba ligeramente en diagonal y tiró al viso aunque quizá la niebla le impidió apreciar este detalle). En la batida siguiente me confesó que había pasado unos días muy angustiado.

Llegado a la batida ese miedo, que tengo tanto por lo que pudiera hacer yo como los demás, deja paso a la prudencia y respiro aliviado cuando veo, las más de las veces, la calidad "profesional" de los compañeros que me han tocado en suerte y con los que intercambio ostensibles gestos. A veces no me importa hacer viajes arriba y abajo por el barranco antes de comenzar la batida para que a todos nos quede claro dónde estamos.

 

No me voy a poner pesado detallando el por qué de las normas que todos sabemos: no disparar hacia la batida salvo en casos muy claros, no disparar en línea ni al viso, identificar bien la pieza antes de disparar, preferentemente dejar pasar la pieza para tirar atrás, procurar siempre enterrar la bala o ver la zona de posible impacto, no salir al paso de la pieza ni desplazarse del puesto, no disparar hacia zonas de cantarral, gleras o piedra desnuda... Y si al final las condiciones de seguridad no se cumplen y la pieza se va, como decía la chica del anuncio de Tampax, "no pasa nada". Da igual lo que piensen, tú sabes que eres mejor cazador por no haber disparado aunque aparezca algún "echao p'lante" que te lo reproche. Es posible que todos hayamos dejado pasar más piezas de las que hemos abatido por una cuestión de mera seguridad.

 

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Con el pudor que produce hablar de uno mismo me limitaré a decir que el primer recuerdo de mi vida es la lercha de caza de mi padre que apenas podía arrastrar por el pasillo de casa, con una liebre más grande que yo y algunos pájaros en los que encontraba cosas fascinantes desde el pico hasta las patas. Tengo la única certeza de pertenecer a una familia con antepasados cazadores desde que se tiene memoria de ellos. Está claro que tengo "el gen de la caza" y mi mayor orgullo es mi hijo, que también parece tenerlo y mejora mis pasos con igual gusto por la naturaleza y sus moradores. Estudié Ingeniería Técnica Forestal en la Politécnica de Madrid; pero abandoné aquello por otros intereses. A mis 45 años, para sobrevivir, ejerzo de editor autónomo y periodista con la mayor dignidad que permite esta profesión. He sido colaborador ocasional en revistas como "Caza y Pesca" o "Trofeo Pesca" y actualmente soy corresponsal de RNE y Europa Press en una pequeña ciudad del noroeste español
ARMAS.ES me ofrece ahora un espacio blog junto a unos compañeros que me superan en experiencia, lo cual es un honor, un placer y también una responsabilidad.
"La baña y el rascadero" es el único título posible para el espacio de un viejo jabalí. Un espacio en el que relajarse pero en el que un jabalí viejo deja entrever sus virtudes y sus defectos a través de sus marcas. Así, junto a los comentarios de "baña" (bien serenos o bien intrascendentes y placenteros) los habrá de "rascadero", por aquello de sacudirse algunos "parásitos" que siempre resultan molestos.
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